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« en: Junio 11, 2006, 08:33:03 » |
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Voyerismo, hetero, autosatisfacción. Una mujer muy misteriosa se sube a su taxi, le ofrece una magnifica visión de su coño dejándole al despedirse un excitante regalo
Eran aproximadamente las once de la mañana de un caluroso dÃa de abril cuando alguien abrió la puerta trasera de mi taxi y me indicó una dirección. El espejo retrovisor me confirmó lo que ya habÃa adivinado por la voz. Mi nuevo cliente era una mujer, cuyo rostro quedaba oculto tras un gran sombrero que solo mostraba sus regordetes labios y el inicio de una puntiaguda nariz. Por la voz y los gestos deduje que se trataba de una mujer con clase, de entre treinta y cuarenta años. VestÃa con sobriedad y elegancia, una falda no muy larga y una chaqueta, ambos de color gris, con unas medias de rejilla negras que contorneaban sus largas piernas y hacÃan perderse la vista en la caverna que ocultaba la falda. Comencé con mi charla habitual para entretener al pasaje mientras ajustaba el espejo para obtener una mejor visión del punto en que comienza el camino sin retorno: el minúsculo triangulo de tela blanca que dejaba entrever la escueta falda. Como se habÃa situado en el centro del asiento esperaba disfrutar de un espectáculo sensual que mi profesión deparaba a veces, haciéndola una de las más atrayentes para todo voyeur que se precie de serlo, y yo era uno en potencia. Oscilando temerariamente la vista entre el tráfico y el trozo de tela blanca, note como la falda perdÃa por momentos su compostura e iba subiendo poco a poco, debido a unos cuantos frenazos y curvas mal tomadas. Probablemente ella se habÃa dado cuenta de mi propósito, dada mi insistencia en las miradas y el inminente bulto que provocaba la erección en mis ajustados jeans. Dispuesta a seguirme el juego, se acomodo hacÃa atrás, dejando a la luz de la mañana el triangulo de encaje que cubrÃa una mata de pelos abundante que parecÃa querer escapar de aquel encierro de algodón. Mientras nuestra charla sobre el tiempo o la ciudad, nos mantenÃa en un juego de exhibicionismo disimulado que nunca antes habÃa experimentado. Una mujer desconocida, a la que no veÃa la cara, excitándose por momentos en el asiento de atrás de mi taxi. Al poco una mancha de humedad apareció en sus escuetas braguitas. Parece que ella también estaba disfrutando de la situación... Tanto que casi atropello a un anciano que cruzaba por un paso de cebra. Después de increparme y aceptar mis disculpas proseguà con la carrera. Cuando volvà a mirar al retrovisor comprobé que la misteriosa mujer habÃa cambiado de posición en el asiento por lo que quedaba fuera de mi ángulo de visión. " Vaya - pensé - parece que se cansó de jugar. Se acabó el espectáculo..." Nada más lejos de la realidad. Al poco volvió a acomodarse en el centro del asiento trasero para cruzar las piernas. En un momento dado las abrió de par en par, mostrándome su coño en todo su esplendor. Se habÃa despojado de las braguitas y ahora podÃa ver un sonrosado coñito, rezumante de flujo, que chorreante, permitÃa contemplar un precioso clÃtoris y unos labios rodeados de una espesa mata de pelo púbico que acabaron de conseguir que me corriera al momento. HacÃa años que no tenia una eyaculación asÃ, sin tocarme. La situación era súper excitante y no pude controlarme. Dejé escapar un tÃmido gemido y seguà observando las evoluciones de aquel maravilloso espectáculo. Los jugos vaginales fluÃan hasta el asiento de cuero del coche mientras un dedo inquieto bajó hasta la profundidad de aquella caverna misteriosa. Mi interlocutora seguÃa hablando de banalidades mientras todo esto sucedÃa unos centÃmetros más abajo. Al poco noté como aumentaba la intensidad fricción y un ligero temblor en su voz y en su cuerpo me indicó que habÃa llegado al orgasmo. Mientras mi pene volvÃa a retomar su vigor. En esto llegamos a un semáforo cerca de donde me habÃa dicho que la llevara. Un vendedor de pañuelos se acercó a mi ventanilla y comenzó con su estrategia de venta mientras yo le daba largas y le decÃa que no me interesaba... Un portazo sonó detrás. La mujer misteriosa abandonó el vehÃculo y en pocos segundos habÃa desaparecido sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. No sabÃa ni su nombre, ni su cara ni donde vivÃa. ¡Nada! Sorprendido y excitado aparqué el coche en un descampado cercano. Pasé al asiento de atrás y me senté en el asiento de atrás, todavÃa caliente. La zona que habÃa estado en contacto con su coñito estaba mojada. Restos de sus flujos descansaban allÃ. Me agache y los lamà con delectación mientras con la otra mano me masturbaba lentamente. El sabor cálido y salado de su vagina unido al del cuero de los asientos componÃan una fantástica escena porno de la que yo me sentÃa protagonista absoluto. Al agacharme para lamer aquel néctar, descubrà sus bragas en el suelo. Ese era su regalo de despedida todavÃa caliente. Las acerqué a mi cara y aspire el aroma impregnado de su coño mientras pasaba la lengua por las braguitas. Al poco me corrà de nuevo, soltando abundante semen que fue a mezclarse con los jugos que momentos antes ella me habÃa dejado allÃ. Ahora me dedico a buscar a esa mujer misteriosa. Lo único que conozco de ella es el sabor de su entrepierna y el aroma de su coño. Si eres tú esa mujer o te pareces a ella, por favor, dÃmelo, tengo tus bragas y me gustarÃa devolvértelas... y tal vez podamos jugar a algo tan excitante como lo que sucedió en el taxi.
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