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« en: Junio 06, 2006, 09:19:12 » |
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Hola. Finalmente nos hemos animado a contar nuestra historia.
Espero que sea de interés y que pueda ayudar a alguien, esa es nuestra principal motivación, si bien también ha influido también el morbo de relatar nuestra relación. Al principio no sabÃamos que como escribir nuestro relato, pero finalmente nos decidimos por escribir cada una nuestra historia desde su punto de vista. Cuando me desperté el sábado por la mañana, recordé claramente lo vivido el dÃa anterior, tanto por la mañana como por la tarde.
- Menudo lÃo en el que me he metido -fue lo único que saqué absolutamente en claro. Cuando IrÃa me habÃa besado en la sauna, a causa de la sorpresa yo no habÃa sido que hacer, y únicamente pude dejarme llevar. El resto del dÃa lo habÃa pasado con multitud de pensamientos contradictorios e inquietantes en mi cabeza, de modo que para desterrarlos de mi mente habÃa decidido cortar por lo sano y sumergirme en las conocidas maravillas de las relaciones sexuales hetero, contando para ello con la inestimable ayuda de Robert, un ex (¿Cómo en el nombre de lo más sagrado se me ocurrió semejante disparate?), lo cual en su momento me pareció la mejor solución. Por la noche, con Roberto Mr. 24 cm. disfruté de una magnÃfica sesión de sexo en la cual no eché de menos para nada las caricias y besos de Iria... Hasta que me acordé de ella nada terminar con Roberto. Todo aquello me afectaba sobre manera, y la prueba de ello es que fuera Roberto quien me propuso la solución, que aunque interesada, parecÃa correcta: tenÃa que asumir mi bisexualidad (hasta este momento yo únicamente habÃa pensado en los polos opuestos: homo y heterosexualidad), ¿y qué mejor modo que participar en un menage-a-trois con él y su novia?Si no fuera por lo mal que sobrellevaba todas mis dudas, me hubiera reÃdo con ganas de la historia: tenÃa la sensación de protagonizar una peli porno u erótica, de tan burda que era la trama desde que me habÃa despedido de Iria. Sin embargo, no estaba de humor. Pasé toda la mañana del dÃa haciendo tareas de la casa para mantener mi mente ocupada, hasta que fiel a su palabra, Roberto me llamó a mediodÃa: - Todo arreglado -dijo con evidente satisfacción, seguramente anticipándose al banquete de sexo y lujuria que le brindarÃamos-. Si estás decidida a hacerlo, puedes pasarte por mi casa a partir de las ocho de la tarde.
- De acuerdo -acepté conforme. Odiaba aquella espera, que tampoco me sentÃa muy ansiosa por la llegada del momento. La idea de hacerlo nuevamente con otro mujer me inquietaba. Me sentÃa como si nuevamente fuera virgen, y no solo tenÃa vergüenza, sino que además tenÃa miedo de hacer el completo ridÃculo.
- Por cierto, Clara me dice que antes querrÃa hablar contigo, para ayudarte -añadió Roberto-. ¿Te parece bien quedar con ella para hablar una hora antes? - ¿Qué pasa? ¿Quiere dar antes el visto bueno a la mercancÃa? -pregunté, súbitamente irritada.
- ¡No! -respondió Roberto-. Solo quiere ayudarte a aclarar tus ideas, aconsejarte. Gratis, por supuesto.
- ¿Gratis? - SÃ. No te dije que es psicóloga, ¿verdad? - No -respondà sorprendida. Comencé a sospechar la razón por la que Roberto me parecÃa más interesante y despierto que cuando éramos novios. Probablemente Clara habÃa decidido hacer de Pigmalión con Roberto para salir con algo más que un cuerpo M.H. (MatrÃcula de Honor). Muy a mi pesar, sentà interés por conocer a esa joya capaz de transformar algo tan bruto como Roberto en algo mucho más sensitivo de lo que jamás fue. y ser ella misma a la vez una obsesa sexual como él (¿cómo si no aceptarÃa hacer un trÃo con su novio y una ex de él ?). Además, si realmente era psicóloga, quizá podÃa ayudarme a aclarar mis ideas. Al final acepté encontrarme con ella una hora antes en un café que habÃa cerca de la casa de Roberto. A la hora convenida, estaba yo allÃ, observando con nerviosismo a través del cristal a todas las mujeres que pasaban por la acera. Cuando una de ellas se detuvo brevemente en la entrada de la cafeterÃa al entrar, como si buscara a alguien, supuse que serÃa Clara. Cuando me vio, sonrió y tÃmidamente me saludo y se acercó: - Perdón, ¿eres Alba? -me preguntó.
- Sà -respondÃ-. Y tú debes de ser Clara, ¿no es asÃ? - La misma -asintió dándome dos breves y correctos besos de saludo en las mejillas-. SabÃa que eras tu nada más entrar. Roberto me dijo que eras impresionante, y no exageraba. Perdóname si no he escogido bien las palabras -dijo al notar como me enrojecÃa ante su descripción-. Quizá no te sientas muy cómoda llamando tanto la atención.
- Lo tengo superado -afirme mientras nos sentábamos en una mesa y la observaba con detenimiento-. Era de estatura normal, y a juzgar por lo que dejaba entrever su ropa, no tenÃa mala figura, aunque no creÃa que fuera del tipo explosivo que tanto le gustaba a Roberto. TenÃa además el pelo castaño oscuro corto, y usaba gafas, que resaltaban su mirada inteligente. Para mi, una prueba de esta inteligencia era el haberse percatado de mi antiguo complejo sobre mi cuerpo, el cual habÃa vuelto a sentir ante su comentario tan directo, si bien fue apenas un segundo. Pedimos algo para tomar, y mientras nos lo traÃan, comenzamos una conversación para conocernos un poco y pasar el compromiso antes de pasar al tema importante. Yo estaba un poco cohibida por la situación: con una desconocida, actual novia de mi ex (con el cual habÃa tenido la noche anterior una magnÃfica y placentera sesión de sexo salvaje), hablando de mis temores y dudas más intimas, una hora antes de subir a su piso para hacer el amor con ambos. Sin embargo, si Clara estaba tan nerviosa como yo, lo disimulaba muy bien. Hablaba con un seguridad y confianza casi profesional, no solo de lo que yo sentÃa, sino también de su relación con Roberto y sus intimidades. Ella se interesó por los detalles de mi encuentro con Iria, mis sentimientos después de hacerlo con ella y después con Roberto. También se interesó si antes habÃa tenido algún tipo de fantasÃa lesbica. Hizo también que expresara la opinión que yo tenÃa de Iria: - Es muy guapa y delicada: más pequeña y débil que yo -contesté-. Me cae bien, aunque no sabrÃa decirte el porque, ya sabes que apenas la conozco desde el Jueves. Pero me parece... decidida y valiente, en el sentido que sabe lo que quiere y no se ocultara si puede conseguirlo -dije recordando la impresión que me habÃa dado en la cafeterÃa, después de hacer el amor en la sauna del gimnasio. Era evidente que me querÃa a mi y querÃa que yo la correspondiera. Me sentÃa incomoda hablando con Clara, quien pretendÃa desnudar mis sentimientos. Aunque fuera con buena intención, no me gustaba aquella sensación, quizá porque estábamos en un sitio público. De modo que antes de que me hiciera la siguiente pregunta me adelanté yo: - ¿Puedo preguntarte como conociste a Roberto? -le pregunté con una sonrisa que pretendÃa reflejar seguridad en mi misma. El caso es que Clara picó el anzuelo y me estuvo hablando de ella y él. Se conocieron en una fiesta universitaria en la que Roberto acudió con una amiga del gimnasio con la que cortó al poco: la relación casi no podÃa haberse considerarse de pareja. Desde el primer momento, Clara se fijo en él, al principio solo por el fÃsico, pero poco a poco, conforme se fueron conociendo, se dieron cuenta que disfrutaban mutuamente juntos. Y ya no digamos cuando comenzaron con las relaciones sexuales: en ese sentido, descubrieron que estaban hechos el uno para el otro, y se lanzaron de cabeza. HabÃan disfrutado el sexo sin tapujos, incluso se consentÃan infidelidades siempre y cuando se advirtieran de antemano y no afectaran a planes mutuos que tuvieran entre si, como el caso del dÃa anterior: inmediatamente después de que yo le hubiera llamado, Roberto habÃa llamado a Clara para avisarle. Puesto que ella ya tenÃa intención de ir al cine ese dÃa, acepto con la condición de siempre: un relato pormenorizado y bien caliente del encuentro, el cual solÃa terminar con un ardiente revolcón entre ambos. Cuando iban a ser las ocho, hora en la que habÃamos quedado con Roberto, Clara se puso seria: - Va a ser la hora de subir a casa. ¿Aun quieres hacerlo? No te sientas obligada porque hayas accedido antes.
- Estoy completamente segura -respondÃ. Para dar mayor énfasis a decisión, sujeté suavemente su mano, acariciándola con discreción pero sensualmente. El caso era que su historia me habÃa excitado y una sensación de euforia se habÃa apoderado de mÃ, predisponiéndome para realizar aquella locura que cada vez me excitaba más. Pagamos nuestras consumiciones y salimos de la cafeterÃa hacia el piso. Cuando nos sintió entrar en el piso, Roberto se asomó por la puerta de la sala, y su rostro reflejó como el de un niño su satisfacción al vernos juntas, consciente de lo que ello significaba.
- ¿Dónde preferÃs hacerlo? ¿En el salón en el dormitorio? -preguntó él.
- La sala me parece bien -respondà recordando la noche anterior. El suelo estaba ampliamente despejado y cubierto por una agradable alfombra. Además, los sofás y sillones eran bastante cómodos., y Clara opinaba lo mismo. De este modo, con cada una debajo de los amplios brazos de Roberto, nos sentamos en el sofá central. De los tres, Roberto era el que menos dudas y reparos tenÃa: por fin realizarÃa una de sus grandes sueños, tener dos mujeres bisexuales para él. Nos besaba a ambas mientras le acariciábamos por encima de la ropa, hasta que apartó sonrió y nos acercó la una a la otra.
- Sed buenas chicas y besaros -dijo con una sonrisa. Yo vacilé un poco al sentir tan cerca el aliento de Clara, y intensidad de la excitación en su mirada. Ella, al igual que Roberto, no tenÃa dudas en lo que hacÃamos los tres, y no vaciló cuando unió nuestros labios y su lengua jugueteó en la entrada de mi boca. Finalmente, en nuestro tercer beso entreabrà mis labios y ella introdujo su lengua, que no tardó demasiado en encontrar la mÃa, que no rehuyó el contacto. Clara sabÃa besar, y descubrà que no me importaba el hecho que fuera una mujer. Roberto no tardó en meter baza y pronto ya no me fijaba en a cual de los besaba. Sobre mis pechos sentÃa una de las manos de Clara, y yo misma me sorprendà cuando sentà como una de mis manos se introducÃa debajo de su falda a la altura de sus muslos, pero no hice ademán de retirarla, y me deje llevar por la situación. Hicimos un breve alto para quitarnos algo de ropa: Roberto los pantalones, y Clara y yo los jerseis y camisas, mostrando nuestros sujetadores. La patente excitación de Clara ante mis pechos, tan o más intensa que la de su novio, me turbó. Pero no me incómodo, al contrario, sentà como la humedad de mi coño se incrementaba.
- Son preciosas, ¿verdad? -le dijo Roberto a su novia. Él me sentó sobre sus piernas, invitando a Clara a probar y degustar mis pechos. Mi sujetador no tardó en caer al suelo, pero antes de ello los dos ya tenÃan aprisionados mis pezones con sus labios: Roberto mi pezón derecho y Clara el izquierdo. Era una sensación curiosa, pues cada uno de los dos tenÃa una forma distinta de hacerle el amor a mis pechos. La de Roberto era más varonil y vigorosa, casi frenética, mientras que Clara lo hacia con más delicadeza: su lengua iba la mitad de rápido que la de su novio, y sus besos muchas veces eran apenas roces con los labios. Aunque cada uno a su modo me proporcionaba placer, no lo disfruté completamente hasta que conseguà que ambos actuaran más coordinada y uniformemente. Juntos, lo hacÃan realmente bien, tanto que en el cualquier momento esperaba el primer orgasmo. Este llegó inesperadamente cuando una mano se coló en mi pantalón y llegó hasta mi vagina, introduciendo de golpe y con inmejorable punterÃa un dedo hasta mi clÃtoris.
- ¡Ooo-oooohh, sÃIIIIIIIIIIIIII !!! -exclamé retorciéndome de placer. Clara tenÃa su mano en mi entrepierna, y divertida hacia diabluras con su dedo en mi interior.
- ¿Gustas? -me preguntó sacando el dedo de mi vagina y ofreciéndomelo. OlÃa a sexo, pero diferente a cualquier cosa que habÃa probado antes, pues de hecho, cuando yo me masturbaba, nunca jugueteaba con mis dedos en mi boca salvo antes de empezar, para facilitar la penetración, nunca durante o después del acto. Lo probé. Como esperaba, no era nada repugnante, aunque tampoco era vino con rosas. De todos modos, lo saboreé: la imagen no solo era muy erótica, sino que además, jugar con los dedos de mis amantes es un arma eficaz para excitarles si se sabe hacer correctamente.
- SÃ, muy bien... -jadeaba Clara cuando succionaba su dedo. Ella se incorporó a mi lado y llevó mi cara hasta su piel. Comencé a besarla a la altura vientre, y llevo mis manos hasta su falda, haciendo que se la bajara. Pude entonces apreciar su cuerpo: era de constitución fibrosa, casi atlética, con muy buen tipo, aunque a diferencia de mi no se le apreciaban los músculos. La ropa que llevaba cuando le conocà no le hacia justicia, pues sus medidas debÃan de estar cercanas al 90-60-90, aunque lo sobrepasa. Probablemente al igual que yo, hacia ejercicio con asiduidad para mantenerse en forma. Ella se tumbó sobre el sofá y me arrastró sobre ella, mientras yo terminaba de desnudarme completamente. En aquel momento, toda duda sobre mi sexualidad habÃa desaparecido: no porque hubiera comprendido y solucionado mis miedos, sino porque sencillamente solo existÃa el presente: vivir el momento devorando cada sensación con gula, sumergiendose cada vez más profundamente en el placer. No importaba que fuera con una mujer apenas conocida, solo importaba aquel momento de goce y placer. Nos besamos en la boca, cuello, pechos... Acariciamos nuestros muslos, traseros... Rozamos nuestras pieles desnudas, nuestros pechos... Volvà brevemente a la realidad cuando sentà nuevamente un intruso en mi vagina: Roberto se habÃa cansado de ejercer de espectador y jugueteaba con sus dedos en nuestros coños.
- Follame, Alba -jadeó Clara sin dejar de besarme-. Follame como un animal. Comencé a moverme como si fuera un hombre y la estuvieran follando: hacia adelante, atrás, adelante... El roce de nuestras pieles desnudas, de nuestros vientres, pechos... Era increÃblemente excitante y ambas lo sentÃamos, las manos de Clara se cerraban con fuerza sobre mis nalgas, empujándome como si realmente la estuviera follando un hombre.. Cuando me echaba hacia adelante en una embestida, mis pechos quedaban casi a la altura de su boca, y ello desaprovechaba aquella oportunidad, buscaba con su lengua la aureola y mis pezones, e incluso intentaba morderlos suavemente. Roberto decidió que habÃa esperado suficiente y se situó enfrente a mÃ, sobre la cabeza de su novio. Su polla permanecÃa rÃgida ante mi, en una muda demanda que no desatendÃ. Primero besé y ensalivé la punta cada vez que me echaba hacia delante, cuando de repente tuve un sobresalto cuando uno de los dedos de Clara se posó inesperadamente sobre la entrada a mi ano. Sin embargo, casi en el mismo acto me recuperé de la impresión y me echa más adelante para capturar con mis labios la roja glande de Roberto. Poco a poco sentà como el dedo de Clara se comenzaba a introducir en mi ano y comencé a tragarme los 24 cms de mi ex, su novio, mirándole con una cara de puta que sabÃa que le ponÃa a mil mientras su novia me proporcionaba un gran placer en mis pechos y mi ano. Sin embargo, fue ella quien con mis movimientos alcanzó el orgasmo, que sentÃa claramente al estar sobre ella, sobre mis muslos llegó a resbalar parte de sus jugos. A Roberto mis atenciones pronto le parecieron insuficientes. Clara y yo no tardamos en compartir su maravilloso falo, arrodilladas juntas ante él, ambas con la misma cara de lolita puta y viciosa que tanto derrite a los hombres. Al principio resultó un poco incómodo, pero una vez nos coordinamos, todo fue sobre ruedas: comenzamos turnándonos su polla, primero lo chupaba una y después la otra. Luego, mientras yo me la tragaba, Clara se agachó lo justo y comenzó a lamer sus testÃculos (afortunadamente, Roberto tiene los genitales depilados), cuando le tocó tragarse la polla, yo la imité y continué la labor de Clara en sus testÃculos, y poco a poco fuimos subiendo hasta casi unir nuestras bocas sobre el tronco de la polla. A parte de esto, me sorprendió sobremanera la increÃble capacidad bucal de Clara: ¡al final se llegó a tragar los 24 cms de Roberto enteritos! Una proeza nada fácil, y lo digo con conocimiento de causa. En cambio ella, parecÃa hacerlo con suficiencia y facilidad.
- Quiero ver como te la follas -le dijo Clara a Roberto. Este he hizo tumbar en el suelo y apuntó su miembro a mi húmeda vagina mientras Clara observaba la escena casi con voracidad, degustando cada detalle. Roberto me penetró sin problemas y comenzó el mete y saca delante de su novia, que lo observaba embelesada, mientras con una mano se masturbaba su vagina. Pero no pudo soportar demasiado aquel papel pasivo y se sentó sobre mi boca, mirando de frente a Roberto, al cual comenzó a besar. No me dijo nada, pero yo sabÃa muy bien lo que querÃa ella y comencé a lamer y chupar su vagina. Era la primera vez que hacia algo asÃ, pero cuando disfrutas de una sesión de sexo tan magnÃfica y excitante como aquella, te dejas llevar por la pasión y haces cosas que en otras circunstancias no te atreverÃas a hacer, y aquella era una de ocasiones. Para ser la primera vez que comÃa un coño, creo que lo hice bien, pues no tarde en sentir las palpitaciones de placer de Clara. Al estar ella sobre mi, no veÃa lo que hacÃan ella y Roberto, aunque no serÃa difÃcil de imaginar. De repente vi que Clara se tumbaba sobre mà y comenzaba a chupar y lamer mis labios vaginales mientras su novio continuaba déndome guerra. Su acción conjunta logró su objetivo y tras varios minutos estallé en mi segundo orgasmo. Rápidamente Roberto salió de mi y Clara se apartó de mi, de modo que pude ver como Roberto se pajeaba ante Clara y soltaba un potente chorro de semen seguido de otro y otro más sobre su cara. Esta los recibió con los ojos cerrados y la boca entreabierta, si bien ni una gota de semen cayo en su boca. Cuando Roberto terminó de correrse, Clara se inclinó sobre mi con su cara embadurnada de semen y me besó. Los siguientes minutos los pasamos besándonos, compartiendo el semen de Roberto, bañando nuestras caras en él y finalmente limpiándonoslo mutuamente con nuestras lenguas, algo realmente excitante, si bien no fue tanto como le pareció a Roberto: cuando nos dimos cuenta, ya tenÃa su polla nuevamente en forma y se situaba detrás de Clara.
- Me encantó -me dijo ella besándome-. Tendré que devolverte el favor. Bajo por mi cuerpo, besando cuello, pechos, abdomen, Monte de Venus hasta finalmente alcanzar mi vagina, mientras las manos de Roberto rondaban su culito, y me pareció que introducÃa poco a poco un dedo. Lo que sentà a continuación fue magnÃfico. Alguna gente dice que la mejor amante para una mujer es otro mujer, puesto que conocen mejor que cualquier hombre su propio cuerpo y saben que hay que hacer para darle placer, ya que además los hombres suelen desentenderse del placer de su pareja. Sin ánimo de entrar en polémicas, considero que esta idea es acertada, pero no necesariamente correcta, pues la considero demasiado escueta y que generaliza demasiado. Por ejemplo, para Roberto, casi la mitad de su placer es el que le proporciona a sus amantes: cuanto más placer les da, más se reafirma su propio placer y gozo basado en su ego. La cuestión es que Clara me proporcionó probablemente la mejor sesión de sexo oral que habÃa experimentado nunca. Tanto que casi no fui consciente del momento en el cual Roberto comenzó a introducir su polla en el ano de Clara. De echo no, a pesar de que les miraba directamente, no recuerdo el momento en el que comenzó a presionar su glande contra su esfÃnter. Fue el grito de Clara el que me devolvió a la realidad. Con cuidado, Roberto fue introduciendo su miembro en su ano, y no tardó demasiado en ello. Cuando lo consiguió, comenzó con el mete y saca que llevó a su novia a elevadas cotas de placer que se transmitieron a través de su lengua y boca a mi vagina: las palpitaciones de placer que sentÃa ella en su recto se transmitÃan por todo su cuerpo, alcanzando su activa lengua, que transmitÃa el eco de estas a mi vagina, concretamente a mi clÃtoris. Esa situación continuó por un largo rato en el cual ella tuvo otros tres orgasmos y yo dos, cuando finalmente Roberto se colocó sobre nosotras y volvió a expulsar aun una buena cantidad de semen, considerando todo el que habÃa echado anteriormente. Esta vez lo arrojó sobre nuestros rostros juntos, apuntando a nuestras bocas abiertas. Clara y yo nos besamos con nuestras bocas y mejillas llenas de semen, y tras limpiárnoslas procedimos a limpiar el miembro flácido de Roberto, que poco a poco comenzó a recuperar forma.
- ¿Aún quieres más? -preguntó Clara al notar su aun considerable tamaño.
- Por supuesto que sà -respondió él con una sonrisa-. Aun no he dado todo lo que soy capaz. ¿Os animáis? - Bueno, es una ocasión especial -respondió Clara evidentemente animada por el reto de Roberto, mientras me miraba con lujuria y picardÃa-: es tu bienvenida al mundo de la bisexualidad, algo que también deseo celebrar continuando. ¿Y tú? - Tienes razón -respondÃ- : es una ocasión especial, y ahà que aprovecharla.
- Celebro que te hayas curado de tu obsesión con esa muchachita -me dijo Roberto. Su comentario me conmocionó: me habÃa olvidado por completo de Iria. Inmediatamente sus recuerdos inundaron mi mente. Roberto y Clara se inclinaron sobre y comenzaron a besarme y acariciarme nuevamente, pero pronto notaron que estaba ausente.
- ¿Qué te sucede? -preguntó Clara-. ¿No tienes más ganas? - No es eso -respondà enfurruñada-, es que ahora no puedo dejar de pensar en ella.
- ¿En quién ? ¿En tu amiguita? -preguntó Roberto-. ¿Por qué? - No sé -respondà más irritada. Desde que la mencionó, no lograba apartar de mi mente el rostro de Iria, y lo peor: un sentimiento desconocido hasta entonces, que no lograba identificar y me atenazaba-. Lo siento. Ahora no me siento con ánimos. ¡Maldita sea! - ¿Qué se trata? ¿Vuelves a sentir vergüenza, dudas? -se interesó Clara.
- No es eso -volvà a repetir-. Eso ya está superado, pero es que ella es la culpable, la que me provoca tantas dudas, tanta... Callé mientras intentaba encontrar las palabras que expresaran mis sentimientos, si es que comprendÃa de que se trataba, para empezar. No podÃa ser el hecho de que hubiera disfrutado sexualmente con una mujer, pues lo que habÃa experimentado con Clara no me habÃa afectado en absoluto. Entonces me quedé momentáneamente inmóvil : era cierto que no sentÃa vergüenza ni miedo por haber hecho el amor con Clara, pero sentà que era precisamente eso lo que causaba mi malestar emocional. Eso y lo sucedido el dÃa anterior con Roberto. ¿Ahora me sentÃa mal por disfrutar del sexo, algo que siempre habÃa hecho sin culpa ni remordimiento alguno?Y de golpe, comprendà la razón, la causa de todo mi malestar y mis dudas.
- Estoy enamorada -dije de golpe, incapaz de asumir aquella respuesta, a pesar de saber desde el mismo momento en que la formulé que era la verdad. Desde el primer momento me habÃa obcecado en considerar aquella situación únicamente desde un prisma únicamente sexual, de mera atracción fÃsica y corporal. Por ello habÃa intentado hallar un solución que satisficiera las dudas sobre mi sexualidad (las cuales existÃan), pero sin examinar el problema principal. Comprendà que el sentimiento que mortificaba era la culpa, culpa por haber sido infiel a la persona a quien amaba. Comencé a reÃrme histéricamente: ¡Pensar que todo mi problema se reducÃa a algo tan sencillo como aquello! Pero descubrirlo me habÃa costado mucho, mucho más incluso de lo que me podÃa permitir: ¿cómo podÃa mirar a Iria a la cara y decirle que la amaba con el recuerdo de lo que habÃa hecho con Roberto y Clara?Como podéis imaginar, aquel fue el final de aquella sesión de sexo y lujuria. Roberto comprendió que ya no estaba para más guerra, y Clara se apresuró en ayudarme y ejercer de psicóloga. Me dijo que si estaba segura de mis sentimientos hacia Iria, debÃa de afrontarlos con valor. Me recordó que olvidara los prejuicios de la sociedad a la homosexualidad, y que debÃa ser fiel a mi misma. En cuanto a lo sucedido aquella noche y la anterior... No se atrevió a darme consejos, aunque si me insinuó que no debÃa de obsesionarme por ello, que no contaban, pues hasta entonces no comprendÃa mis sentimientos por ella, y por tanto no podÃa considerarme culpable. Claro, era fácil de decir, y supongo que tenÃa razón, pero yo no para de recordarme que ello no era excusa. ¡Nuestra relación apenas habÃa comenzado y ya le habÃa sido infiel, y además únicamente por sexo! Iria no podÃa descubrirlo, pero mi propia conciencia me torturaba. Desde pequeña, cuando hacia algo malo, nunca lo negaba o intentaba echarle la culpa a otra persona. Creo que las propias faltas y errores deben de admitirse voluntariamente, no ocultarse, pues constituye un engaño y una falta de respeto a quienes confÃan en ti: es más grave el engaño que la falta en si misma. Deseaba estar al lado de Iria, pues apenas comenzaba a descubrir lo importante que ella era para mi. Pero si era tan importante para mÃ... ¿cómo podÃa rebajar mis valores para conservarla? SentÃa que actuando de ese modo, me burlaba de ella, del amor que sentÃa por ella. Cuando abandoné el piso de Roberto y Clara, tuve un nuevo ataque de risa histérico al pensar en lo sucedido. Si no fuera por mis problemas de conciencia, me reirÃa de buena gana de lo sucedido: habÃa necesitado un buen puñado de polvos para descubrir que amaba a la chica con la que no habÃa estado desde entonces. Mi idea original y la propuesta de Roberto, que en su momento me habÃan parecido adecuadas, ahora me parecÃan lo que eran: unas sandeces de una estupidez supina. Y ahora pagaba el precio. Lo único positivo era que ahora conocÃa el porque de todo, y sabÃa lo que tenÃa que hacer. Inexcusablemente, debÃa de volver a ver a Iria.
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