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« en: Junio 11, 2006, 01:52:30 » |
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Me provocaba especialmente el pensar en hombres como yo, arropados en fina lencerÃÂa y modos femeninos.
Hace algunos meses me enganché a las fotos de travestis y transexuales en internet. Me provocaba especialmente el pensar en hombres como yo, arropados en fina lencerÃa y modos femeninos. Mantuve el contacto con algunos de ellos, o ellas mejor dicho, a través de chat y correo electrónico, pero no me decidÃa a dar el último paso: follarme un travestÃ. Algunos de los que frecuentaban los chats me contaban sus experiencias, y releyendo los relatos aquà publicados me corrÃa una y otra vez pensando en la situación tan erótica de acariciar una polla entre lencerÃa intima. De hecho, tengo el ordenador cargado de fotos de transexuales que nada tienen que envidiar a muchas mujeres. Os recomiendo que lo comprobéis por vosotros mismos. Tan obsesionado estaba que me dije que tenÃa que realizar mi fantasÃa de una vez por todas o esa frustración me acompañarÃa diariamente. No se si a alguno le ha pasado igual (me encantarÃa conocer vuestras experiencias relativas a esto) AsÃ, revisé los anuncios de contactos de mi ciudad, busqué en internet y logré contactar con algunos chicos que se vestÃan de mujer en la intimidad (crossdresser, me explicaron que era el termino utilizado). Muchos simplemente lo hacÃan por morbo y no se atrevÃan a dar el paso de entregarse a un hombre, pero otros... Otros buscaban un buen rabo como hambrientos. Muchas de las cosas que decÃan en sus correos provocaban en mi un efecto devastador. Me morÃa por sentirlas entre mis piernas, entre mi polla. No es que yo sea un deportista, pero estoy de buen ver. A mis 28 años, soy alto, moreno y bastante velludo, y mi pene alcanza los 19 cms. en una buena erección. Logré concertar una cita con un travesti. Se llamaba asà misma, Mónica y vivÃa cerca de mi ciudad. TenÃa 32 años y según se describÃa en sus correos, era alta, algo rellenita, y le gustaba la lencerÃa muy sexy. DecÃa que le gustaba sentirse dominada, que querÃa sentirse como una verdadera puta en mis manos. Ufff. Me ponÃa como una moto, y eso que no la habÃa visto. Quedamos en vernos el jueves por la noche y, como no tenÃamos sitio, lo harÃamos en mi coche. PasarÃa a recogerla a las 10 de la noche. Ese dÃa estuve muy nervioso y expectante. Dude hasta el último momento en presentarme a la cita, que habÃamos fijado cerca de un club de prostitución, para dar más morbo a nuestro primer encuentro. Pero al final me decidà por fin y llegué unos minutos antes para situarme. En los callejones situados alrededor del club, el ir y venir de clientes y prostitutas se sucedÃa sin descanso. Me sentÃa como uno de ellos, agazapado en el coche mientras observaba a todos los que pasaban por allà a la espera de que apareciera. Al poco rato apareció un chico alto, con una mochila al hombro y tras cerciorarse de que nadie le observaba me hizo un gesto con la mano para que lo recogiera. Subió al coche y nos presentamos: - Soy Mónica. ¿Que tal? Yo le dije mi nombre y, algo forzado, le di dos besos en las mejillas, como cuando te presentan a una chica. No sabÃa como reaccionar. Me indicó un lugar sin iluminar y aparqué allà para que se cambiará. Tras la primera impresión deduje que tenÃa menos edad de la que me habÃa dicho y que era algo más alto que yo. Estaba a medio maquillar y llevaba las uñas pintadas. Me baje del coche para que se transformara en la mujer que yo estaba buscando esa noche. Entre la oscuridad pude ver como se colocaba una peluca y adiviné como se colocaba una falda, pero apenas podÃa distinguir más. Los faros de un coche iluminaron una silueta de mujer. - Ya he terminado. – dijo al cabo de un rato. Cuando subà me encontré con toda una mujer esperándome. Una peluca morena ocultaba gran parte de su rostro y un fuerte perfume, de los que usan las putas impregnaba el ambiente. Usaba una falda negra muy corta, unas medias negras de rejilla y unas grandes botas de tacón. En la parte de arriba, una camisa blanca cubrÃa lo que parecÃa dos grandes pechos. La transformación era impresionante. Estaba totalmente depilada, lo que la hacÃa aun más real a la idea de que era toda una mujer.
- ¿A donde vamos? – pregunté. - A un lugar tranquilo, cariño. Estoy deseando que me hagas tuya... Busqué un lugar apartado mientras pasaba la mano por sus piernas y ella me decÃa algunas obscenidades que estaban logrando que mi polla empezará a despertar. Cuando aparqué me quedé quieto, esperando su siguiente movimiento. Su mano se avalanzó sobre mi paquete y sopeso el contenido del mismo. Se paso la lengua por los labios, relamiendose.
- ¿Para quien es esta cosita? – preguntó poniendo voz de niña mala. Yo me abrà la bragueta y dejé que mi polla respirara, exhibiéndose, todavÃa morcillona, pero deseosa de ser aprisionada entre los labios de aquella hembra.
- Es toda tuya, cariño. Noté como con la punta de la lengua comenzó a recorrer la base de mi pene hasta descubrir mis huevos. Tras lamerlos lentamente, subió hasta el glande al que se dedicó a darle besitos muy suaves mientras que con la otra mano seguÃa masajeando mis testÃculos. Dejé que mis manos se aferraran a sus tetas postizas, y la cogà de la cabeza para que no parará. En ese momento se la tragó entera, hasta que noté la punta de su nariz rozando mis huevos. Era la mejor mamada que me habÃan hecho nunca, y me la estaba haciendo un tio. Le susurré que si no paraba, pronto me correrÃa en su boca. Alzó la vista, mientras seguÃa lamiendo y en un gesto de lascivia, se frenó y comenzó a subir con su lengua hacÃa mi pecho, saboreando cada centÃmetro de mi piel hasta llegar a mis pezones, que mordió con ansiedad de colegiala. Luego paró bruscamente.
- Quiero que me folles – me susurró con la lengua en mi oreja. Busqué a tientas sus braguitas, negras y diminutas, entre la falda y se las quité lentamente hasta dejarlas hasta la altura de sus rodillas. Palpé hasta encontrar su polla, bastante más grande de lo que habÃa imaginado y en un gesto instintivo me acerqué a unos centÃmetros de ella, regodeándome en su visión y su aroma a macho. Con la lengua la repasé, cálida, bañada en jugos preseminales. Estaba muy mojada. Me decidà y me la tragué entera, sintiéndola en lo más hondo de mi garganta. Mónica gimió y levantó su pelvis tratando de adentrarse más dentro de mÃ, pero la tensión era máxima y tuve que abandonar mi juguete de carne entre arcadas. Casi no podÃa respirar. Ella se tumbó de espaldas a mÃ, en el asiento trasero, y se abrió todo lo que pudo de, ofreciéndome la panorámica de su ano, sediento de ser penetrado e inundado. Pasé un dedo entre mis labios y se lo di a lamer. Luego lo introduje muy lentamente en su cerrado orificio. Restos de excrementos mancharon mi Ãndice, que cada vez entraba y salÃa con más facilidad. Acerqué mi lengua a su cueva y la penetré con la punta, buscando su agujero sin vergüenza, saboreando aquel culo sin pensar si era de un hombre o mujer, sino gozando de su sabor hasta el final. Apoyé mi ansioso pene entre las nalgas de mi amante y empujé poco a poco, dejando que ella impusiera el ritmo. Fue echándose hacÃa atrás buscando más y más centÃmetros hasta que la tuvo toda dentro. Asà permanecimos unos instantes mágicos, sintiéndonos el uno dentro del otro, formando una sola masa de carne animal. Luego comencé a moverme, a dentro y afuera, clavando mis uñas en sus depiladas nalgas, el ritmo fue creciendo hasta convertirse en un bombeo frenético que nos hacÃa gritar de placer. Suerte que no habÃa nadie cerca, o nos habrÃan denunciado por escándalo público.
- ¡Ya no puedo más! - grité, - ¡me voy a correr entero!. El se salió de mi y se dio la vuelta, cogiéndome la polla con la mano mientras seguÃa moviéndola al mismo ritmo de la enculada, dirigiendo la punta de mi repleto nabo hacÃa su rostro, desencajado por el placer. Los primeros goterones de semen cayeron sobre su peluca, el resto de leche fue sabiamente encaminado hacÃa su lengua, que recogió y paladeó entre sollozos, dejando escapar grandes grumos de mi lÃquido por entre los labios, limpiándome los restos que quedaban con la lengua, sin dejar que nada se perdiera en la tapicerÃa del coche. Me quedé exhausto, abrazado a ella. Nunca antes habÃa experimentado una sesión de sexo tan puro y salvaje. Me di cuenta de que la polla de mi amante todavÃa estaba esperando su turno y acercando mi mano, la masajeé dulcemente, en un momento intimo que siempre recordaré hasta que se corrió entre mis dedos, jadeando como una mujer, gozando como un hombre. Llevé mis dedos, untados en semen, hasta mi lengua, ansioso por probar ese lÃquido divino y el sabor agridulce y pastoso se alojó en mi paladar. Me relamà de gusto. Algo tan cercano y que nunca habÃa probado me dejó enganchado. Lamà los restos que permanecÃan en su verga y la exprimà de nuevo hasta conseguir una nueva dosis de la droga del amor. Luego se cambió de nuevo y se transformó en chico. Como recuerdo de nuestro encuentro me regaló sus braguitas, húmedas y estrechas. A menudo recuerdo nuestro encuentro y me pongo las braguitas frente al espejo y siento deseos de volver a experimentar aquella experiencia.
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