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« en: Junio 13, 2006, 01:12:50 » |
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Luego de tener mi segundo hijo, mi hermana me sugirió que dejara de atenderme en la Obra Social, y me recomendó su ginecólogo.
-Un hombre, para eso, es mucho mejor que una mujer -sentenció. Y con mucha tranquilidad solicité un turno con el Doctor Palacios. Ese dÃa fuà nerviosa, no estaba muy conforme de haber cambiado de profesional, pero sentÃa adentro mÃo que hacÃa lo correcto. Uno nunca debe quedarse con un médico solo. Esperé sentada en la sala hasta que sentà una voz muy varonil llamándome por el apellido. Rápidamente me conduje hasta la puerta de su consultorio. Él me saludó extendiendo su mano y llevando sus ojos hasta los mÃos, cuando pude apreciar el color de los mismos. Me gustaron. Recorrà sus facciones y me agradaron todavÃa más. Muy amable me invitó a sentarme frente a él, y pude recorrerlo comenzando por su cabello, su camisa inmaculada, su corbata y su broche de oro, sus manos de dedos largos, hummmm. En una segunda recorrida volvà a sus ojos y terminé en su boca.¡Dios, que bueno que estaba!
Él se reclinó hacia mà para escucharme y fijar su expresiva mirada. Creo que sucedió algo entre ambos, internamente. Ese deseo mutuo de agradarnos, eso que llamamos deseo, se estaba despertando. Escuchaba, y en su escuchar se abrÃa ese juego de seducción que se instala entre un hombre y una mujer.
-DesvÃstase -me dijo. Bajó sus ojos y yo me puse de espaldas pero igual sentÃa su mirada ardiente.
-Levante los brazos -dijo y se colocó enfrente. Muy suave y muy lento empezó a tocarme hasta pasar sus dedos cerca de mis pezones. Yo no lo miraba, no podÃa verlo, parecÃa que si lo miraba le entregarÃa mi boca. Y no sabÃa qué harÃa él conmigo.
Me indicó que me pusiera horizontal sobre la camilla y siguió mirando atentamente pero en silencio. Concentrado, serio, y yo sintiendo su inquietante proximidad. Cerré los ojos y prosiguió su minuciosa revisación con pocas palabras. En un determinado momento se reitró hasta su escritorio y me indicó que me vistiera. Luego me explicó el tratamiento a seguir. Mientras hablaba, lo imaginé desnudo, ya humedecida, lo acariciaba con todos los sentidos. Me trajo a la realidad con sus palabras: -Haga lo que le indico y vuelva a verme. La espero pronto.
Fui obediente. Durante los dÃas siguientes disfruté de mi vida sexual, imaginando las diferentes situaciones que podrÃa crear y realizar en esa relación. VolvÃ, pero la realidad fue mejor que la imaginación... volvà por más.
Se abrió la puerta del consultorio y sentà mi apellido. Me puse de pie con los sobres que contenÃan los estudios. Al enfrentar la puerta esta segunda vez lo vi allÃ, parado, con la carpeta en la mano, tan displicente y atractivo, me sonrió y me excitó.
-Pase -dijo. Me senté. Miré sus manos, no llevaba alianza. ¡Libre! - pensé. Y enseguida me dije ¿libre o no asumido? Mis pensamientos se movÃan a gran velocidad. Mientras él leyó los estudios y luego agregó la orden más esperada por mÃ: desvÃstase.
-Déjese la blusa que hace frÃo.-¿FrÃo...? No sentÃa frÃo, todo lo contrario, una sensación de placer, excitación. QuerÃa que me viera bien, que me disfrutara con los ojos. Me saqué todo de encima, mis senos atrajeron fuertemente su atención. Le señalé mi tanga negra con encajes y sólo dijo: sÃ. Un sà muy afirmativo para que mi mente no pusiera ningún reparo. En ese momento mi represión habÃa dejado de funcionar por completo.
Me acosté en la frÃa y dura camilla, y él trabó la puerta del consultorio. No pensé en nada, me relajé y me dejé llevar, que sucediera algo especial, que me moviera mis dÃas, mis sentidos...Me preguntó cómo iban mis relaciones sexuales. Le contesté que bien, excepto que no llegaba al orgasmo.
-¿Usas objetos? Y a esa pregunta respondà con el silencio. Insistió muy dulcemente. -¿Los usa?
-A veces sÃ, sobretodo si estoy sola en casa y siento deseos...
-Bien -dijo. Comenzó a tocarme suavemente explicándome las zonas erógenas que debÃa estimular, y me palpó los senos, lo que provocó que mis pezones se pusieran erectos. Luego trazó una lÃnea media entre mis pechos con sus dedos, y la alargó hasta mi puvis. Buscó, exploró sin llegar a mi clÃtoris y presionó varias y sostenidas veces. No lo puedo describir con palabras, lo que hacÃan sus dedos largos allÃ. Imploraba mentalmente que continuara, que siguiera bajando hasta mi clìtoris, y que me penetrara.
Mis pechos se elevaban y alzaban al compás de mi respiración. No me animaba a abrir los ojos, sólo querÃa escuchar su voz y ser seducida amorosamente. De repente me preguntó si gozaba. Abrà los ojos y volvió a preguntar: -¿Gozas?
No le respondà con palabras, simplemente me puse a jadear de placer, humedeciéndome, y con ganas de abrir mis piernas y que me penetrara. Él lo entendió como lo entiende todo macho que sabe qué hacer en una relación sin palabras, donde satisface por completo a una mujer.
Me dijo que todavÃa estaba tensa y me pidió que me diera vuelta. Lo hice, retiró mi cabello de mi espalda y sus manos calientes me tomaron por los hombros, luego acariciaron mi piel cada vez más abajo. Se detuvo un momento en mi cintura y después comenzó a acariciar mis redondos glúteos. Sentà abrirse mi orificio anal, mi vulva ofreciéndose entera sin escatimar nada. Y allà sÃ, me tomó de las piernas y me arrastró suavemente hasta el borde de la camilla. Primero metió su dedo humedecido en mi culo, y luego su miembro entró muy despacito en mi vagina. La puntita primero, volvió a esperar, luego un poco más, y más, hasta que llegó el movimiento placentero de entradas y salidas. Se curvó buscando besarme el cuello, pasando sus dientes por mi espalda, haciéndome sentir sus labios con el vaivén de mi cuerpo.
Yo me tapé la boca, afuera habÃa gente. Y por nada del mundo iba a permitir que alguien pudiera interrumpir ese instante. Ni siquiera los golpes que daban en la puerta, y el llamado de su secretaria. El comprendió y siguió, siguió. Yo sólo sentÃa su "gozá, gozá". Y estallé en un orgasmo mezcla de figuras, colores, sensaciones, un estallido interno único, todo mÃo, con una mano ahogando mi grito.
Salà radiante de allÃ, y podÃa sentir las miradas de las otras mujeres a mi paso. No me importó que pensaran "a ésta se la ha movido". De hecho, continúo casada, pero todos los meses concurro puntualmente al consultorio del Doctor Palacios, y no lo abandonaré por nada del mundo.
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