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Autor Tema: Sexo consulta profesional  (Leído 433 veces)
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« en: Junio 13, 2006, 01:12:50 »

Luego de tener mi segundo hijo, mi hermana me sugirió que dejara de atenderme en la Obra Social, y me recomendó su ginecólogo.



-Un hombre, para eso, es mucho mejor que una mujer -sentenció. Y con mucha tranquilidad solicité un turno con el Doctor Palacios. Ese día fuí nerviosa, no estaba muy conforme de haber cambiado de profesional, pero sentía adentro mío que hacía lo correcto. Uno nunca debe quedarse con un médico solo.
Esperé sentada en la sala hasta que sentí una voz muy varonil llamándome por el apellido. Rápidamente me conduje hasta la puerta de su consultorio. Él me saludó extendiendo su mano y llevando sus ojos hasta los míos, cuando pude apreciar el color de los mismos. Me gustaron. Recorrí sus facciones y me agradaron todavía más. Muy amable me invitó a sentarme frente a él, y pude recorrerlo comenzando por su cabello, su camisa inmaculada, su corbata y su broche de oro, sus manos de dedos largos, hummmm. En una segunda recorrida volví a sus ojos y terminé en su boca.¡Dios, que bueno que estaba!

Él se reclinó hacia mí para escucharme y fijar su expresiva mirada. Creo que sucedió algo entre ambos, internamente. Ese deseo mutuo de agradarnos, eso que llamamos deseo, se estaba despertando. Escuchaba, y en su escuchar se abría ese juego de seducción que se instala entre un hombre y una mujer.

-Desvístase -me dijo. Bajó sus ojos y yo me puse de espaldas pero igual sentía su mirada ardiente.

-Levante los brazos -dijo y se colocó enfrente. Muy suave y muy lento empezó a tocarme hasta pasar sus dedos cerca de mis pezones. Yo no lo miraba, no podía verlo, parecía que si lo miraba le entregaría mi boca. Y no sabía qué haría él conmigo.

Me indicó que me pusiera horizontal sobre la camilla y siguió mirando atentamente pero en silencio. Concentrado, serio, y yo sintiendo su inquietante proximidad. Cerré los ojos y prosiguió su minuciosa revisación con pocas palabras. En un determinado momento se reitró hasta su escritorio y me indicó que me vistiera. Luego me explicó el tratamiento a seguir. Mientras hablaba, lo imaginé desnudo, ya humedecida, lo acariciaba con todos los sentidos. Me trajo a la realidad con sus palabras: -Haga lo que le indico y vuelva a verme. La espero pronto.

Fui obediente. Durante los días siguientes disfruté de mi vida sexual, imaginando las diferentes situaciones que podría crear y realizar en esa relación. Volví, pero la realidad fue mejor que la imaginación... volví por más.

Se abrió la puerta del consultorio y sentí mi apellido. Me puse de pie con los sobres que contenían los estudios. Al enfrentar la puerta esta segunda vez lo vi allí, parado, con la carpeta en la mano, tan displicente y atractivo, me sonrió y me excitó.

-Pase -dijo. Me senté. Miré sus manos, no llevaba alianza. ¡Libre! - pensé. Y enseguida me dije ¿libre o no asumido? Mis pensamientos se movían a gran velocidad. Mientras él leyó los estudios y luego agregó la orden más esperada por mí: desvístase.

-Déjese la blusa que hace frío.-¿Frío...? No sentía frío, todo lo contrario, una sensación de placer, excitación. Quería que me viera bien, que me disfrutara con los ojos. Me saqué todo de encima, mis senos atrajeron fuertemente su atención. Le señalé mi tanga negra con encajes y sólo dijo: sí. Un sí muy afirmativo para que mi mente no pusiera ningún reparo. En ese momento mi represión había dejado de funcionar por completo.

Me acosté en la fría y dura camilla, y él trabó la puerta del consultorio. No pensé en nada, me relajé y me dejé llevar, que sucediera algo especial, que me moviera mis días, mis sentidos...Me preguntó cómo iban mis relaciones sexuales. Le contesté que bien, excepto que no llegaba al orgasmo.

-¿Usas objetos? Y a esa pregunta respondí con el silencio. Insistió muy dulcemente. -¿Los usa?

-A veces sí, sobretodo si estoy sola en casa y siento deseos...

-Bien -dijo. Comenzó a tocarme suavemente explicándome las zonas erógenas que debía estimular, y me palpó los senos, lo que provocó que mis pezones se pusieran erectos. Luego trazó una línea media entre mis pechos con sus dedos, y la alargó hasta mi puvis. Buscó, exploró sin llegar a mi clítoris y presionó varias y sostenidas veces. No lo puedo describir con palabras, lo que hacían sus dedos largos allí. Imploraba mentalmente que continuara, que siguiera bajando hasta mi clìtoris, y que me penetrara.

Mis pechos se elevaban y alzaban al compás de mi respiración. No me animaba a abrir los ojos, sólo quería escuchar su voz y ser seducida amorosamente. De repente me preguntó si gozaba. Abrí los ojos y volvió a preguntar: -¿Gozas?

No le respondí con palabras, simplemente me puse a jadear de placer, humedeciéndome, y con ganas de abrir mis piernas y que me penetrara. Él lo entendió como lo entiende todo macho que sabe qué hacer en una relación sin palabras, donde satisface por completo a una mujer.

Me dijo que todavía estaba tensa y me pidió que me diera vuelta. Lo hice, retiró mi cabello de mi espalda y sus manos calientes me tomaron por los hombros, luego acariciaron mi piel cada vez más abajo. Se detuvo un momento en mi cintura y después comenzó a acariciar mis redondos glúteos. Sentí abrirse mi orificio anal, mi vulva ofreciéndose entera sin escatimar nada. Y allí sí, me tomó de las piernas y me arrastró suavemente hasta el borde de la camilla. Primero metió su dedo humedecido en mi culo, y luego su miembro entró muy despacito en mi vagina. La puntita primero, volvió a esperar, luego un poco más, y más, hasta que llegó el movimiento placentero de entradas y salidas. Se curvó buscando besarme el cuello, pasando sus dientes por mi espalda, haciéndome sentir sus labios con el vaivén de mi cuerpo.

Yo me tapé la boca, afuera había gente. Y por nada del mundo iba a permitir que alguien pudiera interrumpir ese instante. Ni siquiera los golpes que daban en la puerta, y el llamado de su secretaria. El comprendió y siguió, siguió. Yo sólo sentía su "gozá, gozá". Y estallé en un orgasmo mezcla de figuras, colores, sensaciones, un estallido interno único, todo mío, con una mano ahogando mi grito.

Salí radiante de allí, y podía sentir las miradas de las otras mujeres a mi paso. No me importó que pensaran "a ésta se la ha movido". De hecho, continúo casada, pero todos los meses concurro puntualmente al consultorio del Doctor Palacios, y no lo abandonaré por nada del mundo.

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