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« en: Junio 09, 2006, 11:38:04 » |
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El empleo es suyo
Cerró la carpeta con un golpe seco, la dejó encima de la mesa y apoyó ambas manos sobre ella.
- De todos los candidatos usted ha sido el que mejor ha superado todas las pruebas. Creemos que el puesto de jefe de la sección de ventas le vendrá como anillo al dedo. Pero recuerde que en esta empresa somos un equipo. Las individualidades no están bien vistas porque...
Bla, bla, bla. Siempre el mismo cuento. Cada vez que entras a trabajar en una empresa te sueltan las mismas tonterÃas. ¿Tendrán alguna grabación debajo de la cama diciendo lo mismo todas las noches para aprendérselo de memoria?
El caso es que mientras el encargado de personal no dejaba de hablar, yo me sentÃa inmensamente contento. Aquel puesto era el más importante que habÃa tenido que desempeñar hasta entonces. Era la primera vez que me asignaban un despacho propio y secretaria personal. Iba a tener a mis órdenes a toda una plantilla de empleados, y lo único que debÃa de hacer para ascender en la empresa era aumentar en un 10% el nivel de las ventas.
Pocos minutos después, me dirigÃa hacia lo que para mà era la culminación de una vida de estudios y malos tragos. HabÃa tenido que renunciar a muchas cosas para estar allÃ. HabÃa pasado por trabajos de mala muerte con el fin de conseguir experiencia y un curriculum. Pero al final lo habÃa conseguido. Cuesta mucho entrar en el mundillo, pero una vez dentro, lo único que puedes hacer es seguir subiendo. Ni siquiera la historia que me habÃan contado sobre el señor Diez, mi antecesor en el cargo, podÃa ensombrecer mi ego en aquellos momentos. Según decÃan, a los pocos meses de estar trabajando allÃ, el estrés pudo con él. Un dÃa no se presentó a trabajar, y en su lugar envió una nota diciendo que se iba a realizar un viaje por el mundo. Dejó su empleo, a su mujer y a sus tres hijos y nadie le habÃa vuelto a ver.
Mi secretaria no estaba en su sitio. TenÃa un pequeñÃsimo despacho a las puertas del mÃo, asà que nadie podÃa pasar dentro sin que ella le diera permiso para hacerlo. Pero si no estaba allÃ, no podrÃa cumplir ese encargo. No querÃa comenzar siendo duro con ella, pero le darÃa una pequeña regañina en cuanto pudiera. A los empleados hay que demostrarles la fuerza de carácter de uno. Tienes que causar respeto para que te respeten.
Mi despacho no era enorme, pero desde luego era mayor que cualquier otro sitio donde hubiera trabajado. Incluso era mayor que aquella habitación de mi anterior trabajo donde estábamos metidos siete personas durante todo el dÃa. Miré por el ventanal. La vista era relajante y tranquilizadora. A lo lejos podÃa distinguir...
- Buenos dÃas
Aquella voz me sobresaltó. Me volvà para encontrar a una atractiva mujer de unos treinta años, alta, morena y con un rostro inquietante. Iba vestida con la corrección que aconsejaba la empresa. Una blusa blanca de manga larga, botones abrochados hasta el cuello, falda oscura por encima de las rodillas, medias negras y zapatos de tacón, aunque sin exagerar.
- Buenos dÃas - respondà - Supongo que usted debe de ser...
- ... su secretaria. Mi nombre es Laura. Lamento no haber estado aquà cuando ha llegado usted, pero tenÃa que hacer unas copias. y mi fotocopiadora se ha estropeado.
La excusa era correcta. No me pareció oportuno reñirla tan pronto, asà que opté por ser amable con ella.
- No se preocupe. En lo sucesivo le agradeceré que me avise cuando tenga que ausentarse de su puesto. No soy una persona exigente. Creo que seremos buenos amigos. - a los empleados siempre les gusta que les digan estas cosas - Lo único que deberemos de hacer es trabajar como un equipo.
Cuando me di cuenta de que estaba a punto de recitarle el rollo que me acababa de soltar el encargado de personal, sonreà levemente.
- Bien, señorita Alvarez...
- Laura, por favor.
- De acuerdo, Laura. Por favor, póngame al dÃa.
Resultó ser una empleada muy eficaz. CumplÃa todos mis encargos de manera rápida y eficiente. Se amoldó muy bien a mi forma de trabajar. Lo único que yo exijo a mis subordinados es que puedan leerme el pensamiento. Y ella casi lo conseguÃa muchas veces. SabÃa exactamente cuando necesitaba una taza de café. Nunca repetÃa dos veces la misma excusa a la misma persona. Cuando tenÃa que quedarme a trabajar hasta tarde, casi siempre se quedaba conmigo para ayudarme. Se adelantaba a mis deseos cuando le pedÃa información, e incluso cuando no se la pedÃa. ParecÃa disfrutar con su empleo. Era correcta en su trabajo y en su forma de ser y de vestir. Nunca llevaba pantalones. Las faldas las preferÃa cortas. Las medias siempre negras, y los zapatos con un cierto tacón. Me pregunté como una mujer como ella no ascendÃa en la empresa. Me informé. Llevaba ya varios años trabajando allÃ, pero parecÃa estar un tanto gafada. Todos los jefes que le asignaban, al poco tiempo desaparecÃan, abandonaban la empresa o eran trasladados, asà que no pasaba el tiempo suficiente con nadie que pudiera recomendarla para un ascenso.
Una noche, muy tarde, éramos ya las únicas personas trabajando en la empresa. TenÃa una operación importante entre las manos y no podÃa dejarla pasar. Me encontraba cansado, pero al dÃa siguiente tenÃa que presentar un informe y no podÃa permitirme el lujo de irme a casa. Como siempre, ella adivinó mis pensamientos y me trajo un café, muy caliente y con dos terrones de azúcar. Mientras lo tomaba noté un cierto sabor agridulce, pero lo achaqué a mi nerviosismo. Aparte de eso, estaba delicioso. A los pocos minutos me encontré cansado. Muy cansado. Terriblemente cansado. Apenas podÃa mantener los ojos abiertos. La visión se me nublaba por momentos, hasta que mi cabeza cayó sobre los papeles que abarrotaban mi mesa. Lo último que recuerdo fue la borrosa figura de mi secretaria mirándome fijamente desde la puerta del despacho.
Después, la oscuridad.
Cuando desperté estaba solo. Eran las siete de la mañana. Mi cabeza parecÃa una bombona de butano a punto de explotar y mi visión era un tanto borrosa. Como pude, revisé los papeles. El trabajo estaba ya muy adelantado. La noche anterior lo habÃa dejado casi terminado antes de dormirme.
De dormirme. SÃ. Eso fue. El cansancio habÃa podido conmigo y me habÃa dormido. Lo que no entendÃa era porqué no me habÃa despertado Laura.
Pero eso ya no importaba. TenÃa que terminar el informe para llevarlo a gerencia. Me apresuré a ello y en menos de un par de horas lo dejé en la mesa de Laura con una nota para que lo entregara en cuanto llegara. Ya más tranquilo, me senté en mi sillón y me permità el lujo de dar una pequeña cabezadita.
- Buenos dÃas.
TenÃa la maldita costumbre de sobresaltarme. Abrà los ojos y me incorporé sobre el sillón para que no se diera cuenta de que me habÃa dormido.
- ¿Ha dormido bien? - Una amplia sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro.
- ¿Porque no me despertó anoche?
- Comprobé que el informe ya estaba muy adelantado y no lo consideré necesario. Lleva muchos dÃas trabajando en esto sin descansar, asà que decidà dejarle dormir. ¿Hice mal?
Su voz sonaba como la de una niña pequeña cuando quiere ser perdonada por algo que ha hecho y que sabe que no está bien.
La verdad es que, habiendo terminado el trabajo, la cosa ya no tenÃa mayor importancia.
- No se preocupe, Laura. Ahora lo único que quiero es descansar un poco.
Me sentÃa enormemente cansado, como si en vez de dormir, me hubiera pasado la noche descargando camiones. Intenté desperezarme. No era algo que soliera hacer delante de mis subordinados, pero por algún motivo, no me importó hacerlo delante de ella. Una pequeña molestia en un costado me impidió hacerlo completamente a gusto. Toqué por allà y encontré un pequeño moretón, como si me hubiera golpeado. No era muy grande, pero dolÃa horrores. El golpe debió de ser muy fuerte, pero no recordaba haberme dado ninguno.
- Cerraré la puerta e intentaré no pasarle llamadas durante un par de horas. Si quiere echarse un rato en el sofá, le despertaré si viene alguien.
Se dirigió hacia la puerta con unos increÃble e insinuantes movimientos de cadera. ¿Siempre se habÃa movido asÃ? Nunca antes me habÃa dado cuenta. La miré de arriba a abajo. VestÃa como siempre, elegantemente, con falda y medias negras. Sus piernas, envueltas en maravilloso nylon negro. ¡Dios mÃo! ¡Que piernas!. Y sus zapatos. Eran maravillosos. Negros, con un tacón de aguja más propio de una fiesta que de unas oficinas. ¿Porqué nunca antes me habÃa fijado en aquellos zapatos? ¿Como habÃa podido no haberme fijado en ella de aquella manera? Con cada movimiento de caderas que realizaba, una palabra se dibujaba en mi cerebro: fóllame, fóllame. Cada paso que daba, cada taconazo que sonaba en el suelo, me parecÃan los sonidos más maravillosos que pueden provenir del cuerpo de una mujer. Se detuvo en la puerta. Me miró. Sonrió enigmáticamente y la cerró.
Me quedé solo.
Solo con mis pensamientos.
Y en mis pensamientos solo estaba ella.
Me quedé solo con ella.
¿Que diablos me estaba ocurriendo?
Ella no era más que una subordinada. La empresa prohibÃa tajantemente las relaciones entre sus empleados.
Pero aquellos zapatos...
¿Zapatos? Yo nunca habÃa sido un fetichista. Me gustaban las piernas de las mujeres, claro, y más aún cuando están envueltas en nylon. Pero de ello a lo que habÃa sentido cuando miraba sus zapatos...
De todas las partes del cuerpo de una mujer los pies no eran mis preferidos a la hora de excitarme. Sin embargo, noté que mi pene estaba completamente dispuesto para la batalla. Lo habÃa estado desde que miré sus zapatos.
Me acosté sobre el pequeño sofá que habÃa en el despacho. Intenté dormir, pero no lo conseguà del todo. No podÃa quitarme aquellos maravillosos zapatos negros de la cabeza.
Medio adormilado, me encontré a mi mismo masturbándome mientras pensaba en ellos.
Me despertó el teléfono un par de horas después. Era Laura para decirme que el gerente querÃa verme para discutir mi informe. TodavÃa no habÃa acabado de colgar el teléfono cuando ella entró en el despacho con una pequeña bolsa de aseo en sus manos.
- Aquà encontrará todo lo que necesita para afeitarse y acicalarse un poco. No puede ir a ver al gerente asÃ. Tiene una pinta horrible.
Me miré a mi mismo y comprendà que tenÃa razón. Toda mi ropa estaba arrugada, e imaginé mi rostro dejando entrever la primera barba de la mañana.
- La ropa no será problema. Si se pone la chaqueta y procura estar de pié el menor tiempo posible, no se darán cuenta. Acérquese al cuarto de baño y aféitese.
- ¿De donde ha sacado esto?
- Su predecesor, el señor Diez, también solÃa quedarse dormido en el despacho muchas noches.
- ¿Fue usted la secretaria del señor Diez?
- Si. Hasta que se marchó. Ya sabe...
- SÃ. Ya lo sé.
Nadie me habÃa dicho que ella fuera su secretaria. Supongo que pensaron que no tenÃa importancia.
Yo tampoco se la di. Me afeité, me acicalé un poco y fui a la reunión con el gerente.
La cosa salió estupendamente. Mi primer trabajo de importancia habÃa sido un éxito. Incluso el gerente me invitó a comer. Pasamos toda la tarde discutiendo el informe y bien caÃda la noche me felicitó y nos despedimos. Estaba contento. Casi eufórico cuando llegué a mi despacho. Era Viernes, aquella noche ya no tenÃa que trabajar, el gerente me habÃa felicitado y tenÃa todo el fin de semana por delante. La vida me sonreÃa.
Me sorprendà al encontrar allà a Laura. Apenas quedaba ya nadie trabajando.
- ¿TodavÃa no se ha ido a casa? - pregunté mientras me dirigÃa a mi mesa y me sentaba en mi sillón.
- QuerÃa saber como le habÃa ido.
HabÃa un tono de sinceridad en su voz. ParecÃa como si le importara realmente que yo triunfara. Enablé una enorme sonrisa de satisfacción y la miré.
- Me ha felicitado.
- ¡Lo sabÃa! La verdad es que se lo merece. Ha trabajado mucho en este proyecto como para que no se lo reconocieran.
Mientras hablaba, se acercó a la mesa, la bordeó y se colocó en la parte de atrás, donde yo me encontraba.
- Me gustarÃa celebrarlo. ¿Quiere venir mañana a cenar a mi casa? Soy una buena cocinera. Le aseguro que no le decepcionaré.
¿Cenar en su casa? ¿Se habÃa vuelto loca? ¿Quien se habÃa creÃdo ella que era?
- Verás, Laura, el caso es que yo...
- No puede negarse. Ya lo tengo todo preparado.
Me molestó el casi imperceptible todo de condescendencia de su voz. ParecÃa una madre intentando razonar con su hijo pequeño. En un acto de confianza inconcebible, se sentó en la mesa, dejando en alto sus hermosas piernas... y sus zapatos.
- La empresa prohibe expresamente... prohibe... la empresa...
No conseguÃa concentrarme. El incesante balanceo de sus pies me tenÃan casi hipnotizado. Aquellas maravillosas piernas, culminadas con los más increÃbles zapatos que habÃan visto nunca.
- No te preocupes por la empresa. Nadie tiene porqué enterarse, ¿no crees?
- Yo no... puedo... no...
- ¿Te gustan mis zapatos?
La pregunta me dejó helado. Se habÃa dado cuenta de que la miraba. Intenté recuperar mi compostura pero no pude apartar mis ojos de aquellos maravillosos zapatos.
- Me parece que sà que te gustan, ¿no es as� Pues tengo algo mejor aún para enseñarte.
Con un movimiento dejó caer al suelo sus zapatos. Sus pies aparecieron radiantes, cubiertos también por el oscuro velo de las medias negras. Sin darme tiempo a reaccionar, los acercó a mi cuerpo y comenzó a tocar mis piernas con ellos.
- Ya veo que te gusta mucho mirarme. ¿Te gusta también que te toque?
No podÃa casi moverme. Notaba que mi cuerpo no querÃa obedecerme. Haciendo un esfuerzo increÃble, conseguà levantar la vista, para darme cuenta de que lo que ahora me atraÃa eran sus pechos. La blusa que llevaba puesta era transparente. Durante todo el dÃa habÃa ido enseñando el sujetador a través de la suave tela blanca. Pero ahora no llevaba. Se lo habÃa quitado. Bajo el velo de la tela aparecÃan radiantes sus oscuros pezones. La forma de sus pechos era claramente visible desde donde yo estaba. Menos de un metro me separaba de ella. Sus pies seguÃan jugueteando con mis piernas. Levantó uno de ellos y lo colocó sobre mi vientre. Al hacerlo, mis ojos volvieron a verse irremediablemente atraÃdos hacia ellos.
¿Que demonios me estaba ocurriendo? Yo no podÃa estar allÃ, mirando los pies de mi secretaria como si fuera un colegial enamorado de su profesora. ¡Ni siquiera me gustaban los pies!
- ¿Estas seguro de que no quieres venir mañana a mi casa?
Una perversa sonrisa cruzaba su rostro cuando deslizó su pie hacia mi ingle. El contacto de su pie con mi pene a través de la tela del pantalón me causó un efecto inmediato. Noté la presión de mi sexo sobre los pantalones, intentando liberar sus energÃas. Laura también lo notó. Incrementó sus juegos ayudándose del otro pie y presionando como si fuera una verdadera profesional. Me estaba masturbando con sus pies, y lo peor de todo era que yo la estaba dejando hacerlo.
- ¿Te gusta esto, mi duro jefe?
De todo lo que estaba ocurriendo, el oÃr mi propia voz no fue lo que menos me sorprendió.
- Ssssssi
- Quieres que siga con ello, ¿verdad?
- Sssi, pppor favvvorr
- Pues entonces tendrás que venir mañana a mi casa.
¿Porqué estaba tan empeñada en aquello? ¿Para qué diantres tenÃa que ir a su casa? ¿CreÃa realmente que podÃa obligarme a ir?
- De acuerdo, de acuerdo. Iré, pero no paressss...
¿HabÃa dicho yo aquello? Me horroricé al comprobar que asà habÃa sido. No podÃa dejar de mirar sus pies mientras realizaban su placentero trabajo con mi sexo. Cada vez me sentÃa más y más excitado.
- Muy bien, asà me gusta. Te has portado bien, y voy a darte tu recompensa. Vas a correrte, como nunca antes en toda tu vida te habÃas corrido. Te gustan mis pies y vas a correrte gracias a ellos, y cuando lo hagas, tu vida nunca volverá a ser la misma. Vas a correrte... ¡ahora!
Justo en el instante en que ella lo dijo, los espasmos comenzaron a recorrer mi cuerpo. El placer era increÃble. Nunca antes habÃa sentido un orgasmo como aquel. Mientras me corrÃa, sus pies seguÃan presionando sobre mi pene, al ritmo de las convulsiones, causándome aún más goce, si eso era posible. Después de cuatro o cinco sacudidas, mi cuerpo quedó sin fuerzas, exhausto en el sillón. Yo seguÃa mirando sus pies como un pajarillo hipnotizado por una serpiente mientras notaba como una mancha húmeda aparecÃa en mis pantalones. El semen habÃa quedado todo en mi ropa interior y comenzaba a dar muestras de su existencia.
Con la voluntad rota y mi cuerpo sin fuerzas, como una marioneta, la miré mientras sus hermosos pies volvÃan a introducirse dentro de sus increÃbles zapatos, y sus más aún hermosas piernas la llevaban hacia la puerta del despacho.
- A las ocho y media. Tienes mi dirección sobre tu mesa. Hasta mañana, jefe.
Con una diabólica sonrisa en su boca, cerró la puerta y me dejó solo con mi angustia, y con mis pantalones mojados de semen.
Cuando estaba a punto de llamar al timbre me pregunté, por enésima vez en la noche, el motivo por el que mi cuerpo se habÃa dirigido allÃ. Era como si mi mente no tuviera ya el control de mis músculos, o como si, inconscientemente, fuera impulsado por una fuerza misteriosa y me viera impelido a realizar cosas contra mi voluntad. Haciendo un último esfuerzo, intenté no tocar el timbre de la puerta, pero fue en vano. La odiosa campanilla sonó cuando mi dedo presionó sobre el botón.
Pese a todo, no estaba preparado para la visión que me esperaba cuando se abrió la puerta. Una mujer me miraba con cara de odio. Le devolvà la mirada, pero con temor en mis ojos, mientras me daba cuenta de que llevaba los pechos al aire. Dos tiras de cuero se cruzaban entre sus pechos para desaparecer tras su espalda. No llevaba pantalones, ni falda, ni siquiera bragas. Solamente un liguero negro, unas medias del mismo color, y unos inconcebibles zapatos negros con un tacón de aguja de más de 10 centÃmetros de altura. Pero lo que más me sorprendió fue que los ojos que con tanto odio me miraban eran los de Laura, la eficaz secretaria que de alguna forma me habÃa hecho ir hasta su casa, después de proporcionarme el mejor orgasmo de toda mi vida.
- ¡Entra, cerdo!
Sus palabras se clavaron en mà como cuchillos, mientras comprobaba asustado como mi pene reaccionó a aquel insulto con una casi inmediata erección. Aunque intenté rebelarme con todas mis fuerzas, entré en la casa como un cordero que sabe perfectamente que la puerta que cruza le conduce hasta el matadero.
Escuché como la puerta se cerraba detrás de mà cuando súbitamente me di cuenta de que el suelo ascendÃa vertiginosamente hacia mi cara.
Tumbado en el suelo comprobé que me habÃan empujado sin miramientos.
- A partir de este momento, solo te pondrás de pie en mi presencia cuando yo te dé permiso, ¿entendido?
Aquella mujer estaba loca. Cerré mis ojos y comencé a desear con fuerza: esto no me está ocurriendo, esto no me está ocurriendo...
Un fuerte dolor sacudió mi costado, obligándome a arquearme sobre mi mismo, cuando ella me golpeó con su pié.
- ¿Es que no me has oÃdo?
- Ssssi, ssi.
- Te he dicho que solo te pondrás de pié cuando te dé mi permiso. ¿Entendido?
- SÃ.
No querÃa que volviera a golpearme, asà que decidà seguirle la corriente.
- Muy bien, no te muevas de aquÃ. tengo algo que hacer.
Y me dejó tendido en el suelo, con un enorme dolor en el costado, y llorando como un niño pequeño.
Pero nada de aquello me preocupaba más que el que mi pene estuviera en continua erección desde que ella me habÃa abierto la puerta.
Al cabo de unos minutos escuché el sonido de sus tacones contra el suelo. Entreabrà los ojos para mirar como se sentaba en el sillón que habÃa en medio de la habitación. Llevaba una cadena en la mano. Siguiendola con la mirada comprobé estupefacto que terminaba en un collar que se encontraba alrededor del cuello de un hombre semidesnudo. Apenas llevaba unas tiras de cuero sobre el cuerpo, similares a las de ella, y un par de tiras más alrededor de las piernas. Estaba arrodillado, casi como si estuviera a cuatro patas. Aparte de eso, la única peculiaridad que podÃa observar en él era que su pene estaba tan erecto como un cuchillo de cocina dispuesto a trinchar un pavo.
- ¿No saluda a nuestro invitado, señor Diez?
Laura no se dirigÃa a mÃ, sino al hombre que tenÃa a su lado, atado con una correa como si fuera un perro.
- Hola - fue la escueta respuesta del hombre
¿Diez? ¿HabÃa dicho señor Diez? ¿Mi predecesor?
Se suponÃa que ese hombre se habÃa visto afectado por el estrés y se habÃa ido de viaje.
Ella debió de ver la estupefacción en mi rostro, y con la misma eficacia que me leÃa el pensamiento cuando estábamos trabajando, lo hizo también en esta ocasión.
- SÃ. Es el señor Diez. Y aquellos de la esquina son sus otros predecesores.
Miré hacia donde me habÃa señalado. Acurrucados, a cuatro patas, desnudos excepto por las tiras de cuero como las del señor Diez, habÃan tres hombres más. No reconocà sus rostros, pero sà que reconocà la erección que todos tenÃan. Al parecer todos los hombres en aquella casa tenÃan... tenÃamos la misma capacidad de permanecer en erección durante largo tiempo.
- Tengo los zapatos sucios. ¿No te apetece limpiármelos?
¿Limpiar sus zapatos? Claro, ¿porqué no? Con tal de que no me pegara cogerÃa un trapo y los limpiarÃa. Me arrastré hacia ella y comencé a limpiárselos. No fue hasta algunos segundos después cuando me di cuenta de que no estaba usando ningún trapo, sino ¡mi propia lengua!.
- Muy bien, muy bien. asà me gusta. Eres muy obediente.
¿Como podÃa estar limpiando los zapatos de una mujer con mi lengua? No podÃa comprenderme a mi mismo. De cuando en cuando, algunos de mis lametazos se salÃan de los zapatos e iban a parar a sus pies, cubiertos por la fina tela de las medias. El sabor de la piel de los zapatos, unido al del nylon de las medias, en lugar de repugnarme, me llenaba de una extraña excitación. Mi pene seguÃa erecto como nunca, llegando a producirme un cierto dolor cuando me movÃa. Laura, de nuevo, leyó mi mente.
- ¿Te aprietan los pantalones? Eso tiene fácil solución, querido. ¡QuÃtatelos!
¿Se habrÃa creÃdo esa loca que me iba a quitar los pantalones delante de ella?
¡Ni hablar!
Noté una especie de liberación cuando mi pene consiguió salir del aprisionamiento de mis pantalones y mis calzoncillos. Antes de darme cuenta, sin saber el motivo por el que lo habÃa hecho, me encontraba desnudo de cintura para abajo. Mi pene parecÃa querer alcanzar el cielo, apuntando directamente al cuerpo de mi secretaria.
- ¿Te alegras de verme, corazón? - Una cÃnica sonrisa convertÃa su rostro en el reflejo mismo de la depravación - Demuéstramelo. ¡Mastúrbate!
Esta vez no me cogió por sorpresa el encontrarme a mi mismo obedeciendo su orden. Comencé a jugar con mi pene, con suaves movimientos al principio, aumentando el ritmo a medida que mi voluntad desaparecÃa mientras mis ojos no podÃan apartar la vista de sus pies. No conocÃa el motivo, pero a cada minuto que pasaba, me sentÃa más y más excitado por ellos.
- ¿Sientes curiosidad de saber lo que te ha pasado, querido?
¿Lo que ha pasado? Si, si. QuerÃa saberlo. QuerÃa que me explicara porqué no podÃa controlar mis impulsos, porque me estaba masturbando delante de ella y de cuatro hombres más.
- Es muy sencillo. Todos los hombres sois unos cerdos. Os aprovecháis de las mujeres en la vida y en los negocios. Nos tratáis como esclavas. Tan solo nos permitÃs ser vuestras secretarias, en lugar de vuestras compañeras o vuestras superiores. Tú y todos ellos - señaló a los otros - habéis pasado de ser mis jefes a ser mis esclavos.
Desde el fondo de mi alma conseguà fuerzas para hacer una simple pregunta.
- Pero... ¿como...?
- Es muy sencillo. Una pequeña cantidad de cierta droga en el café, y quedáis indefensos. Primero notáis somnolencia, pero es algo más que eso. Dejáis la consciencia, aunque sin entrar directamente en el sueño. La droga causa un efecto narcótico que actúa sobre el centro de voluntad del cerebro. Una vez drogados, sois muy susceptibles a la hipnosis. Cualquiera con unos mÃnimos conocimientos puede haceros pasar del sueño de la droga al trance hipnótico. Después, unas simples sugerencias post-hipnóticas os convierten en mis esclavos. Como animales que sois, la primera muestra de humillación es el amor que sentÃs hacia mis pies. Adoráis mis pies, y no tenéis más remedio que obedecer mis órdenes cuando los estáis mirando. Después, ya es fácil jugar con vosotros. Una vez en mi casa ya sois mÃos completamente. Nunca más volverás a salir de esta casa, al menos sin mi permiso. Escribirás una carta a la empresa despidiéndote. El estrés causado por la necesidad de acabar el informe de ayer pudo más que tú. TodavÃa no he decidido a donde vas a decir que te has escapado, pero seguro que algo se me ocurrirá.
Mientras ella hablaba, yo seguÃa masturbándome con todas mis fuerzas. A medida que sus palabras iban entrando en mi cerebro, el deseo iba consumiendo los últimos restos de mi voluntad. Sus pies salieron de sus zapatos para juguetear de nuevo con mi pene, aunque en esta ocasión, el suave tacto del nylon de las medias directamente sobre la piel de mi órgano más sensible me produjo unas inmensas oleadas de placer.
- ¡No te corras! TodavÃa no te he dado permiso.
Mis testÃculos estaban a punto de estallar, pero me encontré sin fuerzas para correrme. Ella lo habÃa ordenado y a pesar de que mis manos se movÃan frenéticamente sobre mi pene, no podÃa llegar de ninguna manera. El placer de la masturbación, unido al dolor de mis testÃculos, creaban unas sensaciones que no habÃa sentido en toda mi vida. Sentà como una de mis manos cogÃa su pié y lo restregaba sobre mi pene, mientras que mi otra mano seguÃa frenéticamente intentando obtener lo que se me habÃa prohibido.
Mientras tanto, ella se reÃa ruidosamente. Sus carcajadas tan solo me hacÃan sentir más placer. Todo lo que ella hacÃa o decÃa incrementaba mis sentidos hasta lÃmites insospechados. El calor de su piel llegaba a mi mano y a mi pene a través de la suavidad de sus medias. Apenas podÃa mirar a otra parte que no fueran sus pies. TenÃa delante de mis ojos la gloriosidad de su sexo totalmente al descubierto, abierto completamente el tener que mantener uno de sus pies sobre mi sexo y el otro apoyado en el suelo. Adivinaba sus pechos moviéndose seductores al ritmo que yo agitaba su pierna con mis bruscos movimientos intentando usar su pie para llegar al orgasmo. Pero a pesar de todo, yo no podÃa apartar mi vista de aquellos maravillosos y deseables pies. SabÃa que mi sentimiento era forzado, que no era más que una sugerencia post-hipnótica que ella me habÃa implantado. Pero nada tenÃa ya importancia. Tan solo la necesidad de llegar al orgasmo.
Mi pene comenzaba a resentirse de los esfuerzos a los que le estaba sometiendo. La fricción sobre mi piel empezaba a dolerme. Ella seguÃa riendo. En una huidiza mirada conseguà verla, exuberante, riéndose de mà mientras usaba su mano para masturbar al señor Diez, cuyo rostro reflejaba una felicidad absoluta y una gratitud sin lÃmites por usarle a él para darse placer a sà misma.
- Muy bien, creo que ya estas listo. Cuando yo te diga, te correrás. Y cuando lo hagas, con cada gota de semen que salga de tu polla, tu voluntad desaparecerá por completo. Te convertirás en mi esclavo, en mi perro personal, en un animal de compañÃa, dispuesto siempre para mÃ, con la polla siempre a punto para mi placer. Jamás pensarás en darte placer a ti mismo si no es para proporcionármelo a mÃ. Tu vida no tendrá ningún otro sentido más que amarme, obedecerme y servirme. Nada será más importante que yo.
Cada una de sus palabras era un cuchillo que perforaba el centro del placer de mi cerebro. No importaba lo que decÃa, tan solo deseaba correrme, llegar al orgasmo e irme de aquella maldita casa para siempre. Irme. Correrme. Tocar sus piernas. No volver nunca. Besar sus pies. Salir de allÃ. Lamer sus zapatos...
- Ya puedes correrte.
Fue como si un invisible tapón fuera apartado de la punta de mi pene. El semen comenzó a salir con una presión extraordinaria. Mis manos, el suelo, y sus pies se vieron inundados por oleadas de mi lÃquido blanco, causándome un placer mayor incluso que el de la noche anterior. Con el primer espasmo, mi mente comenzó a pensar en la forma de salir de allÃ. Con el segundo, pensé que tenÃa tiempo para pensarlo. No tenÃa prisa. Con el tercero, el más fuerte, no me importaba estar allà hasta el dÃa siguiente. El cuarto y quinto espasmos fueron cortos, y el sexto casi inexistente. Cuando acabé de correrme, casi sin fuerzas, contemplé el espectáculo que habÃa causado con mi orgasmo, pero de todo lo que vi, tan solo me importaba una cosa: su pie estaba completamente manchado con mi semen.
Una vez más, Laura leyó mi mente.
- ¡LÃmpialo, esclavo!
Sin dudar ni un solo instante, contento por la posibilidad de que mi lengua volviera a tocarla, comencé a lamer su pie. La suavidad del semen se confundÃa con el sabor agridulce de las medias. No era algo tan desagradable el beber semen. Al fin y al cabo, era mÃo. Con el rabillo del ojo contemplé como el señor Diez se corrÃa a la orden de Laura y su pene perdÃa fuerza y erección, tal y como me habÃa pasado a mÃ. Pero al comprobar mi propio órgano, contemplé como cada vez que lamÃa el pie de Laura, volvÃa poco a poco a la posición de erección original, increÃblemente a punto para lo que fuera necesario. Perdido en mis observaciones, no me di cuenta de que ya no quedaba semen en el pié, a pesar de que yo seguÃa lamiendo como si hubiera pasado varias semanas sin comer.
- Ya está bien, esclavo. Ahora ven aquà y lámeme el coño.
Aquella orden me complació. Contento y con nuevas energÃas, me acerqué a ella. Lo único que tenÃa en la cabeza era cumplir su orden, darle placer. Lejos, en el fondo de mi cerebro, una pequeña, minúscula idea intentaba no morir aplastada por el peso del deseo. La idea de escapar era ya tan minúscula que no me di cuenta ni de que se desvanecÃa en el olvido absoluto. Cuando desapareció, ni una sola parte de mi cerebro lo lamentó. Del fondo de mi alma, reflejando mis verdaderos anhelos, mis únicos deseos de servir a aquella mujer, salieron mis siguientes palabras.
- Gracias, ama.
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