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Autor Tema: Dominacion demostración de obediencia adolescente (III).  (Leído 501 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 11:40:22 »

Capí­tulo 3 "Conejito castigado"




Paulo encontró exactamente lo que estaba buscando en el armario de los látigos. Un mango con seis cordones anudados de unas dieciocho pulgadas de largo. Del armario de los consoladores cogió un "billy-club", un esbelto invasor rectal de doce pulgadas con una cabeza con importantes protuberancias con un mango. La mordaza con forma de pene estaba en el armario de las ataduras. Todavía le quedaba vaselina.

Melina le vio aproximarse con los ojos abiertos como platos de terror.

Ella había visto lo que le había hecho a su hermana. Podía esperar lo mismo. Su voz se quebró: "¿Q..Qué vas a hacer?"

Paulo se sentó en la cama al lado de las caderas elevadas de Melina y rió: "Voy a darte los azotes que te has ganado esta noche por desobedecer a tu padre. Se una buena chica y abre la boca".

Sabiendo que no serviría de nada desobedecer la bella jovencita hizo lo que le dijeron. Paulo introdujo el falo en su boca y amarró la correa detrás de su cabeza.

Ella gimió de tan apretado como estaba.

Paulo cogió el jarro de vaselina y se echó un gran globo en sus dedos. Empezó a dar un masaje dentro del sexo abierto de la niña y también entre los glúteos. Cuando concluyó con su labor dijo: "Dime, Melina, ¿te han azotado alguna vez entre las piernas? (Ella abrió los ojos del shock. Movió frenéticamente la cabeza) ¿No? Bueno, en ese caso vas a vivir toda una experiencia. Cada chica a la que se lo hecho lo odia absolutamente. Estoy seguro de que tu también lo odiaras. Pero es parte del precio que tienes que pagar por ser desobediente, o no?"

El se acostó para inspeccionar su faena, y puso más vaselina.

"Por supuesto que será una nueva experiencia también para mí, ya que nunca he azotado en el coño a una chica de tu edad. Sospecho además que estarás más sensible que las mujeres con que lo he intentado. Especialmente después del numerito con el perro". Paulo rió burlonamente al ver como Melina se sonrojaba.

"Lo abiertas que tienes las piernas y la ausencia total de pelo incrementaran la severidad del dolor". Más vaselina. "Si te preguntas por la vaselina con la que te lubrico los labios es para que las tiras de cuero no corten. Dolerán tanto o incluso más pero te prometo que no habrá daño. No me gustaría herir a una jovencita tan hermosa como tú".

En esos instantes las caderas de Melina se retorcían indefensas. Habían pasado menos de quince minutos desde las atenciones del perro y ella continuaba mojada y totalmente receptiva.

Paulo continuó riendo. "Perfecto. Me encanta observar que todavía te queda chispa. Siempre duele aun más si los labios están hinchados de lujuria".

Finalmente Paulo dejó la vaselina en el suelo y cogió el consolador.

"¿Sabes para qué es esto?" Melina movió la cabeza. "Antes de cada golpe espero que eleves tus caderas del almohadón tanto como puedas. Si empiezas a olvidarte de hacer esto te lo meteré en el culo como recordatorio. ¿Está claro?"

Cegada por las lágrimas Melina asintió.

Paulo cogió el látigo y lo dirigió enfrente del sexo cruelmente abierto de Melina.

La visión de ese regordete, afeitado y pequeño conejito con su rajita en el exterior y el interior mojado e hinchado era la cosa más erótica que jamás había visto.

Tocó con las cuerdas su pubis. Ella, obedientemente, elevó las caderas.

SWISSSHHHHHH.........SPLATTT!

El chillido de Melina estaba cargado de pura, ardiente agonía. Jamás en su joven vida ella había experimentado nada similar a aquel dolor de los nudos de cuero mordiendo en sus tiernos labios. Se levantó contra sus ataduras, sus piernas pataleando salvajemente mientras las terribles sensaciones entre sus piernas no hacían sino incrementarse. Y cuando no podía empeorar la situación, Paulo la azotó una vez más. Y otra. Y otra vez.

SWISSSHHHHHH......... THWACKKK!

SWISSSHHHHHH......... SPLATTT!

SWISSSHHHHHH......... SPLAATTTTT!

Paulo estaba disfrutando como nunca en su vida. Nunca había visto nada tan hermoso, tan poderosamente erótico como la forma en que esa hermosa pequeña de dieciséis añitos reaccionaba a los azotes. La mirada de shock y dolor en su dulce rostro no tenía precio. Y también la lasciva forma en que sus indefensas caderas danzaban en la cama. Las hermosas manchas rojizas que surgían alrededor de sus pálidos labios. ¡Y los sonidos!

El splatt del látigo. Los estridentes chillidos reducidos a suaves maullidos por la mordaza. El ruido de la cama bajo su culo bamboleante. Las Paul encontró exactamente lo que estaba buscando en el armario de los látigos. Un mango con seis cordones anudados de unas dieciocho pulgadas de largo. Del armario de los consoladores cogió un "billy-club", un esbelto invasor rectal de doce pulgadas con una cabeza con importantes protuberancias con un mango. La mordaza con forma de pene estaba en el armario de las ataduras. Todaví­a le quedaba vaselina. Melissa le vio aproximarse con los ojos abiertos como platos de terror. Ella habí­a visto lo que le habí­a hecho a su hermana. Podí­a esperar lo mismo. Su voz se quebró: "¿Q..Qué vas a hacer?" Paul se sentó en la cama al lado de las caderas elevadas de Melissa y rió: "Voy a darte los azotes que te has ganado esta noche por desobedecer a tu padre. Se una buena chica y abre la boca". Sabiendo que no servirí­a de nada desobedecer la bella jovencita hizo lo que le dijeron. Paul introdujo el falo en su boca y amarró la correa detrás de su cabeza. Ella gimió de tan apretado como estaba. Paul cogió el jarro de vaselina y se echó un gran globo en sus dedos. Empezó a dar un masaje dentro del sexo abierto de la niña y también entre los glúteos. Cuando concluyó con su labor dijo: "Dime, Melissa, ¿te han azotado alguna vez entre las piernas? (Ella abrió los ojos del shock. Movió frenéticamente la cabeza) ¿No? Bueno, en ese caso vas a vivir toda una experiencia. Cada chica a la que se lo hecho lo odia absolutamente. Estoy seguro de que tu también lo odiaras. Pero es parte del precio que tienes que pagar por ser desobediente, o no?" El se acostó para inspeccionar su faena, y puso más vaselina. "Por supuesto que será una nueva experiencia también para mí­, ya que nunca he azotado en el coño a una chica de tu edad. Sospecho además que estarás más sensible que las mujeres con que lo he intentado. Especialmente después del numerito con el perro". Paul rió burlonamente al ver como Melissa se sonrojaba. "Lo abiertas que tienes las piernas y la ausencia total de pelo incrementaran la severidad del dolor". Más vaselina. "Si te preguntas por la vaselina con la que te lubrico los labios es para que las tiras de cuero no corten. Dolerán tanto o incluso más pero te prometo que no habrá daño. No me gustarí­a herir a una jovencita tan hermosa como tú". En esos instantes las caderas de Melissa se retorcí­an indefensas. Habí­an pasado menos de quince minutos desde las atenciones del perro y ella continuaba mojada y totalmente receptiva. Paul continuó riendo. "Perfecto. Me encanta observar que todaví­a te queda chispa. Siempre duele aun más si los labios están hinchados de lujuria". Finalmente Paul dejó la vaselina en el suelo y cogió el consolador. "¿Sabes para qué es esto?" Melissa movió la cabeza. "Antes de cada golpe espero que eleves tus caderas del almohadón tanto como puedas. Si empiezas a olvidarte de hacer esto te lo meteré en el culo como recordatorio. ¿Está claro?" Cegada por las lágrimas Melissa asintió. Paul cogió el látigo y lo dirigió enfrente del sexo cruelmente abierto de Melissa. La visión de ese regordete, afeitado y pequeño conejito con su rajita en el exterior y el interior mojado e hinchado era la cosa más erótica que jamás habí­a visto. Tocó con las cuerdas su pubis. Ella, obedientemente, elevó las caderas. SWISSSHHHHHH.........SPLATTT! El chillido de Melissa estaba cargado de pura, ardiente agoní­a. Jamás en su joven vida ella habí­a experimentado nada similar a aquel dolor de los nudos de cuero mordiendo en sus tiernos labios. Se levantó contra sus ataduras, sus piernas pataleando salvajemente mientras las terribles sensaciones entre sus piernas no hací­an sino incrementarse. Y cuando no podí­a empeorar la situación, Paul la azotó una vez más. Y otra. Y otra vez. SWISSSHHHHHH......... THWACKKK! SWISSSHHHHHH......... SPLATTT! SWISSSHHHHHH......... SPLAATTTTT! Paul estaba disfrutando como nunca en su vida. Nunca habí­a visto nada tan hermoso, tan poderosamente erótico como la forma en que esa hermosa pequeña de dieciséis añitos reaccionaba a los azotes. La mirada de shock y dolor en su dulce rostro no tení­a precio. Y también la lasciva forma en que sus indefensas caderas danzaban en la cama. Las hermosas manchas rojizas que surgí­an alrededor de sus pálidos labios. ¡Y los sonidos! El splatt del látigo. Los estridentes chillidos reducidos a suaves maullidos por la mordaza. El ruido de la cama bajo su culo bamboleante. Las ahogadas peticiones de clemencia. Los quebrados sollozos. Era increí­ble. La pobre Melissa no se incorporó para el quinto golpe. Esto provoco un corto pero interesante interregno en el que Paul le metió de un solo golpe el invasor rectal en su estrecho, tierno y pequeño ano. Su padre estaba en lo cierto sobre los efectos del entrenamiento. La pobre chiquilla intentó huir de su piel en el momento en que el extremo protuberante tocó su arrugado recto. Ella se estiró al máximo en sus ataduras intentando escapar y Paul tomó ventaja de la oportunidad y alegremente volvió a azotarla entre sus absolutamente abiertas piernas. El consolador se hundí­a un poco con cada golpe. Después de esto Paul no encontró ningún problema en hacer que Melissa se arqueará elevando su conejito. Todo lo que tení­a que hacer era girar el mango del consolado. Ella se elevaba como una ballena moribunda, su sexo abierto para la correa. La azotaina continuaba con un ritmo sostenido y cruel. ahogadas peticiones de clemencia. Los quebrados sollozos. Era increíble.

La pobre Melina no se incorporó para el quinto golpe. Esto provoco un corto pero interesante interregno en el que Paulo le metió de un solo golpe el invasor rectal en su estrecho, tierno y pequeño ano. Su padre estaba en lo cierto sobre los efectos del entrenamiento. La pobre chiquilla intentó huir de su piel en el momento en que el extremo protuberante tocó su arrugado recto. Ella se estiró al máximo en sus ataduras intentando escapar y Paulo tomó ventaja de la oportunidad y alegremente volvió a azotarla entre sus absolutamente abiertas piernas.

El consolador se hundía un poco con cada golpe.

Después de esto Paulo no encontró ningún problema en hacer que Melina se arqueará elevando su conejito. Todo lo que tenía que hacer era girar el mango del consolado. Ella se elevaba como una ballena moribunda, su sexo abierto para la correa. La azotaina continuaba con un ritmo sostenido y cruel.
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