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Autor Tema: Caprichos.  (Leído 444 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 11:41:35 »

Estaba amaneciendo. Anibal no habí­a dormido en toda la noche. Cansado de estar revolviéndose en la cama junto al cuerpo tibio de su esposa, se levanto y fue hasta el baño para lavarse los dientes.




Anibal hizo todo el ruido que pudo con el agua y el vaso, pero Mariela seguía durmiendo en el mejor de los sueños. Se asomo a la ventana del décimo piso en que vivían y todo estaba en silencio. Ni un alma en las calles privadas del exclusivo barrio en que vivían.

Se volvió hacia Mariela y tosió alto. Nada.

Anibal se allego al pie de la cama y comenzó a estremecerla hasta que Mariela abrió sus ojos azules y soñolientos. - - ¿Qué te sucede? son apenas - se detuvo y miro hacia la ventana - por Dios Anibal aun no amanece. - - No tengo sueño, lo que es mas, no he dormido en toda la noche pensando en lo que dijiste la noche pasada en casa de los Juárez.

Mariela se encogió de hombros. Sus hermosos hombros desnudos bajo el negligé y al hacerlo la prenda se rodó un poco mostrando el nacimiento de sus senos grandes y redondos y muy blancos. Senos tentadores y firmes a pesar de sus treinta y siete años. Después subió la sabana cubriéndose del frío producido por la atmósfera artificial. - - Anibal tenia que decirlo, no puedo vivir siempre con una mentira. - - Pero decir que en cinco años que llevamos de matrimonio nunca tenido un orgasmo es el colmo es - tallo el abogado.

Mariela ahogo un bostezo. Termino por sentarse en la cama. Esta vez el negligé rosado se rodó por completo y sus largos senos quedaron expuestos, desnudos, con los pezones rozados y grandes que se empotraban directamente en ellos sin aureola intermedia.

Anibal contemplo aquellos senos y una ola de furia mezclada con deseos recorrió su cuerpo. Pero no se iba a dejar llevar por el deseo, no en un momento como aquel. - - Estabamos jugando a la verdad - tercio Mariela con suavidad. - - Al carajo la verdad, me haces sentir como un pedazo de mierda. - - No era mi intención querido - mientras hablaba, Mariela se subió el negligé cubriendo los senos. - - No era tu intención ¿y cual era tu intención?. ¿Qué pensaran nuestros amigos teniendo en cuenta de que tengo cincuenta años? - - Oh Anibal, no seas ridículo no lo dije de esa forma y además, aclare perfectamente que soy yo la que no tiene orgasmos no tu.

Estas palabras apaciguaron u tanto el orgullo herido del abogado. Mariela ahogo un nuevo bostezo y se levanto de la cama. El sol que estaba naciendo se filtraba por la ventana, delineando todas sus magnificas curvas bajo la transparente batica de dormir mientras que

Mariela se dirigía hacia el baño. - - Que manera de hablar, y pensar que todos estos años me haz estado engañando como un tonto que.

Se interrumpió al sentir el ruido fresco del orine. Siempre le había excitado el sentir a Mariela orinar en la mañana. A veces con cualquier pretexto abría la puerta y la veía sentada en el inodoro, los blancos muslos abiertos mientras que el transparente y espumoso liquido caía en un nítido chorro desde su pulposa raja rosada.

Mientras que ella se lavaba los dientes, encendió un cigarrillo, fumando con desesperación.

Revolviéndose en la cama como si la misma estuviera quemándole. Mariela apareció cepillándose el cabello. Aquel cabello rubio como el oro pálido y tan largo que le caía casi hasta la cintura, un cabello que parecía confeccionado con seda pura. Sus brazos se alzaban y la mirada de Anibal se dirigió hacia la sombra perfumada de sus axilas, hacia los senos alzados y redondos. - - Maldita seas Mariela es una mala jugada la que me hiciste anoche.

Mariela se sentó en el borde de la cama. No importa el momento, aun en el instante de levantarse Mariela lucia mucho más joven de los treinta y siete años. Poseía aquella cualidad de juventud eterna, de nitidez y salud en su piel voluptuosa. Anibal la recorrió con la mirada de arriba abajo, deseándola mas que nunca, pero sin querer tocarla. No, no la tocaría la muy. - - Anibal, no me gusta mentir, estabamos en el juego de la verdad y dije lo que sentía eso es todo. - - Estabas borracha.

Ella negó con la cabeza sin dejar de cepillare. Su cabello se movió lánguidamente siguiendo el compás del cepillo. Uno de sus senos broto sobre el escote mostrando el pezón grueso, redondo. - - Por supuesto que no, apenas tome un par de tragos. - - Tienes que ver un psiquiatra, hay algo malo en ti - se obstino Anibal.

Mariela coloco el cepillo sobre las sabanas rosadas. Después sin reparar en su seno que brotaba sobre el negligé, comenzó a arreglase las uñas con una tijeras. Su expresión era ausente y no miraba a Anibal mientras que hablaba. Mas que una conversación sonaba como una explicación. - - Ya he ido tres veces al psiquiatra, a dos de ellos, y ambos coinciden en lo mismo - dijo Mariela.

Anibal se obliga a separar su mirada de aquel seno desnudo, redondo y blanco, con el pezón sin aureola, aquel pezón que si tantas veces mamara con ardientes deseos, diciéndole en el oído lo rico que era a su esposa, pero de eso. - - ¿Qué te han dicho? - se intrigo el abogado. Esta vez Mariela lo miro a los ojos. Había una expresión ambigua en ellos. - - Me han dicho que mi problema es que mi padre tenia mucho dinero, y que tu reflejas la imagen de mi padre satisfaciendo todos mis caprichos que por eso no obtengo orgasmos.

Se hizo un silencio: Mientras que Anibal digería la información- - - Estamos completos, así que tu problema es que yo cumplo con todos tus caprichos, increíble.

Mariela se encogió de hombros. Irguiéndose se dirigió hacia el baño dejando que el negligé se deslizara por completo de su cuerpo. Anibal quedo en silencio mirándola, devorando visualmente las nalgas redondas, sin una sola marca de su esposa, blancas y finas, los muslos delicados y perfectos, las piernas torneadas. Mariela era una de las mujeres más bellas que había conocido en su vida, y era su esposa y no obtenía orgasmos.

Salió de su meditación cuando la puerta del baño sé cerro de un sólido golpe. Un momento después el ruido de la ducha abierta llagaba esfumado por la distancia.

Anibal encendió otro cigarrillo con el resto del primero. Necesitaba la nicotina para calmar sus nervios alterados. Sus deseos sexuales. No tenia hijos. Disfrutaba al máximo tamplando a Mariela, lo hacia un promedio de tres veces semanales a pesar de sus cincuenta años, y ahora esto. - - Maldita sea, tiene alma de puta de...

Se detuvo en sus pensamientos. Acababa de ocurrírsele una idea que podía ser la solución del problema. - - Ya te daré yo caprichitos satisfechos - penso Anibal.

En aquel momento Mariela salía del cuarto de baño, una toalla era todo lo que llevaba en las manos, y la usaba para secarse el cabello. El ondular de sus caderas era mas marcado que nunca y su triángulo boscoso parecía danzar de un lado al otro de la habitación mientras que Anibal trataba de enfocar la vista en aquel rico sexo. - - Bueno creo que ya es hora de ir a la iglesia, es Domingo - dijo Mariela acostándose sobre la cama completamente desnuda.

Se abrió de muslos y comenzó a secarse la raja con la toalla. Lo lentamente, permitindole que él viera cada pliegue de su concha abierta, rodeada de la suculenta cabellera de vellos pubicos. Al tiempo que se frotaba con la toalla, los senos saltaban por el ejercicio. Anibal sintió que si no apartaba la vista rápido de la belleza de su mujer, seria presa fácil de ella, y no podía serlo, no quería ser un juguete especialmente tras de las palabras que ella había dicho en el "juego de la verdad".

Anibal salto del borde de la cama y se dirigió hacia el extenso guardarropa de su esposa. De un tirón abrió las puertas de cristal y comenzó a lanzar los costosos vestidos franceses al piso. - - ¿Qué haces? - grito Mariela dando un salto en la cama. - - Ya veras querida ya veras lo que hago con tus caprichos. - - Estas borracho desgraciado - aúllo Mariela abalanzándose hacia sus preciadas posesiones.

Anibal le dio un tremendo empujón lanzándola al suelo. Ella trato de levantarse y recibió dos bofetadas que marcaron un hilo de sangre en sus labios. - - Perro degenerado viejo impotente - silabeo ella.

Anibal la contemplo sonriente. Ya nada podía herirle no después de lo de anoche. - - Te equivocas querida, la perra eres tú la puta eres tú y la frígida eres tu - grito Anibal.

Cargo con el montón de vestidos y corrió escaleras abajo perseguido por su esposa desnuda. Sus gritos resonando en toda la casa. Pero de nada le valieron las protestas. Anibal lanzo todos los vestidos en el incinerado de basura y bario el mecanismo al máximo. Un momento después las llamas devoraban miles de dólares en ropa francesa exclusiva. - - Mi Dios mi Dios - exclamo Mariela perdiendo las fuerzas y cayendo de rodillas en el piso del garaje.

Pero aun faltaba el Porche él ultimo regalo de Anibal. Un juguetito deportivo que costo nada menos que 20 mil dólares. - - ¿Qué vas a hacer ahora...? Anibal ¡AnibalOO! - aúllo Mariela.

Ya era demasiado tarde.

Anibal arranco el auto, dio marcha atrás y lo estrello contra la cerca que daba salida a la calle privada.

Un chirriante ruido y la parte trasera del Porche quedo convertida en chatarra humeante. Mariela, allí en la puerta del garaje con las manos en la cintura, los ojos desorbitados y la boca abierta, era la viva imagen de la consternación.

Anibal abandono los restos del auto y avanzo hacia su esposa. Estaba seguro de que ningún vecino los había visto, la cerca que rodaba la lujosa residencia en que vivían tenia ocho pies de alto y su posesión era de cuatro acres rodeado de bosques artificiales.

Mariela se abalanzo hacia el golpendole el pecho, tratando de arrancarle los ojos con las uñas, musitando obscenidades. Anibal respondió golpendola en los labios lanzándola por el piso y finalmente tomadola por él magnifico cabello y arrastrándola escaleras arriba. - - Maldito canalla, cerdo, hijo de puta - gemía ella.

Pero sus gemidos se iban haciendo más débiles. Para el momento en que Anibal la lanzo en el inmenso lecho, ella quedo con las piernas abiertas y la raja chorreaba liquido en abundancia. Anibal sonrío. - - ¿Y ahora que...? ¿Quieres caprichitos...? ¿Quiere un nuevo guardarropa...?. Pues tendrás que ganártelo puta tendrás que trabajar - aúllo Anibal con las venas del cuello congestionadas.

Mariela comenzó a sollozar quedamente. Ocultando el bello rostro entre sus manos. - - Por favor papito estaba jugando no me trates así por favor mira, mira como estoy de caliente - y se abría las piernas enseñándole los jugos que brotaban de su abierta crica, que corrían libres en hilos transparentes por sus ingles.

Anibal se abalanzo sobre el tentador cuerpo. La tomo por la barbilla buscando los pulposos labios y sintió que ella respondía mordiendo los suyos. Sus manos apretaron los pechos hasta que ella comenzó a retorcerse de dolor bajo los apretones. - - No mas espera animal oohh que duele. - - Ya veras lo que es dolor puta indecente putica barata - jadeaba Anibal.

Sentía que la ira y el deseo se juntaban. Que todo su cuerpo ardía como consumido por una fiebre extraña. Al tiempo que dominaba el forcejeo de la hembra y sin darle tiempo a reaccionar, la volteaba en la cama colocándola con las voluminosas tetas aplastadas contra el colchón y las nalgotas bien empinadas. - - No Anibal que no se te ocurra eso no eso es sucio. - - Jamas me haz dado el culo tonta, te lo he pedido infinidad de veces en estos años de casado y nada, pues ahora te lo cogeré ¿lo entiendes?. No lo estoy pidiendo sino que te lo estoy cogiendo a la fuerza. - - Anibal no por tu madre... Ju... aaayyy... cabreooon.

Estas palabras fueron seguidas por una serie de obscenidades, mientras que Anibal, tomándola por los brazos y doblándoselos tras de la espalda, le enterraba el pene directamente en el ojo del culo. - - Aaayyy... aayy... por tu madre aaayyy - gritaba Mariela.

Se retorcía como una serpiente, pero la fuerza superior de Anibal la tenia inmovilizada mientras que la penetraba pulgada a pulgada, rasgando los pliegues externos del ano, el pequeño y arrugado orificio creció varias veces su tamaño para dar albergue al visitante, gotas de sangre corrían por la parte inferior de sus muslos. Pero nada aguantaba el avasallador avance de Anibal que no paro hasta que le incrusto el pene enterito en el ojo del culo dejando solo los testículos colgando pegado entre las nalgas.

Un ronco estertor de miedo, pasión y deseo escapaba del pecho de la hembra que, con los brazos doblados atrás de la espalda, el rostro sepultado en el colchón, sentía como Anibal se movía en largos y acompasados bombeos, metiendo y sacando su largo y grueso pene en su ano. - - Vamos a ver como piensas ahora, se acabaron tus caprichitos - decía Anibal jadeando por el esfuerzo.

Mariela se estremecía a cada golpe, sentía que le desgarraban las entrañas, pero al mismo tiempo se estaba sintiendo mas excitada de lo jamas había estado en su vida. A tal extremo que su raja se abría y se cerraba en espasmos de deseo y sus jugos no cesaban de manar por la caliente abertura. Anibal aumento el ritmo de sus bombeos, cada vez impulsándola con mas fuerza y ella respondía arrastrándose por la cama, tratando de aliviar la presión que le producía el inmenso palo trabajándole en el ano. - - Me matas... oohh... que dolor - gemía Mariela.

Los gemidos de la hembra eran falsos. Anibal podía notarlo en su voz. Y esto lo incitaba aun más para metérsela toda, para romperle los pliegues internos y templarla hasta dejarla medio muerta. Sin embargo, le fue imposible aguantar la explosión de leche que partió de su varga y que inundo por completo los intestino de la hembra tal como si fuera un lavado vaginal.

Tras de los últimos espasmos, Anibal se la saco de un golpe viendo como el ano se quedaba abierto por lo menos al doble de su tamaño, los pliegues rajados y la sangre aun brotando de ellos. - - Vuélvete boca arriba - demando Anibal. - - Esta bien, lo que tu digas - susurro ella con los ojos brillantes y haciendo un gesto de intenso dolor al apoyares sobre sus nalgas.

Anibal le ordeno que abriera las piernas y ella obedeció en el momento.

Sin mas explicaciones y apretándole los pechos le metió el pene hasta los ovarios haciendo que la hembra se contorcieran al mismo tiempo por el placer y el dolor.

Anibal sintió como ella se derramaba, la leche caliente que eructaba en las paredes de la vagina y que bañaba su tronco con jugos pastosos y burbujeaste. La hembra tenia el bollo hecho un horno, como jamas se lo había sentido antes. - - Dime puta ahora que no te vienes, que no tienes orgasmos anda dilo. - - No, no puedo decirlo papito, me estas sacando la leche del alma, oohh que tremendo pingon, lo siento en el alma, dame duro con él mátame. - - Puta eso eres desgraciada una puta en el alma lo que necesitas es un tratamiento como este, así así. - - Pero mis vestidos Anibal, mi coche - suspiraba ella ensartada y moviéndose al compás del pene. - - Nada de aquí en adelante tendrás, té iras a la oficina conmigo de secretaria, tendrás que comprarte tus cosas. - - Anibal que feliz me haces que distinto es todo oohh... que pinga la siento que me quema dame mas papito - gemía la voluptuosa hembra.

Anibal se dejo caer sobre los pechos y comenzó a morder los duros pezones. Su cuerpo se estremecía en convulsiones violentas y de pronto se puso rígido.

Ella, sintiendo el orgasmo cercano, se aferro con piernas y brazos al cuerpo de su marido, como si quisiera diluirse en el mismo. - - Ya dámela ahora que me derramo...

Los dos cuerpos se convulsionaron en los estertores finales. Juntos y pegados se movieron mientras que la leche fluía en electrizante chisporroteo de uno al otro, hasta que lentamente quedaron secos, vacíos, axhautos

Mariela lanzo un largo suspiro. - - Madre mía, apenas puedo moverme, me duele todo el cuerpo todo. - - Mas te dolerá si de aquí en adelante no me das la leche como me merezco - contesto Anibal.

Mariela lo beso cariñosamente en los labios. Había cambiado por completo. Una nueva luz de respeto y admiración apareció en sus ojos azules mientras que contemplaba el cuerpo empapado en sudor de su esposo. - - No te preocupes Anibal, para mí eres único - mi machote rico.

Mientras tanto la mente de Anibal, ya estaba imaginando como iba a gozar con los trabajos le daría a su esposa para obtener sus caprichos.

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