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« en: Junio 13, 2006, 01:13:59 » |
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El dÃÂa que salàcon mis compañeros de la escuela media en viaje de egresados, no tenÃÂa pensado que aquella aventura fuera a transcurrir de esa manera.
Me llamo Virgine, lo cierto es que hasta mis dieciocho años fui virgen, pero dejé de serlo en aquel viaje. Tuve una madre excesivamente autoritaria y religiosa, y creo que mi conducta libertina posterior se debe a ese hecho. Realicé mi viaje de egresada junto a los diecinueve compañeros varones de mi escuela, cuando mis únicas compañeras femeninas habÃan decidido no hacerlo, por temor a los acosos sexuales. Un sólo padre fue con nosotros, el de Paul. Paul tenÃa fama de haber debutado sexualmente a los quince, y en las paredes de los baños del colegio dejó escritas sus hazañas eróticas con fechas precisas y nombres. La lista era bastante larga, como lo serÃa su miembro.
Volviendo al tema, el padre viajó con nosotros y compartió conmigo el asiento en el ómnibus. Fue en parte responsable de todo lo que me sucediera después. Creerán que le guardo rencor, todo lo contrario, terminé agradecida, y desde allà mi vida y mis gustos personales cambiaron completamente. Él, apenas lo conocà me enseñó el valor de mi pétrea cola.
Recuerdo que estaba colocando un bolso en el portaequipajes, encima de nuestros asientos, cuando se excitó al ver mis muslos y empezó a sobarme el trasero sin ningún tipo de disimulo. Este hombre, bajo y delgado, usaba ambas manos para acariciarme, deslizándolas arriba y abajo por mis cachetes. Estaba tan erotizada por su tacto que no sabia como reaccionar, por lo que lo ignoré sus manoseos. La mitad de mis compañeros debieron ver la escena, y el resto del tiempo yo me sonrojada por las groserÃas que decÃan en el ómnibus a cada momento. Aun asà no eran malos muchachos, y se portaban bastante bien.
El pÃcaro padre de Paul esperaba todo el tiempo que fuera necesario para empezar a jugar conmigo en el asiento, o ya en el hotel, cuando se me metió en el baño un par de veces para exhibirme el poderoso artefacto que llevaba entre sus piernas, cuyo uso yo desconocÃa completamente. En vista de mi pasividad me sobaba a placer las nalgas. Y yo lo consentÃa. Su osadÃa no conocÃa limites, por lo que pronto tomó la costumbre de subirme la falda y meter sus manos para explorarme con suavidad. Me abrumaban sensaciones muy raras mientras sentÃa sus dedos acariciando, deslizándose por mi rayita hasta el orificio anal con una mano, y con la otra rozando delicadamente la entrada de mi concha.
Yo me quedaba tiesa, porque aquellas cosas no eran nada desagradables. Estaba encantada de que me prestara tanta atención centrándose exclusivamente en las curvas de mi cuerpo. Hasta dejaba que me mirara mientras me bañaba. Él observaba mi silueta desnuda a través de la mampara transparente de la bañera, sentado en el bidé, y realizando movimientos con sus manos que yo no entendÃa, pero que más tarde me explicó. Se masturbaba intensamente.
Una tarde, al regreso de una excursión, Michael, uno de los chicos más guapos y atrevidos, apostó con sus amigos que era capaz de conseguir que todos me vieran desnuda cuando me bañaba. Todos sus compañeros entraron en el juego. Esa noche me fui a bañar pero cerré la puerta con llave para que no entrara el padre de Paul, su acoso me estaba calentando sobremanera, y era inminente la aceptación por parte mÃa de su penetración. Me bañaba como de costumbre cuando a través de la ventana pude distinguir una decena de cabezas empujándose para mirar mi desnudez. Hice caso omiso, salà de la ducha y me sequé con el toallón, luego subà sobre la tapa del inodoro para que me vieran mejor, y empecé un largo masaje de mi cuerpo con una toalla de mano. La pasé reiteradamente entre mis piernas, por mis pechos, acariciando mis pezones. La escena debió resultar muy excitante para ellos, por lo que iba a suceder al dÃa siguiente.
Yo acostumbraba usar una corta remera sin nada debajo, no podÃa saber que el movimiento de mis firmes senos bajo el algodón, o la claridad con que se transparentaban mis gruesos pezones, eran objeto de culto entre todos mis compañeros. Después de la escena del baño sus miradas habÃan cambiado ligeramente. TenÃan un brillo especial, y además me prodigaban cuidados y esmerada atención en todo momento.
Cuando al dÃa siguiente, en medio de la excursión, el padre de Paul explorara a conciencia mi trasero por debajo de mi falda, mis compañeros me aguardaban escondidos en una cabaña abandonada. Estaban tan encantados con la coreografÃa del baño, que todos me tenÃan reservado un regalo.
Yo no lo podÃa consentir, pero tampoco evitarlo. Entré allà llevada por aquel adulto depravado, y el resto me estaba aguardando como Dios los trajo al mundo. En realidad no estaban nada feos, pero yo me resistÃa un poco. Entre una cosa y la otra estuve un poco más de diez minutos discutiendo con Paul y su padre, luego accedà a desnudarme para mostrarme, tal como ellos querÃan desde un principio. Les mostré hasta el rincón mas oculto de mi cuerpo, cuando ya todos habÃan decidido en silencio apropiarse de las ocultas maravillas que habÃan contemplado con sus penes desnudos y erectos.
Pero el padre de Paul ganó de mano y me acostó sobre una mesa, donde comenzó a besarme entre las piernas, allà se sumaron varias bocas húmedas para besar mis pezones, mis muslos, mi boca, que luego fue invadida por un miembro caliente, no pudiendo emitir palabra alguna de protesta.
No dejaba de repetirme a mi misma que era una estúpida, que esa situación serÃa la fantasÃa ideal de miles de mujeres a diario, con todas esas manos hábiles, deslizándose por mi piel constantemente, llevándome al extremo del erotismo. Casi ni me di cuenta de que el padre de Paul estaba encima mÃo, yo tenÃa los ojos cerrados y gemÃa, cuando entró con su sexo en mi mojada vagina y sentà ese placer ilimitado. Además, por ser la primera vez, me penetraba con mucha suavidad, y exploraba con sus labios centÃmetro a centÃmetro de mis senos erguidos. Mi respiración se convertió en un entrecortado jadeo cuando un dedo mojado se abrió camino por mi culo. Estaba tan llena de nuevas sensaciones que tuve que aferrarme a la mesa y morderme los labios, para que no se escucharan mis gritos que pugnaban por surgir de mi garganta, cada vez que ese pene rozaba en el interior de mi húmeda cavidad, hinchándose, latiendo.
Hasta que pude oÃr claramente el chapoteo que producÃa su miembro al desagotarse en mi interior una y otra vez. El rÃtmico penetrar me estaba enloqueciendo, cuando aquél se bajó de la mesa y algún otro lo reemplazó en la tarea y mi sedosa cavidad se vio invadida por un fuerte orgasmo, el primero de mi vida, que me hizo rugir como una leona embravecida.
En ese instante quise otro, y otro, y pasarme la mañana entera vaciándome, liberando fluidos y acogiendo todos los lÃquidos que me echaban dentro. SentÃa algo húmedo y cálido que se deslizaba suavemente por mi abertura hasta el esfÃnter, produciéndome nuevos espasmos de placer.
El segundo terminaba de hacerme completa, cuando la ávida boca de Paul se apoyó sobre la mÃa, succionando mis labios, su lengua enroscándose con la mÃa. El resto apoyaba salvajemente sus manos en todas partes, algunos se masturbaban y eyaculaban sobre mis pechos o mis muslos. Cuando me cansé de sentir su lengua empujando decidà bajarme.
Y de pie, dejar que Paul se apoderara de mi intimidad, explorándola como solo él sabrÃa hacerlo, mientras otro pene trataba de entrar por mi estrecho esfÃnter, jugueteando con mi orificio mas cerrado y virgen aún. La entrada que hizo Paul en mà pronto me llevó al borde del orgasmo. En un rápido movimiento, sentà cómo un miembro empapado en fluidos se sepultaba de un solo golpe en mi estrecha cola que ardÃa. Y alguien desde atrás, que no podÃa ver, gritaba: -Me la culeo toda, miren cómo me la estoy culeando... Ese asalto me provocó un violento orgasmo que me arrancó un grito agudo que no pude contener. Además de haber sido intenso, el orgasmo se hizo interminable, con esos dos penes nudosos moviéndose alocadamente en mis cavidades. Yo ya llevaba más de media hora gozando, cuando observé que varios más me miraban con inusitado interés.
Mis piernas temblaban, y a duras penas podÃa mantenerme en pie tras tanto placer desbocado. Asà que decidà recibirlos y atenderlos acostada en mi habitación del hotel. Pensé que asÃ, tanto yo como los chicos, sabrÃamos sacar mejor provecho de la situación.
En la semipenumbra del cuarto debÃan escuchar mis excitantes gemidos de placer, mientras luchaban en silencio por ocupar el lugar más cercano a mi cuerpo. Yo, abierta de brazos y piernas, intentaba recibirlos de uno en uno, más atenta a lo que sucedÃa en el interior de mi concha recientemente estrenada. Mi cuerpo se mostraba excitado al máximo. Dos o tres bocas hambrientas me devoraban los senos sin piedad, succionaban mis gruesos y sensibles pezones y me volvÃan loca. En determinado momento, abandoné mi pasiva posición y me monté a uno de los chicos y lo galopé al mismo tiempo que otro de pie, me hundÃa su miembro entre los labios, y un tercero habÃa arremetido abriéndose paso entre mis blancas y pulposas nalgas.
En media hora más habÃa despachado a otros tres al mismo tiempo, y mi cuerpo estaba bañado abundantemente con los restos de semen.
Dormà toda la tarde, y supe después que el resto del contingente habÃa hecho lo mismo. Esa noche cené en la habitación, y volvà a dormir plácidamente. Por la mañana, Paul me vino a buscar y adelantamos el regreso, dejando a todos los demás allÃ. Sinceramente, Paul era especial, fue al que más gocé, además de su padre. Al llegar a la ciudad, nos fuimos a vivir solos a un apartamento donde nos encerramos una semana entera. El primer dÃa, recuerdo que lo hicimos veintitrés veces. Paul se cayó de la cama y tardó un rato en despertar. Llevamos seis meses viviendo juntos, él me es fiel. Dice que yo lo hago como ninguna.
Sin embargo, durante sus ausencias recibo a mis ex compañeros de a tres al mismo tiempo. No hay experiencia más excitante que servir de golpe a tres furiosos machos bravÃos.
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