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« en: Junio 13, 2006, 01:14:24 » |
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Aldo, yo y Juan. Asàfue nuestro triángulo escaleno. Aldo me llevaba diez años, Juan sólo tres que se sumaban a mis diecinueve. ¿A cuál elegir?
Mamá decÃa que ambos gustaban de mÃ, que en algún momento la cosa se debÃa definir, y yo le contestaba continuamente que no sabÃa a quién amaba más. Los querÃa a los dos sin siquiera detenerme demasiado a pensar en que Aldo y Juan eran hermanos. Mamá afirmó con absoluta certeza que no me preocupara por el tamaño de sus penes, ella ya lo habÃa hecho por mÃ. Ambos calificaban muy bien. Mamá siempre fue asà con los hombres, no dejaba tÃtere con cabeza. Yo aún era virgen.
Todo empezó una mañana en que viajaba para mi trabajo. Una mañana soleada y aburrida durante un viaje en ómnibus de un pueblo a otro. Sentada del lado de la ventanilla miré hacia afuera y al volver la vista hacia el interior, và dos pares de ojos verdes que habÃan dejado de mirar hacia la ruta para fijarse en los mÃos.
No pude apartar mi mirada. Tuve una excitación interior muy intensa, se movilizó todo mi ser al devolverle una mirada plena de sensaciones. En un momento todo cambió para mÃ. Él debÃa seguir mirando hacia adelante porque manejaba el vehÃculo, pero yo no dejé de hacerlo. Cada tanto me seguÃa provocando con breves miradas furtivas. Al llegar a destino estacionó el ómnibus y se dió vuelta para saludar a los pasajeros que a diario llevaba. Cuando pasé a su lado se presentó.
-Mi nombre es Aldo, ¿y el tuyo?
-Ariana -contesté. Sin ningún reparo me dijo: -Yo vuelvo a pasar a las seis de la tarde, si quieres viajar conmigo ya sabes la hora. -Y ya antes de las dieciocho, yo estaba allÃ. Estacionó el rodado y bajó. Allà lo pude ver bien. No muy alto, una hermosa forma de cabeza, cabello crespo, buena manera de andar, prolijo en todos sus aspectos. Miré su camisa abierta con abundante vello en el pecho, sus antebrazos al aire. Pero lo que más me gustó fue su presentación, su sonrisa. Todo él era una bienvenida.Estaba muy complacido de verme, y yo sentà una humedad tibia entre mis muslos cuando le estreché la mano.
AsÃ, viaje tras viaje, pasé al asiento del acompañante y hablábamos de trivialidades. Hasta que en uno de esos viajes habituales, tan esperados por mÃ, Aldo no conducÃa. En su lugar lo hacÃa un joven de casi mi edad. Muy parecido a él, era su hermano menor.¿Cómo describirlo? Muy seguro, muy divertido, muy, muy... SabÃa de mÃ. Aldo le habÃa contado de su simpatÃa hacia mà y le habÃa pedido que me cuidara. Y realmente me cuidó.
Ese dÃa el pasaje estaba completo. Mo tocó ir parada en el pasillo, y fue la primera vez que Juan rozó mi cuerpo. Me tocaba porque entregaba los boletos, y cada vez que pasaba se deslizaba muy sensualmente por detrás. O casualidad, ese dÃa no me bajé hasta la terminal, y allà me interceptó para invitarme a tomar un café, argumentando que debÃa decirme algo de parte de su hermano. Lo que tenÃa para decirme era que su hermano mayor debÃa viajar a comprar repuestos para los micros de su empresa.
Ausente Aldo, Juan decidió que debÃa ocupar el lugar de su hermano y cuidarme... No esperó mucho, me invitó a salir. Al principio lo dudé, pero mamá, me aconsejó que me divirtiera. A mà me parece que a mi madre le impresionaron bien los micros que pasaban por la puerta de casa. Salimos varias veces y Juan comenzó a gustarme por su forma de ser, su juventud, calidez, sus maneras de hablar. Como cuando me pidió entrar a casa a lavarse las manos. No lo olvidaré jamás. Se arremangó suavemente sabiendo que yo lo miraba. Tomó el jabón frotándolo entre sus manos y enjuagándose bajo el chorro de agua muy sugestivamente. Eso me excitó.
Esa hermosa noche de verano salimos a bailar. Todo invitaba a la felicidad, al goce pleno. Me apretó junto a él y sentà sus agradables manos sobre mi cuerpo. Muy agradables, muy cálidas, sus piernas buscando danzar entre las mÃas y algo más... No lo rechazé, lo disfruté abandonada a la música, a los giros, al momento que él habÃa creado en mÃ.
Regresamos muy juntos y me despidió con un beso. Al dÃa siguiente no viajó y yo no me atrevà a llamarlo por teléfono.Un dÃa después apareció junto a Aldo en el ómnibus. ¡Ay Dios! Verlos juntos. Las dos caras de una misma moneda. Los dos estaban buenos, ¿pero optar por cuál? Aldo feliz y charlatán, Juan más bien triste y callado. Era evidente que todo tendÃa a complicarse y no tenÃa ganas de que aquello se convirtiera en algo desagradable.
Yo apenas tenÃa 19 años y ninguna idea de tener relaciones serias. SabÃa que mi cuerpo complacÃa a todos los hombres: no muy delgada, buenos senos, cola dura y levantada, buena cintura, voz dulce, cabellera larga y además los sabÃa escuchar. Convencida de todo lo que hacÃa, dejé que los dÃas transcurrieran naturales.
Una mañana de sábado và que un ómnibus paraba en la puerta de mi casa. Sonó el timbre y abrÃa la puerta. Era Aldo, muy sonriente me invitaba a pasear, le pedà unos minutos para arreglarme. Me puse unas lindas sandalias doradas de tacos altos. Mis uñas, en mis pies y en mis manos estaban pintadas de un rojo intenso. Me calcé una remera de profundo escote que remarcaban mis tetas, y transparentaban mis pezones, y dejaba mi ombligo al aire. Mi piel tersa y suave. Y unos pantalones bien ajustados al cuerpo. Un poco de pintura para labios y un encantador perfume. Salà como para pasar una buena tarde con Aldo.
Al subir al ómnibus và que en el asiento del fondo estaba Juan con Raúl, un amigo. Al principio no me gustó. Enseguida se sentaron cerca nuestro para mantener una animada conversación sobre diversos temas. De esto y de aquello. Cuando de repente Juan hizo alusión a las rosas bordadas en mi remera, diciendo que nunca habÃa visto unas rosas más hermosas. Aldo miró hacia ellas y agregó que no sólo las rosas eran lindas. Juan no se hizo esperar y me sorprendió con esa frase:
-Tiene un buen culo y unas buenas piernas.
Quedé impresionada, sorprendida por esas palabras, y advertà que el amigo de Juan contemplaba la escena muy divertido. Me quedé un rato en silencio, y un par de calles después, su amigo bajó. OscurecÃa lentamente en ese sábado estival. Quedamos los tres solos en el ómnibus andando hacia ninguna parte. Juan se acercó más hacia mà y cuando quise voltear mi cara para decirle algo acerca de su frase, me encuentro con su boca próxima a la mÃa, y su mano que se deslizaba suave por detrás de mi cintura. Comenzó a besarme y a meter más y más su mano por debajo del pantalón buscando mis nalgas.
Me atrajo hacia él y me hizo incorporarme muy apretada, abrazándome, besándome, llevándome hasta el asiento del fondo. Siguió besando mi boca, mis labios que ardÃan, casi sin dejarme respirar. Me dejé levantar la remera, luego bajarme el cierre de mi pantalón. El coche se detuvo y sentà que Aldo venÃa hacia nosotros. Hubo silencio, sólo se sentÃan los movimientos, yo no me resistÃ, los dejé hacer...
Estaba muy caliente entre dos buenos machos, y eso me agradaba. Empiezan a poseerme, compartirme. Siento un buen pene erecto metiéndose en mi boca y no me resisto, manos en mis tetas, hurgeteando mis agujeros.
-Por atrás -le dice Juan.
Ya está, está entregada -dice Aldo.
Los tres arrodillados y acariciándonos en el asiento trasero. Cierro mis ojos y succiono el miembro de Juan, se lo chupo. Mi instinto de hembra me empuja a acariciarlo con las manos y con la boca. Atrás, Aldo no desperdicia un minuto, siento la búsqueda frenética de mi vagina, un garrote colosal me penetra y una manos agarran mis pezones. Me aprieta las lolas para acomodarme mejor, pero Aldo no se contenta con eso, me da un giro completo y me recibe sobre él hundÃrmela una y otra vez. Y Juan, ahora sà busca la penetración anal. Montada sobre Aldo, mi culo se ofrece pleno, sin reparos, para que me parta en dos.
-¡Dale Aldo, dale sin asco que ésta aguanta! Lástima que Raúl se bajó.
Me sentà gozada con todo, ellos ni se daban cuenta lo bueno que era estar asÃ, desnuda, besada, penetrada por dos tipos. ¡El deseo más soñado de cualquier mujer! QuerÃa dejar mi marca de esa noche en ellos. Que nadie pudiera darles otro instante como ese. Nadie como yo...
Aldo en mi concha, escarbando sin parar un sólo instante, frenando su orgasmo. Colorado, desfigurado de placer. Y Juan galopando mi culo, haciendo brotar sus lÃquidos, pellizcando mis glúteos, fue el primero en acabar. jadeó, gritó guturalmente, aflojó primero. Aldo siguió haciéndome, comiedo mis labios, levantándome acompasadamente, esperando que aflorara mi orgasmo. Recuerdo que hundÃa su lengua en mi boca, cuando mi concha se expandió, brotó y se contrajo lentamente produciéndome un goce infinito.
Quedamos los tres allì, en ese asiento, sintiendo y respirando hondo, cada uno a su manera. Luego buscamos nuestras ropas. Y vestidos nos besamos. Me llevaron hasta mi casa.
Me despedà de ellos prometiendo repetir el encuentro, y deseando que Raúl estuviera invitado esa próxima vez. Donde caben dos... caben tres.
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