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Autor Tema: Orgia aldo, yo y juan  (Leído 297 veces)
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« en: Junio 13, 2006, 01:14:24 »

Aldo, yo y Juan. Así­ fue nuestro triángulo escaleno. Aldo me llevaba diez años, Juan sólo tres que se sumaban a mis diecinueve. ¿A cuál elegir?



Mamá decía que ambos gustaban de mí, que en algún momento la cosa se debía definir, y yo le contestaba continuamente que no sabía a quién amaba más. Los quería a los dos sin siquiera detenerme demasiado a pensar en que Aldo y Juan eran hermanos.
Mamá afirmó con absoluta certeza que no me preocupara por el tamaño de sus penes, ella ya lo había hecho por mí. Ambos calificaban muy bien. Mamá siempre fue así con los hombres, no dejaba títere con cabeza. Yo aún era virgen.

Todo empezó una mañana en que viajaba para mi trabajo. Una mañana soleada y aburrida durante un viaje en ómnibus de un pueblo a otro. Sentada del lado de la ventanilla miré hacia afuera y al volver la vista hacia el interior, ví dos pares de ojos verdes que habían dejado de mirar hacia la ruta para fijarse en los míos.

No pude apartar mi mirada. Tuve una excitación interior muy intensa, se movilizó todo mi ser al devolverle una mirada plena de sensaciones. En un momento todo cambió para mí. Él debía seguir mirando hacia adelante porque manejaba el vehículo, pero yo no dejé de hacerlo. Cada tanto me seguía provocando con breves miradas furtivas. Al llegar a destino estacionó el ómnibus y se dió vuelta para saludar a los pasajeros que a diario llevaba. Cuando pasé a su lado se presentó.

-Mi nombre es Aldo, ¿y el tuyo?

-Ariana -contesté. Sin ningún reparo me dijo: -Yo vuelvo a pasar a las seis de la tarde, si quieres viajar conmigo ya sabes la hora. -Y ya antes de las dieciocho, yo estaba allí. Estacionó el rodado y bajó. Allí lo pude ver bien. No muy alto, una hermosa forma de cabeza, cabello crespo, buena manera de andar, prolijo en todos sus aspectos. Miré su camisa abierta con abundante vello en el pecho, sus antebrazos al aire. Pero lo que más me gustó fue su presentación, su sonrisa. Todo él era una bienvenida.Estaba muy complacido de verme, y yo sentí una humedad tibia entre mis muslos cuando le estreché la mano.

Así, viaje tras viaje, pasé al asiento del acompañante y hablábamos de trivialidades. Hasta que en uno de esos viajes habituales, tan esperados por mí, Aldo no conducía. En su lugar lo hacía un joven de casi mi edad. Muy parecido a él, era su hermano menor.¿Cómo describirlo? Muy seguro, muy divertido, muy, muy... Sabía de mí. Aldo le había contado de su simpatía hacia mí y le había pedido que me cuidara. Y realmente me cuidó.

Ese día el pasaje estaba completo. Mo tocó ir parada en el pasillo, y fue la primera vez que Juan rozó mi cuerpo. Me tocaba porque entregaba los boletos, y cada vez que pasaba se deslizaba muy sensualmente por detrás. O casualidad, ese día no me bajé hasta la terminal, y allí me interceptó para invitarme a tomar un café, argumentando que debía decirme algo de parte de su hermano. Lo que tenía para decirme era que su hermano mayor debía viajar a comprar repuestos para los micros de su empresa.

Ausente Aldo, Juan decidió que debía ocupar el lugar de su hermano y cuidarme... No esperó mucho, me invitó a salir. Al principio lo dudé, pero mamá, me aconsejó que me divirtiera. A mí me parece que a mi madre le impresionaron bien los micros que pasaban por la puerta de casa. Salimos varias veces y Juan comenzó a gustarme por su forma de ser, su juventud, calidez, sus maneras de hablar. Como cuando me pidió entrar a casa a lavarse las manos. No lo olvidaré jamás. Se arremangó suavemente sabiendo que yo lo miraba. Tomó el jabón frotándolo entre sus manos y enjuagándose bajo el chorro de agua muy sugestivamente. Eso me excitó.

Esa hermosa noche de verano salimos a bailar. Todo invitaba a la felicidad, al goce pleno. Me apretó junto a él y sentí sus agradables manos sobre mi cuerpo. Muy agradables, muy cálidas, sus piernas buscando danzar entre las mías y algo más... No lo rechazé, lo disfruté abandonada a la música, a los giros, al momento que él había creado en mí.

Regresamos muy juntos y me despidió con un beso. Al día siguiente no viajó y yo no me atreví a llamarlo por teléfono.Un día después apareció junto a Aldo en el ómnibus. ¡Ay Dios! Verlos juntos. Las dos caras de una misma moneda. Los dos estaban buenos, ¿pero optar por cuál? Aldo feliz y charlatán, Juan más bien triste y callado. Era evidente que todo tendía a complicarse y no tenía ganas de que aquello se convirtiera en algo desagradable.

Yo apenas tenía 19 años y ninguna idea de tener relaciones serias. Sabía que mi cuerpo complacía a todos los hombres: no muy delgada, buenos senos, cola dura y levantada, buena cintura, voz dulce, cabellera larga y además los sabía escuchar. Convencida de todo lo que hacía, dejé que los días transcurrieran naturales.

Una mañana de sábado ví que un ómnibus paraba en la puerta de mi casa. Sonó el timbre y abría la puerta. Era Aldo, muy sonriente me invitaba a pasear, le pedí unos minutos para arreglarme. Me puse unas lindas sandalias doradas de tacos altos. Mis uñas, en mis pies y en mis manos estaban pintadas de un rojo intenso. Me calcé una remera de profundo escote que remarcaban mis tetas, y transparentaban mis pezones, y dejaba mi ombligo al aire. Mi piel tersa y suave. Y unos pantalones bien ajustados al cuerpo. Un poco de pintura para labios y un encantador perfume. Salí como para pasar una buena tarde con Aldo.

Al subir al ómnibus ví que en el asiento del fondo estaba Juan con Raúl, un amigo. Al principio no me gustó. Enseguida se sentaron cerca nuestro para mantener una animada conversación sobre diversos temas. De esto y de aquello. Cuando de repente Juan hizo alusión a las rosas bordadas en mi remera, diciendo que nunca había visto unas rosas más hermosas. Aldo miró hacia ellas y agregó que no sólo las rosas eran lindas. Juan no se hizo esperar y me sorprendió con esa frase:

-Tiene un buen culo y unas buenas piernas.

Quedé impresionada, sorprendida por esas palabras, y advertí que el amigo de Juan contemplaba la escena muy divertido. Me quedé un rato en silencio, y un par de calles después, su amigo bajó. Oscurecía lentamente en ese sábado estival. Quedamos los tres solos en el ómnibus andando hacia ninguna parte. Juan se acercó más hacia mí y cuando quise voltear mi cara para decirle algo acerca de su frase, me encuentro con su boca próxima a la mía, y su mano que se deslizaba suave por detrás de mi cintura. Comenzó a besarme y a meter más y más su mano por debajo del pantalón buscando mis nalgas.

Me atrajo hacia él y me hizo incorporarme muy apretada, abrazándome, besándome, llevándome hasta el asiento del fondo. Siguió besando mi boca, mis labios que ardían, casi sin dejarme respirar. Me dejé levantar la remera, luego bajarme el cierre de mi pantalón. El coche se detuvo y sentí que Aldo venía hacia nosotros. Hubo silencio, sólo se sentían los movimientos, yo no me resistí, los dejé hacer...

Estaba muy caliente entre dos buenos machos, y eso me agradaba. Empiezan a poseerme, compartirme. Siento un buen pene erecto metiéndose en mi boca y no me resisto, manos en mis tetas, hurgeteando mis agujeros.

-Por atrás -le dice Juan.

Ya está, está entregada -dice Aldo.

Los tres arrodillados y acariciándonos en el asiento trasero. Cierro mis ojos y succiono el miembro de Juan, se lo chupo. Mi instinto de hembra me empuja a acariciarlo con las manos y con la boca. Atrás, Aldo no desperdicia un minuto, siento la búsqueda frenética de mi vagina, un garrote colosal me penetra y una manos agarran mis pezones. Me aprieta las lolas para acomodarme mejor, pero Aldo no se contenta con eso, me da un giro completo y me recibe sobre él hundírmela una y otra vez. Y Juan, ahora sí busca la penetración anal. Montada sobre Aldo, mi culo se ofrece pleno, sin reparos, para que me parta en dos.

-¡Dale Aldo, dale sin asco que ésta aguanta! Lástima que Raúl se bajó.

Me sentí gozada con todo, ellos ni se daban cuenta lo bueno que era estar así, desnuda, besada, penetrada por dos tipos. ¡El deseo más soñado de cualquier mujer! Quería dejar mi marca de esa noche en ellos. Que nadie pudiera darles otro instante como ese. Nadie como yo...

Aldo en mi concha, escarbando sin parar un sólo instante, frenando su orgasmo. Colorado, desfigurado de placer. Y Juan galopando mi culo, haciendo brotar sus líquidos, pellizcando mis glúteos, fue el primero en acabar. jadeó, gritó guturalmente, aflojó primero. Aldo siguió haciéndome, comiedo mis labios, levantándome acompasadamente, esperando que aflorara mi orgasmo. Recuerdo que hundía su lengua en mi boca, cuando mi concha se expandió, brotó y se contrajo lentamente produciéndome un goce infinito.

Quedamos los tres allì, en ese asiento, sintiendo y respirando hondo, cada uno a su manera. Luego buscamos nuestras ropas. Y vestidos nos besamos. Me llevaron hasta mi casa.

Me despedí de ellos prometiendo repetir el encuentro, y deseando que Raúl estuviera invitado esa próxima vez. Donde caben dos... caben tres.




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