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« en: Junio 08, 2006, 01:33:20 » |
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Sin lugar a dudas las vivencias eróticas de la infancia y primera juventud son inborrables. Esto es debido a la intensidad con que se viven y a que se descubren sensaciones poderosas cuya importancia y valor se intuyen desde el momento en que ocurren. En particular aquella experiencia en que se obtiene el primer orgasmo es la que más valor psicológico suele tener. Para mÃÂ, esa joya se llama Lilia.
Esto que voy a relatar no es una fantasÃa ni un deseo que por frustrado dio origen a que se realizara en la imaginación. Es historia, historia cumplida, cuya falta a la verdad será sólo aquello de lo que no me acuerde por no haber tenido importancia ensu momento. A los catorce años de edad vivÃa yo en la Colonia Industrial, cercana a la Villa de Guadalupe en la Ciudad de México. La verdad es que era una zona residencial de clase media que sólo tenÃa de industrial los nombres de las calles que eran de fábricas. Frente a nuestra casa y un poco más adelante, vivÃa una familia de gente muy morena, que según se decÃa, eran de la Costa Chica del Estado de Guerrero. La familia constaba de padre y madre, personas de cincuenta o más años, una hija de unos veintinueve o treinta años, (apetitosa de veras) y la nieta, una niña como de once años que es el personaje principal de esta historia. Se llamaba Lilia, era morena retinta, de estatura normal para su edad pero de desarrollo muy aventajado para esta; tenÃa en el pecho dos naranjitas que prometÃan mucho y cuando se le veÃa de espaldas o de perfil se podÃan apreciar las mismas formas estupendas de la mamá pero a escala. Su conjunto identificaba la cruz de su parroquia: era costeñita cabalmente. Cuando todavÃa iba yo a la escuela primaria la veÃa salir muy abrigada por las mañanas y seguir mi mismo camino mostrando siempre la actitud de quien tiene mucho frÃo aun cuando no lo habÃa en realidad. No sabÃa yo más de ella.
Pero sucedió, y aquà comienza la historia, que alguien falleció allá en su tierra y la familia tenÃa que estar presente en el funeral. No podÃan llevar a Lilia porque perderÃa las clases y los exámenes que estaban por venir, asà que la encargaron por tres o cuatro dÃas con mi tÃa que era la cabeza de nuestro hogar. Llegó con su mamá quien muy agradecida le entregóa mi tÃa el bultito de ropa, un dinero para su manutención y varias recomendaciones sobre la conducta de la niña y sus obligaciones escolares. Ella, con una seriedad artificial en la que adiviné que era una picara de lo peor decÃa a todo que sà con la cabeza. Se quedó pues y dormirÃa en el mismo cuarto de mi tÃa. Ya para en la noche, la pequeña comenzó a dar muestras de lo que era: empezó a hablar y no hubo quien la callara nunca, hasta que salió de la casa; en cuanto llegaba de la escuela esto era hablar, corretear y gritonear hasta que se acostaba. Y de las tareas de la escuela, nada. Era una verdadera plaga. No era bonita, pero era graciosa. Acababa haciéndonos reÃr porque no podÃamos hacer otra cosa.
Yo cursaba segundo año de secundaria y en verdad la escuela sólo me interesaba porque allà se jugaba frontón a mano; en los estudios salÃa bien pero nada más. En el frontón tenÃa por pareja a un tal Cupido y éramos buenos, jugábamos partidos de apuesta y era difÃcil que nos vencieran; Acabábamos con las manos a punto de reventarse de lo hinchadas que se nos ponÃan. Ese ejercicio y el sol pleno bajo el que lo jugábamos me habÃan hecho prieto y correoso, además se empezaban a manifestar en mà los primeros rasgos e inquietudes de la adolescencia: sombra entre nariz y labios, sudor con olor a hormonas, impulsos de voltear a ver la espalda baja de las mujeres, erecciones nocturnas; agresividad: de competencia con los hombres y de consecución de sufavor con las muchachas. En fin, todo eso que ya se sabe. Me llamo Salvador asà que en casa me decÃan Chavo o Chavito.
Sin embargo no habÃa habido nada que me aproximara a Lilia. Una tarde mientras hacÃa un trabajo de la escuela asomó su pizpireta carita y con tono burlón me gritó:
-¡chivitoooo!
Con seriedad le dije:
-Oye escuincla conmigo no te lleves.-
Pero no sabÃa yo la clase de culebra que estaba pisando. A partir deese momento, con una tenacidad increÃble no fui para ella más que "chivito" y ese grito burlón me sorprendÃa a todas horas por toda la casa. Me sacaba de quicio, me enojaba, la acusaba, la regañaban, pero nada, la cosa seguÃa igual. Para colmo de este mal mi tÃa recibió una llamada de la abuela de Lilia donde le decÃa que allá la cosa se habÃa puesto grave, que una de las principales herederas del difunto era la mamá de la niña y que otros parientes que se sentÃan con más derecho que ella a la herencia habÃan protestado y ya hasta andaban armados y que....bueno, las dificultades estaban como en Guerrero suelen darse; la cosa es que le suplicaban que los aguantara un poco con la niña y que en cuanto se calmaran algo los ánimos irÃa alguien a hacerse cargo de ella. Total, drama. Además del drama que yo representaba de adolescente consentido y poseÃdo de enojo fingido. ¡Ah, pero eso sÃ!. La amenacé con que iba a ver lo que le pasarÃa si seguÃa provocándome con su gritito. Cuando acabó mi perorata gritó:
-Yo tampoco soy escuincla, chivito.- Y salió corriendo.
Pasaron los dÃas. En una ocación estaba escuchando el radio recostado en mi cama cuando de repente:
-¡chivitoooo!-.
Me levanté y salà corriendo tras ella, pero que va, ¡no la pillaba!, era como tratar de agarrar un gato: corrÃa se retorcÃa, se agachaba, se parapetaba en los mubles, gritaba, me miraba con burla, ... y no podÃa hacerme con ella. Era el colmo. Yo estaba acostumbrado a los movimientos rápidos y precisos del frontón y nada. Pero la suerte ayuda; al pasar por la puerta de la recámara de mi tÃa tropezó con el borde de la alfombra y perdió equilibrio y velocidad. Trataba de recuperarlos cuando la alcancé y boté sobre la cama. Me le eché encima para asegurarla, nos quedamos mirando a los ojos unos momentos. En eso me percaté de su calor y de la agitación de su pecho, de lo acelerado de su respiración, de lo entreabierto de su boca y de la sensación tan agradable que era recibir su aliento en la cara y aspirarlo y catarlo. Trató de sacarse pero no la dejé, ella también habÃa sentido o presentido algo y estaba alarmada. Acercando mucho mi cara a la de ella y sin dejar de mirarla le dije:
-Si me vuelves a gritar chivito te voy a besar, ¿Lo entendiste?- Me contestó:
-SÃ . . . chivito.
Pero no hice nada. Poco a poco me levanté y mientras lo hacÃa observé que el vestido, izado hasta el estómago, dejaba ver unos calzoncitos verde claro que limitaban sus muslos morenÃsimos. Eran éstos gruesos, musculosos, recios y de forma muy linda. También observé otra cosa: un bulto que se habÃa formado en la parte delantera de mi pantalón.
Pasaban los dÃas y la cosa continuaba, pero habÃa un cambio, ya no eran gritos, ya no tenÃan el tono burlón destinado a hacerme enojar, más bien eran como una invitación a que saliera tras ella, pero yo no hacÃa caso, la ignoraba. ¿Qué habÃa pasado? algo que entonces desconocÃa, pero que ahora sé bien. HabÃa sembrado en su mente la idea de que la iba a besar y esa idea habÃa germinando. En ocasiones se paraba recargada en el marco de la puerta del comedor mientras yo hacÃa mis trabajos y allà se estaba, fingiendo que se miraba las uñas o cualquier otra cosa; de pronto empezaba a decir, que no a gritar, ¡chivitoooo!. Hasta que una tarde, ya que también mis deseos y pensamientos habÃan madurado, accedà a corretearla; la alcancé justo en el cuarto de planchar la ropa, le tomé una mano, se la torcà un poco y se la llevé a la espalda. Estaba de frente a mà y si torcÃa un poco más la mano tenÃa que echar la pelvis hacia delante .Trataba de besarla pero me volteaba la cara, la fui empujando hasta llegar a la cama que allà habÃa para cuando tenÃamos la sirvienta. Le solté la mano y me eché sobre ella, todo yo temblaba de excitación, le dije -¡espérate, esperate!- y encontré su boca; la besé, la estuve besando a la vez que iba acomodando mi cuerpo sobre el suyo y ella ... aprendÃa a devolver un beso; cundo me di cuenta tenÃa una de sus manos sobre la espalda y la otra en la nuca. Le besaba el hombro, el cuello, la oreja, la mejilla, la boca, con desesperación y fuerza. La besaba y al hacerlo bajé una mano, descorrà el cierre del pantalón y le levanté el vestido: quedé entre sus muslos, entre sus lindos y prietos muslos, ahora calientes por la correteada. Me empecé a mover y hacer presión hacia arriba y, ¡prodigio de muchacho suertudo!, noté que era correspondido, sus piernas se habÃan abierto un poco y sentÃa como levantaba y bajaba la pelvis con un movimiento de cadera rÃtmico, lento, corto, como quien no quiere la cosa, como para que yo no lo notara; me envalentoné y puse una mano sobre su pechito y encontré que su capulincito estaba duro y trataba de romper la tela del vestido. Me encogà y puse la boca allà y chupé por encima de la tela. El resultado fue que abrió las piernas y ni tardo ni perezoso acomodé con la mano mi campeón en la entrada de su altar. TenÃa los calzones puestos, pero asà y todo yo empujaba y ella respondÃa yendo a mi encuentro. Paramos, nos quedamos mirando y preguntó:
-¿Que me estás haciendo?-
-Estamos jugando a que nos queremos-
En eso oÃmos el rechinido de la puerta de la cochera y se esfumó el encanto. Me levanté y con orgullo propio de varón permità que viera a placer aquello que habÃa estado intentando recibir en su cuerpo cuando levantaba las caderas. La miré, estaba chapeteada como durazno maduro y con mirada brillante veÃa sorprendida lo que impúdicamente le mostraba. Le estaba dando material para su mente, estaba plantando ahà una hiedra que al crecer iba a avasallar y penetrar todos sus pensamientos, pero yo no lo sabÃa. Estaba haciendo lo que el Diablo hizo con Fausto al mostrarle la imagen de Margarita en el espejo pero, repito, yo no lo sabÃa.
Ahora todo habÃa cambiado, al grado que hasta para mi tÃa fue notorio, Lilia se comportaba con algo de más seriedad aunque para ella seguÃa siendo chivito; yo tenÃa temor de que el dÃa menos pensado llegaran por ella y se la llevaran. Donde nos encontrábamos, si estábamos solos, nos besábamos; en ocasiones ponÃa yo la mano sobre su chichita y le apretujaba el pezón, en seguida percibÃa como cambiaba su respiración, me jalaba del cuello, se paraba de puntitas para poder arrimarse mejor y no interrumpÃa el beso. En un momento de estos le dije al oÃdo:
-Déjame verte sin ropa-. Después de pensarlo un poco me dijo:
-Ya sabes como-.
Se referÃa sin duda a una pequeña ventana con persiana que tenÃa el cuarto de baño hacia el patio de atrás. Luego agregó:
-Yo también quiero verte-
-Hay que esperar-.
AsÃ, de esta forma, se adelantaban los pensamientos a los hechos, no imaginábamos que a esto se le llamaba "deseos" que son pecado y que están socialmente prohibidos, más para niños como nosotros; lo que sà intuÃamos es que habÃa que hacerlo a escondidas. Pocos dÃas después, al llegar de la escuela oà a mi tÃa hacer cita con el dentista, antes de colgar el teléfono ratificó: -Entonces mañana a las cinco y media. Gracias señorita.-
Me puse contento, como si se me hubiera hecho promesa de recibir algo precioso. Al otro dÃa desde las cuatro de la tarde estaba yo dibujando muy concentrado en mi trabajo, entró mi tÃa, me encargó a Lilia y se despidió de mÃ. Comenté con ironÃa:
-¡Ay!, no se vaya a caer a un charco y se ahogue la escuincla.-
En cuanto se cerró la puerta de la cochera corrà a buscar a Lilia. Estaba recostada en su cama leyendo un cuento. Lo hizo a un lado, me miró y toda mi agresividad se vino abajo. Todos los planes sobre palabras y hechos que tenÃa preparados perdieron valor, estaban equivocados. La vi bonita, la vi digna e inocente. Me senté a su lado, le tomé una mano y se la besé. Sonrió. Se quitó los zapatos con los pies y los botó; se hizo a un lado y, con una inclinación de cabeza, me invitó a acostarme. Lo hice y siguió leyendo, o fingiendo que leÃa; puse la cara cerca de su cuello y le estuve respirando allà hasta que empecé a darle besitos que poco a poco se transformaron en chupaditas, puse la mano sobre una de sus piernas y la tenÃa con la piel chinita como de gallina; eso me alentó y empecé a subir la mano, pero de pronto se paró y salió corriendo y por supuesto yo tras ella. Ahora la cosa era más exagerada, se defendÃa bien, duramos un buen rato circulando por toda la casa, yo sudaba, ella también, me miraba con enojo, después reÃa, me burlaba, gritaba con espanto, hacÃa dengues, . . . en una de esas le cerré el paso y emprendió la huida por el único camino que le quedaba: fue a dar al cuarto de planchar. Entré en seguida y cerré la puerta con pasador. Me miró con miedo y me amenazó:
-¡Te voy a acusar con tu tÃa sino me dejas salir... chivito!-.
Era una amenaza, . . . pero llevaba una invitación.
-Ya sabes lo que te pasa cada vez que me llames asÃ-
Recargada de espaldas en la mesa de planchar, descalza, colorada y sudorosa estaba a la expectativa. Me quité la chamarra y me puse frente a ella, fui acercando la cara despacito mientras la miraba a los ojos. Respiré el aire que exhalaba, sentÃa su calor, su temblor y su temor, unà mis labios a los de ella y la besé con suavidad, le tomé el rostro con las manos y el beso se hizo pleno, sentà como me lo devolvÃa, la abracé y como en otras ocasiones, se paró de puntitas para alcanzar mejor y pegarse más. Asà estuvimos un rato, asà también, abrazada, besándola, la lleve hacia la cama y me quité los pantalones. Al intentar bajarle los calzones me dijo:
-¡No, eso no!
Pero el movimiento que hizo para impedirlo fue pura fórmula. La acosté, puse mi maravilla en la entrada de su templo y me empecé a mover. Trataba yo de meter, pero cuando presionaba ella se retiraba y hacÃa gesto de disgusto, asà que me conformé con lo ganado y seguà moviéndome acariciando su himen con el glande. En un momento dado le pregunté:
-¿Qué sientes?. - Me dio una contestación de niña que nunca he olvidado:
-¡Rete chicho!-
Y proseguimos. Bajé la cara y le empecé a chupar el pechito y a mordisquearle el pezón por sobre la ropa. ¡Uyy!. Eso era la llave, abrió las piernas, se las levanté y dobló las rodillas, ¡quedó a mi merced!. Con ambos brazos la rodeé por la cintura, la apreté y empujé. Pegó un grito y trató de zafarse pero no aflojé y no pudo; en ese intento levantó la pelvis, aproveché y di otro empujón. Un nuevo grito y una amenaza seria:
-¡Suéltame, te voy a acusar con tu tÃa!
Pero yo ya estaba adentro y agarrado con firmeza.
-¡Espérate, espérate!, ya me voy a quitar-. Le dije.
¡Pero que va!. Con la verga en esa cálida estrechez empecé a sentir un arrobamiento gratÃsimo que me hizo verla muy bella y me impulsó a moverme en un mete y saca acompasado y enérgico que fue convirtiendo el embeleso en un placer tan intenso que al llegar a su clÃmax también yo tuve que gritar. Era algo nuevo y grandioso para mÃ, al punto comprendà que eso era el eje alrededor del cual giraba el mundo. Cuando pasó aquello aflojé los brazos y oà que Lilia me decÃa:
-Me está ardiendo, ¡quÃtate!, le voy a decir a tu tÃa lo que me hiciste y que eres muy grosero conmigo.-
Al levantarme miré hacia abajo y me asusté: tenÃa lo mÃo brillante y cubierto de una especie de baba sanguinolenta. La bragueta de mis calzones tenÃa una manchita de sangre. La miré a ella y ¡Santo Dios!, tenÃa sangre en su joya y habÃa escurrido sobre la parte trasera de la falda del uniforme de la escuela que no se me habÃa ocurrido levantar. Me alarmé mucho y con voz autoritaria le dije:
-Vete a cambiar la falda y me la traes para lavarle el pedazo; después ve al baño y lávate allà con jabón y hasta después te pones los calzones.-
No pasó nada, no me acusó, pero me reclamó:
-¿Que me hiciste?. ¡Me salió sangre!, ¡eres un animal, un chivo! -
-Pero ya no te volverá a salir, te lo aseguro. Tampoco te va a arder.-
-¡Pues tampoco me voy a dejar!-
Pasaron varios dÃas, casi no nos habÃamos visto y tampoco me habÃa gritado ¡chivitooo!. Una noche regresaba a casa después de haber jugado frontón hasta que la falta de luz lo impidió, cuando la vi en la puerta botando una pelota.
-¿Y mi tÃa?- le pregunté mientras daba un manotazo a la pelota.
-Está viendo la tele con Emilita.- Me contestó y al hacerlo levantó la cara. La luz de la luna llena la iluminó y la vi hermosa. Me regresé y la besé con intensidad, con pasión. Bajé la mano que tenÃa en su cintura y le empecé a sobar las nalgas; le levanté el vestido y proseguÃ, las tenÃa duras, lisas y frescas. Cuando traté de llevar la mano hacia la fisura, las apretó con firmeza para impedirme el paso.
-Ven-. Le dije y la jalé de la mano hacÃa el cuarto de planchar. -No.¿Eh?. Ya sé lo que quieres pero no ¿eh?. Le grito a tu tÃa ¿eh?...-
Entramos, cerré la puerta, eché el pestillo y no prendà la luz, me quité la camisa y fui hacia ella. AsÃ, con el torso desnudo la besé y mientras lo hacÃa le desabroché los botones que el vestido tenÃa por la espalda; me separé un poco y jalé hacia abajo, el vestido cayó a sus pies. TenÃa puesto un pequeño corpiño de punto. La besaba yo frenético en todo lo que estaba a mi alcance pero me di maña para soltar el cinturón y bajar el cierre del pantalón, que fue a alcanzar al vestido en el suelo. El beso seguÃa y ella participaba, su mano derecha estaba apoyada en mi antebrazo, bajé éste y bajó su mano, la tomé y la puse rodeándome el miembro. Apretó. Meneaba la cara mientras nos besábamos y nuestras lenguas se frotaban. Deslicé las manos sobre sus nalgas y los calzones iniciaron el descenso; con la mano que tenÃa desocupada trató de impedirlo pero no lo logró (la otra no soltaba lo suyo). Tuve que agacharme y obligarla a que levantara un pié para completar la maniobra.
-No chivito, te digo que no, eso que me hiciste es malo y arde . . . y duele . . . y sale sangre . . . .-
-Te dije que querÃa verte sin ropa y me dijiste que tú también querÃas verme ¿no?. Pues horita es cuando vamos a vernos.-
La pérdida de los calzones hizo que se cubriera con la mano que habÃa tenido ocupada; con la otra defendÃa su corpiño, pero tubo que ceder porque lo levanté y empecé a tocar y acariciar su chichita. Se quedó muy quieta y su respiración volvió a ser agitada; por propia iniciativa volvió a rodearme con los dedos y me ofreció su boca. Nos besamos furiosamente, tanto que ya sentÃa los labios hinchados. Sin resistencia la lleve a la cama, al sentarse le quité el corpiño y los zapatos, yo deje caer mis calzones. Estábamos desnudos. La paré, me retiré un poco y empecé por mirar . . . . pero acabé por admirar. ¡Estaba lindÃsima!. Me asombraron sus muslos, tan gruesos, ¿cómo era posible que se empotraran en esa cinturita?, ¡y las nalgas!, ¡que cosa más hermosa!. Años después, al leer un libro hindú las recordaba por la descripción que hacÃa de las caracterÃsticas que debÃan tener: simetrÃa, forma, masa muscular, elasticidad, movimiento al caminar y al cohabitar, color y tersura. Pues todo lo tenÃan y para mi gusto en grado superlativo. No habÃa vellos en el pubis y la lÃnea que lo dividÃa se iniciaba en una pequeña oquedad por la que asomaba una curiosa lengüita morena que todavÃa no sabÃa yo que era ni para que servÃa.
- ¡Eres linda, linda, de veras linda! -. Le dije. Ella respondió con una risita, estaba como hipnotizada viendo algo que nacÃa entre mis piernas y que en ese momento me llegaba al ombligo. Nos acostamos y abrazamos, tallábamos nuestros cuerpos entre sà mientras nos besábamos, mis manos la recorrieron hasta que fueron relevadas por mi boca. Empecé por sus pechitos, que lamÃ, chupé, succioné, mordisqué y presioné; eso la hizo moverse como culebra. No aguantó más y me dijo:
-¡Ya!, ¡ya estate!-
Me quité y tomando la almohada se la metà bajo las nalgas, cuando lo hacÃa vi algo difÃcil de creer: tenÃa la vulva abierta como si fuera una boca, sólo que vertical y aquella lengüita prieta que habÃa yo visto, ahora era más grande y saliente, (que tonto, en ese tiempo no sabÃa yo lo sabroso que era chupar eso).Me acomodé y en cuanto el glande tocó la entrada de aquel paraÃso empecé a sentir un arrobamiento que seguramente fue la sensación que desafió al cielo y dio origen al género humano. La miré, estaba asustada. Empuje un poco. Apretó los dientes,abrió los labios y aspiró aire dejándome oÃr un "shshshshsh" que duró todo el tiempo que tardó la penetración. Me quedé quieto, más que todo porque sentà como se precipitaba la llegada del final. Pero ... ¡HabÃa que moverse!, di tres o cuatro sacadas con metida, la abracé con todas mis fuerzas y recibà por segunda vez en mi vida la deliciosa descarga del placer. Tuve que gemir y estirarme y oà una voz infantil y lejana que me decÃa:
-Chivito, ¿Que te pasa?....te emocionas.... -
Cuando pasó volvà a quedarme quieto. Después de un tiempito empecé a moverme despacio, con ternura; a poco sentà como era correspondido con un movimiento igual. La miraba a los ojos y me miraba; la besaba y me besaba y me abrazaba y sentÃa el recorrido de su mano por mi espalda y el movimiento ya no era lento, todo lo contrario, era el más rápido que podÃamos y sudábamos y .... en un momento dado, rindiéndose, levantó los brazos por sobre la cabeza y los dejó caer en la cama mientras me decÃa con desesperación:
-¡Hazme algo...!
No se me ocurrió otra cosa: prendà mi boca en su sobaco y chupé y succioné y mordisqueé y .... ¡fue suficiente!. Emitió un quejido levantó la pelvis, me jaló a dos manos de la cadera y la corriente eléctrica que produjo las contracciones de su vagina al obtener su placer, fue la misma que llamó, originó y provocó el mÃo. Fue prolongado, fue delicioso, ¡parecÃa amor!.
Dos veces más lo hicimos, las dos con las mismas satisfacciones. Pero llegó el final. Un dÃa, sin previo aviso, mientras estaba yo en la escuela, llegaron por ella. Según me platicó mi tÃa se fue llorando porque no se despidió de mÃ. Fingiendo desinterés dije: - Puede despedirse mañana o cualquier dÃa -. A lo que agregó: - No. Mañana se va a Acapulco con su abuelo que vino por ella. Van a quedarse allá para estar al cuidado de la herencia y de las citas del juzgado -. Hice un mohÃn de indiferencia, pero mi tÃa, que no era ninguna idiota, me soltó con sarcasmo: - ¿Estaba rica, verdad? - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - A modo de epÃlogo.- Nueve años después, una tarde que llegaba yo a casa, vi. a tres mujeres paradas frente a la casa donde vivÃan los abuelos de Lilia. ¡Caramba, una de ellas era Lilia!, me reconoció y me saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Se me revolvieron todos los contenidos y procesos cerebrales, no sabÃa que hacer, pero no tuve que pensar mucho, la vi pasar por la acera de frente a mi casa. Esperé a que diera la vuelta en la esquina y la seguÃ; mientras lo hacÃa pude ver la bella y sensual espalda de una mujer que tenÃa en el color y hasta en el movimiento de las caderas el sello que imprime costa tropical del PacÃfico mexicano. - Hola Lilia, ¿te ibas a ir sin despedir otra vez? -. - Que tal chivito, ¿de donde sacaste ese bigote?. Caminamos hasta el Parque MarÃa Luisa y nos sentamos en una banca. Después de hablar banalidades un rato pensé en besarla. Ha de haber captado mi intención. - Estoy casada -. Me dijo, - desde hace tres meses..... ¿Porqué no me buscaste?... Pensé que lo harÃas ... estuve esperando....... -. No supe que decir. Se levantó y con voz queda agregó: - Adiós chivito – y se fue alejando mientras miraba yo fascinado el movimiento de caderas que imprime en las mujeres la costa tropical del PacÃfico mexicano.
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