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« en: Junio 08, 2006, 01:36:15 » |
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Por fin habÃÂa llegado el momento en que ÃÂbamos a disfrutar de nuestro nuevo chalet en la Costa Brava. Hasta hace 3 años lo habÃÂamos hecho en un hotelito que distaba solo una travesÃÂa de nuestra casita, verano tras verano
Me gustaba el lugar! Lo que no me agradaba en exceso era aquella salida de Barcelona. Las retenciones eran constantes y, para llegar a las Rondas, tardabamos mas de 3/4 de hora. Avanzabamos apenas un par de metros y nos tocaba parar entre 1 y 5 minutos. Mientras, mis padres me iban sermoneando sobre lo que iba a ser el primer dÃa de ocio. Pero no todo iba a ser malo. Una de las paradas, quizás la más larga, aunque para mi fuera breve, coincidió justo enfrente de una acera. HabÃa allà un joven de unas facciones expléndidas, con un cuerpo que hubiera maravillado a cualquiera. Montaba una bicicleta y esperaba poder pasar. HabÃa apoyado su pierna derecha en un árbol y la izquierda sobre una papelera de estas que han crecido por doquier sobre el suelo urbano. Sus piernas, pues, estaban abiertas de par en par. Su pecho era atlético, su cara divina, sus piernas robustas y el calzón de Lycra color azul claro que le recubrÃa, superindiscreto. Su entrepierna izquierda, lucÃa, junto a la costura, un descomunal bulto. A su derecha, la misma imagen del bulto, algo más elevado y, por encima de él, algo que se alargaba de forma provocadora a través de todo el lateral.
No pude evitar que mis ojos se fijasen en aquel hermoso don de la naturaleza, pero tampoco pude evitar que él se percatara de ello. Consciente de lo que a mà me atraÃa, empezó a sobarse su entrepierna y me di cuenta de que su aparato crecÃa, tanto en grosor como en longitud, abriéndose camino entre su estrecho maillot y... Y no pude reprimirme. Yo estaba sentada detrás de mi madre, al lado opuesto de mi padre que era el conductor. Tiré, para no ser vista por el retrovisor, todo mi culito hacia adelante y levanté un poco mi cortÃsima falda. Con los 3 dedos del centro de mi mano izquierda separé la parte central de mi braguita de mi más Ãntimo agujerito y los introduje en mi "verdulerito" (He de decir, que aunque yo era por aquella época virgen de hombres, no lo era de verduras. Por mi sexo habÃan pasado primero zanahorias, más tarde pepinos y calabacines, aunque siempre con el temor (una vez me rompà el Himen) de provocar en mi estrecha cuevecita algún desgarro irreparable, por lo que difÃcilmente gozaba con el "Repertorio del campo".
Como os decÃa, introduje 3 dedos entre mis bragitas, compresa incluÃda, ya que me mojaba con frecuencia de flujo y un simple Salvaslip no me servÃa, a mi caliente sexo. Con 2 de ellos empecé a acariciarme mi enorme clÃtoris y el tercero lo hacÃa oscilar de atrás hacia adelante. Empecé a notar palpitaciones algo frenéticas y como mis pezones endurecÃan, sin poder frotármelos por mi posición. Mis piernas se movÃan convulsas de atrás para adelante. TemÃa ser vista por mis padres y de golpe, mojé, mojé y mojé mis dedos, mi mano, que chorreaba sobre el asiento y sobre la alfombra. Apreté como pude los dientes, mi vientre dió varios golpes convulsos hacia adelante, pensé en que HABIA QUE PONER SOLUCION de una vez por todas a mi virginidad.
Imaginé que me poseÃan yo que sé que hipotéticos hombres y volvà a mojarme!. Un olor acre, penetrante, subÃa de mi entrepierna y de mi mano hacia mi nariz. Temà que mis padres lo notaran y cejé en mi empeño. Oh!. Qué caliente me sentÃa!. Pero también empecé a sentirme sucia. Mis pegajosos dedos me repugnaban. TenÃa ganas de llegar a casa y lavarme. Confiando en que mi hermano Oliver, que se habÃa ido hacia el chalet el dÃa antes, no ocupase el baño horas y horas, como solÃa hacer él. Oliver tenÃa 19 años y yo 17. Era un chaval algo fantasma, pero he de reconocer que supo aunar lo mejor de mi padre y de mi madre. Era de aquellos chicos que hacen que nosotras nos giremos al verles pasar. No me habrÃa importado nada, si no fuese mi hermano y me lo pidiese, ser novia suya... Llegamos por fin a casa. No habÃa nadie. Tal como me habÃan comentado mis padres durante el viaje, ellos continuaban ruta para ver a una antigua asistenta nuestra, que, enferma y cuidada por su hermana, vivÃa unos pueblos más arriba. Ellos no regresarÃan hasta la tarde-noche y, por tanto, me dieron dinero para comer. (Yo ya sabÃa dónde DEBIA hacerlo). Me dirijà rauda al baño, encendà el termo y llené el bidet de agua y un poco de jabón lÃquido. Me despojé de mi falda y mis braguitas y sumergà mis tesoros en él. Pensé en Oliver y las orgÃas costeras que él y sus amigos comentaban y empecé a frotarme. Me và rodeada de hombres, todos me tocaban y me acariciaban, de pronto, todos quisieron poseerme, introduje mis dedos en mi sexo, acaricié una vez más mi clÃtoris y empecé a jadear. Miré a mi alrededor y pensé que alguno de ellos debÃa de poseerme por detrás. Vi el redondo mango de la escobilla del WC, la mano se me fué, llena de jabón, tras ella. La froté a todo lo largo, levanté mi culito del videt y empecé, lenta, pero frenéticamente a sentarme encima de ella. Iba penetrando en mi culito, centÃmetro tras centÃmetro. Ya casi no quedaba nada más que el cepillo fuera de mÃ. Yo jadeaba, casi chillaba de placer con los dedos de mi mano derecha dentro de mi sexo y con la izquierda empujando por detrás. Volvà una vez a mojarme. Notaba como la musculatura de mi esfÃnter vibraba. Me dolÃa, pero bien sabe Dios que me gustaba. Volvà a emitir unos pequeños grititos que me impidieron oir como se abrÃa la puerta de casa. Instantes después, tuve justo el tiempo de oir la voz de mi hermano como mascullaba:
-Hostia, cómo me meo!- y la puerta del baño se abrió de par en par.
Quisiera haberme fundido, que la tierra se hubiera abierto a mis pies, desaparecer del mapa. No se me ocurrió idea más peregrina que la de sentarme de inmediato en el bidet para ocultar mi vergüenza y, lo único que logré fue exhibir mi ridÃculo perfil. Mi culo, como un tonto florero, dejaba entrever una escobilla bamboleante y por delante una mano agarrotada dentro de mi receptáculo sexual. Dios, qué afrenta! Y me dirigà rauda al bidet. Abrà el agua del monomando al máximo y me enjuagué, eliminando todo el jabón que me recubrÃa. No cesaba de recriminar mi estúpida situación. Cogà una toallita para secarme e, irritada, llamé a Oliver para que "Pegase su inoportuna meadita". Tras ponerme la falda, apareció y, a pesar de ser un cara, se le veÃa bastante cortado. Entró y se dirigió al labavo. Yo me fuà hacia la puerta, la abrà y, de pronto, un flash cruzó mi mente. Si mi hermano sabÃa que yo tenÃa un vicio en el cuerpo (mi secreto mejor guardado hasta aquel momento), por qué no compartirlo?. Oliver, al oir el ruido de la puerta al cerrarse, se puso a orinar, y yo, descalza como estaba, me volvà hacia atrás, sin hacer ruido, cogà la toalla con la que me habÃa secado, que estaba tras de sus pies y, al ver que se la sacudÃa, tras su último chorrito, me acerqué a él. Se cortó nuevamente e intentó infructuosamente esconder su gran tesoro. Fue inútil, ya que yo, más rapida se lo agarré con una mano y con la otra, toalla en ristre, terminé de secárselo. Tiré de la cadena de la cisterna, bajé la tapa y me senté sobre ella al tiempo que introducÃa su miembro en mi boca y me alzaba la falda, metiéndome la mano nuevamente allÃ. Dios, qué miembrazo tenÃa mi hermano, que suave y dulce era eso de chuparla!. Era suave como la piel de un melocotón y su sabor. Ah, es algo inexplicable. El intentaba escabullirse, pero yo, con mi mano libre, la apretaba su culo, su macizo culo hacia mÃ. Su sexo no se ponÃa a tono del todo, cosa que atribuà al lógico corte que, al haber luz en el baño, le daba. Razoné que la oscuridad serÃa mejor, asà que le agarré del miembro y le conduje hacia su habitación. Le empujé sobre su cama, terminé de sacarle el pantalón, sus Nautics y su camiseta. Volvà a la taréa.
Su aparato entró nuevamente en mi boca. Estaba fláccido y entraba totalmente en ella. Yo le pasaba la lengua por el glande, lo succionaba y, con la punta de la lengua, le acariciaba el agujerito de la punta, pero nada, él no reaccionaba. No era yo persona que se echase atrás con facilidad. Insistà e insistÃ, pensando que más tarde o más temprano la pasarÃa la vergüenza de hacerlo con su hermana y saldrÃa de dentro de él el hombre que habÃa dentro. Al cabo de unos instantes, dejó de empujar mis hombros y le supuse resignado a montárselo conmigo. Sus manos fueron a parar bajo su nuca y le oà suspirar. Aquello funcionaba, o asà creÃa yo, ya que al cabo de unos instantes, su brazo izquierdo se deslizó hacÃa mi. Tras pegar una sonora palmada en mis nalgas, de un brusco golpe arrancó la cadena que colgaba de su cuello, dejándola caer al suelo mientras asÃa la llavecita que pendÃa de ella. Yo conocÃa esta llave. Era la de una cajita de caudales verde, en la que el iba metiendo sus escasos ahorros durante el año para, en verano, correrse sus buenas juergas. AbrÃo con la misma mano el armario que estaba junto a la cama, en el mismo lado izquierdo. Abajo, sobre los cajones, estaba su caja. La acercó, sacó su mano derecha y con la otra la abrió y la abrió. Se llevó, ante mi sorpresa la mano a la boca y, tras ensalivar sus dedos se los llevó a su culo. Saco un enorme objeto de plástico de la caja y la dejo caer al suelo. El estruendo que provocó me hizo salir de mi sueño y ver, con pasmo, como ponÃa en marcha aquello, que no era sino un vibrador y lo introducÃa en su culo. Se me heló la sangre. Estoy segura que, si me hubiesen pinchado, no habrÃa sangrado lo más mÃnimo. No podÃa creerlo; Oliver era un marica! Me levanté medio histérica. Me dirigà a la puerta y, al girarme para recriminarle su actitud, vi, que completamente empalmado, se estaba masturbando con una mano mientras, con la otra, movÃa el consolador.
Me fuà a mi habitación y rompà a llorar. Pensé en que un dÃa que habÃa empezado tan bien, porqué tenÃa que darme tantos sinsabores y decidà darle un giro total. Iba a ir a comer y hacer borrón y cuenta nueva de lo sucedido hasta aquel momento. TenÃa claro dónde comer. Desde hacÃa 3 años, como dije, ibamos al hotelito que estaba al lado de casa. HabÃa allà un camarero (cada verano) que desde mis 14 años era el protagonista de mis sueños de verano y parte de los de invierno. Era un italiano, estudiante temporero, llamado Tibo. Mis amigas, entre comentarios, decÃan que el miembro de un hombre, guardaba proporción con el tamaño de sus manos, pies y con la mesura de sus uñas. Pues bien, Tibo tenÃa enormes pies, grandÃsimas manos, que casi cubrÃan un plato y unos dedos inmensos coronados por unas uñas gigantes. TenÃa además un cuerpo, una cara, unos ojos, unos pómulos y unos labios que me hacÃan pensar que Dios tenÃa forma humana. De su tórax, qué deciros. TenÃa además unas macizas piernas y, cuando iba hacia la cocina, mostraba un trasero que ya quisieran para sà esos globos terráqueos que venden hechos de plástico. De lo único que no podÃa dar fe, era de su paquete, dada la afición de Tibo a los pantalones (negros, obligados por su oficio de camarero), con unas pinzas enormes, que desdibujaban la parte de delante. Mi pregunta era. EstarÃa también este verano Tibo aquà en el hotel como camarero?. Fuà casi corriendo, eran más de las 3 de la tarde. El comedor estaba vacÃo. Ya sabéis el horario de comidas de los extranjeros. Esperé unos segundos, que me parecieron siglos y una humedad cálida, inmediata, creo que casi elaborada durante minutos anteriores me hizo reaccionar. SI!. Tibo estaba también este verano!. Me saludó con su perfecto catalán, eso sÃ, con su gracioso acento italiano, me dió los consabidos besos en las mejillas y me preguntó por mis padres, como siempre. Nunca me mencionaba a Oliver, lo cual en este dÃa era de agradecer. Yo pensaba siempre que, siendo ambos jóvenes y a cual más guapo, era cuestión de gallitos. Cada uno debÃa sentir un poco de recelo del otro. Tibo, lo sabÃa por otros años,entraba a trabajar un poco más tarde, vivÃa en el propio hotel, pero era el último en servir el comedor. Descansaba después unas 3 horas, si la gente lo dejaba y se incorporaba después a servir las cenas, siendo también el último en salir. Por las mañanas, según me habÃa contado, en lugar de ir a la playa, estudiaba en su habitación. No quise hacerle esperar para descansar y comà rápido. Yo creo que le comà más con mis miradas que lo que me pusieron en el plato. Este año habÃa cumplido los 20 y estaba imponente.
Sus piernas continuaban siendo las columnas de mis sueños. Su trasero, inmenso, el agarradero para asirse a él y sentir mis soñados embates. Su pecho, el que Maciste quisiera, su cara. Oh, no. Me habÃa vuelto a mojar. Menos mal de la compresa!. Me fuà como loca para casita. Oliver se habÃa ido. Ojalá no volviera jamás!. Me metà en mi habitación y me quedé con el sujetador y las braguitas. Me tumbé en la cama. Me gustaba quedarme en ropa Ãntima, porque asà soñaba que me metÃan mano y me la sacaban unas veces poco a poco, otras violentamente. Empecé a tocar mis pechos por encima del sostén. Mis manos regiraban sobre ellos y el meñique se deslizaba debajo de él. Bajé una mano a mis braguitas e introduje el dedo Ãndice. La compresa empezó a cumplir su cometido. Mi culito se arqueaba de placer. Mi boca besaba otras bocas imaginarias y mierda, esta vez si me di cuenta. La puerta de la calle se habÃa abierto!. Paré mis toqueteos. Me quedé muda y parada y me fingà la dormida.
HabrÃan vuelto ya mis padres?. Oliver, cuando salÃa por las tardes, no solÃa regresar hasta la madrugada. Ni siquiera venÃa a cenar. Oà una voz apagada. Vaya, era él. Oliver hablaba flojo, con voz queda. Sonó la puerta de su habitación y oà como esta se cerraba. Se apagaron las voces. Me levanté descalza, sin hacer ruido alguno. Recorrà el trocito de pasillo y me pegué a su puerta. Nada!, hasta que de pronto, me sobresalté al percibir un sonido metálico contra la madera. Lo primero que pensé fué en las enormes hebillas de los cinturones de mi hermano. Dejé pasar unos segundos y abrà la puerta de par en par. Lo que vi fué la guinda que completaba el dÃa. Mi hermano, desnudo estaba con el culo en el borde de la cama con las piernas en alto y abiertas. Un chico, desnudo su torso, le sujetaba uno de los tobillos y con la otra mano le ensalibava el culo, y ese chico era Tibo. Mi ira estalló. Oliver estaba sujetando los hombros de mi italianito como si quisiera indicarle que pasara de mà y continuara. No podÃa más y me fuà hacia ellos. Me acerqué a la cama y, fué entonces cuando la cosa cambió. Tibo se liberó de las manos de mi hermano se abalanzó sobre mÃ. Mi primera reacción fué de asco y quise sacármelo de encima, pero a los pocos segundos reaccioné. Qué mejor ocasión de castigar a mi hermano, por marica, que la de quitarle el "Novio". Por otra parte Tibo estaba inmenso!. Lo primero que hizo fué sujetarme las muñecas y besar mi ardiente boca. Una oleada de su saliva, cálida, dulce, enórmemente dulce y sabrosa vino a mi paladar. Al ver que ya no ofrecÃa resistencia, llevó mis manos sobre mi sujetador, acarició mis pechos con una impaciencia irrefrenable y a los pocos segundos me lo sacó y lo lanzó contra la balconera.
Acariciaba con sus labios mis pezones. Con sus dientes, sin clavármelos, los rozaba y yo. me mojé y mucho para variar. Creo que él se dió cuenta, porque cambió de pecho y con una mano me acariciaba el pezón de uno y con la otra se dirijió a mi "cuevecita". AllÃ, empezó a acariciar mi clÃtoris, al principio lentamente, luego con furia. SeguÃa acariciándome hasta que llené su mano con mi pegajoso y espeso flujo. Un segundo orgasmo me sacudió. Me soltó toda y acabó de tumbarme al lado de Oliver. Su cabeza bajó a la misma posición que la que le vi cuando entré en la habitación y empezó, tras arrancarme las braguitas, a comerme aquello que yo tanto deseaba. Cerré los ojos y enloquecà de placer. Poco o nada tardé en sentir mi tercer gozo. Apenas Tibo se percató de ello, noté como su boca se retiraba de mi sexo y su lengua se dirigÃa hacia mi culito, al tiempo que empezaba a lamérmelo. Abrà los ojos, me incorporé un poco y vi como, con una de sus manos, estaba acariciando los testÃculos de Oliver, que se habÃa puesto tieso como el asta de una bandera. SerÃa cerdo el tÃo. Estaba jugando a dos bandas. Terminé de incorporarme y empujé su cabeza con rabia. Justo en aquel momento, él me asió por la cintura. Se levantó (ya dije que estaba de rodillas en el suelo frente a mÃ) y a su vez me levantó a mÃ. Me movió de lugar y me plantó sobre el miembro de mi hermano. Un brusquÃsimo dolor sacudió mi culo. El peso de mi cuerpo hacÃa que casi sin pausa me deslizase hacia abajo y que aquel enorme "Aparato" de Oliver me penetrase, desgarrándome viva. Mis nervios notaban cada milÃmetro que me introducÃa. Estaba atenazada, rÃgida y sin aliento.
El dolor era enorme, pero, como podré explicarlo. No me molestaba. Sentà como su pene entraba ya, tras dejar mi destrozadÃsimo músculo, dentro de mi culo, y continuaba entrando y entrando. Unas gruesas lágrimas salÃan de mis ojos y por el cuello y entre mis pechos corrÃan hilos de sudor. Intenté salir de mi agarrotamiento y reaccionar. Tibo estaba frente a mÃ. Ahora me asÃa por los hombros, empujándome hacia abajo. Yo habÃa mantenido, inútilmente, mis puños sobre la cama intentando hacer fuerza para evitar la penetración. Ya era en vano, puesto que Oliver estaba totalmente dentro de mÃ, asà que intenté jugar a mi favor. QuerÃa saber que ocultaba aquel pantalón negro y solté una de mis manos hacia la entrepierna de Tibo. Dios, Qué era aquello que palpaba?. PodÃa ser cierto?. Lo era. Un miembro más cercano a los 30 cms que a los 20 (Luego he sabido que son 28cm) y de un enorme grosor (el perÃmetro de su glande es de 8 cms), bajaba por su pernera izquierda. Tiré de él hacia mà y, por fin, Tibo se desprendió, rápido, de su pantalón y de su calzón boxer. Su aparato se lanzó erguido hacia mi cara y mi boca fué tras él. Poco o nada pude hacer, ya que me desencajaba la mandÃbula y las arcadas revolvÃan mi estómago. Me faltaba mucho aprendizaje para tragarme "Aquello" como lo hago hoy en dÃa. Tibo se percató de ello y me tumbó sobre el cuerpo de mi hermano. Bajó su cabeza y empezó a chuparle los testÃculos. Yo le dejé hacer, porque entendà que lo hacÃa por mi bien, ya que Oliver, al sentir la presen-cia de Tibo, se "CrecÃa", desgarrándome aún más, pero haciéndome estallar una vez más de placer. Luego dirigió una vez más su boca hacia mi "rinconcito" y poco o nada tardó en venir, no recuerdo si era el 5º ó 6º orgasmo. Se levantó.
Puso sus dedos en forma de piña y los introdujo en mi boca. Los sacó húmedos por mi saliva y sin deshacer la forma de piña, introdujo toda su mano en el culo de Oliver. Fué el toque final. El sexo de mi hermano rasgó hasta el último de mis tejidos y alcanzó su máximo tamaño. Mientras el enorme miembro de Tibo se abalanzaba sobre mi sexo iniciando su andadura. Apenas me habÃa metido 6 ó 7 cms, con un dolor superior al que habÃa sentido antes, se retiró y con la punta empezó a acariciar mi clÃtoris, para pasar después a embestirlo como si de una lucha se tratase. Me lo empujaba con furia y lo hundÃa hacia dentro. Esta vez mi corrida fué tan espectacular que salpiqué fuera de mi sexo, cual si de una meada se tratase. SalÃa a pequeños chorritos y las piernas de Tibo quedaron salpicadas y sus pelos pegados a la piel. Al sentirme tan lubrificada, intentó nuevamente penetrarme. Esta vez no hizo caso alguno de mis quejiditos y se lanzó hacia adentro como un loco. El peso de su cuerpo hacÃa que aquella "espada" penetrase y cortara todo lo que se le plantaba ante ella. Lo hacÃa, eso sÃ, poco a poco y. Y llegó por fin a mi vagina. AllÃ, como si de una aspiradora se tratara, un collarÃn de músculo que vibraba como las alas de un insecto le estaba esperando ansioso. Mientras las manos de Tibo iban desesperadamente de mis pechos a los testÃculos de Oliver o su culo. Yo, aunque casi no lo veÃa lo intuÃa por las fuertes embestidas que sentÃa dentro de mi culo. Por fin Tibo empezó a penetrar mi vagina. Un lamento desgarrado salió de mi reseca garganta y mi amante se lanzó sobre mi boca llenándola de su saliva que actuaba como bálsamo refrecaste. Dirijà mi mano a su miembro y me percaté que aún quedaba la mitad fuera. Me asusté, pero me propuse aguantar todo lo que pudiera. Fué entonces cuando empezó a retirarse hacia atrás. Yo me asà a su precioso culo justo en el momento en que me embistió. Entro a fondo, TODA.
Mis sienes, mi corazón, mi vagina, toda yo creÃmos estallar. El dolor era enorme, enorme de verdad, pero el placer era mayor. Volvió a sacarla y a embestirme, una, dos, no sé cuantas veces más. Recuerdo que empecé a clavar mis uñas en su culo. Recuerdo también que creà que caÃa por un precipicio sin fin y mi hermano Oliver empezó a lanzar bocanadas de aliento sobre mi cogote. Jadeaba como un loco cuando de pronto empezó a soltar su munición en mi culo. Era como oro fundido, que quemaba, pero era precioso. Notaba todos y cada uno de sus chorros con una precisión infinita. Tibo también empezó a echar su aliento en mi rostro, emitió algunos gemidos y fué justo entonces cuando su volcán rugió y entró en erupción. Un manantial de lava estalló en mi interior. Lava ardiente, explosiva, penetrante. Notaba a mi hermano aún eyaculando en mi culo. Una, otra, otra (sigue, sigue, pensaba yo en mi interior), cuando Tibo inició sus cálidas expulsiones. Mi vagina sentÃa una tras otra. Más, más, más!!!. Ah!. No pude más. Toda yo exploté en mil pedazos. Si antes os hablé de mis sienes, de mi corazón, etc. Ahora todo estalló. Caà en un abismo. Mi vientre explotó de dolor. Mi sexo reventó de placer. Mi cabeza se abrió como una sandÃa al caer al suelo. En fin, que perdà el sentido. Me desvanecà de placer y no sé cuanto tiempo estuve sin sentido. Solo sé que mi cuerpo habÃa caÃdo hacia un lado, liberando a Oliver de mi peso y que él y Tibo se estaban besando cálidamente. No me supo mal, ya que si dos caballeros se felicitan tras una lucha noble, ellos hacÃan lo mismo a su manera. Como pude, me liberé del ya fláccido miembro de Oliver y unà mi boca a las suyas. Las tres lenguas se entrelazaron y un manantial de saliva acudió a refrescarme. Era el paraiso!.
Mi hermano bajó hacia el culo de Tibo y empezó a lamer las heridas que yo habÃa causado con mis uñas. El miembro de mi adorado, aún se estremecÃa dentro de mÃ, cuando Oliver asÃo su raiz con la mano y empezó a retirarlo de mi interior. A diferencia del suyo, el de Tibo estaba aún enhiesto. La boca de Oliver intentó tragárselo y, tras 4 ó 5 arcadas, desistió de ello, empezando a lamerlo de la raiz hasta el extremo. Yo veÃa todo el flujo, espumeante, que mi sexo habÃa dejado en aquel "Aparato" y como mi hermano lo lamÃa dajándolo todo dentro de su boca. No cejó hasta dejar limpÃsimo aquel tesoro y trayendo luego su boca sobre la mÃa, me besó, devolviéndome lo que era mÃo. Asà supe como sabÃa aquel lÃquido que traÃa locos a los hombres! Lo que mi hermano no soltaba era su mano del miembro de Tibo. Yo no quise ser menos y asà con una de mis manitas aquel miembro maravilloso que aún no agachaba cabeza.
Mi otra mano se abalanzó sobre la mustia colgadura de Oliver, que, como su de un flujo magnético se tratara, empezó a crecerse de forma rápida y acelerada. Mi hermano me tumbó boca abajo, puso su cuerpo perpendicular al mÃo y volvió a embestirme por detrás. Instantes después Tibo hacÃa lo mismo con Oliver, ocupando 45 grados entre ambos cuerpos y besando mi boca. Intuà que aquel iba a ser un verano fabuloso y que, tras las vacaciones, Oliver
y yo podÃamos tener muchos "recuerdos".
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