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Autor Tema: Masturbacion mrs magoot  (Leído 374 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 08:52:08 »

Tres horas y media estuve aderezando, desmalezando, desgarbando brizna a brizna el delicioso jardí­n de Mis MAgoot, y sin lugar a dudas hubiéramos seguido por más tiempo de no haber sido que ambos escuchamos resonar en el pasillo que comunica las innumerables salas de la casa la voz de Sir Steven reclamando la presencia de su esposa




lo cual nos obligó a abandonar por ese día el menester al que ambos nos hallábamos regocijadamente abocados.

Sir Steven, mi patrón, es un hombre en extremo taciturno y absolutamente dedicado en su tiempo y en su inteligencia - que no es poca - al cuidado de sus incontables negocios y propiedades. Es una persona que en estos momentos ronda la cincuentena, robusto y de cabello aún de brillante tono rojizo bien conservado, afable por naturaleza con todos los de la casa, sea cual sea nuestro trabajo o destino. Sus días siguen una estricta rutina: un frugal desayuno al amanecer, aislación en su estudio hasta media mañana en que elabora cartas y encomiendas para su troupe de encargados, caminata por sus bien cuidados jardines de la mansión, vuelta al estudio a sus quehaceres, almuerzo frugal en soledad, siesta, nuevamente a su labor de vigilador de negocios, lectura de las cartas recibidas - tengan presente que el servicio de correo pasa por la mansión poco después del medio día - y así hasta la hora de la cena, único momento en que solaza su espíritu compartiendo una escasa hora de reloj con su hermosa esposa y con su alegría perenne.

Mis Magoot, en cambio, es su opuesto: movediza, alegre, con una energía vital que desborda sus poros y hace brillar las pecas que coronan su rostro y sus hombros. Piel tersa y en extremo blanca, risa franca, se encarga de ordenar los quehaceres de la casa, ordena el menú para El Señor, administra con sabiduría y paciencia el buen trato entre todo el personal - que no es poco - y por sobre todo, disfruta y nos hace disfrutar de sus profusos jardines de cuyo ordenamiento y distribución ella misma en persona se encarga de dirigir: setos aquí, margaritas allá, fresias y tulipanes y pensamientos y lilas por allí y más allí; rosales y magnolias y ese bosquecillo de abedules con su estanque privado que tanto afán le causa.

La mansión de Sir Steven no es pequeña, ya lo habrán vislumbrado; y es típicamente una construcción inglesa de piedras inglesas y tejas inglesas y ventanales ingleses, levantada la borde de una verdiceleste colina en el centro mismo del condado de Yorkshire, como corresponde.

Mi rol en esa casa comenzó apenas antes de ayer, habiéndoseme encomendado la inabarcable responsabilidad de cuidar y mantener los jardines de Mis Magoot, a lo cual inmediatamente me aboqué con devoción.

Cuando ayer por la tarde Mis Magoot me llamó a la Sala de Costura - donde se encontraba en esos momentos - no me sorprendió, pero aún así, Mis Magoot era para mí una desconocida; ya que apenas habíamos intercambiado ella un saludo cordial y una sonrisa y yo una leve reverencia. Mi vestimenta era la que correspondía a mi insigne cargo: pantalón suelto de gabardina con tirantes, una camisa de seda abierta al pecho, botas a media pierna, guantes de cuero ovino y sombrero de ala ancha de tela burda. Mis Magoot, cuando entré en la sala, se encontraba sentada en un chifón, su cuerpo levemente descansado, ataviada con un vestido de amplio vuelo aunque entallado a la cintura, con estampas de flores y una graciosa e irreverente puntilla que enmarcaba el borde de sus pechos, haciéndolos deseables de mirar. El mismo detalle de la puntilla remataba el ruedo del vestido y calzaba botines de lustroso cabritillo.

Pidió Usted por Mí, Señora ? pregunté casi desde la puerta de la sala.

Por supuesto Anselmo, verá Usted, quería platicar acerca de sus conocimientos y habilidades, como para asegurarme que he tomado una acertada decisión al encomendarle el trabajo....

El silencio, sostenido en el aire, era toda una invitación, pero aún así, preferí aminorar mi ansiedad y esperar.

.... cuénteme, Anselmo, de su habilidad con las fresias...., pero, pase, por favor, pase, cierre la puerta tras de sí y póngase cómodo, invitó (u ordenó), ¿ gusta un té o un café, tal vez ?

No es lo que apetecería en éstos momentos, Señora, contesté sosteniendo su mirada. Y continué: mi habilidad con las fresias es muy similar a la suya con los tallos, seguramente....dije, seguro de mi mismo, y sin abandonar la iniciativa, continué... ¿desea Mi Señora que me aboque a una demostración efectiva ?

Por supuesto que no esperé respuesta.

Me deshice en un instante del sombrero, me adelanté y me coloqué justo frente a ella. Sin bajar la vista, pupilas enfrentadas, me arrodillé y pasando mis manos bajo su ruedo, alzé el vestido más allá de los muslos mientras que con mi cuerpo intervenía entre sus dos bellas rodillas, forzándola a separarlas.

No usaba bragas, la muy cerda. La enmarañada pelambrera de su pubis, de resplandores rojizos a tono con su cabello, quedó ante mis ojos.

Tres horas y media atendí como correspondía semejante delicia de jardín.

Con mis labios envolví y entibié y humedecí una y otra vez su botoncillo y sus pliegues.

Con mis dientes, acariciándola con ellos, juzgué sus cavidades.

Con mi lengua, a veces húmeda, a veces escardando, a veces con mínimos toquecillos, a veces envolviendo, tomé posesión de sus bordes, de sus pliegues y aún recorrí sus interiores.

Sorbiendo sin desmayo, mezclando mi aliento y mi saliva con sus jugos, sorbí su primer orgasmo y continué.

Jadeaba y corcoveaba y gemía. Por momentos, reprimiéndose y por momentos, soltándose.

Incansable, tal es mi oficio, continué con la tarea que me habían asignado, en la misma forma pero utilizando breves cambios de tono, de ritmo. A veces, golpecillos rápidos y tableteos, a veces aspirando, a veces girando.

Al borde del segundo orgasmo puse en acción por vez primera otro instrumento: mis dedos recogidos sobre si mismos, y haciendo presión con el nudillo de la falange, juzgué oportuno estimular las puertas del estanque superior, a veces justo por debajo del botoncillo de Mis Magoot, a veces en la entrada misma de su fuente. Y al mismo tiempo, mis labios aferrando o envolviendo. Y mi otra mano, la libre, acariciante, recorriendo la superficie superior de sus muslos, su vientre, los costados de su vientre, ese huequillo que se forma justo a los costados de la ingle y más arriba también, intentando alcanzar sus senos.

Fui en busca del tercero sin darle descanso. Llegados aquí ya estiré el índice y, con dedicación y deleite, le mostré cuál era el lugar más indicado para él. Dibujé círculos y espirales en el interior más profundo de su vagina que, a esa altura de los acontecimientos, manaba flujos tan abundantes que discurrían sin cesar hacia las superficies inferiores, encharcando canales e iniciando el humedecimiento de la tela de su vestido. Retiraba el índice con prontitud y volvía a su interior con lentitud, o viceversa, lo retiraba con extrema lentitud (tenlo, le susurraba, tenlo, no lo dejes salir, le decía y ella contraía los músculos interiores de su vagina, haciendo inútiles esfuerzos por conservarlo dentro) y volvía a su interior alcanzando lugares insospechados.

Tal era el grado de abertura y de entrega de la muchacha que pronto un dedo fue insuficiente. Junté índice y mayor, los humedecí en sus propios jugos, y volví a poseerla, a mi manera. Giré en su interior; el pulgar, libre, es decir, la yema del pulgar, se posicionó justo en el lugar más preciado.

Volví a girar; Mis Magoot ahora podría decirse que literalmente cabalgaba. Subía y bajaba y giraba sus caderas y su pelvis con frenesí. Gemía ahogadamente con frenesí. La cabeza hacia atrás, pendulando libre y obcecadamente, los ojos cerrados. Lamenté tener sólo dos brazos, sólo dos manos; no quería dejar de acariciar el resto de sus superficies, pero acceder a su fuente oscura, a su pabellón seco era mi próximo objetivo.

Junté al índice y al mayor el pulgar recto de mi otra mano y lo humedecí en sus efluvios. No lo consideré suficiente así que tomándome un respiro, lo llevé a mi boca y lo ensalivé y luego, busqué el primer contacto. Ella se puso rígida, tuvo dos, tres convulsiones y se entregó por cuarta vez.

No era mi momento de detenerme, aún.

Sé cómo y cuándo y cuánto escardar. Soy jardinero.

Me retiré unos centímetros y permití que tomara aire. Descansó. Descansé. Levantó la cabeza y clavando sus ojos en mí alcanzó a balbucear un basta, por favor, no doy más. Uno más, respondí yo al tiempo que volví a presionar en su puerta, a la puerta de su fuente, y al tiempo que volví a envolver su contorno con mis labios y al tiempo en que la yema del pulgar, el pulgar de mi otra mano, volvía a ocupar el marco de la entrada de su abertura posterior.

No por favor, volvió a gemir pero volvió a aflojar su cuello, dejó caer su cabeza hacia atrás y alzó sus piernas hacia ella misma, llevando sus rodillas casi hasta tocarse a sí misma los senos con ellas para quedar expuesta y a mi total y entera disposición. Hice uso pero no abuso de ello.

Rehogué el pulgar en saliva y presioné la puerta, buscando que por si sola se abriera. Cuando consideré que la abertura era suficiente, busqué ingresar con mi lengua y lo logré. Exploré con ella y luego volví a colocar el pulgar, la yema del pulgar, ocupando todo el marco. Hice que volviera a bajar y a estirar las piernas, a que las recolocara en una posición más natural y con mis labios volví a atrapar su botón y a contener el contorno de su exquisita vagina y con el pulgar jugué en redondo y presionando y despresionando en la entrada de su ano hasta que, por quinta vez, volvió a entregarse.

Y justo en el mismo momento que sus jugos formaban casi un arroyuelo, volví a ingresar en su vagina con índice y mayor juntos y rígidos por mi propia voluntad y allí los contuve, en su interior, a la espera del momento adecuado para continuar en busca del siguiente.

En ese proceso estábamos cuando escuchamos la voz de Sir Steven.

No fue ningún problema ni mayor ni irresoluble. Yo estaba - salvo el sombrero - absolutamente vestido y mi erección se podía disimular bastante bien en la holgura del pantalón. Y a ella le bastó con levantarse y acomodarse con las manos la tela del vestido para quedar presentable a los ojos del marido..., salvo que éste caminara tras ella y advirtiera el círculo mojado que enmarcaba sus bajos a la altura de sus preciosas y turgentes nalgas. No fue el caso, por suerte.

Pasada la medianoche y ya acomodado en mi habitación no tuve necesidad de masturbarme. Celia, una de las criadas y la que me había recomendado fervientemente ante Mis Magoot para que contratara mis servicios de jardinero se encargó de sorber mi pene y extraer todo mi esperma.

Ustedes dirán: qué tontería, por qué no aproveché para utilizar el escardillo o para demostrar mis habilidades de molienda con el mortero.

Y yo les diré: efectivamente, podría haberme incorporado por delante de Mis Magoot y haber puesto a relucir mis escardillo, que no es modesto. Y estoy seguro que Mis Magoot lo hubiera recibido con beneplácito y deleite, ya sea que lo hubiera recibido tanto en su fuente húmeda como, incluso, en su entrada de servicio. Estoy seguro también que con dedicación y esmero hubiera libado de mi mortero si yo se lo hubiera ofrecido, y hasta hubiera regado su rostro y sus párpados y sus mejillas y su cuello y sus pechos si se lo hubiera permitido o incluso más, hubiera bebido con fruicción si ese hubiera sido mi interés o mi propósito.

La hubiera podido desnudar completamente y tener su piel a mi alcance y bajo mi poder; hubiera incluso podido colocarla con sus codos apoyados al respaldo del chifón, sus rodillas entreabiertas en el asiento, de espaldas a mí, arqueada y serena, para acometerla desde atrás, tal como en la naturaleza el león acomete sobre la leona.

Sin embargo, recuerden, no era ese el objetivo que me llevó a la sala de costura esa primera vez. Recuerden que Mis Magoot








me pidió, solamente, que le demostrara mis habilidades sobre las fresias.

Ya habrá tiempo de rendir examen sobre otros temas florales.

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