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Autor Tema: Sexo yola  (Leído 394 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 01:45:55 »

Conocí­ a Yola hace mucho tiempo. Era una eficiente directiva de una institución alemana en España y en ella habí­a alcanzado muy altos puestos.




Yola era viuda y probablemente vino a España con sus dos hijos para alejarse de sus trágicos recuerdos y porque su ciudad, Koenisberg, en Prusia Oriental había quedado en poder de los rusos. Se amoldo a nuestra tierra mejor que sus chicos, quienes acabaron por casarse con muchachas alemanas e irse con ellas a su país. Ella no quiso volver. Aquí tenía su trabajo y su casa y no se entendía nada bien con sus nueras.

Esta historia empieza cuando Yola se jubila, o mas bien la jubilan, de su trabajo. Tozuda como era, rechaza por completo la idea de volver a Alemania y se dispone a vivir en Madrid hasta el fín de sus días.

Yola era entonces una mujer de sesenta y tantos años, muy guapa de cara, con rostro de alemana oriental, muy rubia, pómulos altos y ojos verdes algo oblicuos. La boca sensual de buena comedora y unas orejas pequeñitas y blanquísimas que dejaba ver su peinado con moño alto.

Era muy alta, casi tanto como yo que mido uno ochenta y seis, y bastante gorda, sobre todo de caderas - ¡que gran culo! ¡El mejor que se pueda soñar! - y de piernas - ¡que jamones y que bellas, grandes, pantorrillas macizas! -, así que en proporción parecía un poco estrecha de hombros y aunque tenía buenos pechos podemos decir que su estructura era claramente piramidal, mas ancha de abajo que de arriba. Se movía con pesadez, arrastrando sus piernas, un poco mas tarde de lo que se esperaba al verla andar. Alegre se reía mucho y disfrutaba en las grandes banquetes en los que comía como tres y bebía como seis, aunque nunca le hacía efecto. Le gustaba la música y estar en casa y por ella andaba sin mas ropa que una camisola hasta las rodillas que llevaba muy desabrochada por el escote dejando ver trozos de carne muy superiores a la mejor mantequilla. Así escuchaba música de Mahler, de Alban Berg y de los clásicos alemanes. Aunque tambien le gustaba la frivolidad de Gerswin

Yo llevaba mucho tiempo haciendo maniobras de aproximacion que ella dejaba pasar campechanamente sin hacerme ningún caso. Por eso cuando un día le dije "¿Cuando vamos a cenar juntos, Yola?" y ella me contesto alegremente "¡Cuando tu quieras! Pero cada uno pagamos lo nuestro" me cogió por sorpresa. "¿Esta noche?" "No. Esta noche no. Pasado mañana." "¿Tanto tengo que esperar?" dije en broma y ella se rió "¡Ah! ¡Pero merece la pena! ¿O no?".

Quiso citarse directamente en el restaurant y así quedamos citados.

Comimos y bebimos copiosamente, como a ella le gustaba y mantuvo su pierna pegada a la mía cuando yo se la junté, aunque no me dejó que le cogiera la mano. "¿Que quieres hacer ahora?" le pregunté al levantamos. "Vamos a casa " me respondió y fuimos

Su casa era muy tradicional, grandes butacas y comodos sofás, buenas alfombras y luces sabiamente repartidas, cuadros de bodegones de flores y agradables paisajes con iluminación individual.

Me sirvió un copioso whisky y fué a cambiarse.

Tardo muy poco tiempo y apareció, con toda naturalidad, completamente desnuda, a mi lado.

- ¿Estas cómodo? - me pregunto.

Lo que yo estaba era atónito.

Todo el esplendor de la carne estaba a mi lado. De cerca se le veían algunas patitas de gallo y algunas leves arrugas en la base del cuello, pero ante mí había delicias indescrptibles. Un escote levemente rosado y unos hombros tan magnificos, tan seductores, como algunas caderas.

Empezamos a entendernos. Su boca era blanda y sensual, su carne era una pura fragancia, aquella mujer no habia sudado en su vida, no había olido a nada que no fuera bueno. Solo alguna pequeña muestra de celulitis en sus blancos muslos - y hay que considerar que Yola








debía tener según mis calculos sesenta y cinco o sesenta y seis años, puesto que la habían jubilado - y una piel suave, suave, entre fría y ardiente.

Tenía las tetas muy anchas y semi esféricas, con pezones pequeños de un rosa muy claro. Unos pechos magnificos para una mujer con la mitad de edad que ella,. Se los acaricié lo mejor que supe, se los besé y le mordisqueé los pezones y ella ronroneaba como una gata cariñosa. Al mismo tiempo se iba dejando caer para atrás poco a poco e iba separando sus grandes, blanquísimas piernas, perfectas en su escala y dejando ver su pubis tan bien depilado que parecía no haber tenido vello nunca.

Yo me iba desnudando al paso que la iba acariciando, porque aquella espectacular aparición me había dejado en inferioridad de condiciones. En cuanto pudo se agarró a mi instrumento y empezó a agitarlo con mucha suavidad; yo acaricié su precioso sexo blanco y rosa que se estremecía al paso de mi mano. Le metí los dedos y ella se arrellenó dispuesta a disfrutar. Dió un gran suspiro y separó bien sus grandes piernas. Me puse encima de ella en 69 y estuvimos disfrutandonos hasta que nos vino en gana. Ella cloqueaba como una gallina cariñosa, cuando las oleadas de placer se lo imponían. Por fín me puse encima de ella y empecé a follarla. Nunca creí que pudiera separar y levantar tanto aquellas piernas con las andaba torpemente, pero dejaba perfectamente libre su entrepierna y su sexo para poder estrellar contra ella mis pelotas a cada arremetida.

Ahora, cuando le pegaba fuerte, ya no cloqueaba, eran quejidos profundos y prolongados sembrados de palabras cariñosas y ardientes en español y en alemán, cada vez mas en alemán hasta que al correrse soltaba un fuerte grito lleno de guturales dignas de la mejor walkyria, me llamó "su niño" y dijo algo que no entendí de orgías.

Su coño desbordaba líquidos a lo largo de las piernas y se contría espasmódicamente.

Al fín le dí la vuelta y acaricié su blanco y carnoso culo. Aquellas formas y aquella suavidad era para correrse a la primero. No tenía el ano oscuro, como casi todas las mujeres, si no tambien de color de rosa, un poco mas intenso sí, que parecía ser junto al blanco su seña de identidad. A pesar del volumen de sus caderas resultó ser estrechito y tuve que empalarla con cuidado, pero cuando estuvo ya dentro, creí que los dos nos volvíamos locos. Al final nos derribamos los dos y me quedé un largo rato abrazado a su cintura por detrás mientras su ano se contraía y se dilataba a golpes casi rítmicos.

Me fuí de su casa como flotante, casi extenuado y aunque quise dejar concertada otra cita, no conseguí mas que vagas, si bien cariñosas promesas.

La estuve llamando muchos días, sin conseguir nada mas que amigables risas y alusiones inconcretas a sus amistades.

Y un día la ví por la calle guapísima y seductora. Iba con tres chicos por los diecisiete años de edad; ella se reía y ellos la miraban embobados. Paró un taxi y los cuatro se metieron dentro. Tuve una corazonada y la seguí discretamente en otro.

Los vi llegar a su casa y entrar los cuatro juntos precipitadamente.
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