Hola, me llamo Juan, y el relato que os voy a contar sucedió el verano del año pasado. PodrÃÂa decirse que este relato es el primer capÃÂtulo de unos acontecimientos que ocurrieron durante tres meses (julio, agosto y septiembre) y que cambiaron completamente mi vida sexual (y mi vida general también).
La peculiaridad de las relaciones que tuve durante estos tres meses, y que después se han repetido con otras protagonistas es que todas han tenido lugar con mujeres de más de 30 años, y alguna de más de 40, cuando yo tengo 19 ahora.
Pero antes de empezar con la historia os voy a contar un poco de mi vida, para que os hagais una idea de las circunstancias en que ha ocurrido todo.
Mis padres son de un pueblo manchego. Mi padre a los 20 años se vino a una ciudad de la costa mediterránea en la que creó de la nada dos empresas que actualmente funcionan muy bien y que, sin ser multimillonarios, nos permiten llevar un tren alto de vida.
Mi madre es mucho más joven. Cuando tenÃa 18 años se vino del pueblo a estudiar y, como favor entre familias conocidas de toda la vida, mi padre le dio un puesto de trabajo por la mañana para que pudiese estudiar por la tarde. El caso es que mi padre, que por entonces pasaba los 40 años, es un ligón empedernido, y mi madre entonces era una ingenua que se dejó seducir por él. Pero el tema se complicó cuando mi madre quedó embarazada.
Los que conozcáis como funcionaban las cosas en un pequeño pueblo manchego hace 20 años podréis imaginaros lo que se organizó: discusiones, tensión entre las dos familias, acusaciones de golfo a mi padre y de buscona a mi madre, y al final se acordó una boda rápida para que el niño tuviese dos padres "normales". Todo se hizo asÃ, pero la historia aún darÃa una vuelta de tuerca, porque a los seis meses de embarazo, dos después de la boda, mi madre abortó, quedando además imposibilitada para tener más hijos.
Si aquello hubiese ocurrido hoy, probablemente mis padres se hubiesen separado, pero en aquella época en la mentalidad de mi padre y de las dos familias (mi madre no contaba) aquello era impensable. Como mi padre querÃa sobre todas las cosas un hijo que continuase la saga familiar, decidió que iban a adoptar un niño. Entonces la adopción de un recién nacido era casi un imposible, asà que para agilizar los trámites me adoptaron a mi con tres años.
Y ese es el origen de mi situación familiar actual: a mis 19 años, tengo una madre de 37 años y un padre de 60, unos padres que nunca me han querido. Mi madre, porque yo no he sido más que una carga que atender y que le ha impedido disfrutar de su juventud, y mi padre, porque nunca he compartido ni sus gustos ni sus aficiones. En el fondo, creo que el debe considerar que tiene un hijo medio maricón, porque no me gusta el futbol ni la caza, ni las partidas de cartas en el bar, y me ha tenido apartado de su vida, tanto de su tiempo libre, como de sus empresas, para las que tiene ya decidido como sucesor un lameculos que le da siempre la razón y no le discute sus decisiones.
Asà que de común acuerdo mis padres se plantearon mi educación como un medio de alejarme de casa. Me llevaron a los mejores colegios masculinos en régimen de internado y me facilitaron el acceso a todas las actividades extraescolares que quise hacer. Como fui un estudiante brillante, y mi actividad deportiva favorita es la natación, llegué al inicio de la universidad con las mejores notas, un buen cuerpo de atleta, y un carácter introvertido y muy tÃmido.
Como os podeis imaginar, mi vida sexual desde los 15 hasta que empecé la facultad no fue muy productiva: lo mejor fueron algunos magreos con chicas de mi edad en las cortas vacaciones de agosto en el pueblo de mis padres, pero debido precisamente al poco tiempo que pasábamos allÃ, ninguna relación llegó a buen puerto, ni en lo sentimental ni en lo sexual. También tenÃa mi grupo de amigos normales, pero en nuestras salidas de copas o a la playa, debido a mi timidez, no me comÃa una rosca.
Asà llegué al primer año en la universidad. Por primera vez iba a tener compañeras de estudios del sexo femenino y aquella podrÃa haber sido mi primera gran oportunidad. Pronto me integré en un grupo de chicos y chicas, y empezamos a quedar para las tÃpicas cenas de final de exámenes, de antes de vacaciones, etc. Pero una vez mas tuve mala suerte y me enamoré como un gilipollas de una chica del grupo, Concha, que tenÃa un novio que pasaba de ella pero con el que nunca cortaba. Asà pasé el curso, con la falsa esperanza de que ella rompiese su relación y saliese conmigo, desaprovechando la ocasión de haber llegado a algo con dos de sus amigas que también eran compañeras de clase y que me tiraban los tejos de forma descarada, pero con las que nunca hice nada por miedo a estropear mis (inexistentes) posibilidades con Concha.
Como el nivel del primer año no era muy duro para mÃ, y debido a que mi padre no me daba una asignación económica especialmente generosa, me busqué fuentes alternativas de ingresos, haciendo el reparto a domicilio de una carnicerÃa importante del barrio y dando clases particulares a niños de primaria. Estas actividades no tienen mucha importancia en este relato, pero si la tendrán en los siguientes, como ya vereis en su momento.
Acabó el curso, y a principios de julio se organizó una macro-cena, a la que tenÃa que acudir toda la gente de la clase. Pero debido a las fechas casi todos los chicos y chicas de nuestro grupo se habÃan ido a pasar el verano ya a sus destinos habituales, por lo que me encontré en una cena con un montón de gente que conocÃa de vista, pero con la que habÃa tenido poca o nula relación. La única noticia positiva es que ni Concha ni sus amigas fueron tampoco, lo que me permitió por primera vez en mucho tiempo estar relajado.
Cuando llegamos al restaurante, tuve que pasar al servicio, y cuando salà todo el mundo se habÃa sentado ya, por lo que me tuve que sentar en el único sitio que habÃa libre, una punta de la mesa. A mi lado izquierdo tenÃa al gracioso de la clase, uno de esos tipos que se creen chistosos a más no poder pero que maldita la gracia que me hacen a mi, y al otro estaba Carmen.
Carmen era una chica que no encajaba en el prototipo de alumna de nuestra clase. Cuando todas las demás eran unas pipiolas como yo, ella superaba los 30, por lo que algunos chistosos le llamaban "la abuela". Era una buena estudiante, que se tomaba muy en serio las asignaturas prácticas, como la contabilidad. Como a mà también me gustaba mucho esta asignatura, habÃa coincidido con ella en alguna tutorÃa, y habÃamos intercambiado apuntes alguna vez, pero fuera de eso poco más habÃa hablado con ella.
Asà que al sentarme, y ante la otra alternativa de conversación que se me presentaba, recé para que fuese una chica simpática y pudiese al menos tener una charla agradable. Antes de dirigirle la palabra, me fijé por primera vez en ella como una mujer. TenÃa una cara dulce, redondita, con unos ojos negros grandes y expresivos, aunque un poco tristes, una nariz más bien chata, aunque graciosa, y unos labios bonitos que encajaban bien en unas mejillas regordetas. Su pelo era negro, cortado a media melena, lo que acentuaba, para mi gusto demasiado, la redondez del rostro Esa noche se habÃa maquillado, por lo que sin tener una cara de revista, estaba realmente guapa. Llevaba una blusa blanca, con un escote generoso que dejaba adivinar el inicio de unos pechos que, sin ser exageradamente grandes, resaltaban claramente bajo la blusa. Además, mirándola de cerca, bajo la tela de la blusa se intuÃa un sujetador blanco, lo que le daba un aire un poco sexy.
Nada mas sentarme, me dirigió una sonrisa y me saludó. Entendà que a ella tampoco le ilusionaba el resto de la compañÃa que tenÃa y que me habÃa elegido a mà como contertulio. Asà que comenzamos a hablar, quedándonos un poco al margen del resto de la cena. Por suerte era una chica encantadora, que se fue soltando a medida que las copas de vino pasaban a nuestro estómago.
Me contó que estaba casada con un representante de comercio que esa noche tenÃa cena de trabajo, y por eso habÃa venido a nuestra cena. HabÃa empezado la carrera porque ella llevaba la administración de la empresa comercial de la que su marido era dueño, y que tras crecer mucho la empresa, el trabajo le venÃa un poco grande. No tenÃa hijos, su marido pasaba casi todo el dÃa fuera y tenÃa una chica que se encargaba de las tareas domésticas, por lo que sus actividades se centraban en estudiar y trabajar, porque su marido, como mi padre, dedicaba los fines de semana a sà mismo (futbol y copas con los amigos), mientras ella como mucho quedaba alguna tarde con las viejas amigas para ir al cine, pero ya no recordaba la ultima vez que habÃa salido una noche de copas que no fuese Nochevieja.
Asà acabó la cena, y los que dirigÃan el cotarro propusieron ir a uno de los garitos de playa que estaban de moda. Nadie se opuso, y la gente se organizó para ir. Le pregunté a Carmen:
- ¿Qué vas a hacer?
- ¿Y tu?
- Pues si tu no vas me iré a casa, porque no tengo coche y no me apetece ir solo en taxi.
- ¿Y si te llevo en mi coche?
- Si te quedas a tomar una copa, yo tambien.
- Hecho
Asà que nos fuimos a su coche, aparcamos como buenamente pudimos, y llegamos al garito. Aquello era inmenso, muchos de los de la cena al final no habÃan acudido, y los que quedaban estaban dispersos por el local con los corros ya formados. Carmen y yo nos quedamos en un rincón. Me preguntó qué querÃa tomar y me invitó a una copa, tomando ella otra. Seguimos hablando, y la conversación, debido al alcohol, pasó a temas más personales.
- ¿Tienes novia, Juan?
- No....
- Pues algunas chicas de la clase están coladitas por ti, que yo lo sé.
Le conté lo que sentÃa por Concha, y su recomendación fue tajante: debÃa olvidarme de ella y empezar a disfrutar. Le dije que era muy tÃmido y que me costaba hablar con las chicas.
- Pues conmigo lo has hecho muy bien
- Es que tu eres diferente
- Claro.... soy la abuela de la clase
- No digas eso. Eres una chica encantadora. Ojalá todas las chicas fuesen como tu.
Se calló durante un momento, y me miró con una mirada mezcla de dulzura y picardÃa. Por suerte, ella no pudo ver como me ruborizaba.
- ¿Quieres decir que me encuentras atractiva, Juan?
- .... Si
- Ojalá mi marido pensase como tu
- ¿Es que no te hace caso?
- Últimamente no mucho, la verdad
- Pues entonces es que es imbécil
Se quedó callada, me volvió a mirar y me besó en la mejilla, mientras decÃa:
- Gracias, guapo. Tu si eres un encanto
Al besarme pude oler la mezcla de perfume caro y sudor, pude ver por su escote, además del principio del canalillo, un trocito de su sujetador blanco de encaje, y sentir el roce de uno de sus pechos contra mi. Todo unido hizo que empezase a excitarme.
Carmen también estaba nerviosa, y entonces me propuso bailar. En ese momento, comenzó a sonar una canción mas bien lenta, y antes de que yo le contestase se habÃa agarrado a mi, iniciando el baile.
Ninguna chica habÃa estado conmigo tan cariñosa como Carmen en aquel baile. Como soy más alto que ella, apoyó su cabeza contra mi pecho. PodÃa ver su cabello negro, pero más que lo que veÃa, me tenÃa agarrotado lo que sentÃa. Carmen me habÃa rodeado con sus brazos, apoyando las manos en mi espalda. Sus tetas estaban apretadas contra mi cuerpo, y notaba contra mi carne su tacto a la vez blando y firme. Estaba tan pegada a mi que restregaba descaradamente mi paquete contra su cuerpo. En aquel momento yo ya tenÃa la polla a punto de estallar, pero como a ella parecÃa no importarle puse una de mis manos en su cadera, y la otra la fui deslizando hasta su culo, abundante pero firme, cubierto por un pantalón negro amplio.
El baile seguÃa, y ella también empezó a tocarme el culo. Yo ya comencé a jugar descaradamente con el suyo, dibujando con mis dedos el elástico de sus bragas por encima de la tela del pantalón. Entonces separó la cabeza de mi cuerpo, y me miró con ojos de deseo, entreabriendo los labios y enseñándome la punta de la lengua. Ante esa invitación, la besé, rozando apenas sus labios con los mios, a lo que ella respondió metiendo su lengua en mi boca. Comenzó entonces un morreo en el que ambos nos magreamos el culo a conciencia, y como yo ya estaba lanzado, metà una mano por debajo de su blusa, acariciando primero su espalda, para llevarla después a una de sus tetas, que acaricié por encima del sujetador.
En ese momento Carmen se debió dar cuenta de donde estábamos, se separó de mi, y arreglándose la ropa me dijo:
- Vamos al coche
- Si
Salimos del local, y por la calle, camino del coche, la abracé por la cintura. Ella se apretó contra mi, y metió una mano en mi bolsillo del pantalón, asà que yo le volvà a acariciar el culo otra vez.
Llegamos al coche. Los cristales estaban cubiertos de vaho, porque estabamos en la orilla del mar y habÃa empezado a refrescar, por lo que era imposible desde fuera ver lo que ocurrÃa dentro. Abrió la puerta y entramos. Sin decir nada, comenzamos a besarnos y acariciarnos sobre la ropa. Yo estaba a 100, y le desabroché la blusa. Ella me quitó la camiseta y me empezó a besar el torso. La dejé hacer, mientras con una mano le acariciaba la parte interior del muslo y el coño por encima del pantalón.
Carmen se apartó, y se quitó el sujetador. Mirándome fijamente, me dijo:
- ¿Te gustan?
- Mucho
- Demuéstramelo.....
Ante ese ofrecimiento dediqué a esas tetas el tratamiento que se merecÃan. Primero con la mano, mientras la besaba en la boca, notando como sus pezones crecÃan al deslizarse entre mis dedos. Después con la boca, jugando con los labios y la lengua, notando como Carmen se estremecÃa cada vez que la punta de mi lengua acariciaba la punta de sus pezones.
Mientras tanto, mis manos le habÃan desabrochado el pantalón, y se habÃan metido por debajo de sus bragas notando los primero pelos de su conejito, y bajando uno de mis dedos hasta una raja húmeda de flujos después.
Entonces, Carmen se retiró de repente. Al mirarla, pude ver por primera vez en toda la noche una cara seria de preocupación, y comenzó a abrocharse toda la ropa.
- No puede ser, Juan, esto es una locura
- ¿Por qué?
- Porque yo estoy casada, y tu eres 16 años mas joven que yo, casi un niño.
Me quedé callado un momento, pero estaba demasiado caliente para renunciar a mi trofeo tan fácilmente. Le dije algo que en otra situación se me hubiese quedado en la garganta.
- Olvidate de eso, Carmen. Puedo darte lo que tu marido no te da. Solo somos un hombre y una mujer que se desean.
- No, Juan. Olvida lo que acaba de pasar, por favor.
- No quiero olvidarlo, quiero terminarlo
- He dicho que no. No eres mas que un crÃo y yo me he portado como una inconsciente. Eres muy simpático, y me gustarÃa que el próximo curso pudiésemos seguir charlando como dos buenos amigos, sin que se me caiga la cara de vergüenza al mirarte.
Me quedé sin palabras. Me estaba tratando como un niño, y mi inseguridad con las mujeres volvió a aflorar. Me preguntó mi dirección y se la dije. En todo el trayecto estuvimos en silencio, y al llegar a casa, sin mirarme siquiera, se despidió de mi hasta el incio del siguiente curso. Yo la miré y me pareció ver que estaba llorando, pero me sentÃa incapaz de decirle nada. Me bajé del coche y subà a casa.
Entre el calentón que llevaba encima, y la mezcla de cabreo y estupor por lo que habÃa pasado no tenÃa nada de sueño. Me dà una ducha larga y frÃa que me tranquilizó y disminuyó el efecto del alcohol que habÃa tomado, pero al salir seguÃa sin tener sueño. Me tumbé en la cama desnudo y como no podÃa dormirme y no dejaba de pensar en Carmen encendà la tele que tengo en mi habitación. Hice zapping y en uno de esos canales locales que por el dÃa engañan a la gente con números 806 estaban haciendo una peli porno y anunciando lÃneas calientes. Me quedé viendo la pelÃcula, que trataba justamente de un chico joven que se follaba a una vecina mayor que el. Eso me volvió a excitar y para calmarme me hice una paja monumental a la salud de Carmen. Al acabar conseguà dormirme por fin.
La semana siguiente fue monótona a más no poder. Mis amigos estaban fuera de vacaciones, no tenÃa clases particulares que dar, y el reparto de la carnicerÃa lo acababa en poco más de una hora, porque el barrio estaba despoblado y sólo atendÃa algunos bares. Me pasaba el dÃa leyendo, oyendo música y viendo la tele, y haciendo alguna que otra salida a la playa solo a tomar el sol. La única novedad fue la visita de mi tÃo, el hermano de mi padre, con la mujer con la que se acababa de "juntar". Pero como ese es el
principio de otra historia, no me extiendo en más detalles.
El caso es que una semana después de la famosa cena, a la hora de la siesta, sonó mi movil. El número que me llamaba no lo tenÃa en memoria.
- ¿Si?
- Hola, Juan ¿cómo estas?
Era Carmen. La reconocà sin necesidad de presentarse. Recordé que durante la cena habÃamos intercambiado los números. Yo rompà el suyo al dÃa siguiente cuando lo vi, pero por lo visto ella no. Decidà mostrarme frÃo. ¿No querÃa que olvidase? Pues me iba a comportar como si nada hubiese ocurrido.
- Bien, pasando el verano lo mejor posible ¿y tu?
- Lo mismo ....
- Bueno, tu dirás
- QuerÃa saber si el mayor experto de la clase en contabilidad me echarÃa un cable con unas operaciones de leasing que me están dando problemas para contabilizar
- Tengo todo el tiempo del mundo. Asà que si quieres quedamos dentro de un rato.
- Mejor mañana por la mañana. Mi marido se va de viaje todo el dÃa y la chica libra. Asà podemos quedar en casa y estar más tranquilos.
- Tengo reparto, pero creo que a las 11 habré terminado. Podemos quedar sobre las 12.
- Vale, pero por si no nos da tiempo por la mañana y seguimos por la tarde, te invito a comer. Es lo menos que puedo hacer para compensarte las molestias.
- O.K. . Dame tu dirección y a las 12 estoy allÃ
Colgué el teléfono hecho un lÃo. Ninguno de los dos habÃa hablado de lo que habÃa ocurrido. Yo, porque estaba enfadado y estaba decidido a no hacerlo pero ¿y ella?. Era tan buena como yo en contabilidad, y a pesar de eso me habÃa pedido ayuda. Además, lo habÃa organizado para que fuese en su casa en un dÃa en que nadie nos molestase. ¿Lo tenÃa tan superado que no le importaba quedarse a solas conmigo porque me veÃa como un compañero de clase nada más, querÃa aprovechar el momento a solas para hablar con tranquilidad, o tenÃa otros planes?
Decidà no pensar en ello y esperar a que llegase el momento. Durante el resto de la tarde medité sobre cómo me iba a comportar cuando la viese. Decidà seguir marcando distancias, y comportarme como si nada hubiese ocurrido, incluso cuando estuviésemos los dos solos. No serÃa yo el que sacase el tema, y si era preciso pensaba mostrarme irónico y cortante.
Asà que al dÃa siguiente dije en casa que habÃa quedado a comer con uno de clase y a las 12 menos cinco estaba llamando a la puerta de su casa. Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad, y se notaba que era una finca antigua con solera, aunque bien restaurada y muy elegante. Por suerte el portero estaba de vacaciones y me abrió Carmen desde arriba, por lo que no tuve que dar explicaciones de a dónde iba.
Cuando me abrió la puerta, casi me caigo de culo. No me recibió en camisón, como pasa en alguno de estos relatos, pero lo que llevaba era casi más provocativo. Iba de rojo, un rojo intenso. La blusa era de seda semitransparente. Manga larga y sin botones, la llevaba anudada enseñando el ombligo y con un escote de los que quitan el hipo. Por la cantidad de pecho que enseñaba y lo que se movÃan las tetas estaba seguro de que no llevaba sujetador. La minifalda era elástica y muy corta. Le dibujaba perfectamente las caderas y le permitÃa enseñar unas piernas bien torneadas cubiertas con unas medias también rojas. Recordé que Carmen me habÃa comentado que iba al gimnasio, y pensé lo bien que le sentaba el ejercicio. A pesar de ser ancha de caderas y de muslos, no tenÃa ni un solo centÃmetro de carne flácida (yo ya lo habÃa sentido al magrearle el culo), la cintura era estrecha, lo que resaltaba más la curva de la cadera, y el vientre plano resaltaba un pecho que sin ser exagerado, tenÃa un tamaño de los de llamar la atención, como yo ya habÃa disfrutado. Además, se habÃa maquillado como la noche de la cena, menos los labios que ahora llevaba pintados, como no, de un rojo intenso.
Me saludó, me dio dos besos y me hizo pasar. Ahora estaba seguro de que no llevaba sujetador, y al seguirla la vi contonearse moviendo el culo como nunca antes la habÃa visto. Además, la falda era muy ajustada y no se notaba ni una raya. ¿Tampoco llevaba bragas? ¿Qué es lo que intentaba? Decidà tomar yo la iniciativa para que no jugase conmigo. Si querÃa alguna cosa, tendrÃa que plantearla abiertamente. Tras sacar dos cervezas nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro. En la mesa del salón nos esperaban un montón de carpetas cerradas.
- Bueno, Carmen ¿dónde están esos contratos de leasing que crean problemas a la segunda mejor experta en contabilidad de la clase?
- Directo al grano. No pierdes el tiempo.
- Para eso hemos quedado ¿no?
- Bueno, los amigos también hablan de cosas más personales....
- Poco te puedo contar de esta última semana. Como no me cuentes algo interesante tu...
- He pensado mucho en ti durante esta semana....
- ¿En mi...?
- Si. En lo que ocurrió después de la cena.
- Puedes estar tranquila. Por mi parte está olvidado y como si no hubiese pasado nada. Nadie va a saber por mà lo que ocurrió.
- Te creo. Pero cuando estés solo ¿también lo vas a olvidar?
- Si frente a los demás y contigo me comporto normalmente, lo que piense en privado es un problema exclusivamente mÃo ¿no crees?
- Entendido. Me estas diciendo que aunque ahora estuviese desnuda a tu lado has decidido que eso no te impida explicarme la contabilización de los leasings.
- No estás desnuda, y aunque vayas vestida muy sexy, no me enseñas más de lo que ya he visto y tocado.
- Gracias por el cumplido......
Me habÃa ganado la primera batalla. HabÃa tratado de hacerme el duro, pero al final me habÃa hecho decirle que estaba muy sexy antes de que ella dejase claras sus intenciones. Asà que decidà soltarle la parrafada que llevaba preparada casi de memoria y que la obligarÃa a decirme a qué estaba jugando.
- Mira Carmen, yo también he pensado mucho en lo que pasó. Me pediste que olvidase ¿no?, y eso es lo que he hecho. No lo he comentado con nadie. En privado, ya te lo he dicho, el problema es mÃo. Al fin y al cabo, si me tengo que hacer una paja es más lógico que lo haga pensando en unas tetas que he besado y en un coño húmedo que he acariciado que en las tÃas de una peli porno o de una revista. Pero tranquila, que esta será la última vez que te lo diga. Mi mayor problema, el único, es que no sé que hacer cuando estoy contigo. Hoy he venido a hablar de contabilidad y a no sacar el tema, pero tú sà lo has hecho, y aún no me has dicho lo que piensas ni lo que quieres.
- Yo también me he masturbado pensando en ti.
Carmen seguÃa jugando conmigo. En lugar de contestarme directamente, se seguÃa metiendo en terrenos cada vez más incómodos para mà sin aclararme nada. Empecé a cabrearme y utilicé la ironÃa como defensa.
- Vaya, asà que te corres recordando como te chupan las tetas y te soban el coño. Eres facil de contentar.
- Te pones muy sexy cuando te enfadas....
- No estoy enfadado. Solo marco el terreno, ya que tu no lo haces.
- .... Vale, cuando me he masturbado pensaba que me hacÃas otras cosas
- Estupendo.... Consuela saber que no soy un bicho raro por imaginar que te echo un polvo. Pero eso no cambia nada. En tu coche dejamos una cosa a medias, una cosa que según tu tengo que olvidar, pero que no paras de recordarme.
- ¿Y te gustarÃa acabar lo que empezaste?
SeguÃa contestando mi pregunta con otra pregunta. No me resultaba fácil enfadarme mirando a los ojos a Carmen, asi que las últimas frases las habÃa dicho sin mirarla. Tomé fuerzas para decirle a la cara que dejase de jugar conmigo, pero cuando la miré me quedé sin habla. TenÃa la misma mirada que en el garito de playa, mezcla de inocencia y provocación. Asà su última pregunta cambiaba totalmente de sentido: no estaba jugando conmigo, me estaba invitando a continuar.
Me quedé callado. Le sonreÃ, pero sin contestarle. Ella me sonrió también, y tras unos segundos eternos, se llevó sin decir nada las manos al nudo de su blusa y lo deshizo. Se quedó asi, con la blusa abierta enseñándome unos pechos que, efectivamente no llevaban sujetador, y sin dejar de mirarme a los ojos.
Me levanté del sofá y me coloqué detrás de ella. Carmen me miraba, sin saber lo que iba a hacer. Coloqué mis manos en su cuello, y las deslicé hasta los hombros, haciendo que la blusa los dejase al descubierto. Ahora podÃa ver sus pechos desde arriba. Le empecé a dar un masaje pasando de los hombros al cuello y volviendo a los hombros otra vez. Carmen se relajó, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se dejó hacer. Mi masaje se desplazó hacia delante, primero hasta el inicio de sus pechos y luego dedicándome a ellos en exclusiva. Eran unos pechos firmes para su tamaño, con unos pezones grandes que yo hacÃa deslizar entre mis dedos, notando como crecÃan por la excitación, y los comencé a pellizcar suavemente con el pulgar y el indice.
Carmen ahora gemÃa de gusto, y aproveché que seguÃa con la cabeza hacia atrás para inclinarme sobre ella y besarla en la boca. Me dio su lengua, y yo a ella la mÃa, mientras mis manos, después de jugar un rato con sus tetas, le acariciaron el vientre y el ombligo primero, las caderas después, y por último los muslos por encima de la falda.
Di la vuelta al sofá y me puse frente a ella. Me arrodillé en el suelo, quedando con la boca a la altura de sus tetas, y las besé y chupé durante un buen rato. Carmen gemÃa cada vez mas, y abrazaba mi cuerpo con sus piernas. Bajé con mi lengua hasta el ombligo, que acaricié con la punta, y bajando cada vez mas llegué hasta la cintura de su falda.
Entonces me dediqué a sus piernas, comenzando por las rodillas. Las besé por encima de sus medias rojas, separé aun mas sus piernas y fui subiendo con mis besos por el muslo, al tiempo que le iba subiendo la minifalda. Pasé con mis besos por encima de la banda de silicona que sujetaba sus medias, y dejé convertida su minifalda elastica en un cinturón ancho alrededor de sus caderas. Efectivamente, no llevaba bragas, y con las piernas abiertas me estaba enseñando su conejito. Lo llevaba depilado, excepto un pequeño cuadrado de pelo en la parte superior.
Yo nunca habÃa habÃa comido un coño, asà que me dejé guiar por el instinto y por lo que habÃa leÃdo en revistas y visto en pelis porno. No lo debà hacer mal, porque Carmen gemÃa cada vez mas, y con frases entrecortadas me animaba a seguir. La humedad del coño cuando empecé se habÃa transformado en un manantial de flujos, y con solo unos toques con mi lengua en el clÃtoris, Carmen empezó a tener convulsiones, apretó su cabeza con sus manos y emitió un grito largo y apagado. Se habÃa corrido. SabÃa que habÃa chicas que se corrÃan fácilmente y me excitó saber que Carmen era una de ellas. Me bebà sus flujos, y entonces me dijo:
- Ahora me toca a mi....
Nos levantamos. Ella se quitó la blusa mientras me besaba, luego los zapatos, y por último se bajó la falda, quedándose solo con las medias. Siguió besándome, me quitó la camiseta, y jugó con su lengua en mis pezones, hasta ponerlos erectos. Se fue agachando besando mi cuerpo, hasta el pantalón. Desabrochó el botón, bajó la cremallera y me lo quitó. Yo me quité los náuticos, asà que me quedé solo con un boxer negro elástico, con el paquete a punto de reventar a la altura de su cara. Me empezó a bajar el boxer, y mi verga, dura como el hierro, casi la golpea en la cara.
- Que larga y dura la tienes, cariño. Te la voy a comer entera.
- Es toda tuya, pero prefiero un 69. Asi te daré gusto también a ti
- Túmbate en el sofá
Me tumbé, y mi verga quedó tiesa mirando al techo. SabÃa que los 21 cm. eran un tamaño bastante digno, y después me han dicho que además es más gorda que la mayorÃa. Carmen se tumbó sobre mi, agarrándola con las manos y besando el capullo, mientras su coñito quedaba a la altura de mi boca.
De repente noté como se la metÃa hasta donde podÃa en la boca, y la chupaba como si fuese una piruleta. Noté un placer inmenso, pero no me querÃa correr aún, y me concentre en lo que ella me ofrecÃa. Volvà a chuparle el coño a conciencia, y con un dedo mojado en saliva y en sus jugos, empecé a dilatar la entrada de su culo. Los dos seguimos chupando, gimiendo por el placer que cada uno nos dábamos al otro. Carmen la chupaba con glotonerÃa, como si fuese una golosina que llevase tiempo sin probar. Le dije que estaba a punto de correrme y entonces paró y me dijo que querÃa mi leche en su coño.
Nos levantamos y me llevó de la mano a su habitación. Quitó la colcha, me abrazó, me dio un beso largo mientras se restregaba contra mÃ. Se separó y me dio un empujón que me tiró sobre la cama boca arriba.
- ¡¡Que ganas tenÃa de tener para mi una polla como esta!!
- Aquà la tienes, deseando entrar en tu coño
- Voy a follarte. Voy a follarte como nunca lo han hecho, como una autentica puta.
Estaba caliente a más no poder. Carmen era muy educada y no decÃa nunca tacos, pero yo habÃa despertado su lado salvaje. Se subió a la cama, se metió la polla entera en el coño, y empezó a cabalgarme, follandome como acababa de decir.
La dejé hacer. Estaba como loca. Pasaba de moverse casi a cámara lenta a galopar como una amazona. Los ojos cerrados, la boca abierta sin parar de gemir, de jadear, de gritar, el pelo y las tetas moviéndose al ritmo de su cabalgada. Me estaba follando de verdad, porque era ella la que decidÃa qué hacer en cada instante. Cerré los ojos, puse mis manos en sus tetas, y me concentré en alargar ese momento de placer inmenso sin correrme. Nunca antes la habÃa metido en un coño, y los que lo hayais hecho sabréis que es algo que no se puede describir. Notaba el calor de su carne apretando mi verga como si quisiese exprimirla, los toques del capullo contra sus paredes con cada embestida, y los flujos cayendo en mis huevos y mis muslos.
Le dije a Carmen que me iba a correr. Jadeando y de forma entrecortada me dijo que lo hiciese, que querÃa mi leche, que ella ya se habÃa corrido dos veces. Y me corrÃ. Me corrà como nunca antes lo habÃa hecho, con un placer mil veces superior al de cualquier paja o mamada. Carmen se quedó quieta, se agitó un poco, y dando un grito se dejó caer sobre mi sin fuerzas. HabÃa tenido otro orgasmo a la vez que yo.
Nos quedamos los dos quietos sobre la cama, ella encima de mi, recuperando la respiración. Mi verga habÃa quedado flácida después del polvo y Carmen parecÃa no tener ni un gramo de fuerzas, por lo que estuvimos mucho rato asÃ, abrazados el uno al otro, sin decir nada, dedicándonos suaves caricias en nuestros cuerpos entrelazados.
Mi primera experiencia sexual completa habÃa sido deliciosa, pero en ese momento no me imaginaba lo que aún me esperaba en ese dÃa. Hasta entonces, Carmen habÃa llevado la iniciativa. Ella me habÃa seducido en el pub, habÃa cortado la situación cuando habÃa querido, me habÃa hecho ir a su casa, me habÃa vuelto a seducir otra vez, y me habÃa follado a su antojo en ese primer polvo, siendo yo solamente el dueño del cuerpo que ella deseaba para darle placer. Pero esta situación, sin yo saberlo iba a cambiar en unos instantes, porque Carmen tenÃa otros gustos sexuales que yo desconocÃa. Después de más de media hora de estar tumbados en la cama acariciándonos y besándonos cariñosamente, empezó a hablar otra vez.
- Ha sido una pasada, Juan. HacÃa mucho tiempo que no me corrÃa tantas veces.
- Yo nunca habÃa hecho el amor a una chica. Eres increÃble, Carmen.
- Me gustarÃa que en la siguiente ocasión llevases tu la iniciativa. Me gustan los hombres dominantes, que me hagan las cosas malas que se les ocurran.
Me quedé callado un momento. Eso era nuevo para mÃ. HabÃa leÃdo que algunas chicas encuentran más placer siendo dominadas, pero no me imaginaba que Carmen fuese una de ellas. Como su invitación habÃa sido muy tÃmida, seguà hablando como si nada.
- La siguiente ocasión puede ser ahora mismo. Solamente con pensar en volverlo a hacer ésta ha comenzado a reaccionar.
- Es verdad que está volviendo a crecer. ¿Y que vas a hacerle a esta chica mala?
Me quedé de piedra, no por lo que habÃa dicho, sino por cómo lo habÃa dicho. Estaba sentada en la cama, con la cabeza agachada, y su voz era suave y sumisa. ParecÃa de verdad una chica que se hubiese portado mal y esperase un castigo. Solo con escucharla mi polla habÃa recuperado casi la máxima erección. TenÃa que responderle, pero no sabÃa qué. No me imaginaba a mà mismo atándola ni causándole dolor, asà que pensé en una postura de sumisión.
- Te vas a poner a cuatro patas, como una perra, y voy a follarte el culo hasta cansarme.
- ¡¡¡No, el culo no!!! Por ahà soy virgen, y con esa tranca que tienes me puedes destrozar.
Eso es lo que salió de su boca, pero sus ojos me decÃan otra cosa. Me estaba mirando con cara de niña traviesa, los ojos iluminados con la ilusión de quien espera un nuevo juguete. Me habÃa propuesto un juego y le gustaba ver que yo habÃa empezado a jugar, asà que ya no dà marcha atrás.
- Carmen, te has aprovechado de un niño inocente, y eso está muy mal. Mereces un castigo y vas a ofrecerme ese culo que dudo que sea virgen.
- ¡¡¡¡Juaaaaaaaaaaan nooooooooooo!!!! Te prometo que nunca me la han metido por ahÃ. Pideme otra cosa, por favor.
- ¿Dónde tienes vaselina?
- .....
- ¿DÓNDE TIENES VASELINA?
- ¡¡¡¡Nooooooo!!!! Te haré lo que quieras, lo que me pidas, seré la mujer más golfa con la que nunca vas a estar. Pero el culo no, el culo no.... ¡¡¡¡por favor!!!!
- Mira zorra, tienes dos opciones: o me dices donde está la vaselina o te la meto asÃ, a pelo, y te aseguro que te va a doler.....
- Está en el armario del baño, en el primer estante de la puerta de la izquierda.
- Cuando vuelva quiero que estés sobre la cama, como una perra en celo y el culo en pompa para mÃ.
Lo habÃa conseguido. A pesar de sus protestas, su cara no dejaba dudas sobre la excitación que le producÃa la idea de que la follase por detrás. Ahora tenÃa un macho que la dominaba como a ella le gustaba. Fui al baño, cogà la vaselina, y cuando volvi estaba preparada, como le habÃa dicho, moviendo su culito con movimientos provocadores.
- No me hagas mucho daaaaaaaño. A partir de ahora prometo ser mucho mas buena.
- No me provoques, guarra. Vas a recibir lo que te mereces.
Me acercé y le dà una buena palmada en el culo. Carmen protestó un poco, pegó la cara al colchón y con las rodillas dobladas dejó solamente el culo levantado a mi disposición. La cogà por las caderas, y empecé a besarle y morderle en las nalgas. Las separé, y pude ver su ano, el objeto de mis deseos. Le besé alrededor, y le dà suaves toques con la lengua, como habÃa visto en alguna pelÃcula. Cuando estaba lleno de saliva, lo acaricié con mi dedo Ãndice, y lentamente le introduje la punta. Carmen gimió y se estremeció, pero no dejó de mover provocativamente su culito.
Destapé el tarro de la vaselina, y puse un poco en su ano, extendiéndolo con el dedo. Volvà a meterlo, y abriendome camino poco a poco lo introduje del todo. DebÃa ser virgen de verdad, porque a pesar de la vaselina me costaba mucho avanzar y las paredes me aprisionaban el dedo con fuerza. Pensé en cómo iba a conseguir meter mi verga en algo tan pequeño, pero ya no habÃa marcha atrás
Saqué el dedo y le puse más vaselina. Volvà a meter la punta del dedo, pero antes de introducirlo, metà un segundo dedo. Carmen se quejó un momento y dejé de empujar. Cuando se calló, como seguÃa moviéndose, fui poco a poco metiendo los dos dedos a la vez. Carmen alternaba los quejidos de dolor con, por primera vez, gemidos de placer, hasta que tuve los dos dedos dentro. Comencé a moverlos dentro, con ligeros movimientos de entrada y salida. Su ano estaba más dilatado, y cada vez los dedos se movÃan mejor. Carmen ya no se quejaba, y solo gemÃa de gusto cuando metÃa y sacaba mis dedos.
Repetà la operación con un tercer dedo, y Carmen empezó a animarme a seguir, diciendo que le gustaba mucho. Consideré que habÃa llegado el momento. Embadurné toda mi polla con vaselina y puse el capullo en su ano, que con el trabajo de mis dedos estaba mucho más dilatado. Empecé a empujar.
Me costó mucho que entrara la punta. Carmen lanzó un grito que no sabÃa si era de placer o de dolor. Seguà empujando con pequeños movimientos, consiguiendo que cada vez entrase un poquito más. Cada uno de mis empujones se acompañaba por un grito sordo de Carmen, que habÃa apoyado la cara contra el colchón y tenÃa el cuerpo arqueado y tenso y las manos agarrando la sábana con fuerza.
Cuando le habÃa metido la mitad, dejé de empujar. Carmen se relajó y empezó a mover el culo otra vez, con gemidos que ahora sà eran de gusto. Yo me dediqué a disfrutar un momento con el contacto de las paredes de su culo contra mi polla, y empecé a empujar de nuevo. El grito fue desgarrador:
- ¡¡¡¡No, por favor!!! ¡¡¡¡No sigas que me destrozas!!!! ¡¡¡¡SACAMELA!!!!
Estaba llorando de dolor. Me dio pena y se la saqué. Pero yo la tenÃa dura como el acero y necesitaba correrme otra vez, asà que inmediatamente se la metà de golpe y hasta el fondo en su coño, que estaba húmedo y lubricado con los caldos que habÃa soltado mientras le follaba el culo. Carmen volvió a gritar y a tensar su cuerpo, pero inmediatamente lanzó un gemido de inmenso placer. Por primera vez me dà cuenta que en mi posición yo estaba frente al espejo de la habitación. Me veÃa reflejado con mis rodillas apoyadas en la cama y el cuerpo recto, mientras que podÃa ver el pelo de Carmen, que seguÃa con la cara apoyada contra el colchón, y su espalda ascendiendo hasta el culo en pompa.
Le dije que se pusiese a cuatro patas. QuerÃa verla en el espejo mientras le follaba el coño. Carmen me obedeció sin decir nada. Comencé a meterla y sacarla lentamente, y Carmen también empezó a moverse. Se notaba que esto le gustaba mucho más. Le vi la cara, con los ojos cerrados y la lengua relamiéndose los labios de gusto. El pelo le caÃa desordenado por la cara, siguiendo el ritmo de mis movimientos. Pero lo que más me excitó fueron sus tetas. CaÃan por su peso y parecÃan más grandes que cuando estaba de pié. Se movÃan siguiendo un movimiento anárquico, distinto del ritmo de la follada, como dos cencerros al cuello de un caballo desbocado.
Carmen parecÃa haberse olvidado del dolor anterior y estaba disfrutando de lo lindo. GemÃa cada vez con más fuerza, y en tres ocasiones se tensó y gritó, pero esta vez de gusto. Ahora sabÃa eso significaba que se estaba corriendo. Yo estaba sintiendo cada vez un placer mayor y me dejé ir.
Cuando ya no podÃa más, se la clavé hasta el fondo, dejé de moverme y me corrà por segunda vez dentro de su coño.
Nos volvimos a derrumbar los dos sobre la cama y estuvimos un rato en silencio. Yo no sabÃa cómo iba a reaccionar Carmen, pero le habÃa cogido el gusto a llevar la iniciativa y no pensaba ceder ese papel. Solamente decidà que a partir de entonces las órdenes que le diese no supondrÃan dolor para ella. De repente me volvió a hablar:
- Me has hecho mucho daño. Me has partido el culo en dos.
- ¿No querÃas un castigo? Pues ahà lo tienes. Además, te he compensado bien ¿no, golfa? Seguro que hacÃa tiempo que no te echaban un polvo asÃ.
- Si, cariño, me has dado mucho gusto.
- Bien, pues ahora nos toca recuperar fuerzas. Porque supongo que seguirá en pie la invitación a comer, y espero que me trates como merezco.
- Vamos a la cocina
HabÃa preparado una comida deliciosa. Una ensaladilla rusa y una carne con salsa que solo tuvo que calentar en el microondas. Comimos en la mesa de la cocina, yo completamente desnudo y ella solo con las medias rojas que no se habÃa quitado en toda la mañana. Me sirvió la comida como si de verdad fuese su amo, interesándose en todo momento por mis preferencias. Por lo visto, ella también querÃa seguir adoptando un papel de sumisa, y para dirigirse a mi me llamaba cariño, cielo, guapo, amor, prÃncipe, rey.... Siempre dejando claro que seguÃa esperando mis órdenes.
Al llegar a los postres, me dijo que no tenÃa nada preparado. De repente tuve una idea.
- ¿Tienes nata en spray o caramelo lÃquido?
- Las dos cosas, mi amor
- Pues tu vas a ser mi postre. Quita la mesa, saca la nata y el caramelo, y túmbate en la mesa.
Asà lo hizo, y yo comencé a decorar mi pastel. Cubrà de nata sus labios, sus pezones y su coño, y diburé un hilo de caramelo lÃquido desde el cuello hasta el ombligo y a lo largo de las piernas.
Me comà el postre que me habÃa preparado. Empecé por las piernas, chupando el hilo de caramelo que habÃa dibujado, pasando de una a otra hasta llegar a sus muslos. Después me comà la nata de su boca, dándole un beso profundo con lengua, al que ella respondió. Bajé a su cuello, chupando el caramelo que se perdÃa por el canalillo de sus tetas, y en ellas me paré para comerme la nata de los pezones, que chupé hasta dejar duros apuntando hacia el techo, mientras Carmen comenzó a gemir y a moverse.
Continué siguiendo el hilo del caramelo por su vientre, y me bebà el que se habÃa quedado en su ombligo. Ahora solo me quedaba el coño, cubierto de nata, y a él me dediqué, saboreando cada porción que retiraba con mi lengua, hasta dejarlo a la vista. Sus caldos se habÃan mezclado con los últimos restos de nata, y le limpié a conciencia hasta conseguir que se volviese a correr una vez más.
Le dije que ahora era su turno. Se quitó de la mesa y me preguntó sumisa mi me querÃa tumbar. Lo hice, y ella recubrió mis pezones con nata y dibujó una lÃnea hasta mi polla, que seguÃa flácida porque no se habÃa recuperado de los dos polvos anteriores.
Comenzó a degustar su obra culinaria, chupando lo que habÃa cubierto con la nata. El problema es que mi verga no reaccionaba, y pese a que le dedicó una buena mamada después de dejarla al descubierto de nata, no consiguió ni ponerla dura ni que me corriera, aunque sus atenciones me produjeron bastante placer, sobre todo por el morbo que tenÃa la situación.
Me propuso ir a ducharnos y después una siesta para descansar. Aunque nos duchamos juntos, no ocurrió nada más, porque mi polla seguÃa en estado catatónico. Y asÃ, después de secarnos, nos tumbamos en la cama, completamente desnudos y abrazados el uno al otro.
Carmen se quedó dormida abrazada a mÃ, y yo no tardé mucho en hacer lo mismo acariciándole. Nos despertó el teléfono. Mientras Carmen lo cogÃa, và que habÃamos dormido dos horas, y eran casi las 6.
Era el marido de Carmen. Por la conversación deduje que acababa de terminar y que iniciaba su viaje de vuelta, asà que aún le quedaban tres horas para llegar a casa. Eso me tranquilizó, porque no habÃa peligro de que nos pillase. Carmen se despidió de él, quedando para la cena y sugiriendo que después de la cena habrÃa más cosas. Decidà retomar el papel de macho dominante y le pregunté:
- ¿A que cosas te referÃas? ¿Qué le tienes preparado para después de la cena?
- Estaba muy cariñoso y con ganas de guerra. Solo le he dicho que podrÃa tener algo si querÃa....
- ¿Y a ti aun te quedan ganas?
- No muchas, de verdad. Pero mi marido no exige mucho. El arriba, yo abajo, me mete su rabito, se mueve un poco, se corre y ya está. A veces ni me entero.
- Vaya con la golfa. Asà que hoy va a probar dos rabos. Pues te voy a quitar las ganas de disfrutar con el segundo. ¿Esto es lo que harás luego?
- ¿Qué haces....?
La habÃa obligado a tumbarse. Le habÃa separado las piernas y apoyé las rodillas entre sus muslos. Le sujeté sus manos con las mÃas y extendiéndole los brazos me incliné para besarle en la boca. La tenÃa debajo de mÃ, indefensa, a merced de lo que quisiera hacerle.
Carmen respondió a mi beso, y aproveché para restregar mi polla, que estaba poniéndose dura otra vez, contra su coño. Asà estuve un rato, hasta notar que su coño empezaba a soltar jugos otra vez, y que ella levantaba el culo buscando también el contacto de mi miembro. Le habÃa vuelto a calentar, y pedÃa guerra otra vez.
Dejé de besarle, y coloqué el capullo en la entrada de su conejito. Empujé un poco y se lo metÃ. Carmen gimió y me pidió más. Estaba cachonda y perfectamente lubricada, asà que no me costó metérsela entera. Me quedé quieto un momento, con la verga clavada hasta los huevos, y me dediqué a chuparle y morderle las tetas.
Carmen rodeó mi cuerpo con sus piernas, poniendo los pies en mis riñones, y comenzó a moverse, pidiéndome que le diese más. Comencé una maniobra de mete-saca cada vez más rapida. Le solté las manos para apoyarme mejor en el colchón, y ella puso sus manos en mi espalda.
GemÃa de gusto, animándome a seguir, manteniéndome pegado a ella con sus piernas y brazos. Tras un rato de seguir asÃ, se le escapó un grito, echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, apretó sus pies contra mis riñones obligándome a clavarla hasta el fondo, y noté la fuerza de sus uñas deslizándose por mi espalda. Yo también me corrà en ese momento, jadeando, notando como mi leche se extendÃa por su interior. Una vez mas nos volvimos a quedar los dos sobre la cama abrazados.
- A ver si ahora te sigue apeteciendo que te folle tu maridito....
- Tengo el coño escocido de follar. No se que le voy a decir....
- Inventate lo que sea. Pero antes cambia las sabanas y duchate tu, porque estamos los dos pringados de caldo y leche.
- Dejame que te limpie a ti....
Se separó de mà y me hizo poner boca arriba. Metió mi polla flácida en su boca, y la chupó hasta limpiármela. Después hizo lo mismo con los huevos, y cuando acabó me lamió los muslos con la lengua. Si no fuese por el sudor, no hubiese necesitado ducharme, porque me habÃa dejado completamente limpio.
Aunque ya me habÃa corrido tres veces desde que llegué, y me dolÃan los huevos y la polla, Carmen chupaba tan bien que mi polla volvió a reaccionar.
Estaba morcillona, porque no tenÃa fuerzas para más, y me dolÃa mucho mientras aumentaba de tamaño, pero a Carmen pareció gustarle y siguió chupandola primero y a restregarme sus tetas después.
- No sigas, Carmen. Me duele.
- ¿No te da gusto? Se te está poniendo dura.
- Es una mezcla de dolor y placer
- Quiero beberme tu leche. Hasta ahora solo me la has echado en el conejo.
- No se si me quedará algo. Me has ordeñado bien.....
- Tu dejame....
Le dejé. Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar de su boca y sus tetas alternativamente contra mi miembro. Cada vez me dolÃa más, pero también cada vez notaba más placer, hasta que no pude aguantar más y me corrà en su boca. Carmen bebió la poca leche que me salió con glotonerÃa, me volvió la limpiar con su boca, y se acercó a mi para besarme.
Nos quedamos un buen rato charlando, hablando del placer que nos habÃamos dado. Carmen me dijo que me llamarÃa la siguiente vez que su marido se fuese de viaje, pero que tenÃa que llevar el tema con mucha discreción. Le dije que estuviese tranquila, y que esperarÃa con impaciencia su llamada. Me besó en la mejilla, con cariño, y me dijo que la próxima vez jugarÃamos a un nuevo juego.
Me vestà y me fui a casa. Cené pronto, me duché y me acosté. Esa noche dormà como un lirón. Los dÃas siguientes pasaron con normalidad, porque mi siguiente cita con Carmen no ocurrió hasta septiembre, y hasta entonces no me llamó ni una vez. Eso me gustó, porque me demostró que pensaba hacer su vida normal teniendo aventuras periódicas conmigo. Yo era su semental, no el amor de su vida, lo que me evitaba complicaciones.
En otra ocasión os contaré como fue mi segunda cita con Carmen, pero antes, en el mes de agosto, me ocurrió otra cosa que os contaré en el próximo relato, que voy a empezar ya. Me gustarÃa que me contaseis qué os ha gustado más y qué os ha desagradado de éste. Con esas sugerencias intentaré que lo que os cuente os resulte más excitante. Podeis escribirme a
juaaaan69@hotmail.com.
Un besito (no os digo donde....) a todas las chicas de más de 30.