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« en: Junio 08, 2006, 12:17:20 » |
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Con Leda fuimos amigas desde muy chicas, vivÃÂamos en la misma casa. Ella y su familia habitaban el piso de abajo.
De pequeñas jugábamos, salÃamos con nuestros padres que también eran amigos. Pero, su padre decidió mudarse de casa debido a buenos negocios que habÃa realizado y esto le posibilitaba traer mayor bienestar a su familia. A pesar de ello nosotras continuamos nuestra relación fraternal. Muy amigas. Recuerdo una tarde en que jugábamos con nuestros juguetes al cuidado de una muchacha. Fuimos al dormitorio de Leda para buscar vestidos para las muñecas. MarÃa que asà se llamaba la chica que nos cuidaba, se puso a mirar por televisión su novela preferida no sin antes recomendarnos que nos portáramos bien. Divertidas como estábamos no nos importó, al contrario querÃamos jugar y que nadie interrumpiera nuestra intimidad. Entornamos la puerta, y comenzamos a enhebrar historias y a llevarlas a cabo.
Entre las que se nos ocurrió fue la del doctor. ¿Pero quién hacÃa de doctor?. Como siempre Graciela eligió ese papel, comentó muy segura:
- Yo fui al doctor y sé lo que tenemos que hacer. -Me dijo.- Acostate, que yo te voy a revisar. Ella me agradaba mucho, era linda, inteligente, tenÃa mucha inventiva para los juegos. Al su lado lo pasaba bárbaro, mejor que con otras amigas que eran más que aburridas. Me acosté y me levantó la pollerita.
- Ahora dÃgame ¿dónde le duele?. -Le indiqué el abdomen con mi dedo Ãndice.
- Bien, contestó ella. - Baje su bombachita. -Asà lo hice. Y sentà una sensación placentera y desconocida. Empezó a explorar con su mano toda mi pancita y en un momento mirándome a los ojos comenzó a deslizar su dedito entre mis piernas, y en dirección a mi ranura. Abrió mis labios y rozó mi clÃtoris. Me quedé asÃ, callada, sintiendo todo lo que me producÃa. Era mi primer goce fuerte. Me exploró con la curiosidad e inquietud de una nena un tanto perversa. Pero en ese momento sentimos que concluÃa la novela de MarÃa e intuyendo que eso no debÃa ser visto, rápidamente terminamos la consulta médica.
Quedamos muy enganchadas con este juego. En su cabeza y en la mÃa estaba presente permanentemente. Por lo que cuando vinieron nuestros padres solicitamos permiso para que yo fuera a su casa a dormir. En la habitación de Leda siempre habÃa más camas para sus primos y yo podÃa elegir en cuál dormir. Allà comprendà con quienes habrÃa aprendido esos juegos…
Esa noche, no bien se apagaron las luces de la habitación de sus papás, y sentimos los ronquidos que siguieron, un movimiento en la cama de mi amiga me indicó que ella se disponÃa a saltar hasta la mÃa. Se acostó a mi lado y me dijo si querÃa hacer cosas de grandes con ella. Le pregunté como sabÃa ella que eran cosas de grandes, y me dijo que lo sabÃa por sus primos que le enseñaron muchas. Le contesté si esas cosas eran lindas o feas. Y me preguntó si me habÃa gustado lo de esa tarde. Le repliqué que si.
-Bueno…. dijo y se metió debajo de mis sábanas y debajo de mi camisón también, buscando bajarme la ropa interior. La ayudé con mis pies. Me abrió las piernas y comenzó a tocarme la conchita, y a pasarme los deditos dulcemente. En un primer instante estaba dura, porque no sabÃa qué iba a hacer ella, pero cuando inició esos movimientos me quedé quieta, abriendo mis piernas, con esa sensación nuevamente apoderándose de todo mi cuerpo. Me gustó, me gustó, y me gustó mucho. Al cabo de unos minutos que ella estaba a mis pies, volvió y me dijo:
-Hacémelo a mi. -Cambiamos de posición y me deslicé hacia el mismo lugar en que ella estaba. Le bajé la bombachita, y le rocé suavemente su pubis, ella abrió sus piernas y olà su vagina, tenÃa un aroma muy especial. Era la primera vez que sentÃa el aroma de su sexo. Instintivamente la toqué, y la toqué con mis dedos descubriendo una pielcita que sobresalÃa como la mÃa y me dio deseos de lamerla, y lo hice… Una y otra vez pasé mi lengua sobre esa carnecita dulce que afloraba allÃ, tersa, sin pelos. Ella se relajó totalmente y muy quieta se sometió a esos deseos que emergÃan de adentro mÃo. Sentà que cuando lo hacÃa, abajo, mi pequeño sexo se relajaba y contraÃa al compás de mis lamidas. Su olor, lo que ella me trasmitÃa, el lugar, tapada por el peso de las cobijas se me grabó intensamente en mi interior como una fotografÃa irrepetible. De pronto sentimos que las pisadas se acercaban muy rápido y Leda no tuvo tiempo de salir de mi cama. Por lo que al encenderse la luz repentinamente, fue ella la que habló, se excusó diciendo que estábamos contándonos cosas Ãntimas, que después volverÃa a su cama.
Su madre nos miró seriamente y nos pidió que fuéramos breves con la charla, que debÃamos descansar. A la mañana siguiente, desayunamos y lo único que pensábamos era en estar "juntas" otra vez. Pero ¿cómo? Sus padres salieron, y MarÃa quedó haciendo los quehaceres. ¡El baño! SÃ, el baño. Entró Leda primero, y yo después. Como siempre ella la primera. Abrà mis piernas con la bombachita entre los tobillos, apoyando mi espalda en la pared para no caerme y sosteniendo con mis manos mi pollerita escocesa. Y allà estaba ella, agachada, tratando de repetir nuestra experiencia nocturna. Ahora era su lengua en mi clÃtoris, me chupaba con extrema laboriosidad y ambas excitadÃsimas con ese juego. Solo fueron unos instantes, pero eternos, memorables. Sentimos que MarÃa nos reclamaba por tener la puerta cerrada desde adentro. Mi amiga levantó su rostro y me miró pÃcaramente con sus labios mojados por mis jugos.
- ¡Salgan, vamos salgan!. ¿Por qué se encerraron? -No quise ver la diferente relación que plantearon sus padres hacia mÃ, pero poco después se fueron de la casa y esto provocó un temporal distanciamiento. El alejamiento hizo que nosotras calláramos lo que habÃamos sentido y lo durmiéramos por años como algo prohibido que no debÃamos repetir. Nos seguimos viendo con frecuencia durante toda nuestra adolescencia, compartiendo momentos, experiencias, amores, todo lo que conformaba nuestro mundo femenino. Ya de adolescentes nos comprometimos más la una con la otra, desarrollando nuestra personalidad pero a la vez sintiéndonos muy cerca.
De nuestra experiencia infantil nunca volvimos a hablar pero siempre estuvo presente en las miradas y en los gestos… Hasta que una noche sucedió lo impensado… vino por mÃ…
HabÃamos despedido a nuestros mutuos amigos y quedamos levantando las bebidas de la mesa, puchos y restos de comida. Fuimos a la cocina y solas comenzamos a recordar distintas anécdotas de cuando éramos pequeñas y reÃmos juntas, pero… su sonrisa se transformó en una mirada intensa que me desnudó… primero se clavó en mis ojos, luego en mi boca … Esa mirada revivió en mà todo lo que estaba interiormente adormecido, su provocación despertó lo reprimido...
No hubo necesidad de palabras, nadie interrumpirÃa lo incontenible. Se acostó a mi lado, suave, muy insinuante y acariciándome los pechos me susurró al oÃdo:
-¿Te olvidaste de nuestra primera vez?
-No- le contesté, inmediatamente vino a mi el recuerdo de ese aroma especial de la vagina de Leda bajo las sábanas y buscando su deliciosa y carnosa boquita la besé saboreando esa sensación, tan diferente, que renacÃa. Mis ojos la recorrÃan toda. Ella cerraba sus ojos complacida, en mi mente se agrupaban las imágenes que habÃa creado para llegar a una excitación o a un orgasmo. Nada que se compara con la realidad. Con tenerla allÃ, toda una mujer ofreciéndose completa, sin reparos. Sentà su cálida piel debajo mÃo, sus duros pezones, traté de sentirlos y apoyarlos coincidiendo con lo mÃos y asà frotarlos, apretar mis tetas con las de ella. Busqué su vagina con los dedos, abrà sus jugosos labios, y tomando mi dedo mayor se lo introduje buscando ese canal abierto, rozando sus bordes y mirando en su bello rostro -volcado hacia el costado-, algún indicio que me indicara dónde o de qué manera ella iba a gozando más mi penetración.
Aquello daba para más. Miré rápidamente a mi alrededor si habrÃa algo que pudiera satisfacerla enteramente. Lo encontré sobre la mesita, estiré mi mano y tomé un objeto de forma alargada, tallado en madera. Lo llevé a mi boca, lo mojé con mi saliva, se lo mostré y ella asintió. Comencé por chuparle, succionarle el clÃtoris. Mi lengua hacÃa todo un recorrido circular sobre él, y le producÃa mucho placer. Lo acompañaba con una leve incorporación de su tórax, tocándose los pezones y los pechos. Ya sabÃa dónde y cómo tocarla. Abrà un poco más sus delicadas piernas.
-Hermosa, preciosa... -le decÃa. Y realmente lo era. Volvà a mojar el objeto y se lo introduje. Ella lo recibió diciéndome que mi miembro era perfecto. Que lo introdujera sin miedo. Mis dedos no la dejaban en paz rozándo suavemente su clÃtoris inflamado, masajeando su monte, su pubis, penetrada por adelante busqué con movimientos acompasados meter mis dedos en su culo. Un culo rosado, de nalgas firmes y bien formadas. Acompañaba mis caricias llevando alternativamente la cabeza de un lado hacia el otro, y sin dejarla le busqué la boca para que me sintiera y yo pudiera sentir su beso pleno de deseo y excitación.
La volvà de espaldas, me tiré encima, la apreté con mi cuerpo, con mis tetas. Buscando con mis manos las de ella, y tocarla, manosearla, mientras le decÃa: -Divina. - Y rozando todo su cuerpo con mis duros pezones amarronados, llegando hasta su esfÃnter. Lo miré, lo lamÃ, sin dejar de acariciarle los hermosos glúteos.Me alegré de poder concretar con hechos los pensamientos que tenÃa hacia ella. Mientras esto pensaba, se volteó y me llevó a acostarme.
Me montó como una verdadera hembra caliente. Tomó el mismo objeto, y esta vez fue ella quien lo mojó con su saliva y me lo introdujo en la concha besándome, mordiéndome los labios hasta dejarme sin aliento. Besó mi cuello y tomó mis largos cabellos para pasarlos entre sus tetas. Buscamos juntas nuestro orgasmo. Constantemente frotaba mi clÃtoris mientras le pedÃa que no sacara su garrote, que no dejara de hacer lo que estaba haciendo, que me llevarÃa ineludiblemente a la explosión maravillosa en mi concha.
Jadeé…Grité su nombre…ahogó mi grito con su boca. Se tiró invitándome a repetir en ella lo mismo. La acaricié sobre los pechos subida a su cuerpo. Comencé con mis palmas, haciendo movimientos circulares en ellos, y apretando sus botones duros y erectos, bajé a su monte y me deslicé a su abertura lubricada, olà intensamente su aroma, sorbà los lÃquidos que manaban de su interior y coloqué un dedo en su culo.
-Penétrame, mi amor…. penétrame, me suplicó Tomé el improvisado pero efectivo miembro y activamente la cogÃ. Una y otra vez, y ella abrió sus piernas para recibirme… Exquisita, toda colorada, excitada, gozando como una hembra ardiente que no se privaba de nada…
Vi su lengua salir pasándola por todos sus labios y abrir su boca para gemir a cada contracción de su vagina, hasta llegar al momento cumbre. Cuando comenzó a mover sus pies raspando las sábanas. Volcó ese cuerpo blanco, tierno y delicado, de un lado a otro para poder contener el placer que sentÃa.
Leda aflojó, se distendió, se relajó. Abrió sus ojos vidriosos muy despacito y me miró.
-Otra vez como en la cocina… -dijo
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