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« en: Junio 08, 2006, 12:25:22 » |
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Bueno,. creo que deberÃÂa comenzar explicando lo que es ,AVON,, pero solo para los hombres claro, porque no creo que haya una mujer en el mundo que desconozca sus maravillosos productos (y no es propaganda, que conste).
Según pregonan ellos mismos en su publicidad AVON es la mayor compañÃa de venta directa en el mundo de productos para la mujer, y yo en mis ratos libres tengo el privilegio de ser una más entre sus miles de vendedoras. Cada año, al finalizar la temporada, AVON premia a sus mejores vendedoras con regalos y viajes. Yo siempre habÃa conseguido estar entre las primeras, pero estos últimos meses estaba dedicando demasiado tiempo a los relatos. Estábamos llegando al final de la temporada y yo distaba mucho de llegar a la meta que me habÃa propuesto.
La experiencia me decÃa que la forma de conseguir unos buenos pedidos era organizar una serie de reuniones en las que se explican los beneficios de los productos. Las clientas se animan unas a otras y asà se multiplican las ventas.
Hablé con mi amiga Blanca, ella es esteticista y tiene una gran clientela que se cuida mucho. Le hablé de una crema reductora para masajes corporales y otra para los pechos que ahora estaban de promoción, y me interesaba mucho venderlas porque daban puntos dobles para conseguir los premios.
Blanca no tuvo inconveniente, estuvo de acuerdo en que era una muy buena idea, pero que la suya era mejor. En vez de hacer una explicación de lo que eran los productos… ¿porque no hacer una demostración en vivo? De esa forma nos promocionábamos las dos. Yo los productos, y ella los masajes.
Estuve totalmente de acuerdo, y llegó el dÃa indicado. Mi amiga lo habÃa preparado todo, en la habitación donde tenÃa la camilla habÃa puesto una mesita pequeña con refrescos y algunas pastas, y alrededor de la camilla quince sillas para sus convidadas.
Comenzaron a llegar, y tal como tomaban asiento yo les entregaba un catálogo, un bolÃgrafo, y una hoja donde previamente habÃa impreso los productos que les Ãbamos a demostrar, para que les fuese mas fácil preparar sus pedidos.
Las quince mujeres eran totalmente diferentes, desde una jovencita, llena de granos, que me comentó que estaba probando una de nuestras gamas, hasta una abuela de unos 65 años, que explicaba a todas las maravillas de nuestras cremas, gracias a las cuales estaba guapÃsima y casi sin arrugas.
Coloqué el muestrario sobre la mesa camilla, y durante media hora les estuve explicando las excelencias de nuestros productos, y la necesidad de usarlos a cualquier edad, porque la mujer ha de cuidarse que hay mucha competencia, pues los hombres al llegar a cierta edad se vuelven tontos y necesitan tener a su lado una mujer presentable para no caer en la tentación.
Todas escuchaban atentamente y de vez en cuando observaba como alguna escribÃa en la hoja de papel.
---Bueno, y ahora la demostración--- dijo mi amiga--- ¿alguna voluntaria?.
Empezaron a cuchichear entre ellas, pero nadie querÃa ser el conejillo de indias. Mi amiga mirándome dijo:
---Lo siento, te ha tocado, creo que tendrás que serlo tú.
¡Vaya! Con esto si que no contaba, recordaba la otra vez que me dió un masaje, y… Uff, todavÃa no podÃa quitarme de la cabeza el rico orgasmo que tuve entonces. Delante de tanta gente no sabÃa yo si me atreverÃa, cogà a Blanca de la mano y la llevé fuera de la habitación.
---No puedo, me da vergüenza.
--- ¿No quieres vender? Pues entra ahà dentro, te quitas la ropa y te acuestas en la camilla,
Me asomé a la puerta, todas ellas estaban atentas a lo que pasaba, ¡que diablos! Pensé. ¡A ver si por un falso pudor perdÃa las ventas!. Entré y decidida me quité la ropa, quedándome en tanga, y acosté boca arriba en la camilla.
Con disimulo pasé la vista por las señoras que estaban a mi derecha, las sillas estaban colocadas en dos filas, y en la fila de atrás estaba la jovenFuente los granos, junto a otras tres señoras de unos 40 años. En la fila de delante habÃa una chica con minifalda, y desde mi postura le podÃa ver una sombra oscura entre las piernas: o no llevaba bragas o el tanga era tan diminuto que no le tapaba. Las otras tres llevaban pantalones.
Blanca se puso tras de mÃ, me dio un cariñoso cachetito para animarme, y tomando un bote de crema comenzó a masajearme los pechos. Lo hacÃa desde detrás, y al recostarse sobre mà quedaban los suyos a la altura de mi cara. Me masajeaba los pechos en redondo, desde la axila hasta el centro, una y otra vez, era muy agradable, y los pezones se me pusieron de punta. Mientras ella iba explicando a las señoras lo que hacÃa, su mano abierta como por descuido iba frotando mis pezones cada vez que pasaba por ellos.
Yo estaba muy nerviosa, recordaba punto por punto lo que sucedió la otra vez. Es verdad que entonces me pilló desprevenida, y que ahora teniendo espectadoras no creÃa que se atreviese a efectuar ciertos tocamientos, pero cuando sus manos empezaron a mariposear en mi cuello, llegando hasta la nuca, empecé a sentirme rara, estaba gustándome demasiado lo que sentÃa, sus dedos cálidos acariciaban cada centÃmetro de mi piel, mis dientes se apretaban para ahogar un suspiro, e intenté levantarme.
---Relájate ---dijo--- ¿No querrás que piensen que esto es desagradable?.
Era como si me dijese... ¿No quieres vender? ¡Pues déjate llevar!
Mis ojos se dirigieron a mi derecha, la chica de los granos tenÃa la chaqueta sobre la falda, y la mano sospechosamente bajo ella, y la de la minifalda se la veÃa apretar los muslos con fuerza… Estaba segura que se habÃan excitado, y a mi empezaba a gustarme verlas excitadas.
Blanca me pidió que me diese la vuelta, mi tanga era de tirita y se me metÃa en la rajita, pareciendo por detrás que no llevaba nada, y ella empezó a explicarles los beneficios de la crema reductora que me iba a aplicar en los muslos, nalgas y caderas.
Empezó a masajear mis pies, dedo por dedo, estirándolos y doblándolos repetidamente, puso algo de crema reductora en las manos y comenzó a masajear mis pantorrillas, mis nalgas, despacio, muy despacio, sus manos se deslizaban fácilmente por la parte interna de los muslos, llegando incluso a tocar la parte externa de mi sexo.
Justo enfrente de mà habÃan dos señoras de unos 50 años, se las veÃa muy inquietas, yo miraba de reojo y observé como humedecÃan los labios con la lengua, y también que apretaban sus piernas en un inequÃvoco gesto de excitación.
Blanca continuaba masajeando mis glúteos, y sus dedos gruesos se introducÃan bajo la fina tira del tanga para masajear el agujerito del ano, mientras explicaba que este masaje era muy relajante.
---SÃ, sÃ, relajante--- pensé yo, mientras mis terminaciones nerviosas se tensaban como cuerdas de guitarra. A duras penas podÃa aguantar los gemidos, y todas las mujeres se estaban dando cuenta.
Mi vientre se apretaba en la camilla, y mi pelvis se movÃa involuntariamente, mis pezones estaban como piedras y me dolÃan al apretarse en la camilla.
La chica de la mini falda se levantó y salió de la habitación, la vi como en un sueño, porque empezaba a sentir los primeros latidos de un orgasmo y bastante trabajo tenÃa para controlar mis gemidos. Blanca lo sabÃa, y seguÃa trabajando sabiamente, con sus dedos que ya se deslizaban totalmente bajo el tanga frotando mi monte de venus, y como al descuido rozaba el clÃtoris.
A mi ya habÃan dejado de importarme las espectadoras, y me arqueaba para facilitarle el trabajo. HabÃa un gran silencio, solo se oÃan el movimiento de las manos, mis gemidos ahogados, y algún suspiro de las excitadas espectadoras. La joven de los granos, con sus manos bajo la chaqueta se movÃa inquieta, y sus mejillas estaban rojas como la grana.
De pronto sentà como mis fluidos se derramaban, y ya no pude acallar un pequeño grito que quise ahogar con el puño. Me quedé relajada, puse la cabeza sobre mis brazos, y esperé a que mi corazón recuperase su ritmo.
Blanca, al notarlo, dió por acabada la sección de masaje. Muy risueña comenzó a repartir refrescos entre las asistentes, que emocionadas reclamaban horas para próximos masajes.
Me vestà y dediqué a recoger las hojas con los pedidos, se acercó la chica de la minifalda con la suya en la mano.
---Ha estado fantástico ---me confesó--- tuve que ir al lavabo a masturbarme, nunca, nunca, nada me habÃa excitado tanto.
Me puse colorada, pero al coger su hoja vi que me habÃa preparado un gran pedido. Pensé… ¿no quieres vender? pues entonces déjate llevar, y eso justo es lo que habÃa hecho.
Volvimos a repetir la experiencia un par de veces, y desde luego gané mi premio por ventas. Estoy pensando ahora en patentar el sistema, porque... ¿que mas se puede desear si además de trabajar en lo que te gusta lo haces gozando...?
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