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« en: Junio 08, 2006, 12:24:52 » |
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Andrea me presentó a sus amigos del pueblo, a cuya casa iba todos los fines de semana y los cuales se alegraron de que hubiera encontrado una amiga que la acompañara en sus correrÃÂas.
Por ello no les extrañó que pasáramos muchas horas juntas, incluso que alguna noche pernoctara en mi casa. En la ciudad también todo eran facilidades. La familia de Andrea vivÃa a dos calles de mi apartamento, y el Instituto donde ésta finalizaba unas asignaturas para luego ir a la Universidad, estaba frente por frente a mi casa. Todo iba sobre ruedas. Le di una llave para que entrara cuando lo deseara, estuviera yo o no, y que dispusiera de cuanto en ella habÃa. Yo solÃa dejarle una nota sobre la mesilla del salón diciéndole cuando volverÃa, mi horario de trabajo y lo que pudiera interesarle para tenerme localizada en una incidencia. Ella me correspondÃa con la misma moneda.
En fin, que éramos felices y con una gran libertad para nuestras cosas. Andrea estaba totalmente entregada a mÃ. Lo que yo le ordenara lo hacÃa contra viento y marea, con gusto aunque no estuviera muy de acuerdo. Solo pedÃa cariño, mucho cariño; que la apretara contra mà y la besara locamente. Yo no abusaba de esta sumisión y daba a Andrea la libre elección de sus preferencias.
Nuestras sesiones de sexo eran prolongadas. Andrea siempre estaba a punto para entregarse, y cuando observaba que yo me demoraba en cogerla se me arrimaba haciendo arrumacos y ronroneando como una gata. Eran encuentros maravillosos en los que me brindaba lo más encantador de su inexperiencia y su nueva faceta de discÃpula que quiere aprender pronto. Pasaba de la total entrega sumisa a ser la mujer que tocaba y experimentaba para dar nuevos placeres. Me pedÃa que la enseñara, que la enseñara todo, fuera como fuera.
Un dÃa, cuando yo visitaba con mis besos su sexo estremecido y tocaba con la punta de la lengua el clÃtoris erguido, me hizo dar la vuelta y poner sobre su boca mi vulva humedecida. Fue un 69 en el que Andrea se despachó a gusto remedando mis acciones anteriores. Y lo hizo con arte sumiéndome en un orgasmo estremecedor.
A los poco dÃas algo turbó nuestros habituales encuentros. Algo que no habÃa previsto, pese a que debà tenerlo en cuenta.
Estábamos las dos desnudas sobre la cama. Descansábamos de un dÃa agotador para ambas. Exámenes para Andrea, y trabajo duro para mà en la ClÃnica. Comentábamos las incidencias, cuando sonó el timbre de la puerta. Nos miramos sorprendidas. Volvió a sonar, y me levanté poniéndome una bata. Fui a abrir, quedando Andrea en el lecho. Era Luisa la que llamaba. ¿Se acuerdan ustedes de Luisa? Luisa fue mi compañera de habitación en la Escuela de EnfermerÃa, con la que tuve mi primera experiencia lésbica total y cuyas incidencias relaté en "Todo empezó sobre ruedas".
Luisa solÃa visitarme de cuando en cuando. Hablábamos, salÃamos juntas de compras, o hacÃamos el amor si nos lo pedÃa el cuerpo, ya que todavÃa nos quedaba aquel rescoldo de los diecisiete años el que renovábamos con frecuencia. Esta vez venÃa a traerme un pequeño tapete de mesa que me habÃa hecho con estambre. VestÃa un breve vestido estampado y era todo sonrisas y abrazos. Entonces volvà a la alcoba y le dije a Andrea que descansara, que yo atenderÃa a una amiga y volverÃa pronto.
Y me puse a alegar con Luisa sentadas en el diván. Ella, al observar que solo vestÃa la bata, y que de cuando en cuando se me asomaba la pierna hasta el muslo, fijaba sus ojos en mà y se me iba acercando poco a poco, hasta que como quien no quiere la cosa puso su mano sobre mi muslo. Continuó hablando, pero ya no estaba mucho en el tema; comenzó a acariciarme el muslo y a subir su mano, muy suavemente, en busca de otros lugares. Yo la dejé hacer, pues me estaba excitando y mis piernas se iban abriendo lentamente. Luisa entonces me besó, posó su mano en mi sexo y se abalanzó sobre mà farfullando: "¡Vamos, Yaiza, vamos a la cama que te voy a comer toda!" "¡quiero joderte, Yaiza, quiero comer tu coño... ! ¡vamos... ! ¿a qué esperas, cariño?"
Y entonces me acordé de Andrea. Luisa me habÃa puesto tan caliente que habÃa olvidado que la alcoba estaba ocupada. Procuré resistir los embates de Luisa y pensé como arreglar el asunto. Pensé rápido, pues Luisa no me daba el más mÃnimo respiro ya que estaba totalmente salida y me querÃa violar sobre la marcha. Al fin encontré la solución. Contuve a Luisa que se agitaba, me levanté a llevarle un vaso de agua y la amenacé por echárselo por encima. Llegué a gritarle pidiéndole que se sosegara, y al fin logré calmarla y dejarla respirando más tranquila. Entonces le hablé y le conté lo que habÃa pensado. Lo captó enseguida y decidió colaborar conmigo en la experiencia que habÃa pensado. Ni que decir tiene que a estas alturas ya estábamos las dos totalmente mojadas y temblorosas.
Me quité la bata y entré desnuda en la alcoba. Andrea estaba medio adormilada. Me tendà en la cama junto a ella y la besé tras el oÃdo. La abracé fuerte.
- ¿Y tu amiga?
- Está dándose una ducha. Luego te la presentaré. - y comencé a acariciarla y tocarle esas zonas erógenas que la ponÃan a punto para todo. Bueno, a Andrea no hacÃa falta tocarle muchos puntos, pues siempre estaba dispuesta a que la acariciaran. Comenzó a respirar entrecortada y a dar pequeños suspiros. Entonces entró Luisa en la habitación vistiendo mi bata y Andrea dio un respingo apretándose contra mÃ.
- ¡No te asustes, mujer! Es mi amiga Luisa, y ya tienes que acostumbrarte a que te vean desnuda. Anda, salúdala. Luisa, esta es Andrea.
Luisa se acercó a la cama mostrando por la bata entreabierta su espléndido cuerpo de mujer de 26 años, en plena sazón. Se inclinó sobre Andrea y le dio un beso en la boca.
- ¡Hola, Andrea, Yaiza me ha hablado mucho de ti, y me parece que se quedó corta en los elogios. Eres una preciosidad. - y diciendo esto cogió una butaca y la situó dando frente al borde de la cama por cuyo lado estaba Andrea. Se sentó y ya su cuerpo no se ocultaba a las miradas. Los altos pechos, prietos y arrogantes, la breve cintura, las caderas que se expandÃan en el asiento, los largos muslos abiertos y el turbador sexo que mostraba su negror sin ningún recato. Y asà estaba el escenario: Andrea y yo tendidas en la cama; yo pasaba mi brazo derecho bajo el cuello de Andrea recostada sobre mi hombro y posaba el izquierdo sobre su vientre. Junto a la cama, Luisa mostraba sus encantos, a los que Andrea, todavÃa nerviosa y agitada, lanzaba rápidas miradas.
Hablamos un rato. Comentamos alguna cosa mientras yo, como distraÃdamente, iba rozando con mis uñas el vientre de Andrea, llegando hasta los tibios globos... subiendo por ellos hasta los pezones que comencé a acariciar con la palma de la mano haciendo cÃrculos sobre ellos... Andrea comenzó a agitarse, a mover sus piernas, a gemir bajito... entonces la atraje hacia mÃ, la acerqué hacia mi lado de la cama y comencé a besarla. Andrea se estremeció fuertemente y dio un gran suspiro cuando sintió que Luisa se acostaba a su lado. Se puso a temblar y se apretó más contra mà musitando palabras inconexas, llorando y lanzando un largo gemido que subÃa y bajaba de tono entrecortadamente. Mis manos, mientras iban a acariciar su sexo, se encontraron con las de Luisa que seguÃan la misma ruta. Y Andrea se daba cuenta. Cuando mordà su pecho, percibà como Luisa mordÃa el otro. Y Andrea se daba cuenta. Cuando mi lengua buscó la suya, encontró la de Luisa que ya vibraba en su boca. Y Andrea se daba cuenta...
Por eso gritó, gritó muy fuerte... se revolvió en la cama, se contrajo y volvió a gritar dando bruscas sacudidas y derramándose toda. Andrea acababa de sentir su primer orgasmo con dos mujeres.
Quedó lasa en la cama. Abierta de piernas y brazos. Escarranchada en una impúdica, bella y alucinante visión respiraba agitada y sus ojos nos miraban a la una y la otra con intensidad, como agradeciéndonos el placer que le habÃamos dado, cuando en realidad era ella las que nos habÃa lanzado a lo más alto.
Su capacidad de reacción no se hizo esperar. Tendió sus brazos hacia nosotras y nos agarró como el sediento pide el agua que mitigue su sed.
- ¡Otra vez... otra vez...! ¡quiero que me sigan jodiendo...! ¡que me jodan toda...! ¡por favor...! ¡más... mucho más... mucho más...! ¡quiero correrme... quiero que me follen...! ¡por favor... por favor...!
Luisa y yo nos repartimos la tarea. La visitamos toda. La hicimos correr y nos corrimos... y nos dejamos cosas en reserva, pues no se podÃa tocar y mostrar todo en un primer "ménage a trois". Andrea iba aprendiendo y de forma aprovechada... ¡Pero le faltaban tantas cosas por aprender todavÃa...!
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