admin
Administrator
Hero Member
    
Mensajes: 1180
|
 |
« en: Junio 08, 2006, 10:29:10 » |
|
... Cecilia se preguntó por milésima vez por qué su marido insistÃÂa con sus caricias de enamorado púber.. ¿No habrÃÂa algunos gramos de macho cabrÃÂo en su deseo sexual?
Cecilia odiaba las palabras dulzonas, los tibios besos de amor, y el cariño tranquilo y mesurado de Gustavo. Le hubiera gustado un hombre más violento, una dosis de brutalidad, alguna palabra que la sacudiera después de diez años de "mi vida, tesoro, te adoro". Cuando Gustavo hubo respetuosamente eyaculado, Cecilia se volteó a buscar un cigarrillo, que era su único vicio al lado de él... Por lo menos, su único vicio confeso, porque en su intimidad, su fantasÃa la llevaba por caminos satisfactorios, pero prohibidos. También habÃa pensado en compartirlo con Gustavo, confesarle su frustración y su necesidad, tal vez llegar a un acuerdo que incluyera a otros, a cualquiera que fuera, porque su insatisfacción le habÃa estropeado el humor.
Esa mañana se encontró con el portero en el ascensor. Su mirada sucia y su tono de voz le causaron un tumulto hormonal.
-¿Cómo va esa belleza? -Le murmuró él, y Cecilia sintió un revoltijo en el lugar donde su marido no llegaba nunca... Esta vez se detuvo a mirarlo, vio su cuerpo grande, moreno y no demasiado pulcro, sus manos toscas, su presencia de macho en celo siempre dispuesto a "alguna actividad de las que no se realizan en la vereda", Cecilia pensó, o más bien visualizó cómo la atropellaba y la apretaba contra la puerta de su departamento. Cuando se abrió el ascensor, Cecilia estaba hirviendo en su propio caldo y decidida a cualquier cosa...
GUSTAVO PIENSA...
Gustavo se preguntó por milésima vez por qué estaba fingiendo algo que no habÃa existido nunca...
Cecilia era una mujer magnÃfica, a la que querÃa muchÃsimo, pero ese tipo de sexo lo dejaba helado... Mientras cabalgaba sobre ella, su fantasÃa lo estaba llevando a otras praderas, a otras monturas, a otras formas de relación que sà lo satisfacÃan plenamente... Gracias a Dios o al diablo, cuando el acto se estaba haciendo tedioso y sin resolución, se imaginó al bruto del portero cometiendo un atropello contra su persona, en ese mismo momento...
Fantaseó que entraba a la habitación y al mismo tiempo que él hacÃa su deber marital (era un deber casi), lo penetraba brutalmente entre gritos y sorpresa. Gustavo pudo "honestamente" eyacular desenfrenadamente y tuvo que morderse la lengua para no murmurar exhausto "Te adoro Ignacio" en el momento sublime.
SÃ, decididamente, Gustavo va a conversar largo y tendido con Cecilia...
II
A la semana siguiente Cecilia habÃa decidido acceder al portero Ignacio en el clÃmax de un fuego interior que no podÃa apagar ni con Gustavo (por supuesto), ni sola ni echando mano a todo tipo de utensilios domésticos.
Como sabÃa sus horarios, una mañana espió su recorrida por los pisos, y se asomó cuando llegó al suyo.
-Buen dÃa, Ignacio- le dijo asomada a medias al pasillo- tengo un problemita con una cañerÃa... ¿Lo mirás, por favor? - Se sintió una puta regalada, algo nuevo y conmovedor. Y pensó "Efectivamente, tengo un problemita con una cañerÃa..."
A los diez minutos, el portero sacudÃa como un ángel la campanilla de la puerta de Cecilia. Ella lo invitó con un café, y él, como sabio animal salvaje, olfateó la carne bien dispuesta. Luego de ese comienzo, sólo recordarÃa la mirada astuta y lasciva de Ignacio y su pericia desenfrenada. A continuación ya estaba apoyada de frente a la mesada de mármol, con su hermoso e intacto trasero expuesto a la incursión de un indio llegado a la Capital recientemente. Gustavo nunca habÃa intentado usarla de montura, vaya a saber porqué, y Cecilia no habÃa sido una esposa infiel... Era su primera vez en esa área restringida, y sin permiso, la violencia la convirtió en la cautiva que iba a ser domesticada. El dolor fue pronto dejado de lado por un Placer Feroz, que la hizo clamar por su Dios y el de los otros, mientras una boca voraz y lujuriosa le llenaba el oÃdo de palabras oscuras y obscenas que la empujaron a un mundo brutal y desconocido donde sus hormonas desbocadas aullaban por más que eso se llamara como se llamara, y viniera de quien viniera...
-Yegua mal cogida habÃa sido la patrona-. Este fue el poético epÃlogo mientras las manos toscas soltaban su cintura haciéndola golpear contra la mesada.
Cecilia no sabÃa cómo voltear a mirarlo; se subió el pantalón y se secó las lágrimas de puro gusto que la mojaban toda.Cuando se dio vuelta, de frente a ese moreno portentoso, pensó en lo alto que era a su lado, qué fuerte, y qué hijos de puta, él y ella, y la vida mezquina que no le habÃa dado esos quince gloriosos minutos, quince años antes....
III
Cuando Gustavo entró al departamento sintió un aroma desconocido, medio salvaje, para su olfato delicado. Al sentarse a ver la televisión, Cecilia le sirvió papas fritas, manÃes y una gaseosa. A Gustavo, Cecilia le pareció otra persona
-¿Tenés otro perfume? - le preguntó.
-No- dijo ella.
Gustavo la miró parada al lado del sofá, tenÃa un "desborde energético". Gustavo sólo se sonrió como un idiota, parecÃa que sus atributos de mujer le habÃan crecido y se habÃan multiplicado. Siguió sonriendo, sin saber porqué, como percibiendo una sensación inquietante.
-¿Qué pasa? -Preguntó Cecilia, y lo miró fijamente. Gustavo sintió una sacudida, como un temblor de la tierra.. Los ojos de Cecilia, sosegados, ahora estaban en tormenta? Su gesto, gentil y amable, ahora era sensual y agresivo. Definitivamente, no parecÃa la mujer con la que se habÃa despertado esa mañana. A Gustavo se le pasó una idea fugaz por el alma, acerca de las pasiones demonÃacas.
Cecilia se paró delante de él, que se quedó sentado y quieto, tapándole el televisor. Lo siguió mirando mientras se arrodillaba. Con un movimiento lento le abrió las piernas, le bajó el cierre del pantalón y le metió la mano. Gustavo siguió sonriendo mientras ella le bajaba el pantalón, le corrÃa el calzoncillo, le sacaba el miembro y empezaba a chupárselo como nunca antes.
Ya estaba sintiéndose violado, muy violado por esa boca hirviente que no reconocÃa de quién era, cuando ella murmuró desde entre sus piernas:
-Hoy vamos a empezar a conocernos, mi vida.
|