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« en: Junio 08, 2006, 11:02:03 » |
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Cuando comencé mi vida con Santiago, soñaba, como toda jovencita llena de proyectos, formar una familia y dedicar mis horas a la crianza de niños y a mi trabajo de decoradora de interiores, que tanto me gustaba.
Después de varios años de noviazgo, creÃamos conocernos y comprendernos como pocos de nuestros matrimonios amigos. Santiago era para mà un hombre admirable, muy educado y apuesto aunque, como todo machista empedernido, bastante reservado en sus asuntos y poco demostrativo. A pesar de que estábamos enamorados, habÃa momentos en los que me sentÃa sola. Y la ausencia de hijos hacÃa más profunda esa sensación. Fue en uno de esos dÃas cuando recibimos la noticia que por viaje de negocios, vendrÃa a quedarse en casa por unos meses mi cuñada, ya que la multinacional para la que ella trabajaba habÃa decidido aventurarse a invertir en este paÃs ( porque eso sà debe ser considerado una aventura)y construir una cadena de centros comerciales con diseños y tecnologÃa de vanguardia. Virginia era la hermana de Santiago que yo no conocÃa, ya que se habÃa ido a vivir a California apenas recibida de arquitecta, y gracias a una beca que obtuvo en ese entonces por sus altas calificaciones. Yo habÃa visto sólo algunos de sus trabajos, y su creatividad, su sensibilidad estética y el talento de sus manos eran increÃbles. El dÃa que mi marido fue a recibirla al aeropuerto, yo me quedé en casa para asegurarme de que todo estuviera en perfectas condiciones: la limpieza, los detalles, su dormitorio, la comida. Me arreglé y me maquillé para dar una buena impresión a mi huésped. Cuando sentà la bocina fuera de casa, sonaba también en el living el alto y antiguo reloj de pie que habÃa heredado de mi abuela, y que movÃa su bien pulido péndulo anunciando la hora de almorzar. Al asomarme al jardÃn para ayudar a bajar el equipaje, mi cuñada ya inclinaba su voluptuosa figura para descender del vehÃculo. Mientras nos presentábamos saludándonos afectuosamente, pude ver sus hermosos ojos azules y cómo su rizada y abundante cabellera brillaba a la luz del caluroso sol del mediodÃa.
II
Los primeros dÃas transcurrieron entre charlas y confidencias, y mi marido disfrutaba de ver cómo habÃamos llegado a congeniar a pesar de habernos conocido hacÃa tan poco tiempo. A pesar de llevarme siempre muy bien con mis parientes polÃticos, él temÃa que la falta de experiencias en común entorpeciera la relación. Pero habÃamos descubierto un punto de encuentro, algo que a las dos nos apasionaba: nuestro trabajo. La arquitectura y la decoración siempre se llevaron bien, son el complemento perfecto para hacer del confort del hombre una obra de arte y convertir la rutina en una experiencia placentera. Las mañanas eran nuestras horas libres, y solÃamos pasar muchas de ellas consultándonos ideas y proyectos antes de salir hacia nuestros trabajos, mientras el reloj sumaba cada vez más golpes a sus campanadas. Todo comenzó aquella noche de la semana siguiente, cuando las campanadas del reloj comenzaron a sonar inesperadamente y me arrancaron violentamente de mi sueño. Entonces me di cuenta de que habÃa olvidado anularlas como lo hacÃa todas la noches, justamente para no tener que pasar por esto. Fastidiada conmigo misma por mi desmemoria, me levanté no sin esfuerzo, para callar esos sonidos que, en esas circunstancias, se habÃan convertido en un ruido insoportable. Y entonces la vi. Restablecido el silencio de la noche, me dirigÃa nuevamente a mi cama, cuando al pasar cerca de su dormitorio escuché unos suaves gemidos que despertaron mi preocupación. Entonces, ingenuamente, me dirigà hacia su alcoba para despertarla de lo que yo imaginaba era su pesadilla; pero cuando me asomé a su puerta entreabierta me di cuenta de que, para mi suerte, me habÃa equivocado. Y presencié la escena más hermosa jamás imaginada, que cambió mi vida para siempre. Ella estaba recostada en su cama con los ojos cerrados, y con sus gráciles manos recorrÃa lentamente todo su cuerpo, apretando y arrugando la seda de su camisón violeta, que poco a poco iba descubriendo esos pechos, tan apetecibles como sus carnosos labios color rubÃ. La luna, desde la ventana, bañaba caprichosamente su blanca piel y en la oscuridad de la noche, transformaba las contorsiones de ese agitado cuerpo en un mágico y maravilloso juego de luces y sombras. Mi corazón no hacÃa más que latir como un caballo desbocado, y sin entender lo que me pasaba, la necesidad de mirar se volvió imperiosa. Comencé a desearla cuando la vi jugar con su sexo ardiente y mojado. Abrió sus piernas y sus jugos brillaron como finos rÃos de plata ante el resplandor de la luna; rÃos que iban a morir a un mar que yo imaginaba dulce y tormentoso, agitado por las olas de sus dedos que se hundÃan en él inquietos y desesperados, como buscando un tesoro perdido. Y el tesoro fue encontrado. Lo supe cuando la escuché gemir y jadear y retorcerse con la desesperación de un condenado a muerte, mientras sus entrañas se aferraban espasmódicamente a ese improvisado barco que ella hizo naufragar en sus profundidades, socavando los confines de su ser. Y después de la tormenta, llega la calma. Las olas se aquietan y devuelven los despojos a la playa. Se dejó volar unos segundos exhalando un largo y suave suspiro de placer y, con la satisfacción dibujada en sus ojos, giró su rostro hacia la puerta, me miró con una sonrisa cómplice y se entregó a esa lasitud que trae al sueño. El espectáculo de luces y sombras habÃa terminado, y la luna contorneaba su figura mientras dejaba al desnudo entre sus curvas los sinuosos caminos del placer. Y yo, desconcertada, me fui a dormir con mi tormenta a cuestas.
III
Cuando Santiago se levantó para ir a trabajar al dÃa siguiente, yo apenas habÃa dormido algunas horas. Pero mientras servÃa su desayuno, le noté una chispa y un romanticismo poco frecuentes en él a esa hora de la mañana. -No sabÃa que mi mujer podÃa convertirse en una amante tan apasionada-me dijo mientras me abrazaba por la espalda, tomándome de la cintura y besándome el cuello tiernamente--Anoche estuviste fantástica. Reà pudorosamente, sin saber qué decir. Cómo hacer para explicarle las verdaderas razones de tan inesperado desborde de pasión a esa hora de la noche, sin que se sienta dolido? No podÃa contarle lo que habÃa visto, y mucho menos lo que habÃa descubierto en mÃ. Pasó que esa noche, después de lo presenciado, mi excitación era tan grande que al volver a mi cama no podÃa retirar las imágenes de mi mente. Y mientras pensaba en ella, comencé a besar a mi marido y a acariciarlo con toda esa ternura y esa pasión que ella me habÃa inspirado. Él despertó desconcertado, pero dispuesto a continuar con el juego. Su boca se apoderó de mis pechos con la urgencia de un león hambriento, erizando sus pequeñas puntas morenas. Y yo, imaginaba sus carnosos labios color rubÃ. Él recorrÃa suavemente con sus dedos todos los laberintos de mi piel. Y yo, recordaba sus gráciles manos desnudando esos apetecibles pechos de miel. Ya fuera de mÃ, sólo buscaba librarme de ese deseo cuando me vi sentada sobre él cabalgando desenfrenadamente sobre su miembro viril y generoso. Mi sexo lo fagocitaba vorazmente al tiempo que mis caderas se mecÃan acunando mis pensamientos más prohibidos. Y pensé en sus rÃos. Y en su océano. Y en las olas de sus dedos buscando el tesoro perdido. Al fin estallamos en medio de un improvisado coro de gemidos contenidos. Cansadamente, me dejé caer hacia mi lado de la cama. Cerré los ojos y, secretamente, le dediqué a ella mis suspiros.
IV
Después que mi marido se marchó a su trabajo, regresé a mi cama un poco culposa y avergonzada. Por primera vez en mi vida, sentà que lo habÃa engañado. Pero no iba a volver a suceder. La luz del dÃa pone claridad en los pensamientos y nos trae nuevamente a la realidad. -Fue la noche...el calor...la curiosidad....-pensé-En otras circunstancias, yo nunca desearÃa a una mujer. Y traté de olvidar lo sucedido. Los dÃas siguieron pasando y nos dedicamos de lleno a nuestro trabajo: Virginia me habÃa pedido que decorara lo que iba a ser el despacho del gerente de uno de los centros comerciales, porque la empresa tenÃa un tiempo lÃmite para cumplir con los contratos y el trabajo era arduo y complicado. Yo acepté gustosa el desafÃo. Además, trabajar para semejante empresa serÃa una buena carta de presentación en mi currÃculum. El dÃa de la entrega de nuestro proyecto, nos habÃamos levantado más temprano que de costumbre, porque debÃamos ultimar varios detalles importantes. Gracias a Dios, esta vez podrÃamos trabajar más tranquilas, porque el calor habÃa dado paso a una fresca y copiosa lluvia de verano, que golpeaba y corrÃa por las ventanas transformando las plantas del jardÃn en fantasmas verdes agitados por el viento. La radio me acompañaba siempre en mis solitarias horas de trabajo, pero esta vez, fue Virginia la que decidió que escucháramos un poco de Bernstein y Gershwin, ya que ésto nos ayudarÃa a lograr mayor productividad en menor tiempo. Y no se equivocó. Por habernos levantado más temprano y sabiendo que nadie sale a hacer visitas en un dÃa como éste, ambas nos habÃamos quedado en nuestra ropa de dormir. Su camisón, rojo y un poco transparente, la cubrÃa hasta los pies, pero el escote de su espalda dejaba ver audazmente su cintura, mientras la diminuta ropa interior de encaje de seda se traslucÃa indiscretamente al contacto con la gasa. Yo habÃa dormido con mi remera favorita, una sudadera trama ancha de mi marido, blanca y de grandes sisas que por momentos dejaban ver los flancos de mis senos despreocupadamente. Dibujábamos concentradas y en silencio mientras los acordes de "Tonight" llenaban el estudio. En un momento, por tratar de alcanzar unos pinceles de la repisa cercana al escritorio de Santiago, Virginia se alzó sobre las puntas de sus pies apoyando una de sus manos sobre el sillón giratorio. Inesperadamente éste cedió, y ella cayó golpeando fuertemente su cuello contra el posa-brazos de metal. Acudà en su ayuda con rapidez, y mientras ella se incorporaba dolorida y se sentaba en una silla, sólo atiné a masajear suavemente sus hombros y su cuello para calmar su malestar. Al tiempo, "Summertime" llevaba el ritmo de mis manos. Parada detrás de ella, podÃa ver bajo ese escote su pecho asustado y palpitante. Y esos senos....blancos, redondos y prohibidos, como la luna que los vio nacer entre las sombras esa confundida noche de placer. Y recordé su camisón violeta...sus curvas...sus gemidos...su mirada y su sonrisa cómplice. Mi confusión y mi vergüenza. Mi tentación y mi delirio. Después de unos segundos, ella tomó mis manos y girando hacia mÃ, las besó mientras me agradecÃa la atención y se incorporaba, recorriéndome con sus ojos claros. Las piernas comenzaron a temblarme y el pudor obligó a mis ojos a alejarse de su rostro para vagar desorientadamente por el cuarto. -Es hora de tomar un café-inventé, aturdida por el calor de mi sangre que se agolpaba en mi piel y delataba mis temores. Me dirigà rápidamente a la cocina, más que nada para huir de esa tentación que no podÃa confesar. El corazón se me agolpaba en el pecho y mi respiración parecÃa no encontrar el aire suficiente. La tormenta se habÃa desatado también en mi interior; mis sentidos eran ahora los cristales deformantes del deseo y mis sentimientos los agitados fantasmas de la pasión. Cuando volvà al estudio con las tazas de café, la vi inclinada sobre el tablero coloreando unos arbustos, mientras los finos breteles de su camisón caÃan como al descuido sobre sus brazos dejándome ver sus desbordantes pechos. Me miró con sorpresa, se acomodó el escote y tomó su taza de café. Yo no podÃa dejar de mirarla, deseándola secretamente. Nunca habÃamos hablado de su pareja y de las causas del fracaso de esa relación. Ella era extrovertida, pero muy reservada en sus asuntos personales. Mientras Bernstein hacÃa su trabajo con "Somewhere", nos habÃamos sentado displicentemente en el sofá a saborear nuestro café. Fue entonces cuando noté que acomodaba reiteradamente las sisas de mi sudadera, incómoda (pensé) por alguno que otro sorpresivo desnudo de mis senos, que se escapaban por ellas quizás por nerviosos e impacientes. Rozó como al descuido mi piel con el dorso de sus dedos acariciándome suavemente, en un intencionado accidente que sólo después llegué a comprender. Mi corazón comenzó a dar saltos y casi sin querer, me sumergà en el poderoso hechizo de sus ojos azules, ocultos tÃmidamente bajo sus dilatadas pupilas. "MarÃa" inundó con la magia de sus sonidos todo mi ser. Los violines me empujaron al abismo de su boca, tantas veces deseada. Y la besé. Sin saber lo que hacÃa y arriesgándome al rechazo, la besé. Casi ni pude creerlo cuando ella tomó mi cuello entre sus manos y se apoderó de mis labios sorprendidos. Me besó desesperadamente mientras yo saboreaba su aliento entrecortado y tibio. Al instante, en un arrebato de conciencia se alejó, perturbada, dándome la espalda. -No podemos- me dijo-No debemos. Tarde o temprano la realidad terminará por destruirlo todo.- Pero ya era tarde. Ahora, mi realidad era ella. Desde mi lugar mis ojos disfrutaban de su larga columna como perlas nacaradas.. En silencio y para consolarla, fatigué su espalda de lentas y llamadoras caricias. Para terminar de convencerse quizás, giró hacia mà y lentamente dejó caer la roja gasa hasta su cintura, ofreciéndome tÃmidamente sus pechos desnudos. Me abalancé sobre ellos, por miedo tal vez a que volaran como dos palomas temerosas, y los besé....y los mordÃ....y los mojé....mientras ella me acariciaba con la sensibilidad que sólo una mujer puede tener. Deslizó sus manos bajo mis axilas y se apoderó de mis pequeños pechos apretándolos con frenesÃ. Ya sin poder reconocerme, me arranqué la ropa para sentir sus pechos contra los mÃos, al tiempo que buscaba su boca y con el peso de mi cuerpo, la recostaba lentamente en el sillón. Ya embriagada por sus besos, mis dedos se hundieron en sus bragas, buscando en su capullo ese botón mágico que me abrirÃa las puertas de su ser. Y al instante, sin recelos, abrió sus piernas y me ofreció su sexo como una joya preciosa. Bebà desenfrenadamente de su fuente que, como el agua salada, sólo me provocaba más sed. Y con mis rodillas a los costados de su rostro, le di también de beber mis jugos tibios. –Juega-le indiqué –Siente mi ardor-Su lengua fue presa de mis arenas movedizas que la atrapaban y la sumergÃan empecinadamente a sus profundidades. Éramos dos brasas encendidas. Dos llamas crepitantes avivadas por la lujuria. Sentà cómo sus dedos se abrÃan paso entre mis carnes, y cómo los mÃos la hacÃan estremecer en un quejido largo y desgarrado. –Mi amor....- la oà susurrar. Nuestros dedos comenzaron a agitarse en una danza de jadeos y gemidos, hasta que pudimos sentir por fin el latir de esos muros estrechos y carnosos, fundidos en dos orgasmos que palpitaban acompasadamente junto a las campanadas del reloj. Con sus once golpeteos, aquel mudo testigo parecÃa advertirnos discretamente desde el comedor que mi marido estaba pronto a regresar para el almuerzo.
V
-¿Terminaron el proyecto?- preguntó Santiago mientras Virginia y yo levantábamos los platos de la mesa. -No- se adelantó a contestar ella-Porque esperamos algunas indicaciones en la reunión de directorio de esta tarde, para darle los últimos detalles-y me miró disimuladamente, como buscando aprobación. -SÃ- contesté un poco nerviosa y esquiva, temiendo que leyera en mis ojos la mentira- Debemos estar en la empresa a las cuatro de la tarde.- Cuando el reloj dio tres campanadas, estábamos listas para partir y mi marido acababa de levantarse de su corta siesta, para salir de nuevo a la oficina. Era para él una época de mucho trabajo, ya que enero es el mes que los estudios contables tienen para realizar los balances y presentar la documentación en los organismos pertinentes. -Nos vemos esta noche- me dijo él provocativamente, dándome un beso y apretando mis nalgas con sus manos. -Si, claro.-respondà un poco aturdida, apresurada por ganar la puerta; desde allà mi cuñada nos miraba, silenciosa. -Vamos- le dije, y acomodando mi cartera al hombro me dirigà hacia el auto. La reunión en realidad estaba programada para las seis de la tarde. Pero debÃamos conversar, necesitábamos estar a solas para hablar de lo que nos estaba pasando. HabÃan sido muchas emociones para un solo dÃa. Además, debÃamos inventar una excusa verdaderamente buena que justifique nuestra solicitud de prórroga para la presentación del proyecto. Ya la lluvia habÃa cesado y las plantas lucÃan sus colores con todo su esplendor. El tiempo que duró el trayecto hasta el bar cercano a la empresa permanecimos en un embarazoso silencio, yo sumergida en mi rol de conductora, y ella con los ojos clavados en la ventanilla. Cada una iba absorta en sus pensamientos. Sólo el ruido del motor y las bocinas de los autos nos hacÃan saber que afuera existÃa un mundo que seguÃa andando.
VI
Acomodamos los planos en una de las sillas y pedimos dos cafés cortados. La conversación giraba en torno a temas sin trascendencia, sobre los cuales tratábamos de mantener un forzado interés. Luego de que el mozo nos interrumpiera para dejarnos el pedido, no pude evitar comenzar con la charla que nos habÃa llevado hasta allÃ. -¿Qué haremos con ésto?-pregunté-No quisiera lastimar a nadie- -A mà no me lastimas-respondió. Hizo un minuto de silencio y agregó: -Alguna vez me preguntaste por qué rompà con mi pareja, y yo te contesté con evasivas ¿recuerdas? Fue porque le confesé mi condición de bisexual. Y nunca me creyó que la querÃa. Ella proclamaba que una bisexual siempre termina enredándose afectivamente con un hombre. La miré desconcertada, sin entender muy bien lo que decÃa.-Pero...entonces tu pareja....- -SÃ.-respondió-Mi ex pareja se llama Alice. Sólo que aquà nadie lo sabe. -Entiendo...-respondÃ, mientras me reponÃa un poco de la novedad. Pero ahora todo comenzaba a encajar: su solterÃa, su carácter reservado, sus amores misteriosos...su atracción por mÃ. Me sentà un poco aliviada cuando me di cuenta de que acababa de descubrir mi condición de bisexual, y digo aliviada porque siendo asà podÃa explicar la atracción y el amor que todavÃa sentÃa por Santiago. Y asà como Virginia nunca llegarÃa a enamorarse de un hombre por amar a las mujeres, estaba convencida de que yo jamás querrÃa a una mujer y que mis relaciones con ellas sólo se limitarÃan a la búsqueda del placer carnal. Además, yo amaba a mi marido. Ella me confió que en un primer momento, cuando comenzó a sentirse atraÃda por mÃ, la perturbaba el hecho que fuera su cuñada. Pero luego no vio nada de malo en que pudiéramos jugar un poco por placer, sin compromisos. Además, Santiago era mi esposo y a eso nada podrÃa modificarlo. Sólo bastaron unos dÃas para que me diera cuenta de toda la verdad. Aliviada yo un poco de la culpa, seguimos charlando y riendo esperando que llegue la hora de ir a la reunión. HabÃamos decidido pedir la postergación de la entrega aduciendo una imprevista indisposición mÃa por un viejo problema de riñón, que en realidad de cuando en cuando me atacaba. Antes de salir, nos dirigimos al toilette para retocarnos el maquillaje. Parada frente al espejo, buscaba en mi bolso el lápiz labial cuando siento que Virginia echa llave a la puerta y se abalanza jocosamente hacia mÃ. -¡No escaparás, villana!- exclamó en tono cinematográfico mientras se sacaba el top y me abrazaba por la espalda, riendo y refregando su cuerpo contra el mÃo. Yo podÃa mirar a través del espejo cómo devoraba mi cuello con exagerados besos y mordiscones mientras metÃa sus manos por debajo de mi blusa, levantando mi corpiño y apretando mis pechos. PodÃa sentir los movimientos de su pubis contra mis nalgas y sus duros botones en el escote de mi espalda. -¡No, espera!- le advertà riendo y apartándola de mÃ- ¡Nos esperan en la oficina!- -Te preocupas demasiado-acotó livianamente-Si sólo nos llevará unos minutos.- Me tomó por la cintura y me sentó sobre el lavatorio. Levantando mi pollera abrió mis piernas y acomodó mis rodillas cerca de mi cara. Se inclinó divertida y con su cara enfrente de mi sexo, me corrió la tanga sosteniéndola con una mano, mientras con sus otros dedos jugaba en mi interior como una adolescente. Su inquieta lengua me hizo estremecer en un orgasmo silencioso y clandestino como nuestro juego. No habÃa terminado de disfrutar de mi clÃmax cuando llamaron a la puerta. Casi me muero de susto. Por unos segundos, habÃa olvidado que estábamos en el baño de un bar. Me incorporé violentamente acomodando mi ropa con urgencia y tratando de disimular mi excitación, mientras Virginia me observaba burlona. -¡Un momento!-gritó ella mientras reÃa compulsivamente y se calzaba otra vez su top blanco-La llave se atoró.- Salà como un rayo del lugar, y ruborizada y avergonzada me dirigà directamente al estacionamiento. Virginia tuvo que ocuparse de levantar los planos y de pagar la cuenta. Esta vez condujo ella. Esta vez, nos miramos con picardÃa, como dos criaturas que acaban de mandarse una travesura; y el embarazoso silencio dio lugar a las sonrisas.
VII
Solucionados los conflictos y aclaradas mis dudas, retomé mis actividades con normalidad. Mi vida con Santiago era buena, nuestras relaciones Ãntimas se daban con la regularidad de siempre, y de vez en vez, con Virginia aprovechábamos las mañanas libres para jugar un poco por la casa: el baño. el living, la cocina. No olvidaré aquella vez cuando preparaba el postre favorito de mi marido y terminamos todas pegajosas y relajadas. En esos dÃas los rayos del sol caÃan como dagas y habÃamos decidido broncearnos un poco antes de que el sol se tornara agresivo. Nos metimos un rato a la pileta y luego nos quedamos en nuestros trajes de baño. A las diez de la mañana, el calor ya comenzaba a hacerse notar. Ella se puso a trabajar sobre los planos de un subsuelo que debÃa tener acceso a uno de los subtes de la ciudad y estaba teniendo problemas con la distribución del sistema de ventilación. Eso, en una ciudad tan calurosa como ésta, era sumamente delicado. Hizo un alto en su tareas y fue a la cocina, donde yo me esmeraba en respetar los pasos de la conocida pero complicada receta; el postre debÃa salirme perfecto, por dos razones: era el predilecto de Santiago y además, ese dÃa era su cumpleaños. Después de curiosear en la heladera, Virginia se apoyó contra la mesada a mirar lo que cocinaba mientras mordisqueaba distraÃdamente una manzana. Para llamar su atención, tal vez llevada por un inconsciente deseo de poseerla otra vez, metà mis dedos en el dulce de leche y los llevé a su boca. Ella, sin dudar comenzó a lamerlos gustosa. Mirándome provocativamente a los ojos los limpiaba lenta y pausada con su lengua, los aprisionaba con sus labios y los hundÃa profundamente hasta su garganta. Sin pensarlo más saqué sus pechos del corpiño y comencé a masajearlos con suavidad cubriéndolos con la crema chantilly que tenÃa para el relleno. Los llevé a mi boca para comerlos golosamente frotando sus grandes y duros botones con la punta de mi lengua. Y a las dos nos envolvió la locura: la tiré sobre la mesa y la dejé completamente desnuda al tiempo que ella habrÃa sus piernas entregándose completamente. Tomé la miel y la derramé sobre su vientre y sobre su vulva carnosa y depilada. Desde allà vi cómo corrÃa por los labios y se agolpaba en su panal. Me convertà entonces en un oso que busca su alimento preferido: lamà su sexo ávidamente y en el intento de extraer la miel producida en sus entrañas, hundÃa mi lengua y refregaba mi cara con desesperación. Sus contorsiones me avisaban que el clÃmax habÃa llegado. Agitada, bajó de la mesa, me puso a cuatro pies en el suelo y abriendo mis nalgas con sus manos, lubricó mi orificio trasero para hacerlo jugar delicadamente con sus dedos. Se quitó el pañuelo con que sujetaba su cabello y me tapó los ojos. -No te muevas-me dijo al oÃdo-Ya regreso- Le hice caso y al minuto la oà volver. No podÃa verla, pero sentÃa su lengua recorriendo todos los rincones de mi piel. Se arrodilló detrás de mÃ, y sorpresiva y maravillosamente, sentà que mis carnes se abrÃan al paso de su inmenso miembro sujeto a unos arneses que rodeaban sus caderas. Y grité. No lo esperaba. Ella se movÃa rÃtmicamente, y yo trataba de recuperar la respiración mientras todo mi cuerpo era bombardeado por desconocidos espasmos de placer. Nos tiramos de espaldas en el piso para recuperar el aliento. Permanecimos unos minutos en silencio. Imprevistamente. giró hacia mà apoyando su cabeza en uno de sus brazos, me miró y corriéndome el cabello del rostro, -Te amo-me dijo tristemente.-Siempre te amé- Yo enmudecà por unos instantes, pero cuando adivinó mis intenciones de articular palabra, puso sus dedos sobre mis labios y acotó: -Shssss. No tienes que explicarme nada. SabÃa que el dÃa que te lo confesara, te perderÃa. Está todo bien, son las reglas del juego. Mi hermano es un hombre muy afortunado. Dentro de un mes cada cual seguirá su camino. Sólo querÃa que lo supieras.-
VIII
Los dÃas que sucedieron a aquella preocupante confesión me habÃan llenado de desasosiego. Me habÃa vuelto parca y distraÃda, tal vez no querÃa entender lo que sucedÃa. HabÃamos jugado con fuego y estábamos empezando a quemarnos. Mi relación con Virginia ya no era la misma. Nos habÃamos alejado. Ella se habÃa vuelto más callada y dedicaba la mayor parte de su tiempo casi obsesivamente a su trabajo. Si Santiago me buscaba con besos o caricias en su presencia, siempre encontraba el pretexto para escabullirse. Tal vez no querÃa salir lastimada. Santiago comenzó a notarme distinta, y me lo hizo saber. Nuestros encuentros Ãntimos se habÃan vuelto para mà una obligación más que una necesidad. Fue entonces cuando comencé a darme cuenta con preocupación de que extrañaba sus juegos, sus bromas; que me hacÃan falta sus caricias, sus besos, su ternura de mujer. Su indiferencia me estaba dañando y yo no era capaz de asumirlo. Pero mi corazón ya no pudo mantener su compostura el dÃa que recibà su correspondencia y leà el remitente: Alice Harrison. Los celos empezaban a carcomerme poco a poco. Cuando me contó que su ex pareja la esperaba para intentar retomar la relación, me volvà loca. No soportaba más aquella situación, pero no sabÃa qué hacer. Cuando Santiago se metió a la cama por la noche y comenzó a acariciarme, fingà dormir profundamente para no tener que ceder a sus inoportunos antojos. El infierno se habÃa apoderado de mÃ. Ya no podÃa apartarla de mi mente. Ahora, recostada en mi almohada, podÃa reconocer que la deseaba más que a nada en el mundo. Sólo pensar en nuestros momentos de pasión me hacÃa necesitar su cuerpo desesperadamente. Con dolor, habÃa descubierto mi verdad.
IX
Después de que Santiago se fuera a la oficina, me quedé recostada en mi cama acompañada de mis pensamientos. Era muy temprano y Virginia todavÃa dormÃa en su habitación. Yo recordaba el dÃa que la vi bajar del auto, cansada del viaje; las mañanas, aquella charla en el bar el dÃa de la entrega del proyecto... Y pensar que habÃamos convenido jugar un poco... sólo por placer y sin compromisos. Cansada ya de evadirme en mis recuerdos, me levanté pesadamente para refrescarme un poco la cara. Y no pude evitar mirar hacia su alcoba. La vi allÃ, dándome la espalda, durmiendo plácidamente recostada sobre el lado izquierdo de la cama. Y decidà contarle mi verdad. Sin importarme ya las apariencias, me metà con prisa entre sus sábanas. La abracé fuertemente por la espalda, y bebà desesperada de la droga tentadora de sus cabellos. -Te amo- le dije mientras mis manos recorrÃan sedientas sus caderas, tratando de recuperar tantos dÃas de deseo contenido. Sin decir nada, giró hacia mà y me respondió con un mojado beso de pasión. Mi piel recuperaba estremecedoramente esas inquietas caricias femeninas, que me envolvÃan en un sopor tranquilo y profundo. Nos hicimos el amor como la primera vez. Y no hubo palabras. Nuestros cuerpos habÃan aprendido el lenguaje del amor. En la erótica coreografÃa de nuestra danza, nos penetramos mutuamente con sus juguetes hasta fundirnos en esos incontenibles y desgarrados gritos de placer. Desde ese dÃa habÃamos decidido aprovechar todo el tiempo que nos quedaba por compartir, porque pensar en lo descabellado de nuestra relación sólo nos harÃa sufrir y formular preguntas imposibles de resolver. Yo tenÃa una vida con Santiago, una profesión, amigos, parientes, y no podrÃa soportar el juicio y la censura de la gente. Además, Santiago era un excelente esposo.
X
Los dÃas que sucedieron fueron inolvidables: después de confesarnos nuestro amor, nuestras relaciones dejaron de ser un juego (aunque-hoy me doy cuenta-nunca lo fueron). Luego de la partida de Santiago a su trabajo, Virginia solÃa escabullirse hasta mi cama a ver un poco de televisión y a acariciarnos mutuamente. Algunas veces, terminábamos enredadas en nuestros juegos secretos y calientes. Pero el dÃa de su partida se acercaba. HabÃamos hablado muy poco acerca de ese tema, quizás por no querer enfrentar el paso del tiempo que, tarde o temprano, nos alejarÃa. Cada una tenÃa sus obligaciones y, aunque nos angustiaba la idea de separarnos, sabÃamos que eso ocurrirÃa irremediablemente. El dÃa anterior a su partida habÃamos decidido tomarnos el dÃa libre para despedirnos y le dijimos a mi marido que tenÃamos que viajar temprano a otra cuidad por cuestiones de la empresa, y que regresarÃamos ya entrado el anochecer. Virginia habÃa reservado una habitación en uno de los mejores hoteles de la ciudad; una ocasión especial, merecÃa un lugar especial. Llegamos al hotel cerca del mediodÃa. La dos estábamos un poco nerviosas, como una pareja de recién casados en su luna de miel, y no sin razón: no era la primera vez, pero seguramente, iba a ser la última, la despedida. Apenas entramos a la habitación, pedimos el almuerzo y nos alistamos para darnos un largo y reconfortante baño de inmersión. Ya en el agua tibia y jabonosa, podÃa disfrutar viendo cómo la espuma resbalaba por su cuello y ocultaba sus sabrosas moras maduras. Ella se refregaba los pechos y ocultaba las manos entre sus piernas, mirándome provocativamente e invitándome a jugar. Y no me hice de rogar. Puse sus pies a ambos lados sobre los bordes de nuestro pequeño mar privado y apoderándome de su ostra sumergida y caliente, fui abriéndola suavemente con mis dedos hasta hacer saltar en su interior la perla negra del placer. El timbre anunció que el almuerzo acababa de llegar. Comimos en la alfombra envueltas en nuestras toallas de baño, y la veÃa particularmente empeñada en darme de comer el postre, sin advertir sus intenciones. Cuando llegó el turno de las frutillas con crema, extendió la cuchara ofreciéndome una y pidiéndome que la siguiera lentamente con mi boca. Asà lo hice intrigada, hasta que me vi frente a sus pechos descubiertos y erizados. Sin esperar un segundo los lamÃ...los mordÃ.....los besé.....mientras ella me arrancaba la toalla y me recostaba en el suelo. Impaciente, le ofrecà la frutilla de mi sexo que saboreó...frotó...succionó...y preparó para la sorpresa final. Jugó también con mi orificio trasero, que yo sentÃa dilatarse generosamente con su lubricado y delicado juguete, que luego dejó en su interior y me hacÃa gozar. Jadeante y desesperada por mi excitación, le imploraba que me penetrara con sus dedos pero ella se rehusaba. Yo no entendÃa qué pasaba cuando imprevistamente sentà que, quitándose la toalla, se recostaba sobre mà y hundÃa también en mis entrañas su juguete con arnés, cabalgándome frenéticamente mientras me acariciaba y me besaba con desesperación. –Te amo, te amo-repetÃa a cada movimiento de su pubis- Y haré lo imposible para que vuelvas a estar conmigo.- Yo sentÃa sus juguetes moviéndose entre mis carnes hambrientas y enrojecidas y el éxtasis del placer me quitaba la respiración. No sé si fue su doble penetración, sus movimientos o sus palabras, pero fue el estremecimiento más intenso que tuve en mi vida. O fue que, quizás, me dijo lo que siempre habÃa querido escuchar. Después de descansar un rato, nos dimos un baño y salimos a recorrer un poco la ciudad, ya que ella querÃa llevar algunos regalos para unos amigos. Las últimas palabras que habÃa pronunciado mientras hacÃamos el amor resonaban en mi cabeza y me llenaban de incertidumbre; tal vez avivaban en mà una esperanza que no querÃa tener; tal vez, me obligaban a reconocer que era éso lo que yo realmente deseaba, pero que no estaba dispuesta a hacer nada para conseguirlo. En el fondo, era una cobarde. Ella era capaz de jugarse por mÃ, y eso me daba miedo.
XI
Ya todo estaba listo para su partida. El vuelo estaba programado para las 19 horas. Cuando llegamos al aeropuerto, nos comunicaron que habÃa un frente de tormenta en una zona cercana y que el vuelo se retrasarÃa al menos una hora. Entonces, decidimos tomar un café en el bar. Santiago se mantenÃa un poco al margen de nuestras conversaciones, como siempre. Estaba distendido pero sentÃa que observaba con disimulo nuestro comportamiento, y eso me ponÃa incómoda. -Espero volver pronto-dijo Virginia-Si no, tendrán que ir ustedes en sus vacaciones-continuó.- -Claro, sobre todo ustedes, que se hicieron "tan amigas"- respondió Santiago en un tono sonriente e irónico, al que no dimos importancia por estar nerviosas y angustiadas y tener que disimularlo. "Estaba celoso de nuestra amistad", pensamos. Antes de partir nos dirigimos al toilette mientras mi marido nos esperaba con los bolsos en la sala principal . "Haré lo imposible para que vuelvas a estar conmigo". Sus palabras daban vueltas en mi cabeza. No lograba entenderlas. Eso para mÃ, era un sueño inalcanzable. Apoyé mi cuerpo contra la pared suspirando para liberar mi angustia, cuando sentà que sus labios se apoderaban de mi boca con frenesÃ. Nos fundimos en un largo y desesperado beso, sin palabras. Al terminar, una señora mayor, desde el lavamanos nos miraba, atónita. Sin inmutarse y dirigiéndose a ella, Virginia comentó mientras me tomaba de la mano para salir de aquel lugar: -Acaso no dicen que "el amor tiene cara de mujer?"- y rió divertida. Les escribo-comentó antes de darnos el último abrazo y dirigirse al sector de abordaje. Por supuesto, nos abrazamos como dos buenas amigas. Mientras el avión se alejaba comencé a asumir que ya no la verÃa, y que tendrÃa que esforzarme por lograr que mi vida volviera a la normalidad. Me embargaba la tristeza. -Estás muy callada- observó Santiago- -No es nada- respondà disimulando-Estoy un poco cansada, eso es todo. Y nos dirigimos camino a casa, mientras el sol comenzaba a esconderse en el horizonte.
XII
Los meses se sucedÃan normalmente, y poco a poco fui retomando mi rutina de siempre. De cuando en cuando recibÃamos un e-mail de Virginia, dirigido a ambos y contándonos cómo era su vida en California. Generalmente, era yo la que respondÃa el correo en nombre de los dos. Por correspondencia, por supuesto, no podÃamos hablar de nuestras cosas, asà que en los momentos en que mi marido no estaba en casa nos ponÃamos de acuerdo para chatear sobre nosotras, sobre nuestros sentimientos. Te extraño- me confesaba- Extraño tu cuerpo, tu sabor, tus jadeos, tus besos, tus caricias de mujer. Recuerdo uno a uno los momentos que pasamos juntas y mi deseo no tiene sosiego.- Y yo también le contaba lo que sentÃa: hacer el amor con Santiago ya no era lo mismo, y muchas veces en su ausencia me masturbaba imaginando nuestros momentos de pasión. La necesitaba cerca de mÃ. Fue en una de esas charlas que me confesó que tenÃa una sorpresa para mà y que pronto me llegarÃa por correo. Sólo que tendrÃa que abrirlo en ausencia de mi marido. SerÃa algún regalo, ya que se aproximaba el dÃa de mi cumpleaños. Pero por qué abrirlo a solas? Regresaba apurada después de un largo dÃa de trabajo, cuando Santiago me comenta: -Hay un sobre para vos, llegó por correo. -¿Un sobre?-exclamé sorprendida. Yo esperaba una encomienda. Miré el remitente: era ella; recordé su sugerencia y lo dejé sobre la mesa. - No vas a ver qué tiene?- preguntó él intrigado. - Ahora no-disimulé- Estoy cansada, mejor mañana. Esa noche casi no pude dormir por la ansiedad. Sin poder contenerme más, me levanté a media moche para abrir el sobre y conocer cuál era la tan esperada sorpresa. Cuando lo vi, no podÃa creerlo: era una nota del gerente de la empresa donde ella trabajaba solicitando mis servicios por tres meses. Por comentarios de Virginia acerca de nuestros trabajos, habÃa creÃdo conveniente que fuera yo quien colaborara en un proyecto presentado por ella para la construcción de un importante centro cultural en las afueras de la ciudad. No lo podÃa creer. Junto a la solicitud, una nota de ella que decÃa: "Mi amor: Espero que mi sorpresa nos devuelva esa felicidad que algún dÃa tuvimos. Por favor explÃcale a Santiago que no puedes perder esta oportunidad laboral y que los meses pasan volando. Muéstrale la otra carta que te mando junto con esta. Si aceptas, tienes que estar aquà en dos semanas. Después de leer, quema esta carta. Te extraño. Te amo. Te espero." Aturdida por los nervios, creà escuchar que Santiago se levantaba de la cama y me apresuré a guardar la nota en el bolsillo del delantal de cocina, que tenÃa cerca. Para justificar mis andanzas noctámbulas me dirigà al baño apresuradamente. Cuando volvà a la cama, Santiago dormÃa plácidamente.
XIII
Al despertar por la mañana, Santiago ya se habÃa ido a trabajar. Entonces me di cuenta de que me habÃa dormido. Me levanté cansada por el desvelo y fui directamente al sobre. Entonces, recordé que debÃa quemar la carta de Virginia que habÃa escondido en el bolsillo del delantal. Después de releerla, lo hice sin dudar. Mientras me vestÃa ensayaba mentalmente los argumentos que esgrimirÃa ante mi marido para justificar valederamente mi decisión de viajar: "sólo serÃa por unos meses"... "era importante para mi currÃculum".... "el sueldo era más que tentador"... además, trabajarÃa con su hermana.... No podÃa decirme que no. Cuando Santiago volvió al mediodÃa, le mostré la nota del gerente y la otra carta de Virginia en la que justificaba la necesidad de que sea yo quien trabajara con ella. Santiago me miró pensativo y permaneció callado. Tanto silencio estaba comenzando a incomodarme. -¿Qué pasa, Santiago?- pregunté, un poco nerviosa. Esperó unos minutos y, mirándome a los ojos, contestó: -La carta. En el bolsillo del delantal. La encontré temprano, al hacerme el desayuno. De pronto sentà cómo las piernas se me aflojaban y un sudor helado comenzó a invadirme bruscamente. Me senté. El corazón querÃa salÃrseme del pecho. Tardé un poco en recuperarme, pero antes de que yo pudiera articular palabra, prosiguió: -No te preocupes, al fin y al cabo, siempre lo supe, sólo me faltaba una confirmación.- Sin entender por qué se habÃa dado cuenta, pregunté:-Pero.....cómo... -Sólo bastaba verlas juntas-interrumpió él.- A pesar de que se esmeraban en disimularlo, hay cosas que no se pueden ocultar. Y podrÃa darles un consejo para el futuro: no se saquen la ropa interior debajo de las sábanas, siempre se escurren para los pies de la cama y quedan olvidadas. Ahora entendÃa todo: su discreción en nuestras charlas, su alejamiento, la ironÃa en el aeropuerto, su silencio. Yo no tenÃa palabras. Lloré. Por miedo y por vergüenza. Por él, pero también por mÃ. No hubiera querido defraudarlo. Si no la hubiese conocido.... Lo abracé, pedà disculpas. Nada era suficiente para reparar el daño que le habÃa hecho. -Mi hermana no lo sabe, pero yo sabÃa de sus preferencias.-me dijo para tranquilizarme.- Aunque nunca la hubiera imaginado contigo. Pero no hay reproches, la vida nos impulsa a ser lo que debemos y a estar con quien tenemos que estar, verdaderamente. Terminamos la conversación como adultos, sin rencores y aceptando la realidad. Yo, en el fondo, sentÃa un gran alivio. Al fin podrÃa dejar de fingir ante él. El reloj anunciaba que Santiago debÃa volver a la oficina.
XIV
Estaba sentada, sola con mis pensamientos, mirando detrás del vidrio un paisaje que nunca creà que llegara a conocer. Pienso en ella, en su figura ese dÃa caluroso que nos conocimos en el jardÃn de mi casa. En esa noche que la vi en su cuarto, jugando a la luz de la luna. Los recuerdos se agolpaban en mi mente y no hacÃan más que avivar el fuego que me carcomÃa las entrañas y que sólo sus llamas eran capaces de calmar. SÃ, calmar brasa con brasa. Sólo el fuego de la pasión es capaz de aceptar tal teorÃa. La azafata anunció que Ãbamos a tocar tierra, arrancándome de mis meditaciones. De pronto, parada en la escalera, mis ojos la buscaban, mi corazón la llamaba, mi cuerpo la esperaba con esa ansiedad que provocan los momentos importantes. Y de pronto, la divisé entre la multitud. Ella corrió hacia mÃ, y yo, dejando mis bolsos en el suelo, la abracé y la besé con la desesperación de un sediento en el desierto, estrechando sus tibios pechos contra mi cuerpo. Ya nada me importaba. QuerÃa que me vieran besarla, acariciarla. Que supieran que me hacÃa falta, que la deseaba, que la amaba con todo mi corazón. Alrededor de nosotros el mundo seguÃa andando, monótono como una tragedia. -¡Tanto equipaje, parece que te mudas!- observó bromeando. Reà con ella mientras retirábamos los bolsos y buscábamos un auto de alquiler. Es que no era el momento de darle mi sorpresa. Eso merecÃa una cena Ãntima en su departamento. Tal vez ahora "nuestro departamento". Porque tendrÃamos que solicitar al gerente de la empresa que renueve mi contrato indefinidamente o me verÃa obligada a buscar otro empleo permanente. Mi vida con ella habÃa comenzado.Fin
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