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« en: Junio 11, 2006, 08:40:20 » |
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El inicio de la terciaria me encontró sin pareja y ávido de conseguir rápidamente a alguien que satisficiera mis necesidades sexuales. Yo tenia una gran facilidad para hacer buenas migas con las chicas y una vez obtenida su confianza pasaba a desarrollar mi estrategia de seducción. Tenia amigas de todo tipo, altas, bajas, rubias, morochas, feas y lindas, pero de mas esta decir que las que mas me interesaban eran las que mayor atractivo fÃÂsico poseÃÂan.
Seguramente debido a mi carácter parco y tranquilo aprendà que escuchando a una mujer uno se la mete en el bolsillo, si atiendes o simulas atender a los relatos de sus cuestiones personales ya entras de ganador y en poco tiempo te convertirás en la persona de confianza y en quien vela por sus secretos mas Ãntimos. Una vez que llegan a contarte sus intimidades podrás hacerlas hacer lo que te plazca, pues se entregan enteramente y hacen caso ciego a tus "sugerencias". Esta extraña relación habÃa sido cultivada por mi mismo en muchas oportunidades y de una manera u otra siempre sacaba provecho de ellas. Bien por mi marcado perfil de voyeur o consiguiendo los favores sexuales de mis mas bellas confesoras. Fue en mi ingreso a la facultad, cuando advertà que tendrÃa muy buen material para divertirme en los próximos anos, pues habÃa unas bellezas tales que solo con verlas me exitaba. La primera chica en que me fije fue quien se sentó a mi lado el primer dÃa de clases. No sabia su nombre pero me dedique la clase entera a observarla meticulosamente. Era una morocha super sexi, de esas que aunque se vistan con un mameluco hacen que se te rompa el cierre de la bragueta. Era flaca y poseÃa un magnifico culo que coronaba sus largas piernas, por lo que podÃa imaginar sus pechos eran péquenos, pero advertà que sus pezones se transparentaban tras su camisa blanca. Los dÃas fueron pasando y el armado de los grupos de estudio me puso en una mejor posición para mi acercamiento. El grupo era de seis personas, pero poco a poco fui desplegando mi estrategia para que quedáramos solos, y en pocas semanas todos habÃan resuelto irse. A pasos agigantados iba ganando su confianza y me interiorizaba de su vida, Betiana (ese era su nombre) tenia 19 años y un apetito sexual enorme que satisfacÃa con su novio y con varios amantes mas. Betiana seguramente serÃa una excelente profesora para mi, ya que su habilidad sexual era mucho mayor que la mÃa.
Mi plan iba de maravillas ya habÃa logrado ser el consejero de Betiana además de ser el privilegiado asistente a sus detallados relatos eróticos sobre sus diarias aventuras. Me exitaba de sobremanera imaginar a Betiana desatando su sexualidad desenfrenada y tomando parte de las mas atrevidas practicas. A diario me contaba como le gustaba que le acaben en la boca o como le satisfacÃa cuando una pija enorme se le introducÃa dentro de su ano. Betiana respiraba sexo las veinticuatro horas del dÃa y seguramente se exitaba mucho contándome y haciéndome participe de sus experiencias. Ella sabia como me calentaba cada vez que nos hacÃamos un alto en las horas de lectura y me relataba sus cosas.
Cuando nos reunÃamos para estudiar en la casa de ella, siempre me pedÃa que le haga masajes, yo la hacia recostar y con la camisa puesta desprendÃa su soutien y hacia que se mojara por completa. Yo dominaba bien el arte del masaje y sabia que puntos tocar para lograr resultados positivos. Otra técnica era masajearle la espalda cuando ella estaba sentada, yo me ubicaba atrás de ella parado desprendÃa unos botones de su camisa con la excusa de que molestaba y miraba por su escote como ante cada movimiento mÃo sus pezones oscuros y grandes iban irguiéndose poco a poco. Tras cada sesión de majases, ella disimuladamente se dirigÃa al sanitario, cosa que me parecÃa extraña, hasta que un dÃa me dispuse a averiguar el misterio. Estando en mi casa, hicimos un alto como de costumbre y le di un masaje como era habitual, tras esto espere unos minutos hasta que se ella me dijo que irÃa al baño. Una vez seguro de que habÃa entrado me dirigà sigilosamente hasta el sanitario y con mi cámara de video enfocada por el agujero de la cerradura me dispuse a ver que era lo que pasaba todos los dÃas. Cuando vi el espectáculo casi me muero, ella estaba sentada en el retrete masturbándose con las dos manos, con una se masajeaba el hinchado clÃtoris y con tres dedos de la otra penetraba en su lubricada vagina. Mi pantalón explotaba, la pija se me habÃa puesto dura como nunca antes. Entonces abrà la puerta y sin cruzar palabra me dirigà a ella y me agache hasta tener su agujero frente a mi cara, tomo sus labios vaginales entre mis dedos y mi lengua comenzó a acariciar su enorme clÃtoris. Sus jugos invadÃan mi boca y eso me gustaba y mis asestadas le hacÃan brotar gemidos de placer.
Mientras me dedicaba a lamerle el agujero del culo ella se desvestÃa por completo dejando sus péquenos pechos al descubierto. Los pezones estaban duros y parados como cuando la espiaba en mis masajes y su culito se fruncÃa cada vez que introducÃa mis dedos en el. Betiana se paro e hizo que cambiáramos de posición, bajo lentamente el cierre de mi pantalón y mi enorme pene le salto en la cara, cosa que la éxito aun mas. Tomo mi aparato con ambas manos y su lengua comenzó a descubrirlo, primero se dedico a recorrer toda la extensión del grueso tronco y a chuparme bien los huevos y mas tarde empezó a dar latigazos a mi colorado y enorme glande. ParecÃa que la punta de mi pija explotarÃa, su lengua la acariciaba suavemente y la lubricaba por completo, mientras tanto yo me sentÃa en otro mundo. Casi se me para el corazón cuando comenzó a engullir mi largo pene, de un movimiento lo hacia desaparecer en su boca. SentÃa su garganta acariciando la cabeza muy profundo adentro suyo. Entonces la tome del brazo, la di vuelta mientras apretaba con fuerza sus tetas hermosas le introduje la pija en su caliente y mojada conchita. El espejo de lavabo no me dejaba perder detalle de la expresión de placer y relajo de mi amante, poco apoco introducÃa mi aparato en su jugoso orificio haciendo que sus jadeos se transformaran en gritos.
Amasaba con fuerza sus tetitas y pellizcaba sus negros pezones y ella disfrutaba viendo en el espejo como se desarrollaba la acción. Sus suplicas hicieron que retirara mi pene se su concha y me dispusiera a meterla en su culo. Betiana me pedÃa que le desfonde el ano y ante tal invitación no me pude negar, tome la verga con las dos manos y la puse en la puerta de su culito negro y cerrado. Le pedà que se abriera para mi y arremetà en su orificio hasta hacerla gritar. A esta altura nos habÃamos puesto de costado para que ella pudiera mirar al espejo y apreciar como entraba y salÃa de su culo mi enorme aparato. Su culo era caliente y apretado como nunca lo hubiera imaginado, tenia una humedad diferente y tomándome de sus caderas clavaba mi pija con fuerza y velocidad. Creo que ella se regocijaba mas de ver el espectáculo que del placer que yo le estaba dando, pero a mi no me importaba demasiado. SentÃ, entonces que estaba por acabar, salà de su culo y la hice agachar delante mÃo, ella tomo mi pija con las dos manos y comenzó a pajearme con furia. Bastaron dos o tres movimientos para que mi calentura de meses se hiciera presente en el interminable chorro de leche que golpeo en su cara. Al contacto con mi semen ella comenzó a jadear y a gritar como no la habÃa hecho antes. LamÃa mi leche y mi pija y disfrutaba como loca, mientras con sus dedos desparramaba los jugos por todo su cuerpo. Su orgasmo habÃa llegado con mi eyaculación.
DÃas mas tarde Betiana me confesarÃa que la experiencia que habÃa vivido conmigo le habÃa servido para descubrirse como una voyeur, y me confeso que sus orgasmos no habÃan sido nunca tan intensos. Verse penetrada en el espejo y el ver como mi leche le saltaba en la cara le habÃa provocado tal exitacion que esto cambiarÃa para siempre sus hábitos sexuales. Me sentà halagado, pues por casualidad me habÃa convertido en el maestro de quien yo creÃa que seria mi profesora.
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