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Autor Tema: Prostituta yo tambien me prostitui  (Leído 364 veces)
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« en: Junio 11, 2006, 08:38:05 »

Hace ya unos años que tuve una experiencia con una prima mí­a; una experiencia que me agradó y me ha marcado; una experiencia que no me pesa el haber tenido, todo lo contrario, me siento muy feliz con ella, tanto, que quiero contársela a los lectores.



Eramos jóvenes, y en el entorno estudiantil en que yo me movía en ese entonces, nos gustaba presumir de habernos ligado a ésta o aquella chica. Y hasta nos contábamos entre compañeros aventuras sexuales que solamente existían en nuestra imaginación: que si fulanita te miraba mucho, que si a ias conseguido besar a ésta o a aquélla. Supongo que éramos todos unos niñatos, y contando esas cosas nos excitábamos, cuan do, en realidad, éramos unos cobardes, incapa
ces de echarle un piropo a una chica, sobre todo si nos encontrábamos solos y no en manada.
Un día, hablando de estas cosas con mi prima Luisa, que para mí era como una hermana, pues su familia y la mía vivían en pisos del mismo rellano y nos habíamos criado juntos, los dos nos pusimos un poco calientes. Estábamos tumbados en la sombra de un árbol de la huerta de la casita de verano, que también compartían nuestras familias. Y Luisa me dijo que si estuviera segura de que le guardaba un secreto, me lo contaba. Yo, imaginándome que sería sobre lo mismo de lo que estábamos hablando, chicos y chicas y ligar, le prometí guardarle el secreto. Pero Luisa no se decidía.
«Me tienes que jurar que nunca dirás nada de esto a nadie.» Y yo se lo juré, sabiendo que cuando se refiere a estas cosas tan delicadas, ha y que guardar secreto siempre, cuando te lo confían.
De modo que Luisa me contó ese famoso secreto. Pero no se contentó con contármelo, pues después quiso comprometerme a mí en aquello, cosa que a mí me causaba mucho rechazo. El secreto se lo guardaría, sí... pero que quisiera meterme a mí en ello, ¡eso ya era harina de otro costal!
Y es que el famoso secreto era que ella y otras compañeras de su grupo de amigas cobraban un dinero, todas las semanas, por hacer algunos actos homosexuales ante un señor adinerado, en casa de éste y en la cama. Pero no se crean que pasaba más: ese señor, de unos cincuenta años, estaba sentado en un sillón, y no hacía otra cosa más que contemplar los numen-tos lésbicos; y, al final, mientras las dos amigas, llegaban al orgasmo... pues el señor aquel se hacía una paja. Ni siquiera las tocaba, solamente se contentaba con ver a las dos nenas hacérselo. Al parecer, esto le excitaba mucho, y disfrutaba un buen rato, hasta que al final, muy caliente ya, se masturbaba.
Luego, a cada una de las bolleras le daba cinco mil pesetas. Y las despedía, hasta el próximo sábado en que volverían. Pero y a hacía algún tiempo que el señor había indicado su interés por ver algún coito «normal», tío con tía. Y mi prima Luisa había pensado meterme a mí en el negocio, ya que conmigo tenía más confianza que con los chicos que conocía... Luisa necesitaba un chico para contentar a aquel
señor que, me dijo, estaría dispuesto a
pagarnos hasta diez mil pesetas a
cada uno.
«ilmposible! —le dije—. Luisa, yo no me presto a eso. No tendría inconveniente alguno en hacer el amor contigo, prima... lo cierto es que muchas veces te he deseado. Pero eso, solos, en secreto, y nada más. Pero... ir a casa de otro, desnudarnos, echarnos en una cama, y que un señor nos esté contemplando mientras follamos... eso, de ninguna manera. ¡No cuentes conmigo!»
«Me dices —me replicó Luisa—, que estarías encantado de hacer el amor conmigo, si estuviéramos solos. Te tomo la palabra: la verdad es que lo estoy deseando. Podemos hacerlo ahora mismo. Podríamos entrar en la casa y subir arriba del todo, a la buhardilla, en donde, sin ningún temor a ser vistos, podemos follar como descosidos... ¿Hace?» Me quedé un rato pensativo, algo acoquinado por lo repentino de su propuesta. Pero, como lo había propuesto yo, quise cumplir mi palabra. Y le dije:
«Si estás segura de que nadie nos va a ver, vamos ahora mismo. » La cogí de la mano para subir las escaleras, y comprobé que Luisa estaba ardiendo. Notaba su respiración entrecortada. Y también mi polla se puso en movimiento, empinándose de tal modo que casi ni me dejaba subir las escaleras. Al verlo, Luisa lanzó una carcajada, me abrió la bragueta y dejó que mi miembro saliese al aire.
«Así estarás mejor», me dijo, con voz cantarina. Y subimos a la buhardilla de la casa. Su madre estaba en algún lugar limpiando, la mía había ido a hacer la compra. Nuestros padres estaban en el bar con los amigos... ¡No habían moros en la costa! Subimos, pues, yo con el miembro tieso al aire. En las golfas habían unos colchones viejos, que pusimos en un rincón y, sobre ellos, follamos como locos. ¡Qué buena que estaba mi prima Luisa! ¡Qué bien jodía! Luego, mientras compartíamos un cigarrillo, me explicó cómo lo hacían ella y sus amigas ante aquel señor mirón: totalmente desnudas, encima de la cama, como si las dos fueran una pareja de lesbianas, se acariciaban, se besaban, y hacían un sesenta y nueve. Por cierto, yo tuve que decirle me explicara que era eso del sesenta y nueve, y a ella le chocó mucho que yo no conociera eso, pero tamaña era mi ignorancia en todo lo sexual.
Decidió hacerme una demostración práctica: me mandó tumbarme boca arriba y ella se tumbó encima, en sentido contrario a mi posición. Yo tenía la cabeza en la almohada y los pies hacia abajo, y ella lo contrario: puso los pies donde estaba la almohada y la cabeza donde yo tenía las rodillas. Una vez así, Luisa comenzó a chupar-me la polla mientras acariciaba mis huevos y llevaba la otra mano a mi culo, metiéndome un dedo por el ano. El gustazo que me hizo sentir era tal que, instintivamente, llevé mi lengua a la rajo de su coño y empecé a darle lametones al hinchado clítoris. Era como algo que funciona por su cuenta, sin pedir permiso. Y al meter mi lengua en aquella hermosa vagina, sentí algo que me estremecía.
Inexperto, yo trataba de imitarla y hacer con ella el equivalente a lo que ella hacía conmigo. Y bajo sus firmes lametones y recios chupetones, con la presion de sus dedos en los huevos y con el otro dedo taladrándome el culo.., de repente,comenzó a temblar-me todo el cuerpo, y sentí una especie de éxtasis, una excitación tal, que casi le mordí el clítoris, cuando comencé a comerme a raudales. Toda mi leche fluyó dentro de la boca de Luisa en unos tales chomretones, que pensé que se enfadaría por no haberla avisado... Pero, justo en ese momento, se abrió el grifo de su coño y mi boca se llenó también con los jugos de su sexo. ¡Nos estábamos corriendo juntos, gracias a aquel maravilloso sesenta y nueve!
De todos modos, saqué la polla de su boca asustado por aquel 1 echerazo. Pero ella me dijo que no me preocupara, que le había dado mucho gusto Ilenarse con mi leche la boca, tal como ella había llenado la mía con su licor de hembra. Nos limpiamos un poco, y seguimos tumbados en la cama. Luego, me explicó que eso era lo que, normalmente, hacían ella y sus amigas delante de aquel señor mirón, todos los sábados. Por eso les pagaba: sólo por estar sentado en un sillón, mirando. Se divertía viéndolas hacerlo, y cuando ya estaba a tope, se masturbaba y una vez se corría, todo se había terminado. Insistió en que fuéramos los dos a verle...
Yo le dije que me daría mucha vergüenza desnudarme totalmente ante un señor desconocido, pero Luisa me repetía que todo era el comenzar, que aquel señor era muy buena persona,
que enseguida le cogías confianza, y pronto te acostumbrabas. Y, mientras me decía esto, mi prima me iba acariciando los huevos y la picha, de modo que enseguida volví a tener una erección fenomenal. Luisa estaba empeñada en poder seguir ganando aquel dinero, y para esto tenía que buscarse un compañero, pues el mirón estaba harto ya de bollería... Y, ya que me lo había contado a mí, puesto que se había sincerado conmigo, deseaba que yo me decidiera. Y tanto se empeñó y tanto era el gusto que me daban sus sabias manos masturbándome que, no sé por la pena de que por mi culpa dejara de ganar aquel dinero... o por la sensacional paja que me estaba haciendo mi prima, la verdad es que me lo pasaba tan cojonudamente con ella, yo que nunca había tenido una experiencia así, que la idea de hacer el amor con Luisa, y encima cobrar por ello, me pareció lo más maravilloso del mundo.
Así que le dije a mi prima que vale, que estaba dispuesto a probar lo que me proponía. Como recompensa, con un rápido movimiento de su mano, Luisa volvió a llevarme al éxtasis. ¡Vaya tarde!
Total que, después de aquella sesioncita con Luisa, ya estaba deseando que llegara el sábado, para beneficiármela de nuevo.., aunque fuera delante de un mirón. Pero lo cierto es que me ponía nervioso el pensar que tenía que desnudarme ante un desconocido y, encima, un tipo mayor que disfrutaba viendo follar a jovencitos. El caso es que, por fin, llegó el día. Luisa me recordó nuestra cita, y me fui con ella a casa del mirón, para lo que tuvimos que tomar el autobús por estar un poco lejos de donde nosotros vivimos. Podíamos haber ido andando, pero supongo que a Luisa le dio miedo que yo me cagase por el camino y la dejase plantad a. Elbus nos Ilevó hasta el mismo portal del señor y, casi a rastras, Luisa me subió al piso. Nos abrió el señor en cuestión. Me cayó simpático, sobre todo cuando Luisa le dijo: «Este es el chico. Somos amigos de toda la vida, en realidad, somos más que amigos, somos primos.» Y el señor, con una simpatía asombLuisa, poniendo una mano sobre mi hombro, me dijo:
«Tienes buena planta, chaval. Me gustas. A ver si tengo la misma opinión después... »
Entramos en la habitación en donde
siempre lo hacían Luisa y sus amigas, y mi prima comenzó a desprenderse de la ropa, haciéndome señales de que hiciera lo mismo. Para que me diera menos vergüenza, ella se puso delante de mí, como si así el señor aquel me viera menos. Yo, al ver a Luisa tan decidida, me sentí como amparado por ella, de modo que me desnudé sin excesivos reparos. Y ya desnudos, nos tumbamos encima de la cama. El señor mirón estaba sentado a unos dos o tres metros de la cama, en un cómodo sillón, y estaba en pijama. Luisa lo dirigía todo, y yo no hacía más que imitarla. Abrazados, empezamos a besarnos y acariciarnos. Ella me decía frases dulces, que, en cambio, a mí no me salían... la falta de costumbre. Luisa me puso encima de su cuerpo, abrazada a mí y metió un dedo por mi culo, mientras me decía en voz alta, supongo que para que lo oyese bien el mirón: «IQué bueno que estás, cariño!»
Tras estar sobándonos un rato, Luisa se colocó en posición, para hacer el sesenta y nueve. Y como esto ya lo había hecho unos días antes con ella, no me causó sorpresa, aunque sí, ¿a qué negarlo?, un poco de vergüenza, porque, aunque con ella encima tapándome, no podía verle, sí me imaginaba al señor aquel contemplándonos. Claro que, como no lo veía, prefería imaginarme que no estaba. Esta vez no me corrí ni tan pronto ni tan copiosamente como la otra. Es que, aunque sentía mucho gusto con el folleteo de Luisa, la intuida presencia del señor me cortaba un poco.
Por fin, Luisa volvió a ponerse en la misma dirección y, abrazada a mí, me magreó el paquete. Yo le devolvía la atención, acariciándole su hinchado clítoris con los dedos. Miré hacia el sillón, y pude ver que el señor aquel se estaba masturbando, tras haberse bajado el pantalón del pijama. ¡Menuda polla tenía el gachó! Me estremecí pensando que le entrase una vena manicona y quisiera darme por el culo... Al cabo me corrí cuando Luisa me magreó la polla, al mismo tiempo que metía su lengua en mi boca casi llegándome al fondo. Ella lo hizo poco después, cuando mis dedos estrujaron su hinchado clítoris.
El señor aquel, que ya se había corrido, se acercó a nosotros con unas toallas humedecidas en agua perfumada, y nos limpió semen y otros líqui
dos del amor. Era su mayor placer, según me explicó después Luisa: limpiar a sus putitas y putitos, después de habernos visto corrernos. Era la única vez en que tocaba nuestro sexo, aunque fuese a través de las toallas.
Cuando hubo terminado y nos vestimos, nos llevó a la cocina. Luisa conocía bien el ritual: el señor nos ofreció un bocadillo de jamón serrano y un refresco de cola. Al parecer, es lo que hacía siempre, aunque esto no me había contado mi prima. Mientras devoraba el bocata, el señor me dijo que ya se notaba que yo no tenía experiencia, pero que eso le gustaba, que le erotizaba mi virg inidad... y que le excitaba muc e ver mi cuerpo desnudo. Que ya adquiriría la experiencia, que le tuviera confianza, y que, sobre todo, nunca hablara con nadie de todo eso. Se lo prometí y él nos dio un billete de cinco mil a cada uno.
Cuando nos fuimos, Luisa me preguntó si estaba dispuesto a seguir con auello, y yo le dije que sí. Pues, además de que me venían muy bien aquellas cinco mil pesetas, la experiencia de hacerlo con la buenona de mi pnimita me resultaba placentera y muy excitante. Claro que me hubiera gustado más si hubiésemos estado solos. Pero no se puede tenerlo todo, ¿verdad?
El caso es que en ese mismo momento, comprendí que el hacer el amor, por motivos mercenarios o no, es algo formidable. Y si es con alguien a quien aprecias, como mi prima Luisa, además del placer que se siente, la amistad se afianzo aún mas.
Han p asado ocho años desde todo oque o I re loción con Luisa se acabó al año siguiente, cuando ella se fue a trabajar a Alemania, con una multinacional en la que le enchufó su padre. Pero, durante todo un año lo estuvimos haciendo para aquel señor. Ahora, tengo otras amigas, y sigo visitando al mirón, al que considero ya como un buen amigo. Y lo hago con Luisa, delante de él, claro, cuando viene de vacaciones de Alemania. Todo cambia en la vida, pero les aseguro que, si de algo no me arrepiento fue del primer dia en que me prostituí, con mi prima Luisa








, para disfrute de un mirón.
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