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« en: Junio 11, 2006, 08:33:37 » |
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Exhibicionismo, hetero, generales. Un encuentro muy excitante en un autobús con la bella dama de negro.
Si han leÃdo algunas de las historias que he escrito, sabrán de mi gusto por el exhibicionismo y por las mujeres maduras. En esta ocasión les contaré lo que me sucedió una calurosa mañana, cuando realizaba un viaje al norte del paÃs. Llegué a la estación sur de Madrid, creyendo que el autobús en el que viajarÃa, saldrÃa en media hora, por lo que tenÃa tiempo suficiente, para recoger el billete y desayunar tranquilamente. Sin embargo, las cosas no suceden según lo que uno cree, y resultó que la señorita de la agencia de viajes con la que contraté el viaje (recordaré la agencia, para no volver a contratar ningún viaje), se habÃa equivocado y el autobús en cuestión partirÃa mucho más tarde de lo esperado. Me acerqué a la ventanilla de la compañÃa (no diré cual es, pero los asturianos tendrán de que acordarse) y en ella se encontraba una señorita muy bella que fue la que me atendió. Castaña, de pelo liso, como de 1,75 m., delgada y con una, muy, agradable sonrisa. ¡Después de todo, el dÃa parecÃa que podÃa mejorar! Le expliqué todo el problema y muy amablemente me lo resolvió todo. ¡Lástima que estuviera trabajando!, si no, la hubiera invitado a tomar algo, y bueno, ¿quién sabe si ese primer encuentro no traerÃa nada más en un futuro....? Bueno, volvamos a la historia. Después de recoger el billete, me dirigà a la cafeterÃa a tomar un café, sólo y muy cargadito, (ya que la noche anterior, en el hotel, habÃa sido muy movidita), para despejarme y tomar fuerzas para el largo viaje que me esperaba. Estaba en esta labor, cuando una mujer, de unos 45 años, morena, y de muy buen ver, se acercó a mi lado y pidió un cacao y un cruasán. Me giré a mirarla, y me concentré en su cara (iba ligeramente maquillada), en sus pechos (pequeños pero firmes), en sus caderas (estrecha, pero a la vez con lo justo para poder agarrarse) y finalmente bajé mi mirada recorriendo sus piernas. ¡La verdad es que no estaba nada mal! La señora, tal vez, un poco ofendida por la lujuriosa forma de mirarla, pero a la vez agradecida por el cumplido que le estaba dispensando, me sonrió y casi en un susurro, me dijo: "Tal vez la próxima vez, cuando venga con más tiempo". La sonreà y repliqué: "¡Si, la próxima vez...!". Acabé mi café y me fui caminando por la estación, pensando en que increÃbles son las mujeres. Después de estar durante dos horas, sentado, leyendo el periódico, viendo pasar a las turistas (algunas parecen como la leche, de tan blancas como se encuentran, pero a la vez, tan exuberantes cuando salen de sus paÃses -parece que el tiempo que van a pasar en España, tienen que aprovecharlo, en todos sus segundos, y ponerse morenas, bajo el radiante sol de nuestra tierra-), pues bien, después de estar asÃ, me dirigà al andén desde dónde partirÃa hasta mi destino. Allà se encontraban unas 12 personas; supuse, que por la hora y el dÃa de la semana, la gente no se habÃa decidido a viajar y que el autobús irÃa casi vacÃo. Me senté en mi asiento, el 13 (¿mala suerte? ¡ya verÃamos!), y esperé a que todo el mundo hubiera subido. Como observé que no iba a subir nadie más, me dirigà al fondo del autobús (para estar más cómodo y a la vez para relajarme un poquito.....) .....No sé que me habÃa pasado, pero la verdad es que nada más subir, me debà quedar dormido. Desperté una hora después de haber salido y me sorprendà al encontrarme a una señora, en el asiento delantero. Estaba sudando. A pesar del aire acondicionado del autobús, el calor en el interior era sofocante, casi aplastante. Comencé a mirar por la ventanilla y perdà la mirada en el paisaje, con campos verdes, en los sembrados recientes, amarillo ocre, en el trigo y el centeno que ya en breves fechas estarÃan a punto para su recolección. Las montañas, plagadas de pinos (¿por qué no plantarán otros árboles que den un paisaje más bonito? Toros bravos que pastaban a sus anchas en las enormes fincas (seguramente con un único propietario)..... asà seguà durante un rato, hasta que me cansé. Comencé a mirar al resto de viajeros. Nadie habÃa cambiado de asiento salvo la mujer que estaba delante de mÃ, sin embargo, por el calor se veÃan los abanicos haciendo su labor en las mujeres. Finalmente, y después de recorrer al resto del pasaje, me concentré en la señora que estaba a mi frente. Sólo podÃa ver su pelo (negro, alisado, pero muy cuidado) y parte de su vestido (negro, liso, sobrio). Me pareció extraño que en un dÃa tan caluroso, alguien pudiera llevar un vestido asà (pero luego me dije, que tal estuviera en duelo, todavÃa, por alguien querido). No volvà a prestarla atención hasta que se cambió de asiento, pasando de la butaca del pasillo hacia el lateral, quedando junto a la ventana. En el cambio me dà cuenta que la señora, seguramente por el calor, se habÃa desabrochado el cierre de la espalda del vestido y habÃa bajado la cremallera de éste. La situación no dejaba de tener su morbo y fue esto lo que comenzó a excitarme. En la nueva posición en que se encontraba, podÃa fijarme mejor cómo era. TendrÃa unos 50 años. Sin embargo, pese a su edad, se conservaba muy bien. De muy buena figura, delgada, con una altura que rondarÃa el 1,65 m. Se hallaba con las piernas juntas y el vestido le llegaba a unos cuatro dedos por encima de las rodillas. DebÃa de tener unas piernas deliciosas. Me las imaginaba suaves, tersas, con apenas una suave pelusilla, a modo de recubrimiento (como la mejor de las frutas, como el melocotón recién cortado del árbol). Continué mi recorrido y me fijé en sus brazos. Eran tersos, pero firmes. Acababan en unas manos cuidadas y pintadas, de un suave color rosado. Pero lo que verdaderamente querÃa ver era esa espalda, que vislumbré desnuda. Con el tiempo y con los movimientos que hacÃa, poco a poco fuà descubriéndola. Llegó el momento que tuve a mi vista todo lo que su vestido habÃa ocultado y ahora dejaba libre. Una espalda lisa, tersa, de una piel dulce, como esculpida en pulido jade. Tan solo un sujetador, por la apariencia casi nuevo, blanco, de fino encaje, con pequeñas puntillas, quebrantaba este bello paisaje que sólo yo, podÃa contemplar. Me adelanté un poquito en el asiento y bajé mi mirada, para observar qué más podÃa ver. Pero la vista se perdÃa, en la oscuridad, y tan sólo la imaginación podÃa continuar el agradable, y placentero, recorrido. ¡TenÃa que arriesgarme! O bien me quedaba en la simple contemplación de la maravillosa vista o bien iba un poquito más lejos..... Me arriesgaba a que la señora lo tomara a la tremenda, y armase un escándalo allà dentro. Pero viendo, lo arriesgado que habÃa sido su actuación, al permitir que un extraño pudiera verla, me decidà a ir un poquito más lejos. Me acerqué y como si de una suave brisa se tratara soplé levemente sobre su espalda. Fué al segundo intento cuando la señora, dio un ligero respingo, pero no se giró ni pareció preocupada de lo que hubiera pasado, sino que se relajó, algo más. Esto hizo que me decidiera a ir por todas. Durante unos minutos seguà con este suave susurro, que a la vez que parecÃa aliviarla del calor, hacÃa que acariciara dulcemente su piel. Al acabar, extendà mis dedos, hasta encontrar el dulce perfume que emanaba de los suaves poros de su piel. Fui haciendo pequeños cÃrculos, recorriendo la espalda en todo la extensión que me era permitida. PodÃa observar como sus ojos permanecÃan cerrados, pero su rostro reflejaba un estado placentero; un estado de éxtasis. Continué durante largo rato con este efecto, aletargante y relajante, a la vez que ya no eran mis dedos quienes acariciaban la piel, sino que era todo la palma de la mano, quien realizaba esta labor. A la vez que intentaba llegar a lo más profundo de la espalda, también conseguÃa, una vez si otra no, deslizarme por los laterales y rozar sus pechos por encima del fino encaje. Estaba a cien y querÃa más. De forma rápida pero suave junté los dedos, de ambas manos, hasta llegar a la misma altura de su espalda y desabroché el sujetador que cubrÃa los manjares a los que hasta ahora no habÃa podido llegar. En ese momento se asustó un poco y abrió los ojos. Comenzó a incorporarse para volver a cerrar lo que hasta hacÃa unos momentos me estaba vedado. Mi súplica no se hizo esperar. Fue casi un lamento. - ¡No, por favor, espera, te gustará! Ella me miró. Se relajó y volvió a la posición en que se encontraba con anterioridad a lo ocurrido. Mis movimientos no se hicieron esperar. Como un rayo en una tormenta, comencé, primero con una y luego con las dos manos, a acariciar sus pechos, dos dulces manjares. Terciopelo neblino. Eran perfectos, como dos copas de helado. Firmes, duros. Sus pezones se encontraban ya hacÃa mucho rato erectos. Suavemente, como lamiéndolos, los sujeté y estiré, los retorcà apenas nada. Sus ahogados gemidos, me confirmaban su turbación, su placer y su excitación. Acariciaba, amasaba y recorrÃa sus apéndices, con el cariño y el buen hacer de un pastelero en plena labor. Llegó el momento en que cayó rendida. Sus gemidos se apagaron y su cuerpo dejó de bailar la suave melodÃa que mis manos la habÃan urgido a realizar. Permaneció asÃ, descansando durante unos minutos. Se incorporó, se abrochó la fina tela blanca y cerró el vestido. Giró el cuello y dijo, un simple: - "Gracias". Pasé el resto del viaje contemplando a mi hermosa dama de negro. Al llegar a nuestro destino, a ella la estaban esperando dos personas, hombre y mujer, de unos 35 años, seguramente su hija con su yerno. Yo me fui, contento, porque experiencias asÃ, son gratas de tener.
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