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« en: Junio 11, 2006, 08:32:46 » |
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Voyerismo, trÃÂo, infidelidad consentida. A su marido no se le levantaba si no era mirando a otras parejas hasta que un dÃÂa encontraron a dos compañeros de trabajo que serÃÂan la solución perfecta a sus problemas.
La historia que les relato, trata del momento en que me di cuenta que el hombre con que me casé era impotente y voyeur. Me casé muy enamorada con un compañero de oficina, el cual quiso que no tuviésemos relaciones sexuales hasta después del matrimonio y en nuestra época de noviazgo le gustaba que me vistiese con minifaldas y ropa muy sugerente, llevándome a fiestas donde me daba la impresión que querÃa provocar a sus amigos, luciéndome vestida asÃ.
En la actualidad tengo 27 años y llevo 2 de casada y fue en la noche de bodas que Saúl me confesó que a él no se le paraba asà nomás ya que desde muy joven la única manera que funcionaba era cuando veÃa hacer el amor a una pareja de manera muy morbosa. Lo intente de todo, desde vestirme provocativamente hasta ver pelÃculas pornográficas juntos, que lo único que lograban era ponerme súper excitada y sudorosa por las escenas que ahà veÃa, pero mi marido nada de nada.
Un dÃa me dijo que lo que más morbo le daba, era imaginarse que me penetraban dos hombres a la vez y él observaba oculto, desde el ropero de dos cuerpos que tenÃamos en nuestra habitación. Un poco molesta por haberme enterado de sus deseos pensé dejarlo, pero por el amor que un dÃa sentà acepte y lo dejé que él ideara la forma en que se pudiese excitar.
Un buen dÃa me dijo que habÃa una fiesta en la que irÃan ex compañeros de facultad y que querÃa que yo seduzca a alguno para traerlo a casa. Fue asà como ese dÃa trajo a la casa una bolsa con ropa, que el mismo habÃa comprado y me la dio para que me vista esa noche. habÃa en la bolsa un vestido negro de licra que a duras penas me cubrÃa las braguitas diminutas que tenia puestas, en las piernas me coloqué unas pantimedias oscuras pero las braguitas eran blancas, de tal modo que si me sentaba se podrÃan ver por el contraste de colores.
Me indicó que no me ponga sujetador y la tela del vestido rodeaba mis senos como un guante. Me coloqué unos zapatos de tiras de cuero y sin talón. Para ser franca me gustaba la ropa que habÃa comprado, salvo que tendrÃa que moverme con cuidado para no estar exponiendo mis encantos a todo el mundo.
Llegamos a la fiesta y las miradas de los hombres aterrizaban sobre mis pechos y mi trasero, sintiendo que me comÃan con los ojos a pesar de las miradas furiosas de algunas de sus esposas. Transcurrió la fiesta y Saúl mi marido, se perdió en la fiesta y se enfrasco en conversaciones con algunos de sus amigos, dejándome a merced de los que quisieran conversar y bailar conmigo.
El promedio de edad de los compañeros de Saúl era de 35 años y baile creo que todas las piezas con ellos, quienes aprovechando la falta de de atención de mi marido, me apretaban a la hora de bailar y algunos llegaron a decirme que matarÃan por tener mi cuerpo. Yo me estaba calentando, de ver que era el centro de atención de tantos hombres y de tantas cosas que decÃan a mi oÃdo.
Asà transcurrió la noche y que decidà darle gusto a Saúl, asà que me quedé al final conversando con dos de sus compañeros. A pesar que me habÃa dejado a merced de todos los hombres, Saúl no me perdÃa de vista y es asà como lo llamé delante de sus amigos y le dije que me sentÃa un poco cansada y que querÃa retirarme. Saúl haciéndose el borracho me increpó que él querÃa divertirse y que esperara un poco.
Daniel y Gino, que era con los que estaba conversando, me dijeron que si yo deseaba podrÃan llevarme a casa. En vez de uno, podrÃa llevarme dos a casa. Si con esto no se excitaba el impotente de mi marido, nada lo harÃa y les dije, si por favor porque Saúl cuando toma se aparece al dÃa siguiente a la casa. Ambos se miraron cómplicemente y salimos al estacionamiento.
Gino me abrió la puerta y yo me senté en el asiento delantero, no sin antes permitir que viera mis braguitas a través de las pantimedias. Daniel entro en la parte de atrás, pero se acercaba a conversar sintiendo yo, como miraba a través del escote del vestido. Gino que era el que conducÃa, aprovechaba cuando hacia los cambios de marcha para rozar mis piernas y yo no las movÃa de su sitio. Mientras viajábamos, les contaba que Saúl mi marido no me prestaba atención y que yo estaba cansada de tal situación. Les indiqué un camino para llegar a la casa mas largo, para que Saúl pudiese llegar antes.
Llegamos a la casa y les agradecà el aventón, pero me dijeron que últimamente habÃan sucedido muchos asaltos y que era mejor que se cercioraran que todo estaba bien dentro de la casa. Todo estaba saliendo bien y no tuve que hacer esfuerzo para que entrasen en la casa. Antes de eso, de reojo vi la cochera y pude ver que Saúl ya habÃa llegado. En el momento de entrar, solté las llaves de mis manos y me incliné dejando mi culo a la altura del paquete de Gino. Daniel cerró la puerta y en el momento que me levanté con las llaves Gino me cogió los pechos masajeándolos y bajando fácilmente la parte superior del vestido, dejando al aire mis tetas. Daniel se puso delante de mà y metió su mano en mi chocho masajeándolo también. Me derretà en ese momento.
Les dije que en la entrada no, que mejor subiésemos a mi habitación. Subimos los tres las escaleras prácticamente a tropezones, ya que no me soltaban y sus manos recorrÃan mi cuerpo tocándolo todo. Entramos a mi cuarto y prendà la luz, viendo el ropero con la puerta entreabierta y sabiendo que Saúl estaba dentro. Le iba a dar el espectáculo que él querÃa ver, solo que no iba a ser con uno como él pensaba, sino con dos machos de verdad.
Gino me sacó el vestido y las pantimedias, mientras que Daniel procedÃa a desvestirse. Mi cuerpo seguÃa siendo acariciado por sus manos, cogiéndome las tetas, chupandolas y jalando el hilo dental que era lo único que me cubrÃa. Gino también se quedo sin ropa, quedando ambos lado a lado desnudos, asà que me arrodillé y empecé a mamarselas, metiéndome en ocasiones las dos vergas a la vez en mi boca. Se las corrà y mamé hasta que me bañaron la cara con su leche y lamà toda su descarga. Siguieron acariciándome, esta vez encima de la cama y uno de ellos me lamÃa el coño, mientras el otro me ponÃa nuevamente su tranca en la boca para que siga chupando.
Debido a que no tenia una penetración desde que me casé, estaba deseando que me claven de una buena vez y Gino se puso encima de mà enterrando su rica verga en mi chucha, mientras que mi marido era mudo testigo de la culeada que me estaban dando. Gino y yo nos pusimos de costado sin que él saqué su verga de mi chocho y Daniel se puso detrás de mÃ, introduciendo su tranca en mi ano y yo me sentÃa en la gloria con las vergas de ambos. Nuestros cuerpos sudaban a mares por el esfuerzo de la posición y un rato mas tarde ambos soltaron su leche inundando mi chochito y mi culo.
asà nos quedamos hasta que nos recuperamos, pidiéndoles que se retiren porque mi marido estarÃa ya por venir. Me dijeron que aún no y la verdad yo tampoco querÃa que se vayan, pero no sabia que era lo que pasaba por la mente de Saúl, escondido en el ropero.
Gino me levantó de la cama y me coloco en cuatro patas, bombeando mi chocho sin pausa haciéndome ver el cielo. Daniel por su parte buscaba mi boca con su verga y yo comencé a mamarla y a masturbarlo, mientras que ellos me decÃan que era una puta rica y que suerte la de tu marido que te culea cuando quiere. Si supieran pensaba yo, mientras era enculada por un lado y por el otro mamaba y le daba un placer a Daniel que hacia que su cara se transfigure. Primero sentà la leche caliente de Gino, que se vació dentro de mà dando gemidos y acelere la corrida de Daniel para suelte su leche sin sacarlo de mi boca.
Se vistieron dándome las gracias por tan estupenda velada y salieron de la casa, quedándome yo en la cama con las piernas abiertas y la boca con restos de la leche, que era la evidencia de la culeada que me habÃan dado.
La puerta del ropero se abrió y salió Saúl con la bragueta abierta y el pene bien parado. Esa noche lo hicimos por primera vez desde que nos casamos y aunque tiene la verga pequeña, debo decir que la disfrute. Luego me dio las gracias por lo que habÃa hecho por él, diciéndome lo excitante que habÃa sido verme asÃ, enculada por dos a la vez y que se sentÃa feliz de tener una mujer tan puta como yo.
Ahora cada vez que mi marido quiere tener sexo conmigo debo buscar un macho para traerlo a mi cama antes.
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