admin
Administrator
Hero Member
    
Mensajes: 1180
|
 |
« en: Junio 11, 2006, 08:29:11 » |
|
SerÃÂa hacia diciembre, durante el mes de las fiestas, cuando ocurrió una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en la vida.
Hasta dirÃa que quizás sea la más trascendente que haya experimentado. Mi nombre es Cecilio, soy un hombre común, pelo rizado medio rubio, estatura normal -como decimos los más bajos-; mucho más tÃmido que otros, discreto, pero cuando me caliento puedo dejar gimiendo a más de una a la vez. Bien, llevaba trabajando dos años como empleado en una tienda de venta de ropa. Pero una clase especial de ropa, ropa de mujer; tangas, sostenes, bikinis, blusas, faldas, etcétera. Debà tomar ese empleo luego de ser despedido del Banco, y debido a que mi esposa me habÃa dado su ultimátum.
En realidad, ese trabajo no me causa ningún disgusto. Los cambiadores que utilizan las féminas son apenas un habitáculo de madera con un espejo y cerrado por dos cortinitas que penden de un caño. Al menor roce o movimiento las cortinas se abren solas. Asà es que, ocasionalmente puedo ver fugazmente los hermosos y erguidos culitos de las más jovencitas, los caÃdos cachetes de las más viejas, algún que otro ombligo, o una teta. Los dueños de la tienda eran Don Romero, hombre mayor, y su esposa que estaba bastante enferma y habÃa dejado de concurrir al negocio. Don Romero venÃa dÃa por medio porque sufrÃa ataques de artritis en las rodillas. Sus ausencias posibilitaron los sucesos que voy a narrar.
Todo transcurrió normalmente hasta el dÃa en que ingresó una mujer cuyo nombre supe después, Antonella. Su cabello negro y su cutis blanco como el mármol expresaban un irrebatible origen italiano. La primera vez fue derecho a ver unos trajes de baño enteros, luego examinó unas bikinis, y se fascinó en silencio con algunas cosas más pequeñas. La cosa era una tanga de las que atrás llevan un simple hilo. Cuando se la mostré, pareció perturbarse de que fuera un hombre el que le describiera las excelencias de una prenda como aquella, pero no habÃa nadie en el salón, con lo cual la acarició suavemente, la metió en su cartera con apuro y pagó la cuenta. Era lo único que se llevaba.
Mientras le daba el vuelto le comenté -esta noche, cuando te las pongas, tu marido va a agradecer que hayas venido. -Me miró sonrojada y con una sonrisa nerviosa. Seguramente, esa noche, su marido se habrÃa excitado tanto al verla que la habrÃa poseÃdo como un animal. Transcurrida una semana volvió al negocio. Estaba algo distinta aquella vez. Más espectacular que antes, portaba un gran escote, labios muy pintados y ropa bien ajustada que le pronunciaba las formas. Lo primero que me dijo fue:
-Buenos dÃas, no sabe cuánto me acordé de usted. Mi marido se me echó encima como nunca, y todo por aquella prendita mÃnima que compré aquÃ. Recuerdo que aquella vez me dijo su nombre, y mi sorpresa fue grande cuando contó que era la esposa de un hombre que conocÃa, uno de los comerciantes más acaudalados del barrio, y famoso por su afición a las jovencitas quinceañeras. De hecho, Antonella era diez años más joven que él. Esa vez escogió una ropa interior color bordó, con muy poca tela y de sugerentes bordados que hacÃan transparencia. Decidió pasar al cambiador.
Debo confesar un pequeño secreto que compartimos quienes trabajamos en tiendas de mujeres. El truco del agujero.
Generalmente, el último cambiador, el que se encuentra en el fondo de la tienda, posee un pequeño orificio en una de sus paredes. Dicho agujero, que da a otro cambiador o a un baño, fue practicado en algún momento por algún empleado excitado para espiar a alguna hembra descomunal en el momento de quitarse las ropas. Con el paso del tiempo, cada empleado nuevo es advertido por el anterior acerca de la existencia y real ubicación del dispositivo. Es una técnica usual en todo el mundo, y generalmente, dicho agujero, casi imperceptible, está levemente camuflado por otro objeto, o situado en un rincón de complejo acceso. Ahora, ya saben el secreto. Aunque algunas mujeres lo conocen, y disfrutan sabiendo que son miradas, para lo cual se exhiben completamente, ejercitando un rito lento y sensual. Ése fue el caso de Antonella. Mi erección fue desproporcionada, y debà interrumpir el acto de espiar, por la llegada de otra clienta. Contrariamente a lo esperado, mi primera clienta no se marchaba hasta que partiera la segunda. Ese fue el signo que me alertaba sobre su interés. No obstante, debÃa ser recatado porque su esposo era hombre de armas llevar. Cuando ese dÃa se despidió, portando consigo las dos prendas interiores, me miró a los ojos y recibió su vuelto con una sonrisa sugerente. Yo debÃa mostrarme como un hombre de hierro, aunque distaba mucho de serlo.
Otro dÃa, cuando estaba por llegar el verano, vino a comprar unas polleras cortas, de esas que dejan el ombligo al aire, y una blusa de fina gasa. Escogió entre dos o tres colores y se quedó con la blanca. La conduje al último probador aduciendo que allà habÃa buena iluminación. Yo cerré lo mejor que pude la cortina y corrà hasta el agujero.
Se quitó la camisa quedando con su sostén, luego, para sorpresa mÃa, liberó sus tetas de aquella prisión de tela y alzó los brazos para calzarse la blusa que era casi transparente. Estaba mirándose al espejo, cuando comenzó a masajear sus pechos a la altura de los pezones. Luego continuó sacándose el pantalón, y constaté con asombro que llevaba aquella tanga que le vendiera la primera vez. ParecÃa sentirse preciosa y libre. Se puso la corta pollera y me llamó. Fui hasta el probador donde para mi sorpresa la cortina se abrió de un solo movimiento.
-No sé, no me convence demasiado... -dijo. Exhibió su corta falda con la blusa, transparentando sus pezones marrones, y haciendo indisimulable mi erección. Todo como si fuera lo más normal del mundo. Apenas balbuceé unas palabras. -Te queda bonita… sIIIIi… muy bonita.
-Bien, las llevo -remató, y cerró la cortina abruptamente. Corrà al rincón del agujero, pero no pude ver casi nada, porque enseguida me llamó. Sorpresivamente me pidió que le sujetara el sostén. En ese instante supe que estaba jugando conmigo, gozándome secretamente. Ajustarle el sostén fue embarazoso. Reconozco que también excitante, su espalda desnuda frente a mis ojos, su piel joven y brillante. Lo hice despacio para que sintiera mi respiración encima, para que mis dedos al rozarla le produjeran una corriente eléctrica.
-Se te ven mucho las tetas -le susurré en la nuca.
-Lo sé -dijo-, esa es la idea, que se me vean bien. Pagó, se marchó despidiéndose sin mirarme siquiera a los ojos.
Al principio me pareció una actitud contradictoria. Luego comprendà que se habÃa calentado demasiado, y disparaba de la escena antes de que cometiéramos una locura a plena luz del dÃa. Yo habÃa quedado en otra dimensión, en otro mundo. Sin saber qué hacer con aquello. Ella sabiendo que por primera vez, otro hombre además de su marido le habÃa visto las tetas y se habÃa excitado. No sé por qué instinto me dirigà al probador. Allà encontré su diminuta tanga apoyada en una butaca. La tomé y acaricié con mis manos, estaba húmeda... muy húmeda. La llevé a mis labios, besé esa humedad atractiva y olÃ, olà el aroma que habÃa dejado la hembra ardiente, y supe que fue un acto deliberado. Fui al baño con aquella prenda y me masturbé oliéndola, besándola, chupándola. Ella la habÃa dejado allà a propósito. Me estaba gozando, lo sabÃa, pero ignoraba hasta dónde llegarÃa con mi pobre alma.
Todo fue normal durante los dÃas siguientes, clientas normales, sin mucho atractivo, viejas mal higienizadas. Para entonces, Don Romero decidió dejarme a cargo de su negocio. Su artritis se habÃa agravado y yo me habÃa ganado su confianza debido a mi honestidad comercial.
Al cabo de dos semanas ella regresó a mitad de una mañana, sabiendo que en aquella hora no habrÃa mucho movimiento. Yo percibà una cosa extraña en el ambiente, quizás presintiendo que algo impensado iba a ocurrir. Pero no como lo que realmente iba a suceder. Fue al último cambiador como de costumbre. Esa vez decidà no espiarla, porque el estado de excitación en que me dejaba, podrÃa incitarme a cometer una violación. Además sentÃa una especie de frustración, y eso me provocarÃa una terrible y duradera desilusión. Me hallaba en el mostrador, acomodando unas prendas cuando me sentà observado. Levanté la vista, y desde el probador, Antonella asomaba su mano entre las cortinas llamándome con un dedo, indicándome que me acercara hasta allÃ. Al llegar, las cortinas se abrieron de un tirón.
Estaba totalmente desnuda, salvo los zapatos de taco alto. Se tapó a medias las tetas y la concha. -Mira -dijo- ¿Cómo me sienta esto?
Tragué rÃos de saliva y dije que fantástico. Puso sus manos sobre mi cuerpo y mostrándome las tetas, su bella almejita depilada, me metió adentro de un tirón. Yo cerré las cortinas. Toda la excitación emergió en mi cuerpo mientras el corazón me latÃa muy fuerte - MÃrame bien. ¿Crees que estoy fea? - Por Dios estás bellÃsima, ¿cómo dices eso?. - Pues a mi marido no le atrae mucho, anda con jovencitas, llega tarde y extenuado. Apenas me toca, me deja completamente hambrienta. -Pobrecilla -dije. Y acto seguido me arrodillé para lamer su dulce y sedienta ranura. Comencé a sudar copiosamente, y mi boca producÃa toneladas de saliva a medida que hurgaba, lamÃa y chupaba, escuchando sus gemidos que aumentaban paulatinamente.
Tomó mi cabeza entre sus manos y comenzó a moverla contra su cuerpo, entendà que deseaba que mi lengua la frotara y penetrara frenéticamente. Y asà lo hice, rogando que nadie entrara. Luego me sugirió que cerrara el negocio porque venÃa la mejor parte, y yo le sugerà el sótano. Supuse que aquello se extenderÃa por un largo rato. Cerré y nos fuimos al sótano.
Mientras bajábamos la escalera casi en penumbras, le manoteaba el culo, se lo pellizcaba, y al fin le hundà completamente un dedo cuando llegamos. Ella respondió quedándose quieta. Ejercà mis deseos con lenta calma y paso a paso.
-Soy una puta -gemÃa, -putÃsima. ¡Hazme la boca, el culo y la concha, hazme toda! -gritaba.
Sentà que se tensaba y me reputeaba cuando le frotaba el dedo en su culo virgen. La subà a una mesa que se hallaba en un rincón y le derramé un chorro de saliva desde su vientre hasta su concha. Comencé a frotársela y el masaje se convirtió en una cálido toqueteo humectante. Se la acaricié con la mano abierta, mientras ella echaba su cabeza hacia atrás y cerraba sus ojos gimiendo dulcemente. GemÃa de todas las maneras posibles, jugando con el sonido. Nunca en mi vida habÃa visto algo semejante. ParecÃa gozar gimiendo de mil modos. Fue la primera sorpresa que me deparaba esa mujer. Su coito era una música frenética.
En esa posición saqué mi miembro y lo introduje sin retardo en su vagina. Allà recibà la segunda sorpresa. Se estaba humedeciendo de tal manera que un lÃquido incoloro y brillante bajaba por sus muslos mojando los mÃos. Mi pene flotaba en lÃquido dentro de su concha. Al cabo de unos minutos, debajo nuestro habÃa un gran charco. ¡HacÃa agua fornicando!, Creo que aquello precipitó mi primer orgasmo.
-¿Acabaste? - recuerdo que le pregunté.
-¿Qué si acabé? Mil veces- dijo, e introdujo mi miembro en su boca hasta el fondo, exaltada en agradecimiento por hacerla gozar de esa manera. En su boca la tensión fue in crescendo hasta que comencé a jalarla de los pelos con fuerza para sentir el roce excitante de su garganta. Luego se la saqué y acomodando su estilizado cuerpo sobre la mesa empecé a besarle y morder sus gruesos pezones oscuros; ahà recomenzó su explosión de intensos gemidos. Se retorcÃa y se curvaba sobre la ajetreada y crujiente mesa.
-¡Hazme el culo! -gritó, y no hizo falta que me lo repitiera. En ese momento dejé que mis dedos llegaran hasta allÃ. FruncÃa y aflojaba sucesivamente el esfÃnter. Puse un poco de saliva en su agujero para meterle un dedo. Luego le pedà que se relajara y abriera las nalgas con sus propias manos, y asà lo hizo, dejando un hermoso canal a la vista. Primero hundà mi lengua en medio de quejidos y convulsiones, la metÃa y sacaba muy despaciosamente hasta que le introduje el dedo pulgar.
-¡Hazme el culo! -gritó otra vez mientras se retorcÃa. Mi gordo pulgar iba y venÃa como un pistón, y su culo ejercÃa una fuerte succión sobre mi dedo. Ya estaba lista para recibir mi verga. Se habÃa acostado boca abajo cuando jalé de sus piernas hasta dejarla apoyada en el suelo, con las tetas sobre la mesa. Puse mi miembro tensado en la puerta de su esfÃnter y empujé gradualmente.
Ella se habÃa tomado del borde de la mesa. Cuando entró la cabeza me detuve y esperé. Estábamos excitadÃsimos, me rasguñó una mano y clavó con fuerza sus uñas. Hice que se enderezara un poco para acariciarle los pezones. Bajé mis manos hasta su concha para masturbarla. Empujó contra mi miembro haciendo que la penetrara hondo y gritó. Gimió y se sacudió hacia atrás y hacia delante con su culo hasta acabar en una catarata de lÃquido que llegó hasta nuestros pies. Mi pene tuvo unos espasmos convulsivos. Terminé y quedamos temblando.
La siguiente sorpresa fue que me quedé atornillado. No podÃa sacarla. Debimos esperar cuarenta minutos para que mi miembro bajara su hinchazón, y extraerlo de su estrecho esfÃnter. Durante ese rato retocé rozando las dilatadas paredes internas de su culo que no cesaban de succionarme. Ahogó un grito cuando se la saqué. Al vestirnos, recuerdo que fue hermoso cómo nos miramos a los ojos. Ni ella ni yo habÃamos gozado de tal manera con nadie.
Una semana después su marido murió de un infarto. Nosotros celebramos en el sótano. Esa vez la bañé en champagne y la sorbà toda.
Se preguntarán si continúo vendiendo ropa de mujer. SÃ, efectivamente. Antonella compró el negocio. Durante las mañanas vive permanentemente dentro del probador, viendo cómo le queda la ropa que yo le recomiendo. Convinimos en contratar un empleado y yo me comprometà a enseñarle el truco del agujero.
Tal vez ella sea la primer mujer a quien el empleado vea desnudarse y termine por montársela allÃ.
Y yo los espiaré por el agujerito. Y quién sabe... tal vez hasta podamos atacarla por los dos flancos al mismo tiempo, que es el sueño de toda mujer.
|