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« en: Junio 11, 2006, 01:53:45 » |
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Inicio de una travesti con el padre de su mejor amiga. ADIOS A MI INOCENCIA
Todas las tardes, a eso de las tres y media, esperaba a quedarme solo en casa, cuando mi madre se iba a limpiar casas ajenas. Entonces comenzaba verdaderamente el dÃa para mÃ. Iba hasta un pequeño galpón en el fondo del patio y sacaba de debajo de unas maderas, un pequeño bolso que contenÃa mi felicidad. Allà estaba la ropa de niña que me habÃa regalado Carolina, una compañera de escuela a quien le habÃa contado mis amarguras de encontrarme con un cuerpo y vida de varón que detestaba. Y asà comenzó todo como un juego, prestándome sus ropas y arreglando mi cabello y pintándome las uñas como ella misma habÃa aprendido. Maquillaba levemente mi rostro y hasta recuerdo que me perfumaba con una fragancia suave para mujercitas. Asà pasaba toda la tarde, con su ropa y vestida como una niña bastante hermosa. Mi rostro se transformaba totalmente y mi nuevo ánimo me daban una estética provocativa que odiaba tener que dejarla cuando se terminaba la tarde. Carolina entonces me dio sus ropas para que las tuviera todo el tiempo que quisiera y para que me pudiera vestir a cualquier hora del dÃa sin depender de que ella estuviera disponible. Mi madre jamás sospechó durante mis once años lo que yo hacÃa o sentÃa. Llegaba agotada por las noches y apenas me preguntaba si habÃa hecho mis tareas escolares. Era lo único que le preocupaba, que yo estudiara y no terminara como ella o mi padre que ni sabÃa por dónde andaba. En esas tardes solitarias en mi casa, caminaba como una niña y hablaba y cantaba con la voz que realmente yo querÃa tener. Me sentaba con mis piernas cruzadas frente a un espejo y me miraba un y mil veces el rostro tratando de mejorarlo con un último toque de maquillaje. Me levantaba el corto vestid de Carolina para ver mis piernas y mi culo blanquito con la pequeña bombacha rosa metida en mis nalgas. ¡Qué feliz que me sentÃa entonces! ParecÃa que la vida comenzaba a tener sentido verdadero para mÃ. HabÃa encontrado lo que buscaba. Un dÃa me animé y salà a la calle por la tarde vestida de niña para ir a lo de Carolina. Al entrar asà a su casa se asustó de que alguien me viera en su casa con sus ropas y vestida de tal manera. Subimos rápidamente a su cuarto y nos tiramos en la cama a reÃrnos a carcajadas por mi locura. Pero ella tenÃa razón en su temor, su padre me habÃa visto y se habÃa dado cuenta de lo que vio. Y allà comenzarÃa una especie de vida que encerró para mà más contradicciones de las que traÃa hasta ese momento. El padre de Carolina se apareció una tarde en mi casa golpeando la puerta de entrada mientras yo estaba vestida de nena. Intenté simular una ausencia total en la casa, pero él insistió diciéndome que sabÃa perfectamente que yo estaba allÃ. Abrà la puerta con un profundo temor de encontrar a alguien encolerizado, pero me encontré una situación sorpresiva. El padre de Carolina traÃa un hermoso ramo de flores que ni bien me vio lo extendió hacia mà con una seductora sonrisa. Tomé las flores y lo hice pasar. Él se sentó en un sofá que habÃa en la sala ni bien se entraba a mi casa y no paraba de sonreÃrme. Me hizo una seña para que me sentara cerca de él y asà lo hice. Ni bien me senté a su lado comenzó a acariciarme el rostro y a decirme lo hermosa que era, que estaba más bonita que una niña de verdad y que el vestido de Carolina me quedaba mejor que a ella. Ahora al tiempo recuerdo todo la situación con una sonrisa, pero en ese momento confieso que en cierto modo me encontraba entre asustada y excitada por lo que sucedÃa, me gustaron sus caricias y sus palabras y esa primera actitud de traerme flores. Me preguntó cómo querÃa que me llamara y yo le dije que por favor me llamara AnalÃa, que ese era el nombre de mis sueños. Luego tomó mi rostro con sus dos manos y me besó profundamente, lo hizo de una manera muy caballerosa y sensual. ¡SabÃa cómo hacerlo! Sus manos se metieron debajo de mi falda y comenzó a bajarme la pequeña bombacha que su propia hija me habÃa regalado. Sacó su lengua de mi boca y me introdujo un dedo indicándome que lo chupara. Asà lo hice medio temerosa y medio excitada. AnalÃa estaba con un hombre en definitiva. ¿Por qué no aprovecharlo después de todo? Entonces con su dedo lubricado por mi saliva me lo introdujo en mi ano totalmente virgen. Comenzó a meterlo de a poco y haciéndolo circularmente. Yo daba pequeños grititos que me di cuenta enseguida que lo excitaban terriblemente. Transformé mi pequeño dolor por un placer que comenzaba a descubrir. A los pocos instantes tenÃa todo su dedo medio metido en mi culito de niña. SabÃa lo que venÃa y comencé a tener un poco de miedo. El padre de Carolina sacó su enorme miembro y lo puso frente a mi cara, pasándolo excitado por todo mi rostro hasta que me ordenó que lo metiera en mi boca. Esa, mi primera vez que me metà un miembro en mi boca, fue inolvidable para mÃ. Sentà que me poseÃa totalmente y me tenÃa a su merced. Pero que un poco también él era mÃo, porque podÃa darle placer con mi lengua y dominarlo a mi modo. Luego, cuando su miembro estuvo erecto en su totalidad, me dio vuelta y levantándome la falda comenzó a introducir su miembro en mi culo. Un dolor profundo invadió todo mi cuerpo y de repente sentà que ya lo tenÃa adentro mÃo. Lloré de verdad pidiéndole alocadmente que me la sacara para pasar a decirle de repente que me la metiera y que lo amaba y que era un hijo de puta por lo que me hacÃa. Tomándome de los cabellos me la sacó y la puso una vez más frente a mi rostro. Sacó de su miembro un preservativo que no habÃa visto ponérselo y de repente me metió nuevamente la verga en mi boca y me la llenó de semen, no dejándome que se me escapara ni una sola gota, gritándome que me la tragara, mientras me decÃa putita y yegua de mierda. Fue mi primer tragada se semen y una de las más excitantes, por cierto. El padre de Carolina se tiró exhausto sobre un costado, agitado y satisfecho por su eyaculación. De pronto, a los pocos segundos volvió a meter su mano debajo de mi vestido y comenzó a manosear mis testÃculos y mi pequeño miembro. Yo seguÃa llorando entre emocionada y dolorida, cuando de repente se arrodilló frente a mà y se metió todo en su boca mientras volvÃa a meterme sus dedos en mi culo. Yo lo tomé de los pelos y lo apretaba contra mis piernas. Comenzó a tener otra erección a la vez que se masturbaba sin sacar de la boca mis huevos y mi verga de travesti pequeña de once años. Estuvo chupándome y metiendo sus dedos durante un largo rato hasta que le pedà por favor casi a los gritos que no me hiciera más daño en mi culo. Se puso de pie y nuevamente metió su miembro en mi boca, estallando a los pocos segundos e inundándome nuevamente de semen casi hirviendo. Después de eso me puso de pie tomándome por la cintura y me llevó hasta el baño donde lavó mi boca y mi culo dolorido. Me pidió perdón por el dolor provocado mientras me sonreÃa de una manera dulcÃsima. Volvà a maquillarme con lo que su hija me habÃa regalado y otra vez fui una AnalÃa sonriente y un poco provocativa. Una larga charla siguió a aquella primera relación. Yo conté mis sentimientos y necesidades y él contó sus fantasÃas con travestis de poca edad. Su beso de despedida fue uno de las más largos y profundos que recibà en mi vida. La relación que mantuvimos duró casi tres años, durante los cuales terminé mi escuela primaria para no pisar más un establecimiento educativo. Al año siguiente de lo que acabo de contar, le confesé todo a mi madre, quien no salió, todavÃa hoy, diez años después, de su asombro. Pero su falta de carácter o su resignación lograron que yo impusiera mi voluntad de transformarme en una travesti de trece años, feliz con mi nueva vida. El padre de Carolina dejó de ser mi amante cuando un dÃa casi me mata a golpes al encontrarme con tres jóvenes del barrio penetrada y con el rostro lleno semen, luego de una búsqueda desesperada por toda la ciudad sabiendo que ya no le estaba siendo fiel. Ahora lo comprendo aunque no le perdono el daño que me hizo. Carolina se peló conmigo espantada por lo que ella misma habÃa contribuido a hacer. Hoy llevo su nombre un poco en su homenaje, un poco por recordarla y por cierta envidia sana de su hermosura. Aunque no puedo ni debo quejarme, he alcanzado una belleza que jamás pensé se podÃa alcanzar desde un cuerpo de varón. Mis atributos son sorprendentes y mi femineidad es absoluta. Y para quien llegue a conocerme podrá darse cuenta que todavÃa sigo tragando el semen de mi pareja como aquella tarde inolvidable en el sofá de mi casa a mis once años.
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