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Autor Tema: Sexo para enamoramistados  (Leído 294 veces)
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« en: Junio 11, 2006, 01:51:31 »

Serenas Historias de Sexo, hetero. Decidieron cambiarse los papeles, sus formas de actuar, la ropa exterior e interior, él serí­a una mujer bastante femenina y ella un hombre muy seductor



Alberto estaba nervioso cuando Julia lo beso en los labios. Era la tarde del catorce de noviembre y celebraban el día de lo que ellos llamaban la enamoramistad, sentimiento éste que les unía a medio camino entre la amistad y el enamoramiento, pero el sexo, desde siempre y hasta ese día, había sido descartado de su relación pues lo consideraban un riesgo que inevitablemente destruiría sus sentimientos. Pero él, invirtiendo el papel de Eva para Adán, le dio a morder la manzana prohibida. Se le ocurrió que nada correría peligro si, del mismo modo que habían invertido el día de la celebración de su sentimiento, invertían igualmente sus roles sexuales, de modo que Alberto decidió experimentar su sexualidad femenina por vez primera con Julia. Ella se había recogido el pelo a lo garcon para la ceremonia y él llegó a su casa con ropa interior femenina muy ajustada.
- He de ir al baño, -repuso él cuando pudo despegarse de sus labios-.
- Bueno, pero no tardes..., estoy muy impaciente.

Frente al espejo se sintió extraño. Recompuso su media melena castaña con la mano, como si en la extensión de esa cascada capilar pudiera encontrar un indicio de su feminidad. Luego se pintó los labios suavemente, y los mordió levemente como hacen ellas en esos momentos. Se quitó el vaquero, que ya lo incomodaba, pero dejó su camisa rosa cubriéndole hasta bien entrado el muslo. Tenía las piernas hermosas y sin bello y eso, quizás por vez primera le gustaba. Se puso su perfume, el de ella, ese fresco que se ponía a veces y salió al pasillo. Ella estaba esperando, inquieta, pero segura de sí.

-Vaya, vaya, pero que piernas más bonitas... Ven que te vea.

Estaba nervioso pero acudió al requerimiento solícito. Ella le abrazó y lo besó profundamente saboreando su propio carmín y oliendo su perfume con delectación. Al principio lo besaba con dulzura, sujetándole por la espalda, echándole un poco hacia atrás el cuello, diciéndole cosas al oído, pero él sólo pudo apoyar sus manos en los hombros de Julia que lo manejaba con sabiduría. Al fin y al cabo, era eso lo que quería, anularse, sentirse pasivo en el escenario, dejarse llevar por ella. Julia reía con dulzura cuando se descalzó. Aliviaba sentir el frescor del parqué porque hacía calor dentro del piso. No en vano, había caldeado la casa para aquella cita tan especial, ignorada por el marido. Lo atrajo hacia sí uniendo sus cuerpos y luego lo hizo retroceder hasta la puerta de la habitación.

-¿ Estas seguro?.
- Claro, pero olvídate de mi pene.
- Lo olvidaré, tenlo por seguro.
Le volvió a besar, esta vez con más ansia, envolviéndole la lengua con la suya, enroscándose como una serpiente. Le desabrochó los primeros botones de la camisa hasta intuir un sujetador negro de encaje que cubría unos senos inexistentes. Le volvió a besar más suavemente y luego le dijo que esperara. Mientras Julia se dirigía al salón él se introdujo en la habitación. Se trataba de una habitación moderna con una cómoda que devoraba las imágenes de los seres. Era un pupila vigilante se decía Alberto sentado en el tocador, pero recomponiendo su melena. Julia llegó despacio, sin ser advertida, con el sigilo suficiente para descubrirle allí sentado, de espaldas a ella, con las piernas más descubiertas, pero replegadas. Ni siquiera la vio aproximarse cuando le envolvió el cuello con sus brazos. Entonces empezó a sentirse un poco húmedo en esa parte que hasta entonces él había ignorado que pudiera tener para él funcionalidad sexual. Sentía el poder de su nuevo sexo acomodado en la butaca de la cómoda, oculto tras la braga negra de encaje. Julia siguió desabrochándole con dulzura hasta dividir su camisa en dos partes, mientras él rehuía la mirada con mohín avergonzado. Le palpo el pecho por encima del sujetador extendiendo sus largas palmas paralelamente. Luego le retiro la camisa hacia atrás y le dejó contemplarse en el espejo. Pensó que estaba hermoso, muy femenino, muy dúctil por primera vez y luego le atrajo izándolo de la mano. " Quiero bailar contigo, ven". Y bailaron mientras ella ocultaba en el bolso posterior del vaquero un pene artificial de color verde que había comprado expresamente para la ocasión. Bailaron una música inexistente mientras el pene giraba a merced del movimiento de su dueña sin que él pudiera advertirlo. Julia reía con picardía mientras lo besaba y giraban como una peonza unida.

-¿ Estás enamoramistado de mí?, -preguntó-
- Sí. Mucho. Te enamoraquiero.
- ¡ Qué divertido es el sexo de los enamoramistados! ¿ No crees?.
- Por qué?
- Porque él es ella y ella es él. Noto algo que me crece Alberto.
- Sí?.

Entonces le llevo la mano suavemente a la nalga, muy poco a poco, con misterio, parando unos centímetros antes de que él pudiera tocar su bulto. Le puso la mano por encima de la suya y siguió girando con él como una peonza. Luego lo besó profundamente, le enredó de nuevo la lengua saboreándola como si fuera una fruta, y poco a poco le fue llevando los dedos al pene de plástico.

- Es mi pene. ¿ A que no te lo esperabas?
- Menos aún antes de que te desnudaras, pero...es un poco grande ¿No?.
- Lo justo, lo que te mereces...cielo, lo que te mereces. Tócalo, tócame ahí, excítame. Estoy deseando penetrarte. Palpa esa forma, acostúmbrate a ella, olvida que delante existo con una vagina, piensa que ya tengo mi propia prolongación, que puedo introducirme dentro de ti y que eso es hermoso, o debe serlo.

Siguieron bailando un rato mientras Alejandro tocaba el pene de Julia hasta sentir que, al igual que el resto de su cuerpo, era una parte natural de su cuerpo, quizás la más importante para aquella tarde. Lo palpó hasta la base encontrándose en el fondo del bolso con una caja redonda.

- ¿ Qué es?, -inquirió-
- ¿ Olvidas que necesitas jugos vaginales para hoy?
- Ah...¡ Qué tonto! Estás en todo.
- Te siento, te enamoro. ¿ Y estas tetitas que tienes?

Julia no le dejó contestar. Le retiró el corchete y le acarició la espalda provocándole mucha excitación. Ese era su punto vulnerable. Entonces empezó a echar la cabeza hacia tras dejando caer el pelo y ella lo besó en la barbilla con fruición, saboreándola, devorando aquel fragmento partido y anguloso como si fuera un melocotón. Le acarició el pelo que caía y el, por vez primera, la rodeo por la cintura como deteniéndola. Estaba derritiéndose de placer, ella lo sentía y lo quería así. Quizás aquella tarde había decidido que fuera suya. Le retiró el sujetador y le dejó caer sobre la cama. Terminó de desabrocharse la camisa y se retiró su propio sujetador. Luego se quitó el vaquero y finalmente la braga para mostrar su pubis castaño, pero abundante. Alberto se detuvo en la contemplación de Julia hincada de rodillas frente a él.

- Tienes tres piercing en el pubis.
- Ya lo sé cariño, me los he puesto para ti.
- ¿Para mí?, -repuso algo azorado-.
- Sí, observa...
Cogió el pene y cuidadosamente, muy cuidadosamente lo fue enganchando a los tres piercing que se había operado en la parte baja del pubis. Cuando el último, el que estaba situado más abajo del triángulo púbico, se enganchó a la parte baja de los testículos de plástico de Julia, su imagen poderosamente erecta impactó la sensibilidad de Alejandro. Estaba hermosa ocultando los labios de su sexo. Empezó a sentir más humedad y se abandonó a ella. Entonces Julia se tumbó junto a su lado de costado dejando que el pene golpeara la parte lateral del vientre de Alberto, dejó que lo sintiera, le enredó un poco con una pierna y le alcanzó el oído con la boca moviendo los labios imperceptiblemente.

- Te la voy a meter, ¿sabes?. Y no te puedes ni imaginar el placer que estoy sintiendo por ello. Nunca hubiera imaginado que me dejaras entrar dentro de ti y dominarte, tenerte a mi ritmo, ver cómo te corres con los ojos cerrados. Yo estoy muy húmeda amigo, pero esa humedad de hoy es distinta. Eres maravilloso y tienes ideas hermosas que me ponen a cien.

Él calló. Todavía sentía la sensibilidad de la braga cubriéndole el pubis, igualmente castaño pero más oscuro, como una celosía. Julia se fue adentrando por entre la seda con los dedos, sintiendo su pelo extendido en la piel. Lo acarició y le besó la oreja, pero no le tocó el pene, antes lo eludió desviándose por detrás hasta alcanzar la nalga para luego ir retirando la seda celosa y dejarlo desnudo, enteramente desnudo, excitado y temeroso. Julia buscó su propia vagina y se impregnó de su propia humedad para luego hurtársela a él. Su dedo una y otra vez viajaba de la vagina al esfínter de Alberto para dejarle su esencia, su olor profundo de mujer como un símbolo expreso. Luego con dos dedos le impregnó de vaselina con más profundidad mientras gemía dulcemente, con levedad, mientras sentía aquellos dos dedos que lo penetraban incipientemente dilatando el músculo, cultivándolo para algo mayor. Se subió encima de él depositando su pene sobre el abdomen, besándolo poderosamente, enredándose de nuevo a su lengua y luego besando sus labios, mordiéndolos con leve y cariñoso sadismo. Después le abrió las piernas. Las elevó depositándolas sobre sus hombros y separó dulcemente sus nalgas sosteniendo el pene con la otra mano. Entonces, Julia supo que había llegado el momento. Alberto ladeó la cabeza relamiéndose los labios, segregando saliva de la emoción. Ella ya no dudó porque, ese desinteresarse lúdico y cohibido con respecto a lo que pudiera suceder, constituía una puerta abierta para Julia. Se fijó en el esfínter ancho de Alberto medio abierto y lo hurgó con la mano libre acercándose con su cuerpo hasta que el pene y su dedo se juntaron para abrir la gruta de Alberto. Lo fue desflorando cariñosamente, con ternura, sin agresividad, observando su gesto contraído que compartía el dolor y el placer. Ladeaba la cabeza a ambos lados sin abrir los ojos, inclinaba su vientre hacia ella para procurarse más placer y más penetración mientras Julia, la nueva Julia








, se depositaba en él y se fundía merced a una simple prolongación de su cuerpo que antes no existía. Cuando sus testículos de plástico rozaron la piel de Alberto él se estremeció y ella se hundió más rasgándole el último centímetro de su interior. Luego se fue retirando suavemente para volver a entrar, para acostumbrarle y dilatarle por completo, para que ese continuo entrar y salir pudiera ser más rápido. Parte de su pene la rozaba el clítoris al moverse, y ella lo abría con sus dedos para sentirse. Entonces cerró los ojos hasta excitarse mucho y procurarse placer. Golpeaba a Alberto más y más, húmedo de vaselina y de su propio líquido. Le llegó el orgasmo y se corrió. Luego le acarició a él e igualmente se corrió. Rió relajada, se desprendió del pene y se tumbó junto a él. ¿ Enamoramigos otra vez? . Vale dijo él.
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