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« en: Junio 09, 2006, 12:29:06 » |
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La relación con Alfredo, mi hermano dos años mayor que yo, es bastante tensa. Es un chico engreÃÂdo, malhumorado y amargado de la vida. Según sé (pues ÃÂbamos al mismo instituto y conozco algunos amigos y enemigos suyos), Alfredo es un auténtico patoso ligando y con veintiún años, no se ha comido un maldito rosco.
Eso me da fuerzas cuando me avergüenza delante de mis padres o cuando hace comentarios salidos de tono delante de alguna amiga. Sé que yo he disfrutado de mi cuerpo mucho más que él y eso me reconforta bastante.
Cierto dÃa, hará dos semanas, me senté en el ordenador que tengo en mi cuarto y lo encendÃ. El ordenador lo compartimos toda la familia, pero mi padre y yo somos quienes más lo usamos. Ese dÃa querÃa revisar bien todos los archivos del sistema porque quiero estudiar ingenierÃa informática al año que viene y me gustarÃa ir preparada. Por eso, seleccioné en la carpeta que pudiera ver los archivos ocultos y me puse a dar vueltas por los discos duros a ver qué me encontraba y que no conociera. Mi sorpresa fue mayúscula cuando encontré una carpeta titulada «Conversaciones Alfredo». Ni siquiera me di cuenta de que estaba entrando en la intimidad de mi hermano hasta que fue demasiado tarde. En esa carpeta habÃa guardado docenas de conversaciones en un salón de chat y lo que más me alucinó de todo fue descubrir que en todas ellas hablaba de mÃ.
Le contaba a un amigo suyo que yo era una tÃa impresionante, que mi cuerpo era escultural y que no podÃa dejar de pensar en mà a todas horas. Confesaba que se masturbaba dos o tres veces diarias y que siempre lo hacÃa pensando en mÃ. Yo estaba flipando, como podéis imaginar. Seguà leyendo, pues aunque eran conversaciones privadas, si mi hermano era un pervertido yo querÃa saberlo. Las conversaciones eran tremendas: contaba con todo lujo de detalles cómo entraba en mi cuarto cuando estaba dormida y cómo se pajeaba junto a mÃ, corriéndose en un pañuelo de papel y acercándose a mi cara al hacerlo. También decÃa que me seguÃa a todas partes sin que yo lo viese y que me habÃa pillado haciéndole una felación a un novio mÃo en el portal de casa. Me estaba poniendo de muy mala leche, la verdad. Las conversaciones estaban ordenadas por la fecha, asà que pude comprobar que no eran sus fantasÃas, sino verdades como puños: efectivamente, en agosto del año pasado alquilamos un apartamento en la montaña mi novio y yo y, efectivamente, el apartamento estaba en una planta baja. El muy cerdo habÃa viajado hasta allà y, por la noche, saltaba la verja de la urbanización y de dedicaba a mirar cómo lo hacÃamos una y otra vez. Con todo lujo de detalles. Me prometà a mà misma no volver a follar con las persianas levantadas en mi vida, apagué el ordenador y me fui de allÃ, dispuesta a montarle un follón en cuanto llegase a casa.
Durante toda la tarde no pude pensar en otra cosa. Alfredo ese dÃa no vino a cenar. Era jueves y tenÃa una cena con los amigos de la universidad, asà que me acosté y estuve a punto de quedarme dormida, cuando recordé lo que él habÃa confesado. Permanecà despierta hasta que lo oà entrar por la puerta de casa, dando tropezones con casi todo. DebÃa estar completamente borracho. Segundos más tarde, escuché que abrÃa la puerta de mi cuarto y que se acercaba hasta mÃ. Yo no sabÃa qué hacer, si esperar a que estuviese a puntito y joderle la paja o salir de mi fingimiento en ese instante mismo. El muy cerdo se desabrochó la bragueta y se la sacó allà mismo. La tenÃa pequeña, además. El tÃo siempre vanagloriándose de su gran polla y luego la tiene como todo hijo de vecino... tÃpico.
Yo fingÃa dormir y, con los ojos entreabiertos, parcialmente cubiertos por las mantas, lo veÃa allÃ, a apenas medio metro de mi cara, meneándosela como un mono, poniendo cara de estar en la maldita gloria. Me daba asco, pero por otro lado, me empezaba a divertir la escena. Al principio, creà que me divertÃa pensando en la cara que iba a poner cuando me levantase, pero luego me percaté de que estaba poniéndome bastante cachonda con aquello. Mi hermano empezó a movérsela más y más rápido y, de pronto, sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se acercó, flexionando las rodillas. Me puso su glande como a seis o siete centÃmetros de la boca y colocó el pañuelo justo debajo. Casi me rozaba los labios. La meneó un poco más y, muy hábil, soltó toda su leche en el pañuelo sin darme ni con una sola gota. Yo me quedé helada de verdad, como nunca habÃa estado. Mis braguitas estaban muy mojadas, sentÃa una excitación increÃble mientras él susurraba que yo era fantástica y que le encantarÃa correrse en mi boca. Terminó, se limpió la polla con otro pañuelo de papel y se largó del cuarto, dejándome con la duda de si decÃrselo a mis padres y meterlo en un lÃo o bien dejarle con sus fantasÃas.
Por tres dÃas estuve dudando. La verdad es que la experiencia me habÃa puesto cachonda perdida y que luego tuve que tocarme debajo de las sábanas para saciar mi apetito. Fantaseé con un chico de clase que me pone a cien, pero la imagen de mi hermano sacudiéndosela delante de mà volvÃa a mi mente una y otra vez. Dudaba entre lo que me dictaba mi mente (denúncialo a la poli, que se pudra en la cárcel, es un pervertido), lo que me dictaba mi corazón (no puedes hacerle esto a tu madre, piensa en tu padre, imagÃnate lo que dirá la abuela) y lo que me dictaba mi sexo (dios, el chico no está haciendo nada malo, no te toca, solo se masturba, mujer, si hasta te gustaba). Pasé los tres dÃas casi sin hablar con nadie. Me ponÃa cachonda en todas partes, rememorando a mi hermano, al cabrón de mi hermano, corriéndose ante mi cara, diciendo que la chupo de muerte. Y tan salida iba que el sábado por la noche me enrollé a un chico que llevaba tiempo dándome la brasa y me lo llevé hasta un parque, donde le hice de todo. Fue el único momento en tres dÃas que no pensé en mi hermano.
Pero la noche del domingo al lunes, volvió a entrar en mi cuarto y volvió a repetir la escenita. Yo volvà a quedarme quieta y hacerme la dormida, pero me puse cachonda perdida cuando él aceleró su mano y me querÃa morir de ganas cuando se agachó para eyacular en aquel pañuelo de papel. Mientras salÃa de la habitación, decidà cambiar de estrategia a partir de entonces. Se iba a cagar.
El lunes, cuando llegó él de la universidad, mis padres estaban aún trabajando y yo me paseé por la casa prácticamente desnuda, con una camiseta blanca y unas braguitas únicamente. Su cara era un poema. Después, derramé sin querer un vaso de agua por encima de mis tetas y dejé que las viese transparentándose. Luego me reà y, para disimular, me fui a mi cuarto y me cambié. Yo sabÃa que estaba en ese momento flipando de cachondo y decidà portarme bien. Me puse el pijama y salÃ. El martes salà de la ducha con la toalla alrededor y dejé que se cayese un poco, enseñándole mis pechos. Al dÃa siguiente, hice lo mismo con mi coño. El jueves me agaché para mostrarle mi nuevo tanga. También ese dÃa dejé la puerta de mi cuarto abierta y me tumbé en la cama, dejando ver mis braguitas a cualquiera que pasase por el pasillo. Yo fingÃa leer, o dormir la siesta, pero podÃa notar su presencia allÃ, mirándome enloquecido. Poco a poco, mi truco empezó a hacerse más que un juego. Se convirtió en un modo de vida. En una adicción.
Mi hermano estaba todo el dÃa cachondo perdido y salÃa bastante menos de casa. En vez de irse con sus amigos a emborracharse, se quedaba allÃ, mirándome. Yo cada vez era más descarada y él cada vez se azoraba más. Iba incontables veces al cuarto de baño, yo pegaba la oreja a la puerta y escuchaba cómo se pajeaba, una y otra vez. Cuando salÃa, yo estaba dispuesta a volver a calentarlo. Lo que pretendÃa era ponerlo tan cachondo que no pudiera volver a pensar en mà de puro agotamiento. Dos sábados después, yo ya me habÃa acostumbrado a calentarlo a todas horas. Su único respiro era cuando se iba a la universidad y yo a instituto, pero cada dÃa él llegaba antes a casa para poder disfrutar de mÃ. Ese sábado mis padres salieron a cenar fuera y nos quedamos los dos en casa. Le dije que tenÃa una pelÃcula por ver y dijo que querÃa verla conmigo. Se sentó en uno de los sillones y yo me tumbé en el sofá, vestida únicamente con un camisón negro que tengo y levanté la rodilla izquierda, permitiendo que me viera completamente la entrepierna. Durante toda la pelÃcula, yo pude sentir sus ojos clavándose en mà como si estuvieran a un palmo de distancia. Entonces, empecé mi plan más maquiavélico.
Fingà quedarme dormida y, cuando llevaba un rato asÃ, él empezó a tocarse en el sillón. DebÃa darle corte hacerlo como de costumbre, pues el sofá no es tan cómodo como mi cama y yo podrÃa despertar de repente. Se hizo una paja y se quedó más tranquilo. Entonces empecé yo. Empecé a hablar en voz baja, como si hablase en sueños, pero poniendo una voz de putón verbenero increÃble. Fingà tener un sueño erótico y comencé a frotar mis piernas una con la otra, lentamente, mientras susurraba obscenidades al oÃdo. Mi hermano estaba alucinando y no tardó en pasar completamente de la pelÃcula y mirarme obnubilado. Yo solamente abrÃa los ojos lo justo, viéndolo a través de mis pestañas. Me lo estaba pasando en grande y, de veras, me estaba poniendo muy cachonda con aquella fantasÃa erótica. Pude escuchar el roce de su mano contra su polla, machacándosela otra vez. Entonces, justo en ese momento, mi mano cayó desde el costado y se alojó en mi entrepierna, que empecé a tocar, manteniendo la mascarada del sueño. Mi hermano se querÃa morir de gusto.
Cuando ya estaba muy caliente, exageradamente caliente, me movà de golpe, gimiendo, colocándome boca arriba y aparté mi mano de mi vulva, para pasarla por mis pechos y dije «Cómemelo, por favor». Mi hermano dejó de meneársela y se quedó quieto. Yo continuaba con los ojos cerrados, pero podÃa sentir cada movimiento que hacÃa. Repetà mi petición diciendo que era lo que más deseaba en el mundo, que me correrÃa en su boca si lo hacÃa. Mi hermano no se pudo resistir. Agachó la cabeza, la metió entre mis piernas que estaban totalmente abiertas y apartó las bragas con mucho cuidado. Primero me tocó con uno de sus dedos y yo dije "Por favor, por favor, dame tu lengua".
Obedeció y me empezó a volver loca. Yo gemÃa mucho, y esta vez era de verdad. Mi hermano, mi virginal hermano que se hacÃa pajas mirándome a mà porque no tenÃa a quien usar de recipiente, mi hermano que era el tÃo más despreciable del universo, estaba comiéndome la almeja y dándome un placer salvaje. Siguió durante mucho rato hasta que, por fin, me corrà y se lo hice saber. Estaba exhausta, derrengada. Mis muslos estaban mojados con el flujo que salÃa de mi coño y yo notaba un calor tremendo saliendo de mi entrepierna. Mi hermano se la peló rápidamente y no tardó ni medio minuto en correrse, pero esta vez no le dio tiempo a poner ningún pañuelo y las gotas cayeron directamente sobre el sofá y el suelo. No me importaba. Casi me daba pena que no me hubiera dado, con su leche caliente, en las nalgas o en las tetas. Su comida habÃa sido deliciosa. No sé si hago bien o hago mal. Ignoro si esto es denunciable o si, por el contrario, son cosas tontas que no interesan a los jueces. Al fin y al cabo, mi hermano y yo somos mayores de edad y no estamos forzando al otro a hacer nada. A mÃ, por ahora, no me molesta. El próximo dÃa volveré a fingir sueños eróticos y le diré que me la ponga en la boca. Me juego Euros contra pesetas a que se corre antes de un minuto... Es tan cándido, que no podrá aguantar ni un asalto.
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