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Autor Tema: Incesto aida (i la noche).  (Leído 557 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 12:11:13 »

Estoy empezando a descubrir que uno de los mayores tesoros que uno pueda encontrar en el terreno del erotismo es una mujer reprimida.



Estoy descubriendo que ella es una fuente inagotable de sensaciones y una verdadera veta de pasión y éxtasis si uno sabe manejar adecuadamente la situación. Yo al menos pondré todo mi empeño en ello.
Debo decir que Aída, es una mujer desconcertante. Es lo que podríamos llamar una hembra muy poco comunicativa, prácticamente no habla y sus mensajes son generalmente muy lacónicos.

Estoy pasando unos días, dentro de mi semestre sabático, en su hermosa casa de campo, ricamente instalada, como corresponde a una mujer de éxito económico, muy distante de las habituales penurias que yo sufro con mi magro sueldo de docente en un instituto superior. Mi hermana en cambio, que solamente tiene educación media, nada en dinero y también en su piscina en la cual también me sumerjo. No hablaré de edades, pero yo soy su hermano menor, ella es soltera y de una belleza natural algo exuberante. Me ha tenido mucho cariño desde pequeño y no la había visitado a lo menos en 10 años.

Desde los primeros momentos que llegue a su casa, me di cuenta que Aída mantenía dentro de si una tensión no confesada, que atribuí de inmediato a su vida mas bien solitaria y a la falta de salida para una energía brutalmente acumulada, pero no supe como yo podría contribuir a su alivio de una forma que no fuese, sino mantener con ella unas doctas conversaciones. Pero el destino esta disponiendo las cosas de otro modo.

Aída suple maravillosamente sus pocas palabras con una espontaneidad que siempre me desconcierta, porque ella jamás ha tenido ningun recato frente a mi. Habituamente se sienta en forma totalmente descuidada de modo que siempre me permite saber el color de sus calzones, sus tetas prácticamente expuestas, su manera de caminar ondulando levemente las caderas y las cortas frases con que me da a conocer estados de su mas reservada intimidad siempre me han puesto en jaque. Pero ahora Aída se trae dentro de estos comportamiento, una idea avasalladora de liberación que se me hizo clara la noche de nuestra primera cena.

Habíamos tomado dos o tres tragos en la terraza completamente a oscuras y en silencio, cuando ella me propuso que nos metiéramos en la piscina. La noche estaba cálida de modo que yo acepté de inmediato y me dispuse a ir a mi cuarto por mi traje de baño, pero ella no hizo lo mismo, sino que simplemente, favorecida por la oscuridad reinante, se despojó de todas sus ropas y desnuda avanzó hasta el borde de la piscina.

A pesar de la oscuridad me era posible delinear claramente la figura de esta mujer cuyas curvas se recortaban suavemente en la penumbra. Allí, en silencio, su busto adelantado como dos soberbias uvas blancas y la línea de su trasero insolente, me atraían desde la corta distancia.

Al momento ella entró en el agua y yo no tuve alternativa sino entrar también allí, desnudo, pero con la mente decididamente perturbada.

De vez en cuando escuchaba su voz haciéndome algún comentario sobre la temperatura del agua y la tranquilidad de la noche, mientras yo la escuchaba deslizarse sin saber si estaba cerca de mi. Este no saber la ubicación del cuerpo desnudo de mi hermana me descolocaba, pues pensaba que podría rozarme en cualquier momento con ella, y no sabía si ese momento me inquietaba, lo temía o estaba comenzando a desearlo. La oscuridad me ocasionaba una especie de manto protector que alejaba mis temores cubriéndolos de una permisividad en que todo me parecía irreal pero tremendamente posible.

Ahora estabamos allí los dos, en silencio, nadando sin rumbo y ante la posibilidad mas que cierta que en cualquier momento nos tocáramos. Sería eso lo que ella deseaba?. ¡Cómo saberlo si desde que entró en el agua no había pronunciado una sola palabra? Y ¡Qué haría yo si esto sucedía. ¡Cómo reaccionaría mi cuerpo al contacto del suyo? ¿Estaría todo en mi imaginación y ella solamente quería refrescar una noche tórrida o la erección que me había invadido no era sino una proyección en mi de sus propios deseos.

Cuando yo era pequeño, algunas veces me había masturbado mirándola a escondidas mientras ella se desvestía antes de acostarse, pero esa fueron evoluciones naturales de mi infancia y en ese tiempo ella era una muchacha. Pero lo de ahora era brutalmente distinto, ella era una hembra madura y hermosa que estaba allí en cualquier punto del agua cerca de m, agitando sus muslos, estirando sus brazos dejando que el agua, esa misma agua en la yo estaba quizás a centímetros de ella, rodeara sus muslos, tocara suavemente sus pezones, y se introdujera sin dificultades en todos su orificios seguramente brutalmente lubricados.

Yo me deslizaba entonces unas cuantas brazadas en cualquier dirección, sintiendo un grueso y robusto timón allí en el centro de mis piernas, apuntando hacia el fondo.

Y de pronto no escuchaba su braceo y sabía que se había sumergido y en ese mismo momento podría pasar con sus pechos justo sobre mi miembro tenso, o yo, al sumergirme, podría tocar con el justamente en medio de su nalgas suaves y ese pensamiento me paralizaba y volvía yo a emerger quizás para serenarme.

Fue en ese momento cuando la vi sumergida, impulsándose únicamente con el movimiento de sus piernas, viniendo directamente hacia mi.

Me quedé paralizado, el encuentro era inevitable yo estaba apenas unos cincuenta centímetros bajo ella y aún con la poca luz existente vi su cuerpo acercándose. Era una visión fabulosa. Avanzaba lentamente, como un pez erótico de belleza inaudita, con su cabellera extendida en el agua y sus manos bajo sus tetas que en ese momento me parecieron luminosas, las levantaba suavemente, como afreciendomelas y creí que podría alcanzarlas con mi boca, pero se deslizo a centímetros de mi de modo que pude ver la curva de su vientre y luego sus vellos pubicos contrastando la blancura de su piel y luego la cinta de sus piernas alejándose.

Se alejó hacia el borde de la piscina ascendiendo lentamente por la escalera para luego quedarse allí imponentemente de pié.

Ahora ya no podía yo tener su figura contorneada por los efectos ópticos del agua sino que la tenía allí en medio de la noche.

Salí del agua con mi erección brutal tratando de situarme detrás de ella porque no quería manifestar la evidencia de mi estado. Ella estaba frente a la piscina , su cuerpo bañado ahora por una luz difusa y yo allí a un paso, tratando de sujetar apenas mi mástil con una mano que no hacia sino comprobar la tensión de esa musculatura palpitante.

Aída estrujaba su cabello con sus manos y el agua escurrió entonces por su espalda introduciéndose como un río plateado entre sus nalgas hermosas formando pequeñas perlas sobre algunas vellos que la adornaban, para luego formar dos pequeños ríos ,ahora seguramente tibios, por sus muslos . Mi cuerpo se liberó y explote en medio de la noche sin poder evitar que parte de mi semen rebotara en sus nalgas formando lechosas figuras que eran representación de mi asombro, y ahora no tenía dudas. También de mi deseo.

Aída pareció no darse cuenta.

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