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« en: Junio 09, 2006, 11:41:44 » |
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Cuando leÃÂ su e-mail no me lo podÃÂa ni creer.
"He cogido 15 dÃas de vacaciones. Quiero quedar contigo y que me hagas todo lo que quieras, sin lÃmites. Estaré preparada. Te espero".
Por fin iba a quedar con ella. No me lo pense dos veces. Deje dicho en casa que pasarÃa al menos el fin de semana fuera y me dirigà a la dirección indicada. Antes de abrir la puerta miró por la mirilla y me preguntó:
-¿Quién eres?.
-Soy Sergio.
Cuando oyó esas palabras abrió la puerta. Lo que vi entonces es algo que aún hoy recuerdo. Allà estaba, totalmente desnuda. Me miro a los ojos y me dijo que entrase y lo hice. Estabamos a oscuras. Entramos en una habitación. Según caminaba tras ella podÃa ver su culito oscilante. Solo de pensar en lo que iba a hacer con él se me hacia la boca agua. Entonces me fije mejor en ella. DebÃa medir 1.70. Era rubia y tenia el pelo largo. Sus ojos eran verdes y rasgados y tenia una boca ondulante y carnosa. Era preciosa, pero lo que más me impactó fue su cuerpo. TenÃa unos pechos grandes y redondos. Perfectos. La aureola de sus pezones era pequeña y oscura. Sus propios pezones eran grandes y estaban erectos. Su vientre era plano y conducÃa de forma precisa a su centro de placer. Estaba totalmente depilada. Solo de verlo aumentó aun más la erección que ya tenia. Por último, sus piernas, largas y fuertes, enmarcaban sensualmente su coñito depilado.
Ella también me habÃa estado mirando durante esos instantes en los que me deleité con su perfección.
-Ufff. Me estoy mojando. -dijo mientras se acercaba un dedo a su rajita y su voz se estremecÃa.- ¿Empezamos?. No creo que pueda aguantar mucho más.
-¿Cuántos años tienes?
-21.
-¿Tienes experiencia?.
-Alguna.
-¿Qué es lo que quieres hacer?.
-Lo que me has descrito en tus e-mail.
-Son cosas muy fuertes. ¿Serás capaz de soportarlas?.
-No lo sé. Eso espero. Quiero que a partir de ahora me trates como la esclava que soy.
-Esta bien. Ponte a cuatro patas sobre la cama. Quiero ver bien tu culito.
Ella lo hizo y empecé a examinar su ano. Era flexible y resistente. Era evidente que lo utilizaba frecuentemente para darse placer.
-¿Con que frecuencia usas tu ano para darte placer?.
-Entre tres y cuatro veces al dÃa, mi amo.
Entonces introduje sin avisar un dedo muy profundamente. Ella se sobresaltó y gimió. Sin sacar el dedo acaricié su chochito. Estaba muy mojada. Cuando mi dedo rozó su abultado clÃtoris empezó a gemir aún con mayor intensidad. Asà continué durante unos segundos mientras sus quejidos iban en aumento. Su respuesta sexual era tremenda. Aquella mujer iba a disfrutar aquel fin de semana de una forma como pocas iban a haber disfrutado jamás. Introduje dos dedos, tres, cuatro en su ano. No parecÃa tener dificultad para asumirlos, aunque sà era cierto que le causaban un gran placer. Ya se habÃa corrido un par de veces cuando quise introducirle la mano entera. Entonces noté como su culito habÃa llegado ya con cuatro dedos a lo que, de momento, era su lÃmite. Aullaba y aullaba de placer en un gemido continuo.
-aaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhh...
Entonces empecé a empujar mi puño en su interior. Lo que habÃa sido placer se convirtió en dolor.
-¡¡¡Aaaaaayyyy¡¡¡¡ ¡¡¡aaaah¡¡¡. Amo, amo, me haces daño.
Seguà empujando. Ya habÃa introducido los nudillos. Poco a poco và entrar mi mano hasta la muñeca, que fue abrazada por su esfÃnter que se relajaba tras la distensión a que habÃa sido sometido. Por fin tenÃa toda la mano dentro y acerqué mis dedos a su vagina. Fue entonces cuando me di cuenta de las posibilidades de su clÃtoris. Estaba aun más abultado que antes. Lo acaricié y pellizqué hasta lograr arrancarle un par mas de orgasmos. Su cuerpo temblaba, pero yo la controlaba con mi mano metida en su culito. Entonces la saqué. Ya habÃa disfrutado suficiente. Era ya hora de empezar a trabajar en serio. Abrà mi maletÃn y sin dejarla ver su interior.
Ella descansaba en la cama.
Entonces cogà una de las cuerdas que ella misma habÃa preparado y la ate las manos a la cabecera de la cama. Estaba a mi entera disposición. Ella ya no tenÃa control sobre su cuerpo.
-Hasta ahora no hemos estado mas que jugando. -Dije, y eleve uno de mis mas preciados juguetitos. -Ahora empieza lo serio.
En sus ojos se reflejaba el terror. En sus pupilas se reflejaba el enorme artefacto que levantaban mis manos. Un enorme consolador. Hasta ahÃ, todo normal, solo que ella sabia que significaba la goma que salÃa de su base y acababa en un recipiente de plástico. Rellené el recipiente de agua muy caliente y me acerqué a ella.
-Respira hondo. -le dije -y empecé a empujar el enorme trasto en el interior de su culito. La niña gritaba de dolor.
-¡¡¡Aaaaayyyyy¡¡¡ ¡¡¡Noooo¡¡¡ ¡¡Mi amo¡¡ ¡No me cabe¡¡No puedo soportarlo¡.
-Vamos, deja de quejarte. Solo ha entrado la punta. Abre bien las piernas y distiende el culito. Asà te dolerá menos.
Me hizo caso y poco a poco fue entrando. Me costó 15 minutos y un gran esfuerzo. A ella le costó el peor rato de su vida y muchas lágrimas. Al fin ya estaba dentro, y nadie más que yo podrÃa sacárselo. Era tan grueso (casi como dos puños) y estaba tan profundamente incrustado que era imposible que ningún movimiento pudiera expulsarlo afuera. Me fijé entonces en su cara, la cara misma del dolor y el placer conjuntos. Abrà la espita del agua y su cara cambió. En su rostro habÃa muecas que no se podÃan describir. Su interior estaba siendo brutalmente violado y su exterior asà lo expresaba. Dejó de gritar y elevó la cabeza intentando aspirar un poco de aire. Poco a poco su vientre se iba llenando. Cuando llevaba ya 4 litros asumidos la deje descansar y tomar aire. Por su cara bajaban goterones de sudor, fruto del calor de la lavativa y del esfuerzo a que estaba siendo sometida. Volvà a abrir la espita e introduje un litro más. Su estomago estaba ya dado de sÃ. Tenia el aspecto de una embarazada. Le acaricié el pelo, lo cual agradeció, y le sequé el sudor. Entonces empecé a manipularle el clÃtoris. Por fin lo pude ver en toda su dimensión. Estaba muy desarrollado. MedÃa casi dos centÃmetros. Lo pellizqué y mordà con dureza, lo que ella me agradeció con un nuevo orgasmo que le hizo olvidar por momentos el martirio de la lavativa. Asà seguà manipulándola durante varios minutos, corriéndose ella varias veces. Su rostro de desfiguraba por momentos. Le ofrecà un vaso de agua frÃa que me agradeció, pero no pudo beber mucho porque se sentÃa totalmente llena.
Segundo paso: elongación del clÃtoris. Saque de mi maletÃn unas gomas negras. La primera se la apliqué en la base de su órgano y le di dos vueltas. En ese momento si que empezó a gritar de verdad. Se olvido incluso de la lavativa porque aunque hasta entonces habÃa permanecido quieta por temor a desfondarse, no pudo resistir el dolor y se agitó sobre la cama. Una nueva goma y más estimulación de su estirado órgano. Al mismo tiempo que la invadÃa el dolor la torturaban oleadas de placer. Cada poco tiempo mis manos se empapaban con sus jugos, que fluÃan sin interrupción. La imagen era dantesca. Cuando su clÃtoris se habÃa estirado ya hasta los 4 centÃmetros la deje descansar unos minutos.
Fui a mi maletÃn y saque dos cables. Lo mejor aun estaba por llegar. (continuará).
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