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« en: Junio 09, 2006, 11:35:34 » |
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La primera vez que el esclavo se dispuso a seguir a la Señora, tal y como le habÃÂa ordenado, cometió un error que no volverÃÂa a cometer jamás
Trató de seguirla como se encontraba en ese momento, de pie, el perro intuyó su error en seguida por la inmovilidad de la Señora, que ni siquiera se molesto en volverse, el esclavo se puso, tarde, a cuatro patas, asà es como deberÃa seguirla siempre, salvo que se le ordenase otra cosa, siempre lo habÃa entendido asÃ, era un perro, un esclavo, y como tal debÃa seguir a la Señora: a cuatro patas, como mÃnimo. La Señora se encaminó a una de las habitaciones y el esclavo la siguió como le correspondÃa, a cuatro patas, cuando al perro se encontraba en el centro de la estancia le ordenó parar, cosa que este hizo en el acto. En el suelo el perro notó como ella daba vueltas a su alrededor, y sintió como sonreÃa complacida por su docilidad y su instinto para la obediencia, saboreando todo lo que podrÃa llegar a dar el esclavo que tenÃa a sus pies una vez fuera conveniente domado y entrenado. En esa habitación habÃa un amplio armario empotrado que llegaba hasta el techo, tenia el suelo a ras del mismo suelo de la habitación y medÃa más de 2 metros de largo, por cerca de 60 centÃmetros de profundidad. El armario tenÃa una pequeña y consistente cerradura que permitÃa clausurar firmemente las dos hojas e igualmente tenÃa unos orificios de respiración, diminutos pero suficientes bajo las molduras. Si las puertas del armario se abrÃan de par en par era como si la habitación se agrandase dejando ese espacio cerrado integrado en la propia habitación. En la parte alta del armario habÃa varios aparadores y de un poco más abajo colgaban diversos instrumentos: un juego de nueve fustas diferentes, dos látigos, mordazas, arneses, etc. El suelo del armario era una jaula metálica que ocupaba toda su extensión: 2 metros de largo por sesenta centÃmetros de ancho, y en cuanto a su altura: la jaula tenia el techo móvil, de manera que se podÃa acercar más o menos al suelo de la propia jaula según se desease, a través de unos pernos móviles. El techo de la jaula se podÃa colocar desde a unos escasos dos palmos del suelo hasta una altura de 1’20 metros. La jaula tenÃa igualmente una pequeña ventanilla por la que se podÃa pasar un pequeño plato hondo o un cubilete. El Ama explicó al perro cuando le enseño aquel lugar: "esto no es un lugar de castigo, es un lugar de corrección, servirá para mantenerte siempre en la posición adecuada, si tiendes a levantar la vista o que tu postura no sea la adecuada serás introducido en la celda para que sepas como debes de estar y tengas más la tendencia a una postura que a otra". El Ama explicó al esclavo que practicarÃa cuanto fuera necesario, durante dÃas, durante semanas, si es necesario, hasta que aprendiese perfectamente que su postura, sus posiciones pertenecÃa al Ama y que sentarse o estar de pie no eran derechos, sino concesiones del Ama, que podÃa, o no, otorgar según fuera su deseo o su capricho en cada momento. El Ama explicó al esclavo que su postura debÃa de ser siempre de humillación ante Ella, arrastrándose o a cuatro patas, salvo que Ella indicase lo contrario y que aprenderÃa ha hacerlo como si fuera algo natural. La primera vez que el perro fue introducido en la jaula lo fue para dejarlo completamente tumbado boca a bajo durante varias horas, por su tendencia a levantar la mirada y a no estar correctamente arrodillado. Cuando la puerta del lateral de la jaula, que coincidÃa con las puertas abiertas del armario se abrió, el perro cometió el error de salir lentamente, agradecer el castigo y ponerse de rodillas, el perro fue inmediatamente metido dentro de nuevo a patadas. Esta vez se cerro la puerta del armario tras la de la jaula quedando absolutamente a oscuras el esclavo, tras varias horas oyó los tacones del Ama acercarse el esclavo comenzó a tener miedo, cuando Ella llegó a la altura del armario y notó como se abrÃa la puerta agachó la cabeza lo máximo posible dentro de la jaula para demostrar su respeto. Esta vez el esclavo no cometió el mismo error, cuando la puerta de la jaula se abrió se arrastro fuera, agradeció el castigo y se quedo exactamente asÃ, como habÃa estado durante horas en la jaula, tendido boca abajo, a ras de suelo. Cuando el Ama le ordenó "sÃgueme" no levanto ni un músculo del suelo y fue tras Ella a rastras, como un gusano, procurando mantenerse cerca de sus tacones, que volaban por el aire mientras él se arrastraba torpemente por el suelo. Esta vez el esclavo notaba más como las palabras de la Señora se convertÃan en movimiento automáticos de su cuerpo. El esclavo nunca creyó que salir del armario significase exactamente eso El esclavo siguió a rastras al Ama hasta un sillón junto al cual se encontraba sobre un almohadón una palangana y una esponja, el esclavo entendió la sugerencia, se arrodillo lentamente esperando no cometer ningún error, con la mirada muy baja para no molestar al Ama y la descalzó, quitándole sus botas negras de medio tacón y lavó sus pies cuidadosa, suavemente, tras hacerlo y sin recibir ninguna orden explÃcita bebió un sorbo del agua de la palangana en señal de sumisión y de respeto por el Ama. El esclavo se postró de nuevo, inmediatamente, sobre el suelo, a los pies de la Señora, siempre tenÃa miedo al tomar iniciativas, pero pronto, el esclavo notó como el Ama sonreÃa y oyó su voz: "bien esclavo, ahora puedes permanecer de rodillas" Más tarde, mucho más tarde, el perro se entero de que sólo existe una pequeña llave del armario empotrado: la que lleva el Ama colgada de su cuello permanentemente, pendiente de una fina cadenita plateada.
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