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« en: Junio 09, 2006, 10:24:17 » |
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Sexo con una mujer muy jovencita.
A ver. ¿Cómo contar esto? Resulta que el otro dÃa estaba yo, recién salido del trabajo, como lo hago a menudo, en mi auto fumando estacionado cerca de una esquina que frecuentan las putas. Me gusta mirarlas; pero ya sé que no son una buena elección. A lo menos a mà nunca me han resultado. La mayorÃa son mucho más feas cuando se desnudan y se sacan la ropa ajustada. Pero igual me gusta mirarlas. Muy de vez en cuando llamo a alguna, resignado a que cuando se desvista me parecerá la más fea que pude haber elegido; y tanto, que a veces ni he podido acabar. Lo que yo soñaba era... Pero en esto me interrumpieron los pensamientos unos golpecitos en la ventanilla del otro lado, la que estaba hacia la acera. Giro la cabeza y al principio no veo nada, pues era un sitio bastante oscuro. Luego và una cabecita que asomaba por encima del borde de la ventanilla y que decÃa:
-- Señor, déme una monedita por favor...
Maldición, pensé. Otro chico pÃdiendo. No sé por qué, porque no suelo hacerlo, empecé a rebuscar una moneda y sacándola del bolsito le digo que dé la vuelta para dársela. Al dar la vuelta al auto y venir hacia mà me di cuenta de que me habÃa equivocado, era una niñita como de 18 años... Mi sueño. Morenita, de cuerpito normal, nada flaquita, vestida con una remerita y una pollerita. Le doy la moneda y cuando ya se va, me animo:
-- Nena, venÃ.
Mientras, miré para todos lados por si estaba acompañada o alguien la estaba vigilando, pero no parecÃa haber nadie prestando atención. Asà que le propuse:
-- ¿Querés subir a pasear un poco? Después te doy más monedas.
Dudó un poquito y dijo:
-- Bueno... -- Andá por el otro lado que te abro la puerta.
Le abri la puerta y entró.
-- ¿Ya te ibas para tu casa? -- No, todavÃa tengo pocas monedas. -- ¿Cuántas querés tener cuando te vayas? -- AsÃ... -- dijo, abriendo la mano.
Estos hijos de puta... Mandar a una preciosura asà a pedir en la calle a estas horas... ¡¡¿¿No saben que la puede agarrar un pedófilo??!!.
-- Bueno, yo te las doy cuando volvamos. No te preocupes, te daré bastantes monedas. -- Asà mi mamá se va a poner contenta. -- SÃ, querida.
Y diciendo esto me estiré para cerrar bien la puerta, pasando sobre ella. Era una preciosura, de cabello lacio castaño, grandes ojos y pequeña boquita, con mejillas gorditas y expresión tranquila y alegre. Imposible resistir la tentación de besarla. Asà que tomé su carita con mi mano y le dà un beso en la mejilla, pero sobre la comisura de la boca.
-- ¿Cómo te llamás? -- Micaela. -- Bien. Mi nombre es Piti. -- ¡Ji ji! Tenés nombre de perrito. -- SÃ, ¿viste? Todos me dicen lo mismo.
Le dije, acariciándole la piernita, un poco por encima de su rodilla.
(cuento el viaje y le compro un pancho- ya en el auto de nuevo.le doy algunas monedas más para recordarle que hay más)
-- Bueno, Mari, contame cómo es tu casa.
Por supuesto, con el propósito bien definido de llevar la conversación para mi lado.
-- Yo no tengo casa, vivimos en la pieza del hotel. -- Ah, bueno. Claro, por eso pedÃs monedas, ¿no?. Y baño ¿tienen? -- Hay un baño en el pasillo, para todos los de las piezas. -- Y ¿cómo hacés para bañarte? -- A veces mami calienta una olla de agua y me baña. -- ¿Hoy te bañó? -- No. -- ¿Cuándo te bañó? -- No sé, hace dÃas...
En esto, llegamos a la Costanera Sur y estacioné el auto en un lugar solitario y bastante oscuro, debajo de unos árboles. Le dije:
-- Vamos a mover el asiento asà estamos más cómodos.
Y le recliné completamente el asiento, y también el mÃo. Estaba pensando cómo hacer para disfrutar de su cuerpito; y sabÃa que pronto querrÃa irse a su casa. Decidà que actuar rápido y sorprenderla serÃa lo mejor. De modo que me incorporé un poco, y poniéndole la mano entre las piernitas:
-- Como hoy no te bañó tu mami, dejame ver si no tenés olor en la colita, que si es asÃ, busco una toallita para poner en el asiento para que no se ensucie.
Con la palma de la mano sobre la pancita, le apreté suavemente y le froté la entrepierna por encima de la bombacha dos o tres veces, hasta sentir la leve hendidura a lo largo de mi dedo. Me miraba con los ojos grandotes. Saqué la mano y me la llevé a la nariz; olÃa un poquito a pis, pero el olor más perceptible era el propio de la conchita... Estaba tranquila y la cosa no parecÃa molestarla.
-- Estás limpita aquà adelante. Ponete un poquito boca abajo que voy a ver si tenés limpio el culito también.
Y antes de darle tiempo a pensar y negarse, tomándola de la caderita la ayudé a rodar hacia mi lado en el asiento. Quedó boca abajo y poniendo la mano sobre las piernitas le subà la pollerita hasta la cintura. Su bombacha parecÃa con florcitas, en la poca luz que habÃa; me incliné sobre ella y bajé el pequeño calzoncito hasta sus rodillas. Llevé mi cara sobre el culito y hundà entre las nalguitas la nariz, fingiendo olfatearla; mejor dicho olfateándola con delectación, pero so color de querer saber si estaba limpia. Ella seguÃa calladita, de modo que pasé la mano derecha por debajo de su pancita, con la palma hacia arriba, y llegué con los dedos a tocar levemente su conchita, dándole pequeños apretones rÃtmicos muy suavemente. entretanto con la otra mano le separé una nalguita, comenzando a besarle el interior y tratando de llegar a besar el pequeño ano, sin conseguirlo porque mi cara estaba atravesada sobre la hendedurita del culo. Su olor a colita algo sucia era delicioso; y se mezclaba gloriosamente con el que comenzaba a salir de la conchita que suavemente le masajeaba por debajo. Saqué la lengua y la comencé a introducir entre sus nalgas, consiguiendo llegar con la punta a recorrer el encantador agujerito.
Mi corazón latÃa tremendamente rápido y fuerte; era el sueño de mi vida. En un momento tuve que separar la cara de ella porque pensé que me iba a dar algo. Pero no podÃa abandonar ese contacto delicioso, de modo que empecé a jugar con mi mano izquierda en sus nalguitas, tratando de concentrarme al máximo en las sensaciones de mi piel, de mi olfato y de mi vista. TenÃa el culito gordito, abultado, firme, suavÃsimo; mi mano temblaba locamente al acariciar las exquisitas redondeces; al separarlas deslizando los cuatro dedos entre ellas, sintiendo cómo las penetraban, cómo las abrÃan y cómo las yemas llegaban a su fondo y se apoyaban suavemente en él. Mi dedo anular tenÃa la punta exactamente sobre el ano y presionaba muy suavemente sintiendo cada uno de los pequeños y suaves pliegues del borde y la pequeña depresión del centro. Mi dedo meñique recorrÃa desde el borde del ano donde estaba el anular, su suave, mÃnimo y blandito perineo, hasta donde comenzaba -o terminaba- la conchita.
¿Dónde comenzarÃa y terminarÃa el hermoso tajito de bordes redonditos y olor delicioso que acariciaban suavemente los dedos de mi mano derecha? ¿EmpezarÃa tal vez en la curvita abultada de los labios en la parte de adelante de la nena, y terminarÃa donde se interrumpÃa la hendedura en el perineo, y se aplanaban y desaparecÃan los labiecitos de su vulva? SerÃa, supongo, cuestión de convención entre anatomistas. Daba lo mismo cuales fuesen el principio y el fin; allà estaba, tierna, tibia y perfumada de sexo, tan sexualmente potente o más que una completamente desarrollada, y en esa tan dulce tranquilidad que las grandes siempre mezquinan.
Pensaba en la vaginita inexplorada que allà yacÃa, seguramente protegida por el himen, lo cual querÃa comprobar muy en breve; sabÃa que no podÃa penetrar en ella ni siquiera con la lengua, ya que la pequeña perforación del himen no lo iba a permitir sin lesionarlo; y yo en modo alguno querÃa lastimarla o hacerle sentir algún dolor. Me prometÃa solamente la intensa locura de sentir ese cuerpito sacudido por el orgasmo. Ella apoyaba la mejilla izquierda en el asiento y sus ojos grandotes me miraban, calmos y obscuros. Inclinándome sobre ella, besé tiernamente su mejilla. Ella suspiró, sentà bajo mi mano izquierda tensarse los pequeños glúteos y su pubis se apretó sobre mi mano derecha, en una primicia de impulso de coito de las pequeñas caderas... Y lo supe. Era seguro que la iba hacer acabar, que le excitarÃa su hambre de sexo, aunque ella no lo supiera, y que el hambre crecerÃa y crecerÃa hasta que instintivamente sus caderas hallaran ese movimiento sexual que ahora insinuaban. Me fascinó imaginarme sus caderitas impulsando su pubis contra mi cara, sus piernitas aprisionando mi cara, y su conchita recorrida por mi hambrienta lengua, golpeándome, golpeándome y golpeándome, intentando sin saberlo arrancar de mi boca el orgasmo violento que la sacudirÃa en espasmos de placer, y yo oliendo hambriento su conchita, como si el aroma fuese más vital para mà que el aire que lo transportara.
Yo no sabÃa qué decir, y dudaba si serÃa o no conveniente hablar. No me parecÃa por un lado que fuera lo mejor estar tanto tiempo callados, ya que solamente era una niñita; y por otro, no querÃa perturbarla o molestarla con pedirle que me pida que le bese la conchita, o hacerle decir las palabras que ella usaba para referirse a ella o a su culito; serÃa inconveniente, ya que las niñas no suelen hablar muy sueltamente de ello. Ustedes lo encontrarán extraño: yo querÃa usarla, sÃ; querÃa aprovecharme de ella, sÃ; querÃa abusar de su tierna niñez, del agujero de su culito, de la abertura de sus piernas, del gusto de su conchita, de su cuerpito todo; pero no iba a llegar hasta el extremo de lastimarla, por lo cual no la podÃa penetrar; ni siquiera me parecÃa que pudiera hacerle tocar, ni mucho menos besar mi pene, ni introducirlo en su pequeña boquita para que me lo chupe; no habÃa modo, pensaba yo, de que eso le guste. Aunque, por supuesto: a mà sà que me gustarÃa. Pero mi naturaleza es tal que no puedo extraer placer del dolor ajeno. A lo sumo intentarÃa meter en su culito la punta de un dedo -mis dedos son delgados-, eso no podÃa hacerle doler; pues yo he visto muchas veces los excrementos de los niños, y suelen ser muchÃsimo más gruesos que dos de mis dedos juntos.
Mientras esto pensaba le abrà las nalgas con los dedos y apoyé la yema del mayor sobre el agujerito del culo, lo froté un poquito y me lo llevé a la nariz. Ella habló:
-- Qué chancho que sos, Piti. -- ¿Chancho, Mari? ¿Por qué? -- Me "lambistes" la colita... Tiene olor a caca. -- No, Mari, en serio. Tu colita es preciosa y no tiene caca. -- Vas a ver que sÃ.
Diciendo eso, llevó su manito derecha hacia atrás, metió los deditos en la hendedura de sus nalguitas y los pasó a lo largo hasta arriba. Después de llevarse la mano a la cara y olerla:
-- Tiene olor a caca, sos chancho y mentiroso. -- A ver.
Le tomé la manito y se la olÃ, apoyándola en mi nariz y en mi boca. Era una maravilla de pequeñez y de suavidad... con bastante mugre. Claro que ella estaba en lo cierto; pero a mà me convenÃa discutirle al menos para seguir tratando de este tema, mencionando "su colita" y pudiendo tocarla so pretexto de la discusión. Y dicen que los niños de esa edad no han todavÃa desarrollado las habilidades lógicas... Sin embargo su "demostración" de hacÃa un instante tuvo la fuerza, la belleza -para mÃ-, la simplicidad y lo irrefutable de las mejores de Euclides.
Pensé cómo avanzar. Se me ocurrió que a lo mejor le podÃa estimular la vegiga para que le dieran ganas de orinar, asà que presioné un poco para arriba con la palma de la mano, apretando su pancita entre su conchita y el ombligo, por sobre el borde de su huesecito pubiano, suavemente. Después de aflojar y presionarla de nuevo algunas veces más, empujando su culito para abajo al mismo tiempo, resultó como yo querÃa.
-- Piti, no me aprietes la panza que me da ganas de hacer pis. -- ¿Te dieron ganitas de hacer pis? Bueno, mi amor, esperá que te saco la ropita para que puedas hacer pis sin mojarte.
Le quité totalmente la bombachita que ya le habÃa bajado hasta las rodillas y después de abrir el cierre también la pollerita. La hice rodar para ponerla boca arriba, me estiré para abrir la puerta del auto, y después me pasé para su asiento, y me senté a su lado. Tomé las piernitas con el brazo derecho por debajo de sus rodillas y las levanté; con el izquierdo bajo su espalda la levanté y la llevé hasta que el culito quedó un poquito fuera del auto y le dije que haga pis. Los chorritos salieron, salpicando un poco la puerta, que cerré cuando terminó. La puse nuevamente sobre el asiento, saqué unas toallitas de papel de la guantera, le abrà las piernitas y le sequé suavemente la conchita. La llevé más atrás sobre el asiento y la puse con las piernitas muy abiertas, las rodillas levantadas y apoyando las plantas de los pies en el asiento. Le dije que iba a ver si habÃa quedado bien seca, hundà la cara entre las piernitas y comencé a darle besos en la conchita. Tomé primero uno de los labios de su vulvita entre los mÃos, con mi labio inferior en la parte de adentro; después giré la cabeza y siempre conservando mi labio entre los de ella, tomé en mi boca la parte superior de la vulvita, y después girando un poco más tomé el otro labio.
Levanté la cabeza para ver su expresión. Era tranquila, estaba mirando hacia la ventanilla y se chupaba un dedo. ¿Qué pensarÃa? Me acordé de esa canción hermosa, hermosamente absurda y absurdamente hermosa, Los Molinos de tu Pensamiento, que me proporciona tanta delicia escuchar. Pero allà no tenÃa el disco; mas estaba disfrutanto tanto o más que al escucharla, y en un impulso apoyé suavemente la boca en la vulvita y le metà la lengua lentamente, lenta y profundamente, milÃmetro a milÃmetro, sintiendo cómo se deslizaba en la entrada de la vaginita que nadie habÃa tenido aún, tomando su virginidad para mÃ. Porque para mà la virginidad no es esa cuestión medio técnica y ridÃcula de si el himen sà o el himen no. Yo la estaba penetrando, estaba metiendo mi lengua en su pequeña y dulce --juro que literalmente dulce-- vagina que nadie nunca habÃa tocado. Comencé a la vez a chupar la conchita suavemente, y sentà que mi lengua llegaba a tocar el himen.
Deliberada, lentamente, busqué con la lengua hasta hallar el pequeño agujero en el himen; estaba más cerca de su perineo que de su clÃtoris; y lo comprobé concienzudamente deslizando la punta de la lengua varias veces por toda la extensión de la membranita. El olor de la nena era maravilloso, fuerte, me llegaba a lo más profundo. La tomé de las caderitas, para poder moverla; ella, buscando tal vez una postura menos tensa, cerró un poco las piernas y las colocó sobre mi espalda, poniendo en contacto mis mejillas con la cara interior de sus muslos. Me agradecà haberme afeitado muy bien en la mañana. Juro que mi cara nunca habÃa sido tocada por algo tan tibio y suave; y creo que nunca más lo será. Sin soltar sus caderas deslicé mi mano por debajo de ella, y metiendo el pulgar entre sus nalgas, lo apoyé en el ano, como si quisiera metérselo en él, suavemente.
Ella naturalmente llevó las caderas hacia arriba para evitar que le meta el dedo en su culito; y este movimiento era exactamente lo que yo quise que haga; al principio cuando la tomé de las caderas iba a hacer yo el movimiento de su pelvis contra mi cara, pero después me di cuenta de que si lo hacÃa ella misma iba a ser delicioso. ¡Bien!, pensé. Y premié la presión de su conchita en mi boca sacándole la lengua, dándole una lamida desde el culito hasta el clÃtoris y volviendo a metérsela bien adentro. Después de un momento repetà el truco de fingir querer meter mi dedo en su culo y ella volvió a elevar las caderas, presionando mi boca con su conchita. Esta vez aprecié también que sus nalgas me oprimÃan deliciosamente el dedo que le habÃa metido entre ellas, cuando tensó los glúteos.
Repetà el procedimiento completo varias veces. Yo estaba seguro, o por lo menos lo ansiaba, de que la penetración de mi lengua en su vagina y las lamidas en sus vulva y en su clÃtoris iban finalmente a excitarla.
Y fue asÃ. Dejé pasar unos momentos sin empujar su ano con mi dedo y ella, apretando mi cara con sus muslos y apoyando sus piernitas en mis hombros, elevó decididamente las caderas.
Ensanché mi lengua todo lo que pude, para que al penetrarla se deslizara por los cuatro labios de su vulva. Le metà la lengua profundamente, y la retiré hacia arriba, pasándola por su clÃtoris en toda la longitud de mi lengua que pude. Me separé de ella, y, mirándola, le sonreà y le dije:
- ¡Bien, Mari! Hacémelo otra vez. - ¿Qué te hago? - Apretarte contra mi boca. Hacelo muchas vec
es, que me gustmff...
Sin dejarme terminar de hablar, empezó a lanzar su conchita contra mi boca, y cada vez yo la penetraba con la lengua. Al principio lo hacÃa en forma un poco irregular; después pareció encontrar su ritmo... De pronto una vez no se retiró. Quedó aprisionándome fuertemente la cara con los muslos, con todo el cuerpito tenso, y empezó a estremecerse. ¡Estaba acabando! Yo, sin darle el alivio que buscaba, quise hacer su orgasmo más intenso, chupándole la conchita y metiéndole varias veces la lengua profundamente. Sus estremecimientos y temblores crecieron un poco más, y finalmente cesaron; y su cuerpito se relajó.
Retirándome de ella miré su carita, deliciosa de asombro, mojada de sudor. Le levanté las caderitas más alto y deslizando mi cara entre sus nalgas, pasé la lengua por su ano, y lamà su sudor saladito. Le besé el ano, sintiendo mi cara y nariz deslizarse fácilmente entre las mojadas nalgas, y pasé con la lengua por toda la hendedura nuevamente hacia arriba, lamiendo otra vez la conchita, las ingles, su pequeño monte de Venus, su barriguita que se movÃa con la respiración agitada.
Levantando la remerita, no perdoné los Ãnfimos pezoncitos y aréolas, que también estaban deliciosamente salados, y besé sus mejillas mojadas y su boquita.
Pero esto estaba incompleto, por supuesto. Faltaba yo. Tendiéndome boca arriba a su lado, la hice montarse sobre mi cara, con su conchita sobre mi boca y le metà nuevamente la lengua. Ella volvió la cara a un lado, contra su hombrito y... ¡cerró los ojos!. Me bajé un poco el pantalón y el calzoncillo. Mi pene, casi dolorosamente erecto y goteando lÃquido preseminal, se erguÃa anhelante...
Hice que se acostara sobre mÃ, boca abajo y con las piernitas juntas. Puse mi pene bajo sus muslitos; mi glande quedó a mitad de camino entre sus rodillas y su vulva, apuntando hacia ella. La hice deslizar hacia abajo milÃmetro a milÃmetro, sintiendo el roce de mi pene contra la piel de sus muslos, que, cerrados, impedÃan que pasara entre ellos. Seguà bajándola muy despacio hasta que la punta de mi pene besó los labios de la tierna conchita, que se separaron un poquito. La bajé un poquito más, unos milÃmetros; y, mientras resistÃa a duras penas el impulso de empujarla fuertemente hacia abajo y penetrarla, comencé a acabar. Mi pene se deslizó hacia arriba entre sus muslos mientras eyaculaba sobre la superficie de la vulvita. Estaba loco, no sé cómo hice; solamente sé que con los dedos de la mano derecha, cuando apareció mi pene por detrás de ella, lo volvà a empujar hacia abajo, deslizando el glande nuevamente sobre su ano y su perineo. Terminé de acabar con el pene apenas encajado en la entrada de su vagina; y noté que el dedo mayor de mi mano izquierda estaba entre sus nalgas, pasando la yema arriba y abajo por su pequeño ano.
Pensé, mientras la conservaba sobre mà hasta que se fue mi erección, que ni todo el olvido del mundo alcanzarÃa para impedirme que recuerde mis sensaciones de esos momentos.
Lo demás es prosaico. Por si hubiera alguno de los lectores que no ve poesÃa en mi relato, yo quiero declarar que no puedo calificar a ese lector sin recurrir a un lenguaje insultante y vulgar.
Ya era hora de volver. La limpié bien, tratando de fijar más si más fuese posible en mi memoria la tierna desnudez que me habÃa pertenecido. Tuve el último capricho: después de que estuvo vestidita de nuevo, me puse a su espalda, le hice abrir las piernas de pie sobre el asiento, inclinada hacia adelante, lo cual su pequeña estatura permitÃa; la hice agacharse completamente mientras sostenÃa sus caderitas, y bajándole la bombachita nuevamente, besé y lamà largamente su conchita y su ano por última vez.
La llevé hasta muy cerca de su casa, lo más que la prudencia me permitió; le di monedas y billetes chicos que hicieron brillar sus ojos y sonrisa, y cuando no hubo nadie a la vista la hice bajar. Me fuà después rápido pero tratando de no llamar la atención.
SÃ, ya sé. Más de cuatro van a pensar con ironÃa "Qué bueno es este tipo". Pero yo lo hice, yo lo disfruté, y ellos tal vez nunca van a vivir algo asÃ.
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