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« en: Junio 07, 2006, 07:48:25 » |
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Maldito ascensor!” – maldigo enfadado. “En buen momento se estropea.” Voy cargado de bolsas y me va a tocar subir las cuatro plantas hasta el piso de Diana. Ya he venido medio corriendo porque llegaba tarde y estoy bastante cansado como para subir ahora escaleras. Diana me llamó a media mañana para decirme que quería que le hiciera la compra y que fuera a su casa para hacerle la comida. A menudo me pide que vaya a su casa para hacerle de cocinero. Sólo con el tiempo he ido mejorando porque, al principio, me salían cosas que Diana me las tiraba a la cara. Literalmente. En el trabajo me entretuvieron a la salida y por eso he llegado tarde. Por suerte, tengo un horario de trabajo bastante flexible que me permite ser utilizado por mis dos Dueñas casi a todas horas. No sé si soportaría tener un horario que me redujese el tiempo de ver a mis Señoras. Ya está. Cuatro plantas. Por fin. Al dejar las bolsas en el suelo, noto que me he acalorado. Abro la puerta y entro las bolsas. Nada más entrar, me quito parte de ropa para intentar refrescarme un poco. “Qué alivio!” – pienso. De hecho, me tengo que quitar toda la ropa. Diana me dijo que me pusiera el uniforme de chacha. Aunque más que uniforme, son cuatro cosas. Unos zapatos de tacón, un minidelantal y una cofia. Pero como no quiero pillar un resfriado, dejaré que el cuerpo se aclimate poco a poco. Dejo el correo en la entrada y me dirijo a la cocina. Allí, empiezo a sacar las cosas que he comprado. Unos espaguetis, un par de salsas, yogures, bebidas, leche y unos cereales. Justo en ese momento, suena el teléfono. Diana me indicó en su momento que no lo cogiera nunca y así lo hago. Llaman tres veces hasta que deja de sonar. Una vez he colocado toda la compra, me dispongo a preparar la comida. Un plato de pasta fresco acompañado por una ensalada bien aliñada. Dejo la pasta hirviendo, y me voy a cambiar. Me desnudo por completo y me pongo mi uniforme de chacha. “Estos zapatos me van a matar.” – pienso. No es la primera vez que me los pongo. De hecho, ya hace bastante tiempo que lo hago, pero no me acabo de acostumbrar. Me pongo el delantal pero tengo una erección que me avergüenza incluso estando solo. Y lo peor, es que tengo que ir al lavabo y mirarme al espejo para colocarme bien la cofia. Me siento ridículo. A esto no me acostumbraré nunca. Vuelvo a la cocina y le echo un vistazo a la pasta. Todo va bien. Calculo el tiempo que le falta y decido preparar la ensalada. De repente, alguien llama al timbre. Me apresuro para ver de quien se trata. Creía que se trataría de Diana pero no. Es Ángela. Toda una sorpresa. Le abro y espero a que suba un tanto nervioso. Al oír que llega a la cuarta planta, dejo la puerta entreabierta, doy unos pasos hacia atrás y me postro. No es que me haya indicado antes que deba hacerlo, simplemente es iniciativa propia. Seguro que le gustará. “Buenos días, mi Señora.” – le digo al oír que entra por la puerta. “Hola, perra.” – me saluda. Por el tono de voz parece un tanto acelerada. “No esperaba su visita, mi Señora.” – le hago saber. “He llamado a Diana y me ha dicho que estarías por aquí a esta hora.” – me explica. “Ya puedes levantarte y coger mi chaqueta.” “Sí, mi Señora.” – me apresuro a obedecer. “Tengo prisa. Así que acabaremos rápido.” – me explica. Yo no sé a qué se refiere. “Perdón, mi Señora?” – le digo para que me explique algo. “Vamos! A cuatro patas.” – me ordena. “Sí, mi Señora.” – contesto un tanto sorprendido. Ahora veo qué es lo que quería. Va a sodomizarme. Por lo que tarda, deduzco que ha ido en busca de alguno de los dildos que guarda Diana en su casa. “Preparada, puta?” – me pregunta haciendo aparición. “Sí, mi Señora.” – contesto dubitativo. Me giro y veo a Ángela con un gran dildo sujetado por un arnés. “A que te he alegrado el día?” – me pregunta irónicamente. “Claro, mi Señora.” – digo resignado temiendo la primera embestida. “Tranquila, zorrita. Que no te va a doler... mucho.” – me dice mientras me pone vaselina en el trasero. De repente, se me ilumina la bombilla. “Mi Señora, tengo la pasta hirviendo y creo que ya está.” – le hago saber rápidamente. “Tienes diez segundos.” – me dice. “Voy, mi Señora!” – me apresuro a la levantarme y voy volando hasta la cocina. Escurro la pasta y vuelvo corriendo hasta Ángela. “Vaya! Qué rápido. Se nota que estás deseando probarlo, eh.” – me dice sonriendo y tocándose el dildo. Ese comentario me saca los colores. “Venga! Que no tengo todo el día!” – me grita. “Sí! Sí, mi Señora!” – me apresuro a ponerme en pompa y a cuatro patas. Ángela me coge de la cintura y en seguida noto el contacto del dildo en mi esfínter. Yo cierro los ojos y espero que lleguen las primeras ráfagas de dolor. Poco a poco, Ángela me va introduciendo el dildo en mi interior. Noto como el esfínter se me dilata. Los primeros dolores llegan en ese punto. “Ah!” – me quejo. “Tranquila, zorrita. Todavía no ha llegado lo peor.” – me dice acariciándome la espalda con sus uñas. Una vez que mi esfínter se ha acostumbrado al grosor del dildo, otro tipo de dolor hace acto de presencia. Ángela comienza a bombear. Lentamente pero aumentando el ritmo. Yo comienzo a emitir gemidos. “Menuda zorra estás hecha!” – me dice Ángela interpretando mis gemidos por lo que no son. El bombeo empieza a ser más rápido y doloroso. “Por cierto.” – me dice Ángela. “Supongo... que te acordarás... que tienes... una cita... el viernes, ... verdad?” “Claro... , mi... Señora.” – contesto entre dientes. “Allí... estaré.” “Eso espero.” – me dice amenazantemente. “Ah!” – me quejo de dolor. “Tranquila.” – me calma Ángela. A todo esto, alguien entra por la puerta. Se trata de Diana. “Hola!” – dice dejando las llaves en la mesita de la entrada. “Hola, Diana!” – la saluda Ángela muy contenta. “Hola, ... mi Señora.” – la saludo como puedo. “Veo que te has decidido a pasarte.” – le dice Diana. “Sí, pero no tengo... mucho tiempo.” – le explica Ángela. “Tengo que irme en diez minutos.” “Ah, pues os dejo tranquilos un rato. Voy a ponerme algo más cómodo.” – dice. Diana sale de la habitación y Ángela aumenta el ritmo. “Ah! Ah!” – grito. Noto el rápido respirar de Ángela. Casi tan rápido como el mío. De golpe, Ángela me saca el dildo. Una última ráfaga de dolor me estremece. “Rápido! Quítale el preservativo!” – me ordena. Yo me apresuro a obedecer. Tras hacerlo, Ángela simula que está apunto de eyacular masturbando el dildo. “Ah! Ah! Ya llega! Abre la boca, zorra!” – me ordena. No puedo evitar sonreír. “Ahhhh!” – simula Ángela que ya ha llegado al clímax. “Trágatelo todo, puta!” Yo le sigo el juego y comienzo a lamer el dildo. “Menuda zorra está hecha.” – dice Diana entrando en el salón. “A mi me lo vas a decir.” – le replica Ángela. Me siento humillado. Pero no puedo hacer nada para evitarlo. Es mi sino. “Bueno, suficiente. Quítame el arnés, esclavo.” – me ordena Ángela. “Sí, mi Señora.” – me apresuro a obedecer. “Luego recuerda limpiarlo bien y dejarlo en su sitio, eh.” – me indica. “Sí, mi Dueña.” – contesto. “Me voy volando, Diana.” – le dice Ángela cogiendo su abrigo. “Esto realmente te relaja, eh?” – le dice Diana. “Mucho.” – le explica Ángela. “Venga. Adiós, fea.” “Adiós, graciosa.” – le despide. Diana cierra la puerta y se dirige hacia mi. “Lleva eso al lavabo y tira el preservativo a la basura.” – me ordena. “Y ven a servirme la comida que tengo hambre.” “Sí, mi Señora.” – contesto. “En seguida.” Vuelvo volando al comedor. Diana está observando el correo. Me meto en la cocina y saco todo lo necesario para preparar la mesa. En un periquete está montada. “Me permite que le ayude a sentarse, mi Señora?” – le pregunto. Sin decir nada, Diana deja lo que estaba leyendo y se sienta en la mesa. De nuevo, me marcho corriendo a la cocina para acabar de preparar la ensalada. Mientras lo hago, pienso si no se habrá enfriado mucho la pasta. En cinco minutos, acabo la ensalada. La aliño y la llevo corriendo a la mesa. “No me gusta esperar.” – me dice Diana muy seria. “Lo siento, mi Señora.” – trato de disculparme. “Voy todo lo rápido que puedo.” “Pues como ves no es suficiente.” – me dice un poco indignada. “Tráeme algo de beber! O quieres que me muera de sed?” – me grita. “Sí, mi Señora.” – salgo corriendo hacia la cocina pero en seguida veo que no sé qué es lo que quiere. “Qué prefiere para beber?” “Un vino tinto. Habrás comprado, verdad?” – me pregunta. “Sí. Claro, mi Señora.” – contesto. “Pues ve a traérmelo.” – me dice a la vez que me hace un gesto con la mano de desprecio. “Sí, mi Señora!” – me apresuro a contestar. “En seguida.” Llevo el vino a la mesa raudo y veloz, y lo abro en su presencia. Lo sirvo como en los restaurantes de nivel y espero a que me de el visto bueno para acabar de servirlo. Ese momento me encanta. Por un momento, me siento como un verdadero camarero de restaurante. Diana me hace un gesto de aprobación y acabo de llenarle la copa. Le dejo la botella a un lado y vuelvo a la cocina para acabar de preparar la pasta. La echo en un plato y comienzo a echarle condimentos. Por suerte, es un plato fácil y rápido de preparar. No tardo más de cinco minutos en acabarlo. Rápidamente, lo llevo a la mesa y lo sirvo. “Aquí tiene, mi Señora.” – le digo. “A dónde vas?” – me pregunta. “Ah! Nada, mi Señora. Que había pensado que quizás le gustaría un par de rebanadas de pan tostado.” – le explico. “Ah, bien pensado. Ve pero no tardes.” – me indica. “Sí, mi Señora.” – le digo muy contento por recibir una felicitación suya. En tres minutos, vuelvo con un par de rebanadas calientes de pan. “Aquí tiene, mi Señora.” – le digo poniéndolas en la mesa. “Muy bien. Ahora ponte a cuatro patas a mi lado.” – me ordena. “Como un buen perro.” “Sí, mi Señora.” – contesto antes de obedecer. Durante un par de minutos, el silencio se apodera de la habitación. Apenas se oye el tenedor tocando el plato o el vino saliendo de la botella. Me siento muy a gusto al lado de Diana. Realmente me siento como un perrillo chico al lado de su Ama. “Esclavo, trae el correo.” – me ordena de repente. “Sí, mi Señora!” – digo despertando de mis pensamientos. Gateando, me dirijo a la entrada, cojo el correo y lo llevo hasta el comedor. “Aquí tiene, mi Señora.” – le digo. “Dime qué hay.” – me ordena. “Sí, mi Señora.” – contesto. “Tiene dos cartas del banco, mi Señora.” – le hago saber. “Ábrelas y mira a ver si hay algo anormal.” – me ordena con suficiencia. “Sí, mi Señora.” – respondo. Las abro y las miro atentamente. “Aparte de pocos y pequeños gastos no veo nada raro, mi Señora.” – le explico. “Eso será porque alguien me paga todo lo demás!” – dice antes de echarse a reír. Otra humillación más. Me siento aún más pequeño de lo que ya me sentía a su lado. “Venga, continua.” – me dice recuperando la normalidad. “Sí, mi Señora.” – respondo. “Hay publicidad de un supermercado, mi Señora.” – le hago saber. “Siguiente.” – me corta en seguida. “Felicidades, mi Señora!” – digo con un falsa alegría. “Por!?” - me pregunta sorprendida. “Ha ganado un coche descapotable!” – le explico. “Ah, vale.” – dice Diana despreocupada. “Pues a la basura con él.” “Sí, mi Señora.” – digo medio riendo. “Algo más?” – me pregunta volviendo a coger ese tono serio que me gusta tanto. “Sí, mi Señora. Una carta anónima.” – le digo dándole la vuelta a la carta para ver si hay remitente. “Ah, sí? Pues ábrela y léemela.” – me ordena. “Pero, mi Señora, esto es priva...” – le intento hacer ver antes de ser cortado tajantemente. “He dicho que la leas!” – me grita muy enfadada. “Sí! Sí, mi Señora.” – me apresuro a decir temiendo recibir algún golpe. “Admirada, Diana. Te escribo sin tener valor para decirte quién soy. Sólo puedo decirte que soy un gran admirador tuyo y que haría lo que fuese por ti. Llevo observándote hará tres semanas y no puedo quitarte de mi cabeza. No paro de soñar contigo. Te veo en todas partes. Es algo que nunca antes me había ocurrido. Es maravilloso.” – leo en voz alta sin acabar de dar crédito. “Que leas estas humildes palabras ya será mucho para mí. Pero si quieres decirme cualquier cosa, por insignificante que sea, te ruego que me escribas a la siguiente dirección.” “Mmm, interesante.” – dice Diana. “Dime, le respondo?” “No sé qué decirle, mi Dueña.” – le respondo. “Pues ya te lo digo yo. Coge lápiz y papel.” – me ordena un poco enojada. “Sí, mi Señora.” – respondo resignado. Tras buscar un poco por la casa, encuentro un bolígrafo y una hoja en blanco. “Listo, mi Señora.” – le hago saber. “Escribe: Hola, te agradezco que me hayas escrito.” – me dicta. “De hecho, me ha gustado mucho tu carta. Me gustaría conocerte. Abajo, te paso una dirección, una fecha y una hora. Si te portas bien y eres bueno, puede que te deje rozar mi piel.” No doy crédito a lo que estoy oyendo. No me acabo de creer que Diana vaya a quedar con un desconocido y menos que le vaya a dejar tocarle. Diana, en cambio, parece estar muy contenta. Pasan los segundos y no hago más que pensar en la idea tan descabellada que ha tenido Diana. Pero claro, como sumiso que soy no me veo con las suficientes fuerzas como para intentar hacerle cambiar de opinión. A todo esto, no me he dado cuenta de que Diana lleva un rato sin decir nada. Lentamente, alzo la mirada para ver qué es lo que hace. Para mi sorpresa, veo que Diana me está mirando con una sonrisa de oreja a oreja. Durante un par de segundos, no entiendo el motivo de esa sonrisa pero en seguida caigo. “Te lo has creído?” – dice Diana medio preguntando medio afirmando. Yo simplemente agacho la cabeza avergonzado sintiéndome derrotado, una vez más, por su malévola inventiva. Diana estalla a reír. Eso no hace otra cosa que acrecentar mi estado de ánimo. “Dime, has sentido envidia?” – me pregunta recuperando un poco la serenidad. “Un poco, mi Señora. Es que me ha parecido todo demasiado fuerte.” – le explico. “Sí, creo que me he pasado con el redactado de la carta.” – dice antes de volver a reír. “Ay, perrillo.” – me dice acariciándome la cabeza. “Qué bien me lo paso jugando contigo.” “Gracias, mi Señora.” – digo sin pensar.
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