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Autor Tema: Maduras pasión madura  (Leído 426 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 01:38:56 »

Mi tí­a Beatriz, esposa del hermano de mi madre, era una de aquellas mujeres que dejaban secuelas a su paso.



Yo fui su seguidor secreto durante un largo período de mi infancia. Recuerdo que a mis diez años, ella tenía treinta, y uno de esos culos casi insolentes que no pasan desapercibidos cuando entran a un negocio, o vienen caminando por un pasillo estrecho, como lo era el de mi casa.
Todavía conservo imágenes de una par de salidas con ella, los ojos de los hombres cavando entre sus faldas, sus bocas abiertas haciendo proposiciones del todo indecentes a sus oídos femeninos que permanecían indiferentes. Era alta, de espalda ancha y cintura marcada, de glúteos compactos y generosos, sobre todo cuando llevaba puesto un pantalón firmemente ceñido. Su piel ligeramente amarronada, completaba su agradable figura, y portaba toda la sugestión y el brillo de la mujer "made in Argentina".

Un mañana vino a bañarse a casa, pues en la suya el suministro del agua se había interrumpido. La puerta del baño, que daba a un patio, era tan vieja como la casa, y una de sus dos hojas estaba carcomida en el extremo inferior. El que escribe, por aquellos años, era muy dado a mirar desnudeces, y aumentó considerablemente el deterioro de la puerta para alcanzar a espiar en el preciso instante en que alguna visita se levantaba la pollera.

Aquel día tuve la enorme satisfacción de poder mirar su cuerpo glorioso y sabiamente experimentado. Me recosté en el piso de mosaicos y pegué mi rostro a la puerta. Aquél baño no tenía bañera, lo cual me permitió recorrerla desde los talones hasta los hombros, de espaldas y bajo la ducha, las gotas brillaban sobre su piel mojada haciéndola mucho más deseable. Desde abajo, su figura se había vuelto más contundente. Había llevado mi mano derecha hacia mi miembro cuando observé que se daba vuelta y avanzaba hacia la puerta. Me levanté y huí.

Al rato, no pudiendo desprenderme del ardor que me había despertado su visión, volví sigilosamente y descubrí, para mi pesar, que había colocado sus zapatos bloqueando el agujero de la puerta. Ella sabía que la había estado espiando, y que yo era el único varón en la casa capaz de hacer una cosa así, pues semanas atrás habían descubierto el escondite secreto donde yo guardaba fotos de chicas desnudas, y una carta que iba dirigida a una bella joven de 23 años, a la que le proponía pagarle algunos dineros si se dejaba besar y tocar el culo durante algunos minutos.

Me fui al comedor a hojear nerviosamente mi colección de cómics, cuando pasó a mi lado rumbo al dormitorio para cambiarse y dejó deslizar aquella lapidaria frase:

-Mirar culos va a hacerte daño.

Me puse rojo pero no levanté la vista de las hojas. Con el tiempo, ella y yo habríamos de olvidar el incidente. Es más, noté que tiempo después sus besos en mis mejillas se hicieron más largos, sus abrazos más cálidos, y una vez, en ocasión de despedirnos nos besamos accidentalmente en los labios, como si nada, cosa que hasta hoy recuerdo con orgullo y satisfacción, porque fueron los primeros labios de mujer que había besado. Por entonces pensaba que en su intimidad fantaseaba y se masturbaba vivamente al recordar ese día en que la había espiado.

La historia se suspendió allí. El romance no continuó sino en mis fantasías y bajo las sábanas durante las noches de invierno y de verano. Nuestras vidas siguieron otros caminos, y creo que tanto ella como yo nos olvidamos de aquellos pequeños incidentes del pasado. No obstante, sin habérmelo propuesto ni pensado, debía tener veinte años cuando una mañana me desperté tras soñar que hacíamos el amor parados contra una pared, y descubrir que había tenido un orgasmo. Estaba completamente mojado.

Alrededor de sus cincuenta años, repentinamente quedó viuda. De allí hasta los sesenta siguió viviendo en la misma casa, sola, y nunca nadie pudo constatar que rompiera su inmensa soledad o buscara el calor circunstancial de un hombre. Sólo nos encontrábamos en las fiestas familiares donde apenas intercambiábamos algunas palabras superficiales.

La casualidad, o mis deseos inconscientes, me llevaron hasta ella una fría mañana de invierno.

Yo tenía cuarenta y dos años, y estaba más pervertido que cuando espiaba en los baños o mandaba cartas a mujeres mayores con propuesta indecentes y escandalosas. No sé por qué razón, a cierta edad uno puede hacer el amor varias veces al día, todos los días con la misma intensidad y pasión, y con diferentes personas. Será porque somos polvo en el viento, y lo único que nos queda es la vida de la carne. De todas formas, en ocasiones somos unos santos estúpidos, y en otras, unos absolutos depravados. De las dos opciones me quedo con la última.

Como iba diciendo, tenía cuarenta y dos. La noche anterior había recibido el llamado de un amigo que me daba la dirección de una librería donde se vendían un par de libros del Marqués de Sade. En busca de una traducción de "Las 120 jornadas de Sodoma", que yo pensaba reescribir en una versión adaptada a nuestra época, me fui hasta el negocio para constatar que ya no quedaban ejemplares. Con desilusión estaba hojeando un viejo libro de Pier Paolo Pasolini en la mesa de ofertas, cuando hizo su ingreso una mujer de unos sesenta años, de buen porte, de grandes pechos y caderas voluptuosas. Su piel lucía muy bien a pesar de la edad. Cuando quiso pasar detrás mío, pidió permiso cortésmente porque el pasillo resultaba estrecho, y yo lo estreché aún más para que rozara sus senos sobre mi espalda. La miré mientras se iba hasta el fondo contoneándose, y aquello me despertó un deseo intenso.

Salí a la calle y hacía un frío descomunal, sumado a un viento feroz que calaba hondo. Fumaba tratando que el calor del cigarrillo me entibiara la boca y las manos. Estaba todavía desilusionado por no haber encontrado el libro que buscaba, cuando comprendí que estaría a unas quince cuadras de la casa de mi tía. Hacia allí me encaminé.

Me recibió con una mezcla de alegría y de sorpresa, abriéndome la puerta con un camisón corto y transparente, en medio de un ambiente fuertemente calefaccionado. Le dije que estaba cerca y me había propuesto visitarla. No pude dejar de echar una mirada a sus piernas, que no eran las de antes, y preferí recordar su imagen en la ducha durante aquella mañana de mi infancia. Sin embargo conservaba bastante bien el brillo de la piel y la consistencia de sus caderas, que a esta altura, yo pensaba que serían de mármol.

Desayunamos juntos, pese a la hora avanzada, eran las diez y media de la mañana. Me contó que no podía dormirse hasta muy tarde y terminaba despertándose hacia el mediodía.

-Me imagino... -la frase se me escapó brutalmente de la boca.

-Sé que estarás pensando que estoy mal porque duermo sola... -añadió con cierta tristeza mientras me servía el café.

Yo hice un largo silencio, y luego del desayuno me dijo que se iba a bañar. La sola referencia al baño despertó mi más antigua práctica y el recuerdo de su cuerpo en la ducha. Al cabo de dos minutos fui hasta allí y constaté que la puerta estaba entreabierta. Se estaba duchando y podía ver su cuerpo reflejado en el espejo. En un momento el jabón se le escapó de las manos, y al agacharse, su piel y sus músculos recobraron la tensión y consistencia de sus años jóvenes. Cuando terminó yo me escondí en una habitación, mientras ella fue a secarse a su dormitorio.

La puerta quedó entreabierta otra vez, pero ahora yo ya no miraba el reflejo de su cuerpo en un espejo. Ella se hallaba de espaldas cuando dejó caer el toallón para sacarse una hilacha que se había enganchado en su pie. En algún punto yo pensaba que lo estaría haciendo a propósito.

En ese momento, mis deseos era tan intensos que decidí entrar en acción sin más dilación. O me arrojaba una cachetada, o consentía al calor que mi cuerpo desprendía. Estaba jugado y no pensaba retroceder. Entré al dormitorio, aún vestido la sorprendí agachada y le hice sentir toda la dureza de mi miembro entre sus nalgas desnudas. A medida que se incorporaba me prendí de sus senos para acariciarlos y le puse un largo y pasional beso en el fino y terso cuello. Ella dejó caer su cabeza hacia el lado contrario en un gesto de total entrega, acompañado de un gemido suave, cuando la dureza de mi sexo crecía entre su mullida cola y sus pezones respondían entre mis dedos acariciantes.

-Esto no me lo esperaba -dijo aquella frase que siempre dicen todas cuando están por dar consentimiento a un hombre para que se las monte, para abrirse de piernas a conciencia.

-Así no- remató. -Ve abajo y tómate otro café, luego te llamo. -Lo dijo de espaldas y entre mis brazos, gozando con mi abrazo cálido y la turgencia de mi miembro.

Acepté como un niño obediente. Estaba visiblemente excitado. Bajé y me tomé un café frío, respiraba agitadamente, las manos me temblaban y no pude evitar que la taza cayera y se hiciera trizas contra el piso.

-No me rompas nada- su voz venía dulce desde arriba.-Ahora puedes subir.

Cuando ingresé, la escena era la descomunal escena de un sueño muchas veces soñado por mí. Ella en cuatro patas sobre la cama de dos plazas, con unas medias negras acanaladas, zapatos plateados de agudos tacos, y su culo abierto ante mis ojos, con esos dos montes levantados y un orificio más oscuro en su interior que se asemejaba a una boca de gruesos y deseables labios. Se había aceitado el cuerpo por completo y su piel brillaba intensamente, como su corta cabellera caoba salvajemente agitada y con gel.

Me desnudé lentamente sin poder sacar los ojos de su hermoso cuerpo. Segundos después mis labios besaban sus nalgas, su agujero ardiente, y mi respiración se volvía más agitada, y ella suspiraba, gemía y me confesaba que toda su vida gozó por el culo. Y desde la mesa de luz el tío nos miraba con una sonrisa desde la foto, y ella me pidió que le sacara de encima esa mirada, yo que la cubrí con mi slip negro. Y ella que se rió como loca. Sí, se rió antes de que le pusiera mi miembro en el húmedo canal de su culo, e ingresara allí con una erección fabulosa, descomunal, y digna de un mítico minotauro.

Y su voz, que en ese instante se volvía ronca de placer, y me pedía que se lo partiera al medio, si, me pidió entre gemidos y movimientos espasmódicos de sus caderas, me pidió, me rogó, me gritó y me suplicó:-Métemelo hasta el fondo mi amor...

Y yo que al escuchar esas palabras arremetí con mucha fuerza, con movimientos repetidos, como una máquina solo hecha para hacer eso, para hacer gozar a una hembra veintiún años mayor, arrebatándola de la tristeza y la apatía en que vivía, y su voz que otra vez me llamaba:-Me meo amoorr, me meo.

Le saqué el miembro de su hermosa cola de un golpe, y le arranqué un gemido. Me ubiqué debajo de su vagina, abrí la boca y le grité que me orinara encima, que quería beberla toda, que quería comerla toda. Y una lluvia de rubio líquido cayó sobre mi rostro, mi cuello, decidí abrir la boca y sentir de golpe el líquido caliente corriendo y ligeramente amargo como un torrente en el interior de mi garganta. En ese instante creí que estaba bebiendo el más exquisito licor que probé en mi vida. Le mordí el clítoris, le succioné los labios de su concha estirándolos hasta dejarlos rojos. Sorbí su mojado vello púbico y sentí mi pene moverse inquieto y desprender una gotas sin que nada ni nadie lo tocara.

De repente me jaló de la mano y me arrastró hasta la terraza, donde agarrada fuertemente de la baranda, abierta de piernas sobre esos tacos me inflamó con sus obscenidades, a la vista de cualquier espectador que se pudiera asomar en las vecinas casas. Ya no le importaba nada y a mí tampoco. Levantó bien alto la descomunal cola y la echó hacia atrás ofreciéndola.

-¡Hazme el culo, hazme bien el culo hasta que me cague toda! -Gritó dos veces.

Y atravesé con placer su grueso esfínter, golpeándola hasta el fondo brutalmente, gozando de la fricción y del calor que el roce me producía, hasta que un grito y un intenso corcoveo en su cuerpo coronaron su orgasmo. El suyo y el mío, porque me arrancó blancos fluidos con la succión que hacía su cola excitada, calientes fluidos que brotaban como ríos incontrolables bañándome los muslos. Se la saqué de un golpe y emitió un grito.

Corrió al baño a limpiarse, yo preferí conservar los restos de la aventura sobre mi piel. Un rato después estuvimos juntos en la cocina. Le advertí que las arrugas habían partido de su rostro. Sus ojos fulguraban. Le pellizqué un pezón porque estaba desnuda aún. Se rió, se rió como una traviesa adolescente y sorbió el café. Luego se levantó de golpe, al rato volvió con el retrato del tío y me pidió que me lo llevara y lo dejara por ahí.

Luego, con aire serio me preguntó que planes tenía para esa tarde.

Le respondí al instante que mi próximo plan era metérsela bien adentro y ya no sacarla nunca más. Y en ese instante en que decía esas palabras, en que mi miembro se había levantado nuevamente, en que ella abría otra vez las piernas y me mostraba su ardiente vagina, tuve la repentina sensación de que estaba empezando a amar a alguien que ya no era mi tía, sino otra mujer, una nueva y ardiente mujer.

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