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« en: Junio 09, 2006, 01:38:56 » |
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Mi tÃÂa Beatriz, esposa del hermano de mi madre, era una de aquellas mujeres que dejaban secuelas a su paso.
Yo fui su seguidor secreto durante un largo perÃodo de mi infancia. Recuerdo que a mis diez años, ella tenÃa treinta, y uno de esos culos casi insolentes que no pasan desapercibidos cuando entran a un negocio, o vienen caminando por un pasillo estrecho, como lo era el de mi casa. TodavÃa conservo imágenes de una par de salidas con ella, los ojos de los hombres cavando entre sus faldas, sus bocas abiertas haciendo proposiciones del todo indecentes a sus oÃdos femeninos que permanecÃan indiferentes. Era alta, de espalda ancha y cintura marcada, de glúteos compactos y generosos, sobre todo cuando llevaba puesto un pantalón firmemente ceñido. Su piel ligeramente amarronada, completaba su agradable figura, y portaba toda la sugestión y el brillo de la mujer "made in Argentina".
Un mañana vino a bañarse a casa, pues en la suya el suministro del agua se habÃa interrumpido. La puerta del baño, que daba a un patio, era tan vieja como la casa, y una de sus dos hojas estaba carcomida en el extremo inferior. El que escribe, por aquellos años, era muy dado a mirar desnudeces, y aumentó considerablemente el deterioro de la puerta para alcanzar a espiar en el preciso instante en que alguna visita se levantaba la pollera.
Aquel dÃa tuve la enorme satisfacción de poder mirar su cuerpo glorioso y sabiamente experimentado. Me recosté en el piso de mosaicos y pegué mi rostro a la puerta. Aquél baño no tenÃa bañera, lo cual me permitió recorrerla desde los talones hasta los hombros, de espaldas y bajo la ducha, las gotas brillaban sobre su piel mojada haciéndola mucho más deseable. Desde abajo, su figura se habÃa vuelto más contundente. HabÃa llevado mi mano derecha hacia mi miembro cuando observé que se daba vuelta y avanzaba hacia la puerta. Me levanté y huÃ.
Al rato, no pudiendo desprenderme del ardor que me habÃa despertado su visión, volvà sigilosamente y descubrÃ, para mi pesar, que habÃa colocado sus zapatos bloqueando el agujero de la puerta. Ella sabÃa que la habÃa estado espiando, y que yo era el único varón en la casa capaz de hacer una cosa asÃ, pues semanas atrás habÃan descubierto el escondite secreto donde yo guardaba fotos de chicas desnudas, y una carta que iba dirigida a una bella joven de 23 años, a la que le proponÃa pagarle algunos dineros si se dejaba besar y tocar el culo durante algunos minutos.
Me fui al comedor a hojear nerviosamente mi colección de cómics, cuando pasó a mi lado rumbo al dormitorio para cambiarse y dejó deslizar aquella lapidaria frase:
-Mirar culos va a hacerte daño.
Me puse rojo pero no levanté la vista de las hojas. Con el tiempo, ella y yo habrÃamos de olvidar el incidente. Es más, noté que tiempo después sus besos en mis mejillas se hicieron más largos, sus abrazos más cálidos, y una vez, en ocasión de despedirnos nos besamos accidentalmente en los labios, como si nada, cosa que hasta hoy recuerdo con orgullo y satisfacción, porque fueron los primeros labios de mujer que habÃa besado. Por entonces pensaba que en su intimidad fantaseaba y se masturbaba vivamente al recordar ese dÃa en que la habÃa espiado.
La historia se suspendió allÃ. El romance no continuó sino en mis fantasÃas y bajo las sábanas durante las noches de invierno y de verano. Nuestras vidas siguieron otros caminos, y creo que tanto ella como yo nos olvidamos de aquellos pequeños incidentes del pasado. No obstante, sin habérmelo propuesto ni pensado, debÃa tener veinte años cuando una mañana me desperté tras soñar que hacÃamos el amor parados contra una pared, y descubrir que habÃa tenido un orgasmo. Estaba completamente mojado.
Alrededor de sus cincuenta años, repentinamente quedó viuda. De allà hasta los sesenta siguió viviendo en la misma casa, sola, y nunca nadie pudo constatar que rompiera su inmensa soledad o buscara el calor circunstancial de un hombre. Sólo nos encontrábamos en las fiestas familiares donde apenas intercambiábamos algunas palabras superficiales.
La casualidad, o mis deseos inconscientes, me llevaron hasta ella una frÃa mañana de invierno.
Yo tenÃa cuarenta y dos años, y estaba más pervertido que cuando espiaba en los baños o mandaba cartas a mujeres mayores con propuesta indecentes y escandalosas. No sé por qué razón, a cierta edad uno puede hacer el amor varias veces al dÃa, todos los dÃas con la misma intensidad y pasión, y con diferentes personas. Será porque somos polvo en el viento, y lo único que nos queda es la vida de la carne. De todas formas, en ocasiones somos unos santos estúpidos, y en otras, unos absolutos depravados. De las dos opciones me quedo con la última.
Como iba diciendo, tenÃa cuarenta y dos. La noche anterior habÃa recibido el llamado de un amigo que me daba la dirección de una librerÃa donde se vendÃan un par de libros del Marqués de Sade. En busca de una traducción de "Las 120 jornadas de Sodoma", que yo pensaba reescribir en una versión adaptada a nuestra época, me fui hasta el negocio para constatar que ya no quedaban ejemplares. Con desilusión estaba hojeando un viejo libro de Pier Paolo Pasolini en la mesa de ofertas, cuando hizo su ingreso una mujer de unos sesenta años, de buen porte, de grandes pechos y caderas voluptuosas. Su piel lucÃa muy bien a pesar de la edad. Cuando quiso pasar detrás mÃo, pidió permiso cortésmente porque el pasillo resultaba estrecho, y yo lo estreché aún más para que rozara sus senos sobre mi espalda. La miré mientras se iba hasta el fondo contoneándose, y aquello me despertó un deseo intenso.
Salà a la calle y hacÃa un frÃo descomunal, sumado a un viento feroz que calaba hondo. Fumaba tratando que el calor del cigarrillo me entibiara la boca y las manos. Estaba todavÃa desilusionado por no haber encontrado el libro que buscaba, cuando comprendà que estarÃa a unas quince cuadras de la casa de mi tÃa. Hacia allà me encaminé.
Me recibió con una mezcla de alegrÃa y de sorpresa, abriéndome la puerta con un camisón corto y transparente, en medio de un ambiente fuertemente calefaccionado. Le dije que estaba cerca y me habÃa propuesto visitarla. No pude dejar de echar una mirada a sus piernas, que no eran las de antes, y preferà recordar su imagen en la ducha durante aquella mañana de mi infancia. Sin embargo conservaba bastante bien el brillo de la piel y la consistencia de sus caderas, que a esta altura, yo pensaba que serÃan de mármol.
Desayunamos juntos, pese a la hora avanzada, eran las diez y media de la mañana. Me contó que no podÃa dormirse hasta muy tarde y terminaba despertándose hacia el mediodÃa.
-Me imagino... -la frase se me escapó brutalmente de la boca.
-Sé que estarás pensando que estoy mal porque duermo sola... -añadió con cierta tristeza mientras me servÃa el café.
Yo hice un largo silencio, y luego del desayuno me dijo que se iba a bañar. La sola referencia al baño despertó mi más antigua práctica y el recuerdo de su cuerpo en la ducha. Al cabo de dos minutos fui hasta allà y constaté que la puerta estaba entreabierta. Se estaba duchando y podÃa ver su cuerpo reflejado en el espejo. En un momento el jabón se le escapó de las manos, y al agacharse, su piel y sus músculos recobraron la tensión y consistencia de sus años jóvenes. Cuando terminó yo me escondà en una habitación, mientras ella fue a secarse a su dormitorio.
La puerta quedó entreabierta otra vez, pero ahora yo ya no miraba el reflejo de su cuerpo en un espejo. Ella se hallaba de espaldas cuando dejó caer el toallón para sacarse una hilacha que se habÃa enganchado en su pie. En algún punto yo pensaba que lo estarÃa haciendo a propósito.
En ese momento, mis deseos era tan intensos que decidà entrar en acción sin más dilación. O me arrojaba una cachetada, o consentÃa al calor que mi cuerpo desprendÃa. Estaba jugado y no pensaba retroceder. Entré al dormitorio, aún vestido la sorprendà agachada y le hice sentir toda la dureza de mi miembro entre sus nalgas desnudas. A medida que se incorporaba me prendà de sus senos para acariciarlos y le puse un largo y pasional beso en el fino y terso cuello. Ella dejó caer su cabeza hacia el lado contrario en un gesto de total entrega, acompañado de un gemido suave, cuando la dureza de mi sexo crecÃa entre su mullida cola y sus pezones respondÃan entre mis dedos acariciantes.
-Esto no me lo esperaba -dijo aquella frase que siempre dicen todas cuando están por dar consentimiento a un hombre para que se las monte, para abrirse de piernas a conciencia.
-Asà no- remató. -Ve abajo y tómate otro café, luego te llamo. -Lo dijo de espaldas y entre mis brazos, gozando con mi abrazo cálido y la turgencia de mi miembro.
Acepté como un niño obediente. Estaba visiblemente excitado. Bajé y me tomé un café frÃo, respiraba agitadamente, las manos me temblaban y no pude evitar que la taza cayera y se hiciera trizas contra el piso.
-No me rompas nada- su voz venÃa dulce desde arriba.-Ahora puedes subir.
Cuando ingresé, la escena era la descomunal escena de un sueño muchas veces soñado por mÃ. Ella en cuatro patas sobre la cama de dos plazas, con unas medias negras acanaladas, zapatos plateados de agudos tacos, y su culo abierto ante mis ojos, con esos dos montes levantados y un orificio más oscuro en su interior que se asemejaba a una boca de gruesos y deseables labios. Se habÃa aceitado el cuerpo por completo y su piel brillaba intensamente, como su corta cabellera caoba salvajemente agitada y con gel.
Me desnudé lentamente sin poder sacar los ojos de su hermoso cuerpo. Segundos después mis labios besaban sus nalgas, su agujero ardiente, y mi respiración se volvÃa más agitada, y ella suspiraba, gemÃa y me confesaba que toda su vida gozó por el culo. Y desde la mesa de luz el tÃo nos miraba con una sonrisa desde la foto, y ella me pidió que le sacara de encima esa mirada, yo que la cubrà con mi slip negro. Y ella que se rió como loca. SÃ, se rió antes de que le pusiera mi miembro en el húmedo canal de su culo, e ingresara allà con una erección fabulosa, descomunal, y digna de un mÃtico minotauro.
Y su voz, que en ese instante se volvÃa ronca de placer, y me pedÃa que se lo partiera al medio, si, me pidió entre gemidos y movimientos espasmódicos de sus caderas, me pidió, me rogó, me gritó y me suplicó:-Métemelo hasta el fondo mi amor...
Y yo que al escuchar esas palabras arremetà con mucha fuerza, con movimientos repetidos, como una máquina solo hecha para hacer eso, para hacer gozar a una hembra veintiún años mayor, arrebatándola de la tristeza y la apatÃa en que vivÃa, y su voz que otra vez me llamaba:-Me meo amoorr, me meo.
Le saqué el miembro de su hermosa cola de un golpe, y le arranqué un gemido. Me ubiqué debajo de su vagina, abrà la boca y le grité que me orinara encima, que querÃa beberla toda, que querÃa comerla toda. Y una lluvia de rubio lÃquido cayó sobre mi rostro, mi cuello, decidà abrir la boca y sentir de golpe el lÃquido caliente corriendo y ligeramente amargo como un torrente en el interior de mi garganta. En ese instante creà que estaba bebiendo el más exquisito licor que probé en mi vida. Le mordà el clÃtoris, le succioné los labios de su concha estirándolos hasta dejarlos rojos. Sorbà su mojado vello púbico y sentà mi pene moverse inquieto y desprender una gotas sin que nada ni nadie lo tocara.
De repente me jaló de la mano y me arrastró hasta la terraza, donde agarrada fuertemente de la baranda, abierta de piernas sobre esos tacos me inflamó con sus obscenidades, a la vista de cualquier espectador que se pudiera asomar en las vecinas casas. Ya no le importaba nada y a mà tampoco. Levantó bien alto la descomunal cola y la echó hacia atrás ofreciéndola.
-¡Hazme el culo, hazme bien el culo hasta que me cague toda! -Gritó dos veces.
Y atravesé con placer su grueso esfÃnter, golpeándola hasta el fondo brutalmente, gozando de la fricción y del calor que el roce me producÃa, hasta que un grito y un intenso corcoveo en su cuerpo coronaron su orgasmo. El suyo y el mÃo, porque me arrancó blancos fluidos con la succión que hacÃa su cola excitada, calientes fluidos que brotaban como rÃos incontrolables bañándome los muslos. Se la saqué de un golpe y emitió un grito.
Corrió al baño a limpiarse, yo preferà conservar los restos de la aventura sobre mi piel. Un rato después estuvimos juntos en la cocina. Le advertà que las arrugas habÃan partido de su rostro. Sus ojos fulguraban. Le pellizqué un pezón porque estaba desnuda aún. Se rió, se rió como una traviesa adolescente y sorbió el café. Luego se levantó de golpe, al rato volvió con el retrato del tÃo y me pidió que me lo llevara y lo dejara por ahÃ.
Luego, con aire serio me preguntó que planes tenÃa para esa tarde.
Le respondà al instante que mi próximo plan era metérsela bien adentro y ya no sacarla nunca más. Y en ese instante en que decÃa esas palabras, en que mi miembro se habÃa levantado nuevamente, en que ella abrÃa otra vez las piernas y me mostraba su ardiente vagina, tuve la repentina sensación de que estaba empezando a amar a alguien que ya no era mi tÃa, sino otra mujer, una nueva y ardiente mujer.
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