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« en: Junio 06, 2006, 09:45:41 » |
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Con aparente calma, casi como si practicara un estudiado strip-tease, MarÃÂa se desabrochó la camisa. Miró su reflejo en el espejo de su habitación y apenas se reconoció. A través del hueco de su camisa a medio abrir se vislumbraba una pequeña parte del sujetador. Apenas hacÃÂa diez años que aquella misma maniobra habÃÂa sido capaz de producir una inmediata erección en su marido, cuando todavÃÂa eran novios.
Diez años...
Lentamente, sin dejar de mirar su propio cuerpo en el espejo, deslizó la camisa por sus hombros y la dejó caer al suelo. El sujetador que llevaba era blanco. Poco excitante pero muy cómodo. ConseguÃa elevar y mantener sus pechos a una altura envidiable. Pasó sus manos por la espalda y con un hábil movimiento de sus dedos, practicado miles de veces desde la primera vez que se puso sujetador a los trece años, lo desabrochó. Pero al contrario que otras veces no se lo quitó inmediatamente. Estudiando cada uno de los movimientos de sus ahora liberados senos, los observó mientras, libres ya de la presión del sujetador, caÃan un par de centÃmetros hacia abajo por efecto de la gravedad. Con un movimiento de hombros deslizó la prenda entre sus brazos y la dejó caer también al suelo. Se sorprendió a sà misma admirando sus propios pechos. No era el cuerpo firme y turgente de diez años atrás, pero no estaba tan mal a pesar de todo. TodavÃa conservaba el encanto de la media madurez que volvÃa locos a muchos hombres.
Su marido no merecÃa que liberara una sola lágrima más por él. Durante casi diez años apenas la habÃa obsequiado media docena de orgasmos. El resto de las veces en que hacÃan el amor ella debÃa de fingirlos para acallar su ego masculino y hacerle creer que disfrutaba con el acto. Diez años durante los cuales su cuerpo se marchitaba poco a poco mientras nadie era capaz de admirarlo, de disfrutarlo, de adorarlo. Inconscientemente una de sus manos comenzó a acariciar sus pezones, que comenzaban a erguirse descaradamente ante el espejo. Apenas unos segundos después, la minifalda azul que tanto le gustaba a su marido caÃa inerte al suelo, descubriendo a la vista del espejo unas magnÃficas piernas cubiertas por el casi invisible tejido marrón de los pantis. No sabÃa porqué pero aquel dÃa habÃa decidido no ponerse bragas. La parte superior de los pantis, más oscura que el resto de la prenda, ocultaba al tiempo que mostraba el divino monte rojizo por el que algunos hombres hubieran matado si tal vez hubiese nacido en otra época, en la que las mujeres pelirrojas eran consideradas semidiosas por los heroicos caballeros andantes.
Mientras sus pezones seguÃan siendo acariciados sin cesar por una de sus manos, la otra se deslizó subversivamente hacia el interior de sus pantis hasta encontrar su enmarañado destino, iniciando un reiterado movimiento circular sobre él. Siempre habÃa oÃdo decir a sus amigas que la masturbación es el recurso del ama de casa solitaria. Nunca lo habÃa creÃdo y por ello apenas lo practicaba. Pero durante los últimos tres dÃas habÃa sentido la necesidad de hacerlo al menos media docena de veces al dÃa. Mientras uno de sus dedos abandonaba el ritual movimiento sobre su sexo para introducirse en lo que una de sus amigas llamaba sarcásticamente el "túnel del amor", todo pensamiento consciente fue abandonado en favor de la más delirante fantasÃa sexual que hubiera soñado nunca, en la cual ella y su hermana, vestidas, o más bien desnudas, con una lencerÃa directamente surgida de las imágenes de la más aberrante pelÃcula sadomasoquista que se pueda imaginar, se arrastraban a los pies de su cuñado mientras él decidÃa a cual de ellas iba a penetrar mientras utilizaba los pechos de la otra como almohadas para su cabeza.
Era la cuarta o la quinta vez en el mismo dÃa que utilizaba a su cuñado como fantasÃa de su masturbación, y lo peor de todo era que los orgasmos que le habÃan tenido a él como protagonista habÃan sido los más increÃbles de toda su vida. Sin importarle en lo más mÃnimo la relación de parentesco que les unÃa, siguió moviendo frenéticamente el dedo en el interior de su vagina hasta que las fuerzas le fallaron en las piernas y se vio obligada a caer arrodillada sobre la moqueta de la habitación, gimiendo sin cesar por el placer que aquel brusco movimiento habÃa causado justo en el momento de la deseada explosión del orgasmo. Con entrecortados movimientos de la mano, apuró los últimos estertores de placer mientras su primer pensamiento consciente después del mareo orgásmico era para su cuñado.
Se quedó inmóvil en el suelo de la habitación durante al menos veinte minutos, recuperándose del esfuerzo e intentando alejar los antinaturales pensamientos que la habÃan venido asaltando durante los últimos tres dÃas. Inexplicablemente su temperatura sexual se habÃa multiplicado por mil desde el momento en que entró en la casa de su hermana, y el centro de todos sus deseos era su cuñado, al que, a pesar de no compartir las ideas del resto de su familia sobre él, nunca habÃa tenido en excesiva estima. Era el marido de su hermana, y simplemente por ese hecho lo respetaba, o más bien lo soportaba. Pero jamás se le habÃa ocurrido pensar en él como hombre, y ni por asomo habÃa sentido la más mÃnima atracción por él. Pero cualquier intento de su sentido común por controlar de nuevo su vida era rápidamente acallado por un antinatural deseo que elevaba su libido hasta el infinito, donde siempre encontraba el rostro, y cada vez más a menudo el cuerpo, de su cuñado.
Se levantó con esfuerzo y volvió a mirarse en el espejo. Aún llevaba puestos los pantis y ni siquiera se habÃa quitado los zapatos para masturbarse. El efecto elevador de los zapatos de tacón que esa mañana habÃa decidido ponerse acentuaba la firmeza de sus pantorrillas y de sus muslos, que todavÃa clamaban la belleza que combatÃa fieramente el paso de los años. Elevó de nuevo su vista hacia sus pechos mientras utilizaba sus manos para elevarlos y apretarlos hacia el centro, formando el deseado canalillo por el que la mayorÃa de las mujeres suspiran y por el que los hombres pierden la cabeza. Elevó aún más su mirada y se encontró con sus propios ojos reflejados en el espejo. Ojos negros, profundos, capaces aún de expresar pasión. Algunos residuos de sus anteriores pensamientos volvieron a acosarla. Se alejó del espejo y se sentó en la cama mientras se deshacÃa de los zapatos con un rápido movimiento de los pies. Se quitó los pantis, y a pesar de que su primera intención era quitárselos rápida y cómodamente, mantuvo elevadas durante unos instantes cada una de sus piernas mientras lo hacÃa, acariciándolas y admirándose de la firmeza que aún conservaban.
Completamente desnuda se tumbó en la cama y se metió bajo las sábanas. Apagó la luz y se dispuso a dormir mientras sus pensamientos volvieron de nuevo a elevar su temperatura. Aún no habÃan transcurrido cinco minutos de su masturbación cuando escuchó ruidos procedentes de la habitación de su hermana. No tardó en darse cuenta de que estaban haciendo ruidosamente el amor, y que ella no intentaba disimular sus gemidos ni el inmenso placer que debÃa de estar sintiendo. Los vecinos no podÃan escucharla porque habÃa comentado que la casa estaba insonorizada, y probablemente se habÃa olvidado de que tenÃan una invitada en la habitación de al lado... o tal vez el placer era tan intenso que ni siquiera le importaba. ¿Que tenÃa aquel hombre que podÃa proporcionar tal clase de placer a una mujer? Los gemidos de su hermana entraban directamente a su cerebro haciéndola revivir todas las fantasÃas que habÃa utilizado para masturbarse durante los últimos dÃas.
Inconscientemente, su mano derecha se deslizó de nuevo por debajo de las sábanas hacia el monte de Venus.
Apenas dos minutos después alcanzaba el octavo orgasmo del dÃa.
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