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« en: Junio 08, 2006, 01:32:06 » |
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Me despertó la luz del sol. Las cortinas de las ventanas del autobús estaban abiertas. Mi primer impulso fue cerrar la que estaba frente a mÃÂ, pero instintivamente estiré las piernas y los brazos... y este movimiento me hizo recordar las sensaciones de aquella noche, la manera como las caricias de mi profesor me habÃÂan provocado un orgasmo ahàmismo. Era como si a partir de esa noche mi piel tuviera memoria. Mi cuerpo nunca volverÃÂa a ser el mismo para mÃÂ... ahora sabÃÂa lo que podÃÂa obtener de él.
El asiento a mi lado ahora estaba vacÃo, asà que con discreción busqué a mi profesor. Él estaba casi enfrente de mÃ, conversando con una de las monjas del colegio que nos acompañaban en aquel "viaje de estudios". A esas alturas yo sabÃa que ese viaje efectivamente iba a ser muy ilustrativo para mÃ.
No podÃa quitarle mis ojos de encima. Lo veÃa de otra manera. Hasta ayer era un profesor como todos, y ahora, su boca era tremendamente sensual. ¿Qué edad tenÃa? Unos 40 años, cabello ligeramente entrecano. Su nombre era José Antonio... Evidentemente era muy fuerte. No era bonito, definitivamente, pero sus ojos proyectaban mucha fuerza... si... la misma fuerza que nos mantenÃa bajo control durante sus clases de literatura. Sus facciones eran duras y un poco bruscas, y sin embargo, quien hasta ayer me parecÃa un profesor regañón, ahora me parecÃa un hombre maduro sumamente sensual. Ahora yo tenÃa constancia de su experiencia, de su capacidad de hacerme disfrutar y de su gentileza.
Repentinamente lo vi sonreir y dirigir su mirada hacia mÃ. Con ese pequeño gesto me sentà suya por completo y de inmediato advertà aquella humedad en mi entrepierna. Supe que iba a entregarle mi virginidad en el momento en que él quisiera tomarla.
Tan distraÃda me encontraba mirándolo, que me costó trabajo darme cuenta que ahora él estaba tratando de llamar la atención de todos mis compañeros y compañeras. Voz en cuello pedÃa silencio en el autobús. Nos iba a dar instrucciones. Gracias a la claridad con que se expresaba (hasta ahora me daba cabal cuenta de ello), entendà rápidamente la situación. Entrando al puerto de Veracruz nos dirigirÃamos a un restaurante económico para desayunar en grupo. En seguida caminarÃamos por el malecón llegar al Acuario, donde estarÃamos hasta poco después del medio dÃa. A la 1 de la tarde nos registrarÃamos en el hotel, nos bañarÃamos y cambiamos de ropa lo más rápidamente posible, antes de irnos al Castillo de San Juan de Ulúa. Según el tiempo que hiciéramos ahÃ, ya verÃamos en dónde comer y si por la tarde alcanzábamos a hacer alguna otra cosa.
Asà lo hicimos, y todo eso transcurrió sin novedad, salvo por la manera como sentà su mirada sobre mà en todo momento, por la manera tan especial como sentà que se dirigÃa a mÃ, por el hecho de que no sabÃa dónde habÃan quedado mis calzoncitos y por dos discretos detalles que me hicieron sentir muy, muy halagada. Ahora, al recordar aquel dÃa, me percato de que mi profesor seguÃa una estrategia deliberada de conquista y seducción con una chica (yo) que, con todo y el atrevimiento y disposición mostrados en aquella madrugada, podÃa albergar dudas y resistencias todavÃa.
Acostumbrada como estaba a tratar con jovencitos de mi edad o un poco más, el trato que mi profesor me dio aquel dÃa me dejó verdaderamente deslumbrada, porque me demostró que sabÃa manejar la situación con sencillez, pero con astucia y atrevimiento. El primer detalle fue durante el desayuno. Y fue algo tan simple como enviarme un recado con el mesero que me estaba atendiendo. "Señorita, tengo este mensaje para usted", me dijo mientras discretamente me entregaba un papelito. Desde el otro extremo de la mesa sentà su mirada. Emocionada, decidà entrar a los sanitarios para leerlo tranquilamente. TodavÃa lo conservo entre mis cosas y puedo repetirlo casi de memoria... "Lili, amor, eres la experiencia más tierna que he tenido en toda mi vida. Por favor, confÃa en mÃ. José Antonio". Esas solas palabras bastaron para emocionarme, pero también para excitarme.
El segundo detalle fue en el Acuario, en el túnel que cruza por debajo de un enorme tanque de cristal lleno de peces de todos tamaños. Es un lugar muy oscuro, y mientras intentábamos seguir las explicaciones del guÃa, en medio de relajo normal del grupo, de pronto sentà su presencia detrás de mÃ. Yo tenÃa puesta una blusa sin mangas, por el calor. Sus manos se posaron en mis hombros y bajaron lentamente por mis brazos. Un escalofrÃo recorrió al mismo tiempo mi columna vertebral. Sus manos llegaron donde mis manos, y metiendo sus dedos entre los mÃos, me besó en la nuca. Yo sabÃa perfectamente que era él. Mi cuerpo reaccionó dando un paso hacia atrás, hasta sentir su calor. Y ahà nos quedamos un par de minutos. Solamente sintiendo nuestros cuerpos pegados, él a mis espaldas y nuestros dedos entrelazados, moviéndose, jugando, insinuando todo tipo de caricias. Cuando el grupo comenzó a avanzar, se "despidió" de mi con dos pequeñas nalgadas. Ese detalle me encantó porque me hizo adivinar su sonrisa y sentido del humor, a pesar de que me era imposible ver su rostro. Años después, cuando conversamos sobre aquella tarde, José Antonio confirmó mi percepción.
Otro detalle importante, que yo no advertà sino hasta mucho tiempo después, fue el trabajo que se tomó para que la habitación del hotel en donde quedé registrada con tres amigas más, quedara en el mismo piso que la suya, y muy cercana. Durante mucho tiempo creà que habÃa sido casualidad, pero en realidad nada de lo sucedió aquella tarde lo fue. Todo aquello lo hizo con tal de ganarse el trofeo de mi virginidad.
La prisa de llegar al Castillo de San Juan de Ulúa era muy grande, asà que aunque ya tenÃamos un poco de hambre, decidimos visitar primero el castillo. Tengo muy presente que cuando llegamos, mi profesor ya estaba ahÃ, a la entrada, con varios guÃas para poder hacer los recorridos en grupos. En cuanto bajé del autobús noté que él querÃa decirme algo, asà que traté de buscar el momento propicio. Cuando por fin estuvimos cerca, mientras que las monjas y otros profesores organizaban los grupos, me pidió que lo siguiera en el grupo que él llevaba, y que por favor no platicara con nadie durante el trayecto, que tratara de pasar desapercibida para mis compañeros. Esta petición me intrigó, pero me encantó. Aunque no conocÃa el castillo, pensé en la posibilidad de encontrarnos en algún rincón oscuro y en sentir sus manos y sus besos nuevamente. Comencé a sentir cómo la sangre corrÃa más rápido por mis venas y ese palpitar de mi entrepierna que ya comenzaba a parecerme familiar.
El castillo era verdaderamente hermoso e impresionante. Estaba rodeado completamente por agua, salvo por la pequeña extensión de tierra, robada al mar, por donde entramos. Se nos advirtió claramente a todos que no nos separáramos del grupo en que se nos habÃa ubicado. Mis amigas me miraron un poco extrañadas de que estuviera en el grupo de otro salón. Yo solamente encogà los hombros. ¿Cómo iba yo a separarme de aquel grupo si ahà iba mi profesor? Esperamos un poco, porque fuimos el último grupo en iniciar el recorrido. Mientras tanto, el guÃa nos explicaba las funciones que a lo largo de la historia habÃa tenido aquel imponente edificio. En un principio, hace 400 años, era solo un fuerte contra los vientos del norte, una protección para las embarcaciones. Poco a poco se fueron construyendo más y más secciones mientras pasó a ser sede de gobernantes del puerto, hasta que, finalmente, se convirtió en una cárcel. Sólo hasta hacÃa unas décadas se habÃa convertido en museo y sitio turÃstico.
AltÃsimos muros de piedra gris, húmeda y frÃa que albergaban varios pisos y sótanos. Escaleras y puentes por doquier. Habitaciones de formas caprichosas, pasillos, arcos, estancias, celdas, jardines y explanadas se combinaban en un orden difÃcil de comprender. Sólo con ayuda del guÃa podÃamos encontrar sentido a aquel lugar, conocido sobre todo por su última función de cárcel, y famoso por la romántica historia del héroe de las ahora ya clásicas radionovelas de la XEW: Chucho "El Roto". Aquella historia me resultaba muy familiar, pues hasta hacÃa pocos años la habÃa escuchado en las visitas vespertinas a la casa de mis tÃas, quienes no se perdÃan un solo capÃtulo. Según la leyenda, San Juan de Ulúa fue la cárcel de donde ese mÃtico ladrón, una especie de Robin Hood mexicano, habÃa podido fugarse varias veces, hasta finalmente morir ahà al fracasar su último intento.
Sé que ahora, con el paso de los años, describir tantos detalles puede parecer excesivo. Pero para mà son imprescindibles, pues me permiten recrear la atmósfera de magia y excitación de que me sentÃa rodeada aquella tarde, por cierto, nublada...
Conforme hacÃamos el recorrido me iba sintiendo atrapada por el encanto de aquel lugar. Mi profesor guardaba silencio, y de vez en cuando llamaba la atención al grupo si el relajo subÃa de tono. Pero también iban con nosotros dos de las monjas, asà que el comportamiento general era bastante bueno.
A la mitad del recorrido llegamos a la famosa celda de Chucho El Roto. Uno de los dos guÃas que nos acompañaban tomó una antorcha y nos hizo entrar después que él, a través de una especie de túnel pequeño, en donde apenas cabÃa una persona. Mi profesor me empujó suavemente para que yo fuera una de las primeras en entrar, enseguida de él. Pasamos de uno por uno subiendo tres o cuatro escalones y sin ver casi nada, salvo el brillo de la antorcha del otro lado. Una vez adentro, cuando mis ojos se acostumbraron a la semioscuridad, me fue posible observar el lugar. Era una habitación larga, con una especie de bancas de concreto adosadas a la pared de piedra, altas y también como de un metro de ancho, que corrÃan a lo largo de las paredes, una frente a la otra. Al centro, justo enfrente de la entrada, y al fondo de un pasillo, parecÃa haber una ventana cerrada, por donde apenas se colaban algunos hilos de luz. Apenas cabÃamos todos, bastante apretados. Enseguida sentà a mi profesor detrás de mÃ, su cuerpo muy cerca del mÃo. Prácticamente no escuché al guÃa. Muy vagamente me dà cuenta de que en un momento dado le pidió a mi profesor que intentara abrir la pequeña ventana por donde, si nos esforzábamos, podrÃamos ver el mar. Según explicó el guÃa, cuando aquella habitación servÃa de celda, la marea entraba todas las noches y agudizaba el sufrimiento de los presos, quienes estaban encadenados a las paredes, donde todavÃa podÃan verse las argollas de donde eran sujetados. Para eso estaban diseñadas esas celdas.
No sé si es posible entender esto, pero todas esas explicaciones del guÃa lo único que hacÃan era aumentar mi excitación, porque mientras tanto yo estaba sintiendo las caricias de mi profesor. Sus manos comenzaron en mi cintura, dirigiéndome de tal manera que quedara todavÃa más cerca de él. Invitándome a presionar su cuerpo con el mÃo. En cuanto lo hice, comenzó a bajarlas hacia mi falda, frotando suavemente la tela contra mis piernas, hasta que por fin llegó al final y comenzó a acariciar directamente mis muslos. Instintivamente me apreté más con él, si es que esto era posible. Subió mi falda hasta la cintura y comenzó a bajar mis calzoncitos lentamente, pero con una cierta desesperación. Yo sentÃa el suave contacto de sus manos, ahÃ, en medio de todo el grupo. La duda me llenaba de excitación ¿Me iba a penetrar ahà mismo? ¿Eso era posible? SentÃa palpitar nuevamente la sangre en toda mi entrepierna y comencé a dudar sobre si iba a poder contener mis gemidos. Sus manos se movieron de tal manera que de pronto sentà su pene, mojado, frotándose contra mis nalgas. Era solamente una caricia, pues no parecÃa intentar nada más. Mientras tanto, sus manos comenzaron a acariciar mis senos, haciendo que mi cuerpo "recordara" las sensaciones que apenas habÃan despertado aquella misma madrugada. Aquello ligeros apretones sobre mis pezones, encima de mi blusa, me hicieron ladear la cabeza y echarla para atrás. Sus manos subieron lentamente por mis axilas y las sentà entonces en mi cuello y hombros. No pude contener el impulso de tomarlas y besar cada una de las yemas de sus dedos. Mientras tanto, mis calzoncitos habÃan caÃdo al piso.
De pronto noté el movimiento de mis compañeros. Iban saliendo de aquel lugar. Mi profesor me pidió que no saliera de la celda, que lo esperara un minuto. "¿Crees poder hacerlo?" me preguntó. Mi respuesta fue afirmativa. Y apresuradamente recogà mis calzones del suelo. Antes de salir, el guÃa le pidió que cerrara la ventana que daba hacia el mar.
Esperé en la más completa oscuridad lo que me pareció mucho más de un minuto. Mientras daba un brinco para sentarme en aquella especie de bancas, sintiendo la piedra frÃa y húmeda bajo mi piel, pensaba que todavÃa podÃa retroceder y esperar. A mi mente llegaban las recomendaciones de mis padres y de las monjas de colegio respecto a la virginidad, los embarazos, las enfermedades... En eso estaba, dando prioridad a la petición de mi cuerpo y de mi corazón, por encima de todo aquello, cuando escuché su presencia. Aunque mis ojos se habÃan habituado a la oscuridad, no podÃa ubicarlo pero sabÃa que estaba ahÃ. "¿Dónde estás pequeña?" dijo, y yo solamente solté una risita, porque de pronto aquello me pareció un juego como las escondidas. "Con que jugando ¿eh?" respondió acercándose guiado por el sonido. Pronto estaba de pié, enfrente de mÃ. Advirtió que estaba sentada, suavemente abrió mis piernas, y se colocó enfrente, enmedio de ellas. Mientras acariciaba mis muslos, acercó su rostro al mÃo y me besó.
Sentà sus labios, ligeramente húmedos y muy cálidos, tratando de abarcar los mÃos, como si quisiera chuparlos por completo. Como si no le interesara si yo abrÃa los mÃos o no. Y estuvo un momento solamente ahÃ, acariciando mis labios con los suyos. Mi cuerpo se estremeció, como si esa boca abarcara toda mi piel. Poco a poco su lengua se abrió paso hacia mi boca, y penetró en ella. Suave, con cuidado y lentitud, fue explorando todo su contenido, mientras sus manos se paseaban por mi espalda. Sentà escalofrÃos, en parte porque la temperatura del lugar era bastante fresca, y en parte por aquellas sensaciones. Cuando lo advirtió, me dijo "Lili, vas a tener un poco de frÃo, pero se te pasará". Me conmovió su preocupación por mà y el hecho de que pareciera controlar absolutamente todos los detalles.
Suavemente me ayudó a recostarme. Recordando las conversaciones con mis amigas pensé que se iba a subir encima de mà y que aquello acabarÃa pronto. Pero en lugar de eso, José Antonio, de pié a mi lado, comenzó a acariciarme suavemente. ParecÃa que no querÃa dejar ni un solo rincón de mi cuerpo sin tocar. De vez en cuando se inclinaba y me besaba en la boca... con lo que lograba acallar un poco mis leves gemidos. Escuchaba sus exclamaciones en voz baja y murmullos, mostrando su admiración por la suavidad de mi piel, por la redondez de algún contorno, en fin.
Una extraña mezcla de excitación y temor me invadÃa. Temor que provocaba más excitación, y excitación que provocaba más temor, en un interminable cÃrculo empujado por los besos y caricias de mi profesor. Sus manos abrieron suavemente mi blusa, desabrocharon mi brasier e hicieron saltar mis senos con los pezones endurecidos. No eran grandes, pues todavÃa estaban creciendo. Años más tarde tendrÃan un tamaño y forma bastante atractivos, pero en ese momento, todavÃa eran pequeños. Suavemente rodeó mis senos con sus manos... como dándoles forma, como moldeándolos para sà mismo. Poco a poco tomó mis pezones y los frotó, los apretó, como en aquella madrugada... Yo todavÃa estaba un poco adolorida... la falta de costumbre supongo...
Estaba consciente de mi cuerpo pegado a aquellas frÃas piedras y sin embargo ya no eran motivo de incomodidad para mÃ. Mientras una de sus manos se concentró en mis senos, la otra pasó a mis piernas, nuevemente con aquella caricia ascendente que me habÃa vuelto loca por la madrugada... mis gemidos se hicieron más intensos, querÃa apresurarlo, querÃa pedirle que no se detuviera ya. Dulcemente, porque no recuerdo otra palabra que lo describa mejor, fue separando mis piernas... y la presión de sus manos se incrementó, hasta llegar a mi entrepierna. Puso la palma de su mano contra mi sexo y comenzó a frotarlo. Mis caderas comenzaron a moverse más allá de mi voluntad, para ayudarlo a hacer presión. Sentà entonces la humedad que comenzaba a gotear sobre mis muslos. Mojó sus dedos en ella y abrió los labios de mi vagina, concentrándose en empapar todos mis genitales. Daba la impresión de querer distribuir perfectamente aquella humedad, al tiempo que me volvÃa loca con aquellos dedos rozando mi clÃtoris, apenas si tocando aquel capullo creciente que con todo y su pequeñez, lograba llenar de placer todo mi cuerpo.
Sentà su boca en mi boca nuevamente, justo cuando sus dedos se acercaban a mi húmeda abertura. Fui suavemente penetrada al mismo tiempo por sus dedos y por su lengua. "No te preocupes Lili... relájate" me dijo al oÃdo... justo cuando mis caderas comenzaban a moverse. "Despacio Lili... espera... déjame hacerte disfrutar un poco...". Comprendà su mensaje y traté de calmarme... Con aquellas caricias y mi excitación no tardarÃa en llegar nuevamente al punto donde estallé en la madrugada... pero mi cuerpo estaba aprendiendo a disfrutar, conducido con maestrÃa por un hombre que tenÃa suficiente paciencia para ello. Años más tarde, añorarÃa este hombre.
"AquÃ..." me dijo en un tono que hasta me pareció un tanto didáctico mientras sus dedos hurgaban suavemente en mi vagina "...sabes que debe haber una membrana, sabes que puede doler un poco romperla y sabes que puede haber sangrado. Te lo digo porque no quiero que te asustes linda. Quiero que te excites y me desees hasta el grado de que nada de eso te importe". Esas palabras bastaron para terminar encenderme. No pude decir nada porque los gemidos comenzaron a brotar de mi boca, al sentir cómo se aproximaba otra vez aquel torrente de placer que inundaba todos mis sentidos. Continuó con sus caricias hasta sentir en sus dedos nuevamente la magnÃfica explosión que me puso completamente a su merced. Entre mis gemidos y sus ardientes palabras, no pude controlar el movimiento de mi cuerpo, y fue asà que, mezclada con aquel placer, pude sentir la primera punzada de dolor al empujarme hacia él. Sus dedos captaron al instante el ritmo de las oleadas de placer que me recorrÃan, y mi orgasmo se prolongó por una buena parte del tiempo en que él continuó con sus caricias.
En cuanto pude relajarme un poco, mi mano derecha comenzó a buscar el bulto que seguramente habÃa dentro de sus pantalones; pero en lugar de ello me encontré con su pene completamente erecto, mojado, casi chorreando. Nunca me di cuenta en qué momento se habÃa quitado los pantalones. Mis gemidos y exclamaciones mostraban a todas luces la urgencia de mi deseo por él, aunque yo entonces todavÃa no sabÃa cómo detectar las actitudes y las palabras que más pueden excitar a un hombre al momento de hacer el amor. Supongo que la frescura y espontaneidad de mis impulsos lo excitaron todavÃa más, porque en ese momento justo pareció perder el control.
Cuidadosamente se subió a la banca, a mi lado, y comenzó a besar mis senos y a chupar mis pezones con algo que me pareció desesperación. El calor que yo sentÃa recorrer mis venas iba siempre en aumento, y las sensaciones que sentÃa hicieron palidecer las de aquella madrugada. Aquella tarde aprendà que un primer orgasmo incrementa la sensibilidad del cuerpo de una mujer, o al menos, del mÃo, porque a partir de ahà mis sensaciones se acentuaron.
Besó con ansiedad todo mi cuerpo. En su momento me hizo girar, para besar mi espalda y mis nalgas. Sus besos eran a veces como roces húmedos, a veces como pequeñas mordidas, pero nunca dejó de frotar aquella húmeda grieta que yo sentÃa cada vez más hinchada y caliente. Mientras tanto yo no podÃa hacer otra cosa que moverme, gemir y tratar de alcanzar algun rincón de su piel con mis manos.
Me hizo girar por segunda vez, y la sensación de la piedra frÃa sobre mi espalda agudizó mi percepción de su calor. Fue entonces cuando acercó su pene a mi entrepierna. Con una mano, suavemente, me hizo abrirme para recibirlo. Súbitamente, sin saber porqué, me quedé quieta y en silencio, mientras un deseo incontenible me invadÃa. De pronto advertà que entre mis piernas se habÃa abierto un hueco que solamente él podÃa llenar a plenitud, justo en ese instante, que me parecÃa de una importancia cósmica. El mundo giraba en torno a mi deseo, y en torno a ese hueco que por fin serÃa colmado por un hombre.
Con lentos y rÃtmicos movimientos, que parecÃan animados por una música inaudible, José Antonio comenzó a frotar su pene contra mis labios vaginales, mezclando nuestros jugos e impregnándonos uno a otro de nuestra humedad. Mientras tanto besaba apasionadamente mi boca y su lengua se trenzaba con la mÃa.
Su pene se deslizó hasta la abertura de mi vagina, y comenzó a entrar lentamente. Yo deseaba que entrara por fin hasta el fondo y que no dejara ni un resquicio sin ocupar por su hombrÃa. Deseaba que por fin saturara todo aquel espacio que de pronto me parecÃa infinito. La manera como su pene resbalaba hacia mi interior me volvió loca y me empujé frenéticamente hacia él. Casi al mismo tiempo, retrocedà instintivamente como reacción al dolor que me atravesó, un dolor sordo que se mezclaba con el placer de sentir su pene contra las paredes de mi vagina, entrando y saliendo nuevamente, poco a poco, avanzando más y más.
Y fue asà que comencé a disfrutar cada vez más. A medida que él me penetraba a mayor profundidad, más intenso y desenfrenado era mi placer, que compensaba cada nuevo dolor que aparecÃa. A cada embestida correspondÃa una cariñosa retirada, a la que yo respondÃa empujándome contra él. Nos acoplamos de tal manera que el dolor desapareció por completo para cuando él estaba entrando y saliendo de mi cuerpo como impulsado por un instinto animal. Se transformó. Y su pasión, sus jadeos, sus gemidos, me transportaron hasta una cumbre de placer indefinible. Yo sentÃa su miembro cada vez más duro, caliente y poderoso. Lo sentÃa atravesándome, perforándome, partiéndome. A cada sacada y metida de su verga, mi vulva respondÃa con el gozo extraordinario de la sangre arremolinándose por todos los rincones de mi cuerpo, provocando torbellinos de tal deleite, de tal voluptuosidad, que me empujaban poco a poco hasta la ansiada cima del placer total. A cada embestida suya correspondÃa un poco más de ascenso, hasta que no pude más y el orgasmo llegó. Al sentirlo, acometió violentamente, sin pudor, sin control y sin ningún dominio de sà mismo. Mi desprendimiento fue total. Estallé al mismo tiempo que escuchaba sus gemidos y sentÃa el tremendo calor del lÃquido que inundaba mi vagina. Mi cuerpo siguió convulsionado por el placer, mientras él continuaba entrando y saliendo de mi vagina cada vez más lentamente, hasta ambos desfallecer.
Sólo se escuchaba ya nuestra respiración entrecortada cuando José Antonio, mi querido profesor, se incorporó. "Ahora, querida Lili, debemos encontrar al grupo". Nos levantamos y comenzamos a tratar de recuperar nuestra ropa, acomodarnos y desaparecer lo más posible los vestigios de aquel encuentro. Me bajé de un brinco de aquella banca de piedra y en aquel instante advertà nuevamente el dolor. Me quejé un poco. Me consoló: "Quizás es natural... debes tener paciencia". Me propuso lo que deberÃamos hacer a continuación. Me dijo que iba a salir él primero, que esperara 5 minutos y que entonces me dirigiera a los sanitarios para damas más próximos. Me dijo cómo llegar a ellos y me pidió que, una vez que yo revisara que todo estaba bien, me quedara sentada ahà afuera esperando que "me encontraran". ComprendÃ. Su último aviso fue: "No te preocupes por el tipo que está aquà afuera. Es nuestro cómplice". Y esperé.
Al salir de la celda efectivamente advertà la presencia de un hombre, a quien ni siquiera el rostro le vi. Me dirigà a los sanitarios y descubrà que mi falda estaba levemente manchada de sangre. La enjuagué, a sabiendas que iba a quedar húmeda y tratando de pensar cómo arreglármelas para explicarlo. Cuando la estaba secando con papel entró una de las monjas. La furia por mi ausencia se le notaba en los ojos, pero antes de que algo sucediera me eché a llorar. En realidad lloraba por muchas razones, algunas incomprensibles en aquel momento para mÃ, pero le dije a la monja que me habÃa dado cuenta de que la menstruación se me habÃa adelantado. Y al quedarme en el baño no habÃa sabido qué hacer ni cómo alcanzar al grupo. Su actitud cambió notablemente. Murmuró no sé cuántas cosas, de las cuáles sólo alcancé a escuchar... "asà que mejor le pedirémos al profesor José Antonio que te lleve de regreso al hotel".
¡No podÃa creer lo que estaba escuchando!
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