admin
Administrator
Hero Member
    
Mensajes: 1180
|
 |
« en: Junio 08, 2006, 01:31:21 » |
|
Errores ? He cometido muchos errores en mi vida, muchos...; el primero . o mejor dicho, el primero de importancia . fue el haberle entregado el virgo a un compañerito de escuela que de coger no sabÃÂa nada (igual que yo) unos dÃÂas después de haber cumplido 15 años. Era tan romántica en ese entonces, que se me mojaba la bombacha con sólo mirar una foto de Redford en alguna revista del corazón.
Con los años me avivé un poco, pero sólo un poco, ya que el segundo error grave fue el casarme con Pablo, creyendo que iba a ser el hombre de mi vida y para toda mi vida.
Pero la cadena de errores más nefastos e increÃbles comenzaron a suceder hace poco menos de un año, cuando por primera vez le puse los cuernos a mi marido dejándome llevar a un amoblado por un tipo cuyo nombre ni siquiera recuerdo. (Cuando esa noche regresé a casa estaba asustada y arrepentida, pero con una excusa creÃble para representar si Pablo hacÃa algún reclamo o escena. No sucedió nada, ni reclamo, ni escena, ni nada; estaba mirando televisión y ni se dió cuenta que yo estaba llegando casi dos horas más tarde que de costumbre.)
Dos semanas después me dije: si lo hice una vez, porque no dos ? otro error, y más grave aún.
Me revolqué con Eduardo – un compañero de trabajo - y el muy guacho me hizo disfrutar lo que nunca; me magreó, me sobó a su gusto y se bajó, chupándome la concha – mi primera vez - hasta que le empapé la cara. Siguió y me cogió cuando quiso y como quiso. A la semana siguiente tenÃa la raja ardida de tanto darle y darle dedo. Le pedÃ, le rogué a Eduardo repetir y el muy cerdo aceptó siempre que devolviera gentilezas. Se descargó en mi boca y conocà el sabor del semen. Me hizo volver a casa sin bombacha y con la entrepierna sin lavar ni secar. Lo o dié.
Sin la menor duda, odiar a Eduardo fue mi siguiente error. Quedé a su merced. Me estrenó el trasero. Me compartió con un amigo. Me drogó sin drogas, con la droga del placer.
Pablo ? Bien, gracias, concentrado en su trabajo y distraÃdo con la televisión. Inevitablemente, seguà ascendiendo en la cadena de errores. Me enfiestó y adquirà vuelo propio: probé mujer con mujer. Me volvà a enfiestar.
Me hice Ãntima de una muchacha y con ella y por ella me equivoqué más aún. Le entregué todo y me entregó todo. Me presentó a sus amigos y a sus amigas. Por deporte y como diversión, me hizo debutar en la calle, una vez a la semana, dos a lo sumo. Y callejeando fue que me levantó Pancho, el vecino ese que era un bombón.
Lo de Pancho fue el error más grave de todos. Y el último. Pablo y yo vivimos en un apartamento dos pisos más arriba que el de Pancho, en el mismo edificio. Y Pancho tenÃa ese apodo no porque se llamara Francisco, sinó por lo que guardaba entre sus piernas: magnÃfico. Por esa suma de circunstanci as Pancho fue el primero en cogerme en mi propia casa, en mi propia cama matrimonial.
Lo hizo una vez, dos dÃas después de encontrarme patinando en la calle. A media mañana, luego de asegurarse que Pablo ya habÃa salido para el trabajo. MagnÃfico. Y volvió a venir al dÃa siguiente, a la misma hora. Asà fué cómo nos encontró Pablo: yo, desnuda, brazos abiertos estirados hacia adelante y piernas abiertas estiradas hacia atrás, con dos altos almohadones bajo el vientre, boca abajo, mis nalgas en su mejor ángulo y perfil.; Pancho, tan desnudo como yo, semiarrodillado tras de mi entre mis pierna s, dándome el mejor pistolazo de mi vida. Clavándome, atrás.
En las circunstancias en que nos encontrábamos Pancho y yo - los dos absolutamente lanzados, los sentidos saturados con las más divinas obscenidades, con nuestros jadeos y nuestros gemidos de gozo - bien podrÃa haberse desatado la tercera guerra mundial que ninguno de los dos nos hubiéramos enter ado. Menos aún podrÃamos haber escuchado la puerta al abrirse. Y ninguno de los dos pudimos cortar la corrida, la mÃa encharcando los almohadones y las sábanas y la de Pancho haciendo desbordar mi recto y dejando algún borbotón tardÃo sobre mis nalgas, cuando vimos – sin reconocer al principio pe ro presintiendo de quién se trataba – que la figura de una persona se recortaba en la puerta del dormitorio.
Como les dije, lo de Pancho fue el error más grave de todos. Y el último. Destruà mi matrimonio y también mi – de por si escaso – patrimonio, porque el apartamento que compartÃa con Pablo habÃa sido regalo de los padres de él.
|