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Autor Tema: La iniciacion la iniciacion  (Leído 363 veces)
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« en: Junio 08, 2006, 01:30:17 »

Todo empezó cuando quise aprender las artes de la magia




Un vecino de una amiga - Juan - era conocido por leer el tarot y organizar en su casa reuniones de magia con otros iniciados. Le dije a mi marido Javier que aprendiéramos, que iba a ser interesante y que podríamos mejorar nuestras vidas con un poco de energías positivas. Aceptó y Juan empezó a venir a nuestra casa a enseñarnos desde lo más básico. Nosotros no sabíamos nada, así es que bebíamos sus palabras como si se tratara de un dios. En esos días le cambiaron el turno a Javier a la noche y Juan continuó viniendo a enseñarme sólo a mí. Habíamos quedado en hacer la iniciación juntos, en un ritual desnudos dentro del círculo, pero como Javier no estaba, él dijo que deberíamos hacer iniciaciones aparte y que no le contara nada a Javier de lo que él me decía o hacíamos. También me dijo que dentro del círculo no valía estar casada, y que dentro del círculo eramos todos puros, vírgenes y solteros. Incluso me pidió que abriera un email para escribirme sólo a mí sin que Javier supiera, ya que los iniciados deben mantener secretos entre ellos.

Como yo era una aprendiz, no cuestioné nada de lo que me dijo, sólo quería aprender más y más. El primer paso para la iniciación sería entrar desnudos en el círculo y que él me transferiría su energía y poder para poder iniciarme. Me explicó que deberiamos usar aceites para untar en el cuerpo, y que mediante la energía de las caricias y el contacto de los cuerpos desnudos yo lograría absorver su energía y sería una iniciada. En ese punto yo estaba algo nerviosa, pero como ya lo habíamos acordado y dentro del círculo no era considerada una mujer casada, accedí. Una noche, dos días antes de hacer el ritual, Juan me dijo que me encontraba muy bella y que se sentía atraído hacia mí. Noté como el bulto en sus pantalones crecía y no pude evitar excitarme un poco, pero inmediatamente me dijo que pese a eso haríamos el ritual, ya que no podía haber nada entre maestro e iniciado, así es que eliminara esos pensamientos de mi mente, que sólo había querido aclararlo. Finalmente, ahí estábamos. El círculo trazado, sólo iluminados por las luces de las velas y el aroma embriagador del incienso. Bebimos algo de vino y me hizo fumar un porro para liberar mi espíritu. No me considero una mujer tonta ni ingenua, pero pónganse en mi lugar, era mi maestro y yo quería aprender !

Fue a mi habitación y se cambió poniéndose una túnica blanca y larga. Su tono de voz cambió y me ordenó desnudarme. Lo hice, con algo de verguenza al principio, pero el porro y el vino estaban haciendo su efecto y lentamente me saqué la ropa hasta quedar en bragas y corpiño. Me dijo que si quería continuar, debía sacarme toda la ropa. Hacía algo de frío, por lo que cuando me saqué el sujetador, mis pezones estaban duros. Trataba de cubrirme un poco con las manos, pero me hizo abrir los brazos y las piernas para eliminar los apegos y sentimientos terrenales. Me ordenó cerrar los ojos y pensar en una playa, con el mar golpeando las rocas. Lo hice y sentí una sensación embriagadora, agradable, cálida. Cuando abrí los ojos estaba mirándome fijamente sin hablar, había algo extraño en su mirada. Casi me gritó que no abriera los ojos porque empezaríamos el ritual. Me dijo que me mantuviera parada en es








a posición con los brazos y piernas abiertas y me vendó los ojos para estar segur! o de mi concentración. Al poco rato sentí que pasaba sus dedos por mi cuerpo, desde la punta de mis pies hasta la hendidura de la nuca. Recorrió cada centímetro de mi piel desnuda con sus manos, como buscando, como conociendo, sólo con las puntas de sus dedos. Me empecé a excitar, sentía mi hueco húmedo y no sabía qué hacer. No quería que se diera cuenta, traté de cerrar las piernas y me las abrió de nuevo bruscamente con las dos manos, tocando mis muslos y rozando mi sexo excitado y caliente.

Después empezó a echarme un aceite en todo el cuerpo. Ahora usaba las dos manos, no sólo los dedos. Partió en mi cuello, dándome un masaje maravilloso, siguió con mis hombros, mi pecho, pasando sus grandes y fuertes manos por mis senos y mis pezones, que me dolían por estar tan duros. No hablaba, sólo me tocaba. Siguió suave y lentamente con mis brazos, mis manos, mi espalda, dándose un tiempo para tocarme el culo y masajearme toda. Metió sus manos entre mis nalgas y tocaba, invadía y yo estaba a cada segundo más caliente. La sensación de sus manos aceitosas era maravillosa. Siguió con mi estómago y mis piernas, desde los dedos de los pies hacia arriba. Cuando estaba en mis muslos, acariciándolos con firmeza, pensé que ya no podía más. Sentía como mi humedad corría por mis piernas, pero no dije nada, me moría de verguenza y de calentura. Abrió un poco más mis piernas y se quedó inmóvil por unos minutos, yo estaba todavía con los ojos vendados y no sabía lo que él hacía. Creo! que me estaba mirando. Sentí como miraba mi sexo mojado y palpitante. Ahora sólo de acordarme, puedo sentir cómo late y me humedezco de nuevo. De pronto puso sus dos manos cubriendo mi sexo, y empujó hacia adentro con las palmas de sus manos, haciendo que mi clítoris quedara expuesto al roce de su piel y provocándome un enorme placer. No pude evitar gemir de dolor y placer y me ordenó que guardara silencio.

Lo único que quería en ese momento era que me tomara con fuerza y me metiera su verga tan adentro como pudiera. Mi vagina, mi clítoris y yo entera tiritaba de deseo. Me dolía, sentía que si no me metía su pene en ese momento me iba a desmayar... Me ordenó que me acostara en el suelo para terminar el ritual. Yo me imaginaba que él estaba desnudo y tan excitado como yo, pero como no lo veía no quería interrumpir a mi maestro, me daba verguenza hacer nada. Me tendí sobre la alfombra boca abajo y me dijo que no me moviera. Sentí su cuerpo sobre el mío, cubriéndome, abrazándome. Estaba desnudo y su pene erecto y caliente rozaba mis nalgas. Lo puso entre mis nalgas sin moverlo y se acomodó hasta que estabamos tan juntos que casi no podía respirar. Me sujetó por atrás, poniendo sus brazos alrededor de mi cuerpo, tomando mis senos en sus manos. Ambos estábamos boca abajo, tan juntos que éramos como uno solo. Yo estaba tan excitada que sentía que él apenas se movía un milímetro y dejaba escapar gemidos de placer. Ya no me importaba nada, quería que me penetrara, fuerte, rápido, urgente... pero él no se movía. Pasaron unos minutos y lo sentí jadear suavemente en mi cuello, su pecho junto a mi espalda, su respiración agitada, mientras sentía su verga más dura todavía. Me susurró al oído "Estás lista?" Le rogué en un grito ahogado "Si, por favor!, tómame, métemelo ahora, te lo ruego, dame esa verga que me muero por tener dentro".

Me ha! bló con voz ronca y me hizo prometer que sería obediente y no me apresuraría, para liberar y utilizar toda la energía que habíamos desencadenado. Suavemente me dió vuelta y empezó a besar mis pechos, a mordisquear mis pezones, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo. Su mano bajó hasta mi entrepierna y acarició mis muslos, jugó con mi clítoris y mi vagina caliente y palpitante, mientras con su otra mano sujetaba mis muñecas y no me dejaba tocarlo. Nunca había sentido nada como eso, era una mezcla de dolor, ansiedad, desesperación y placer. Yo le dejaba hacer, todavía con la venda en los ojos, gimiendo y gritando de placer, sintiendo como cada fibra de mi cuerpo se agitaba al contacto con sus manos. De pronto se detuvo. Soltó mis muñecas y bajó besándo y lamiendo todo mi cuerpo hasta llegar a mi sexo. Hurgó en mí con sus labios y su lengua, provocandome espasmos de placer, y cuando sentía que yo estaba a punto de llegar al orgasmo, se detenía y empezaba de nuevo. Su boca en mi vagina, chupando, lamiendo, besando, era casi una tortura. Sin poder controlarme, le pedí de nuevo que me penetrara, que me metiera esa verga dura y grande de una vez, le dije que no podía más.

Se rió roncamente y tomando mis nalgas con sus manos me atrajo hacia él y puso su pene en mi vagina, pasándolo por mis muslos, mi clítoris y la entrada de mi vagina. Lo frotaba suavemente aumentando mi urgencia y mi deseo. Con su mano pellizcaba y apretaba mis pezones. Cuando sintió que estaba a punto de acabar, metió su verga en mí. Fuerte, duro, de una vez y hasta adentro. Grité de placer y lo sentí estremecerse. Siguió moviéndose rápidamente, violento, con fuerza, adentro y afuera, adentro y afuera, emp! ujando mis nalgas hacia él con sus grandes manos. Estaba tan duro, lo sentía tan adentro y me excitaba tanto que me lo hiciera así que no pude más y me abandoné al mejor orgasmo que he tenido en la vida. Entre jadeos y gritos acabamos abrazados, exhaustos de placer, agotados y temblorosos. "Felicitaciones" me dijo al oído. "Eres una iniciada..." Aún jadeante, le pregunté si así eran todas las iniciaciones a la magia. Se rió y me respondió "Por supuesto que no, tú no necesitabas que te iniciaran en las artes de la magia. Eso vendrá después. Lo que tú necesitabas era iniciarte en los placeres del sexo..."
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