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« en: Junio 08, 2006, 01:27:45 » |
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Nuestras pelvis gritan por acercarse, incremento la presión y siento como tu himen es fuerte y resiste, hasta que te apreso por los hombros y con una estocada final me recibes triunfante, consumando totalmente nuestra unión
Algunas décadas atrás trabajamos en la misma institución, tú tenÃas un trabajo temporal atendiendo una biblioteca en Chile, lo que me daba pretexto para ir y mirarte, pues siempre has sido linda.
Pero por una razón que no he logrado descifrar, siempre tuviste distancia a los hombres, negándote toda posibilidad de conocerlos, o de salir con ellos incluso cuando te ofrecà llevarte a casa te negabas, pero las décadas han pasado y no logro sacarte de mi cabeza, vuelvo a ti y aceptas salir conmigo, esta vez estás decidida a dejar el pasado y salimos a bailar, un tema suave nos permite apretarnos y sacas tu pelo para apretar tu mejilla contra la mÃa. Entras en una linda etapa, la vida te sonrÃe, las hormonas se desatan y recorren tu cuerpo, te relajas y disfrutas dejando que mis manos te acaricien, pero tu falta de experiencia te traiciona y no me dejas avanzar. Pasa algunos meses y te das cuenta que seguir virgen a los cuarenta años no es de ninguna gracia, y menos para ti misma. Has luchado tantos años por mantener tu virginidad que solamente has logrado estar sola, siento que, finalmente, te has reconocido a ti misma que mantener lejos a los hombres ha sido una mala idea.
Un domingo me acompañas a reparar una puerta en una casa de campo, no sospechas que una inocente invitación para el medio dÃa tendrá consecuencias, pero tu inconsciente sabe a que va y va feliz.
Después de los trabajos me tiendo en un sillón cama y te pido que me acompañes, pasado un tiempo comienzas a relajarte bajo mis inocentes caricias. No te das cuenta, pero tu pelvis empieza a gritar por ser presionada, mi mano te acaricia suavemente, y percibo tu crispación cuando, de un rápido movimiento, te suelto el sostenedor, pareces resignarte, y vuelves a descansar calmadamente, pero mis inocentes besos en el cuello te hacen respirar más rápido, hace un calor de diablos, estoy sin camisa y te gusta la idea de tener toda mi piel para acariciarla, después de un momento te saco la blusa y beso tus grandiosos senos, los que reaccionan con alegrÃa, y un largo suspiro te sale desde tu alma, y comienzas a disfrutar de la tarde.
Me apretas contra tus senos, esta no es la primera vez que nos acercamos, pero antes estábamos en una estación de metro, y a pesar de tu entusiasmo y lo linda que estabas no lograste liberarte de una vida de obligaciones y arrancarnos esa tarde a darle curso a la vida.
Pero hoy tenemos todo el tiempo del mundo y ninguno quiere parar. Beso tus gloriosos senos una y otra vez, como si el mundo se me fuera acabar, mientras mi pene erecto roza tus piernas, mis manos recorren tu cuerpo y nuestras pelvis comienzan a pegarse. Me percibes duro como madera, pero yo debo guiar tu mano al cetro de la vida, lo grande y caliente te sorprende, pues nunca habÃas tocado a un hombre, cae el resto de tu traje, pareces no saberlo, pero tu cuerpo ya sabe que hoy si conocerás el cielo.
Te asusta la evidente desproporción y cuando me pongo arriba instintivamente tratas de juntar tus piernas para cerrar el paso, pero mis rodillas te fuerzan a separarlas, te resignas y te tranquilizas a ti misma haciéndome prometer que solo jugaré en la entrada, el cielo está empedrado de promesas que ambos sabemos que no se cumplirán. Vibras al sentir el contacto con mi glande, el que se desliza verticalmente entre tus labios mayores, los que se encargan de lubricarlo. Tú clÃtoris agradecido crece, y pronto tu espalda se pone rÃgida y los lÃquidos fundamentales de tu cuerpo me rodean, anunciando tu orgasmo e indicándome que soy bienvenido. Tus labios menores se separan espontáneamente, cual rosa de primavera, y capturan mi capullo, pelándolo. Ya los movimientos verticales se hacen imposibles, y queda solo una dirección factible. Nuestras pelvis gritan por acercarse, incremento la presión y siento como tu himen comienza a distenderse alrededor de mi glande y tus ojos a agrandarse. La membrana es fuerte y resiste, hasta que te apreso por los hombros y con una estocada final me recibes triunfante, taladrando. Tres embestidas más te hacen recibirme entero, consumando totalmente nuestra unión, siento que ahora estoy empujando contra el cuello de tu útero. Por tus mejillas corren las lágrimas, mujer loca, solo a ti se te ocurrió creer que era bueno seguir virgen a los cuarenta años, ¿te explicó que el himen se pone más resistente y doloroso con la edad?.
Tu cuerpo me toma como un guante de la mejor gamuza, y empezamos a recolectar la alegrÃa del cielo, te sorprende que te haga poner tus rodillas en mis axilas, pues tu vida retirada en la biblioteca no te permitÃa identificar alternativas. Te aprisiono fuertemente, y comienza un salvaje golpeteo, que te llevará al clÃmax, recibo tu insólita solicitud de que termine afuera, pero no lograrás que abandone una posición tan favorable, el golpeteo de mis testÃculos contra tus nalgas se incrementa, asà como tus quejidos de placer y los del mueble, siento los rÃtmicos apretones de tu vagina que hacen expandir mi glande, y sale un disparo, dos, tres.... tu útero agradecido se repleta, la ex-doncella me mira con los ojos dilatados y se pregunta en voz alta a si misma, ¿asà es que, asà de buenos son los hombres?, Me abrazas y mientras nuestras almas son una sola me dices, gracias, tú eres lo que yo he soñado en tantas noches solitarias.
Al otro dÃa me preguntas pÃcaramente si no habrá otra reparación que hacer en la casa de campo, confesándome que sientes como si te hubieran apaleado, desde las clases de deportes del colegio que no hacÃas tanto ejercicio.
El próximo fin de semana vas confiada y alegre pues ya sabes que eres toda una mujer y no te lastimarás, lo que no sabes es que hoy me entregarás otra virginidad, tal vez más dura que la primera...
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