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« en: Junio 08, 2006, 01:24:41 » |
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Textos de coña. Confesiones. Zoofilia. Un universitario virgen nos deleita con su primera experiencia sexual no exenta de ironÃÂa y buen humor. En esta primera entrega decide iniciar una relación "bestial" con Lulú, una huerfanita de dulce nombre y dulces hábitos
Todos hemos soñado alguna vez con escribir nuestras memorias en el ocaso de la vida. Yo, conocedor de que en cuestión de memoria ando escaso, he decidido adelantar esta acción y realizarla, más o menos, a mitad de camino. Mucho he vivido en pocos años y en las páginas siguientes sólo esbozaré en lÃneas generales los acontecimientos que me convirtieron en lo que hoy soy: alguien que recibe cada nuevo dÃa como la primera página del libro de un autor desconocido, sin saber qué le va a deparar y con un horizonte de expectativas limpio de velas y escollos.
El prÃapo fue sin duda el artÃfice de mi cambio, él consiguió que ahondase en mà mismo, haciéndome olvidar mis obsesiones de la forma más sencilla: saciándome de ellas hasta el hastÃo. Pero será mejor que comience por el principio…
Hace unos años, cuando yo tenÃa veinte, no era más que un estudiante del montón de la facultad de FilosofÃa y Letras. Ni gordo ni flaco, de piel blanca cenicienta, pelo castaño y ojos marrones. Mis rasgos faciales perfilaban un perfecto retrato de borrego degollado. A estos tintes de mediocridad se le sumaban otros aspectos vergonzantes que terminaba por desbaratar cualquier intento de acercamiento al sexo contrario: tartamudeaba con sólo pensar en hablar de amor con alguna chica.
En mis fracasos amorosos en el instituto siempre me consolaba pensando que todo cambiarÃa con mi llegada a la universidad: "ya verás como será distinto, las chicas que hacen carrera son más maduras, no se fijan tanto en el fÃsico; impera la persona, el espÃritu". Me confundà de carrera o mi espÃritu era tan pobre como mi aspecto.
Pasaron años, en que, a pesar de divertirme, el celibato era obligado. El onanismo pasó de ser un desfogue natural a instaurase como una forma de vida. Modelaba en mi mente un ser ideal y concupiscible, una Diotima platónica y perfecta con la que holgaba onÃricamente en los paraÃsos artificiales urdidos por mi cerebro en la soledad buscada tras el pestillo de la puerta de mi cuarto; inevitablemente me alejaba de la realidad circundante. De manera casi inconsciente rompÃa amarras con el mundo gris y carcelario que me habÃa tocado vivir. Finalizado ese curso académico, mis padres decidieron tomarse una quincena de vacaciones en la costa. Yo me quedé en casa, en primer lugar porque no me apetecÃa ir con ellos, y en segundo porque ni siquiera me lo habÃan preguntado. Daban por hecho que yo me quedaba estudiando las suficiencias de septiembre en casa. El mes de julio en la ciudad es insoportable, sol tórrido acompañado del continuo traqueteo del ventilador. Solamente se puede salir del piso las últimas horas de la tarde cuando declina la luz.
Esos quince dÃas de soledad entre cuatro paredes me permitió pensar aún más de lo ordinario en mi inactividad sexual, hasta convertir el asunto en un auténtico problema que me afectaba de veras. Mi aspecto empezó a deteriorarse por la completa desidia, miraba distinto a la gata de la vecina y pensé muy seriamente en comprarme una oveja; siempre habÃa leÃdo que entre pastores no era tan extraño. Necesitaba entrar en algún cuerpo, sentir calor.
Ahorraba, arañando duros incluso a lo más básico, para comprarme revistas porno en el sex-shop de Paco, del que, por lo diario de mis compras durante los primeros dÃas que me quedé solo, terminé siendo gran amigo pues, además de venderme su género, me ofrecÃa conversación.
-Paco, de verdad, qué mala es la soledad. Creo que voy a acabar comprándote una de esas muñecas hinchables alemanas que dices que se venden tan bien.
-Joder, mala la soledad. ¡Te regalo a mi mujer! Ja, ja. En cuanto a lo de la muñeca hinchable, y mira que va contra mi negocio, pero, hombre -me contestaba siempre que le comentaba esto-, eso es como hacerlo con un globo. Tú lo que debes hacer es irte de putas, joder. Después de "pasarte por la piedra" a la cubana de El caballo trotón verás como desaparecen todos tus problemas.
La WhiskerÃa El caballo trotón era un bar de alterne que estaba dos números más arriba en la misma calle. Cuando pasaba por delante de su puerta veÃa cómo entraban desdentados viejos verdes a tomar una copa con Fátima, pues ese era el nombre poco apropiado de la puta cubana del garito.
-Francamente, Paco, soy un poco escrupuloso. Irme de putas me da un poco de asco -le dije y, tras pagarle las nuevas revistas, me fui.
Continué con mi depresión hundiéndome, sin terminar por decantarme entre la mansa oveja o la muñeca hinchable de labios provistos de mecanismo de succión.
Atenazado por la sensación de frustración que acompañaba a mi virginidad, caminaba cabizbajo hacia casa. Al pasar por delante del escaparate de una lencerÃa me quedé pegado a la luna de vidrio. Bajo un cartel marrón con grandes letras "offset" blancas que rezaba 'TALLAS ESPECIALES' habÃa unas bragas de un tamaño indecible. Sobre ellas se encontraba un sujetador descomunal, el cual acaparó al instante toda mi atención. Las yemas de mis dedos resbalaban poco a poco por el cristal produciendo un desagradable ruido que estremecÃa mi columna vertebral. Necesitaba hacerme con ese sujetador, soñaba con encasquetarme una de sus copas en la cabeza y olismear la otra mientras me masturbara con las revistas nuevas.
Metà la mano en el bolsillo del pantalón, sÃ, todavÃa me quedaba dinero. Estaba seguro de que la compra de ese sostén era algo ineludible para el normal curso de mi vida. DebÃa ser mÃo, costara lo que costase. Me acerqué hasta la puerta, pero ahà me quedé clavado; a la altura de los ojos habÃa un papel con la siguiente nota escrita en mayúsculas 'REGALO PERROS POR IMPOSIBILIDAD DE CUIDARLOS'. Entré, la adquisición del sujetador habÃa pasado a un segundo plano.
La tienda era pequeña y algo oscura, iluminada por un pequeño fluorescente tostado que emanaba luz amarillenta. Me fijé en la gran caja registradora gris, ya no quedaban muchas de ésas, accionadas por una manivela en un costado.
- Buenas tardes, ¿qué desea? -me preguntó la dependienta, una señora mayor y seca en carnes. - Hola, buenas. He visto el cartelito de los perros y… - ¡Ah! Muy bien joven. ¿Le gustan los perros? -se le veÃa ahora más sonriente. Quizá en un principio le habÃa extrañado mi irrupción en una tienda de lencerÃa femenina, temiendo que viniese a robarle. - Pues, sÃ, mucho -mentÃ-. Sobre todo si es perra y está crecidita. - ¿Eh? -pareció no comprender. HabÃa hablado más de la cuenta- ¿Por qué? - Ejem -carraspeé mientras pensaba con qué excusa podÃa solucionar mi metedura de pata-. Es que quiero cruzar mi doverman, que ya está en edad de merecer, ¿Sabe? Por eso me interesarÃa que fuese hembra. - Claro, claro. Muy bien. Lulú es la ideal - ¿Cariñosa? - SÃ, mucho. Pero ¿Qué más dará? -dijo levantando algo el timbre de voz - Es por mi perro, que es algo vergonzoso. - ¿Pero no me ha dicho que tenÃa un doverman? -cada vez me miraba con mayor extrañeza. Estaba acorralado, debÃa pensar rápidamente otra cosa. - SÃ, el perro ha salido a su madre en lo referente a la raza, pero su padre era un caniche ¿Comprende? Y ha sacado el carácter de él. - No se preocupe. Lulú es muy cariñosa. Voy a traerla, la tengo en la trastienda. Espere un momento.
Llegaron a mis oÃdos las chorradas ñoñas que le decÃa la vieja a la perra. Al cabo de un instante apareció acompañada por un pedazo de animal que casi me llegaba a la altura de la cadera. Miré a Lulú, me miró, creo que una quÃmica especial se estableció entre nosotros a primera vista.
La mujer dijo que habÃa tenido suerte, pues Lulú estaba entonces en época de celo. Yo observaba embelesado a la perra. Sacó la dueña una bolsa de magdalenas, que, según me contó, reservaba para cuando venÃan las amigas a pasar la tarde en la tienda haciéndole compañÃa. Después pasó a narrarme por qué vendÃa los perros. La razón era que se habÃa jubilado no-sé-quién, que regentaba la casquerÃa del mercadillo de esa calle. Por lo visto el fulano le regalaba los desperdicios del género, por lo que a la mujer no le costaba nada mantener a sus doce perros.
Llevaba hora y media hablando sin parar. No podÃa aguantar ya la conversación, ni pasar más magdalenas sin beber nada. ArdÃa en deseos de estar solo con Lulú. Me disculpé cortando su disertación y me despedÃ.
- Adiós. CuÃdela. Sobre todo, no deje nada dulce a su alcance, es muy golosa- Me advirtió en la puerta. Cruzando el parquecito que hay delante de mi casa, un perrazo enorme se lanzó contra nosotros al galope. A pesar de mis sueños lúbricos, yo siempre les he tenido un miedo enorme a los perros. Se puso a olerle el culo de Lulú insistentemente. Yo tiraba de la correa pero ella se resistÃa a andar. De pronto montó los cuartos delanteros sobre la espalda de mi perra. En ese momento se me encendió la sangre y descargué el puño con furia sobre el hocico del animal extraño. Éste comenzó a ladrar como un loco y escuché los gritos de su amo increpándome a mi espalda. Decidà echarme a correr remolcando a Lulú hasta alcanzar el portal. Dentro del ascensor se refrotó contra mis piernas consiguiendo que me olvidase del reciente susto y que exclusivamente me fijara en ella. Entramos finalmente en casa. Lo primero que debÃa hacer era asearla. La metà dentro de la bañera. La dueña no me habÃa engañado en lo referente a su docilidad, sin embargo dudaba de cómo reaccionarÃa ante el agua. Puse el tapón en el desagüe y abrà el grifo de la ducha. Se sacudió un poco intentando secarse, pero no excesivamente. A medida que pasaba la mano por su lomo se apaciguó paulatinamente. Buscaba con su hocico mi cara. Reconozco que soy un poco escrupuloso, de manera que, viendo que me iba a empezar a dar lametones me dirigà al cubilete de los cepillos de dientes y cogà el de mi padre. Deposité bastante cantidad de dentÃfrico sobre las cerdas antes de meterlo en la boca de Lulú. No le debÃa gustar mucho el sabor a clorofila, aunque tras algún ladridito también se dejó. Me impresionaron sus hileras de afilados dientes engastados sobre las obscuras encÃas. Me desnudé a la vez que acariciaba el suave pelo de su cuello. Levanté la pierna para superar el borde de la bañera ya llena de agua y Lulú recorrió con su lengua cálida la parte interior de mi muslo hasta la base de los testÃculos. La sensación recibida hizo que rechinaran los dientes. Me coloqué detrás de ella y palpé los negros pliegues externos de su vagina al aplicarle una buena ración de jabón. Comencé a limpiar por fuera, pero a medida que se la frotaba, se iba agrandando hasta que empecé a meter y sacar dos de mis dedos extendidos. No ladraba, parecÃa aullar bajo, en algún momento, de manera prácticamente inaudible.
La lujuria gobernaba mis actos. Recordé la imagen del perro que poco antes casi acaba copulando con Lulú; me dispuse a emularle. Puse las palmas de mis manos sobre su lomo y flexionando un poco las piernas situé mi prepucio en la dilatada entrada de su coño animal. Ella empezó a recular hundiendo por sà misma mi polla en sus intestinos de perra. El movimiento de sus patas hizo que su abertura se frunciese a mà lo bastante para que descapullase en la penetración. Sentà en las ingles el pelo corto y fuerte de su trasero. Su rabo levantado me hacÃa cosquillas en el abdomen. QuerÃa que durase siempre esa impresión de calor húmedo enfundando a mi pene, pero aún más deseaba descargar ese semen que llevaba esperado años anegar húmedas cavidades femeninas. Inicié un trote que acabó en acelerado martilleo. Cada vez elevaba más Lulú el volumen de sus aullidos que difÃcilmente se podÃan escuchar por debajo de mis gritos y gemidos.
Sus pezuñas patinaban en el fondo de la bañera mientras ladraba gozosa. Aferré su culo con las dos manos al sentir los incontrolables rÃos de leche escupidos por mi polla. La cabeza de Lulú acabó bajo el agua, incapaz de soportar el ritmo de batán que impuse al coito. Saqué a la perra del pequeño estanque blanco casero y caÃmos ambos agotados en el suelo de azulejo del cuarto de baño. Ella me miraba con ojos cansados no exentos de afecto. HabÃa sido mi primera vez. Fue una experiencia maravillosa, sin reproches, sin tapujos, bestial.
Tras esa tarde vinieron otras. DividÃamos nuestro tiempo entre jornadas de sexo hasta la extenuación y vespertinos paseos por el parque. Sin duda me estaba enamorando. Me azoraba pensar en que quedaban tres dÃas para regreso de mis padres. Qué pensarÃan ellos de Lulú, cómo explicarles lo nuestro. No sabÃa si entenderÃan esa relación sincera, falta de perjuicios.
Llevábamos una semana de vida de pareja. Yo hojeaba con envidia las fotos de las revistas porno donde aparecÃan felaciones. Deseaba tanto que Lulú accediera a chupármela. Ya lo habÃa intentado pero siempre se cansaba al poco rato y, tras unas pocas lametadas, se negaba a continuar. La vieja dueña me habÃa dicho que le gustaba mucho el dulce, por lo que inventé una artimaña para conseguir mis propósitos.
Bajé a una tienda de golosinas y frutos secos para comprar un par de grandes bastones de caramelo como los que se cuelgan de los árboles de Navidad. Me senté enfrente de mi perra y, agarrando el dulce por el mango corvo, puse la parte recta delante de su hocico. No tardó un instante en sacar su lengua. Después de una primera lengüetada recelosa, comenzó a pasar rÃtmicamente su áspera manta húmeda por toda la extensión del caramelo. Apenas podÃa reprimir la excitación que sentÃa imaginando que esa pegajosa espiral blanca y roja era mi polla. Sin embargo pronto Lulú se cansó de chupar y le arreó un mordisco, quedándose con parte del dulce en la boca. No pude contener una mueca de dolor. Golpeé a la perra en todo el morro para indicarle que eso estaba mal. TodavÃa no habÃa olvidado algunas de las nociones de la filosofÃa de primero de carrera. Paulov habÃa conseguido alterar la conducta de sus perros con un timbre, yo lo harÃa a base de hostias en la cabeza hasta que tomase las golosinas sin morder.
Con sólo unos cuantos manotazos suaves en la testuz conseguà que acabase el segundo bastón de caramelo sin que le hincara el diente. Pensé que ya estaba preparada. Esa noche tapé sus ojos con un pañuelo de lino. Intentó quitárselo, pero nuevamente mis caricias la hicieron avenirse a mis deseos. Me bajé el pantalón, estaba totalmente empalmado. Mi glande amoratado reflejaba un grado máximo de erección. Abrà uno de los sobres de caramelo lÃquido que habÃa sacado de una caja de flan chino en polvo, derramando su contenido sobre mi pene. Acerqué mi estaca de carne hasta situarla delante del hocico de Lulú. Ella olisqueó un poco, para pasar luego a lamer con delectación. Cada vez lo hacÃa más rápido, metiéndose todo el instrumento en sus fauces, la baba resbalaba por las comisuras de su boca. Yo me mordÃa el labio inferior intentando reprimir los jadeos que agolpaban en mi garganta. El trabajo de Lulú estaba siendo estupendo, los testÃculos se me quedaron pronto insensibles, anunciando el orgasmo inmediato. Cuando los chorros de leche salieron disparados, no pude evitar gritar de gozo. Lulú sorprendida por el inesperado alarido cerró los dientes, pillándome en medio la polla. ¡Qué daño! La muy perra hija de perra. Ciego de dolor, le puse el collar al cuello y, tirando de él la devolvà a su anterior dueña.
-¿Qué ha sucedido? -dijo la señora al verme entrar en la tienda con la cara desencajada y andando como un funambulista sobre la cuerda. -Nada. Tome su perra. No me interesa. Llámeme cuando se quede sin dientes..
Muchas veces después de ese momento me he arrepentido de haber actuado tan impulsivamente deshaciéndome de Lulú. No podrÃa contar con los dedos de mis manos las ocasiones en que he permanecido durante largos minutos delante de la luna de la mercerÃa esperando atisbar, por entre la selva de bragas y refajos del escaparate, el hocico de mi querida perra.
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