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« en: Junio 08, 2006, 01:24:55 » |
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Textos de coña. Confesiones. Hetero (primera vez). Segunda parte de las peripecias de un estudiante cualquiera, nada afortunado en los temas de las relaciones carnales. En esta ocasión, borracho y algo deprimido se extravÃÂa de sus amigos y acaba en los brazos de Fátima, quien se convierte en su primer coño... humano...
Llegó el sábado. Mis dos amigos llamaron para salir un rato por la noche a tomar unas copas. Como cada semana dije que sÃ, por supuesto. No hacÃa falta preguntar a qué hora ni en qué lugar nos encontrarÃamos: iba para un lustro que el punto instituido de reunión era una pequeña tasca del casco antiguo de la ciudad a las ocho de la tarde. Allà tomábamos los primeros vinos, sentados en las tres únicas banquetas de la barra del reducido tugurio. Pedro, Antonio y yo éramos los últimos de Filipinas, el resto del grupo se habÃa ido separando al encontrar pareja. Es normal. ¿Quién, tras echarse novia, va a querer seguir compartiendo la velada con unos tÃos ebrios a los que el alcohol les anima a recitar pésimas estrofas inventadas?
Después de vaciar los primeros vasos, Antonio sacó papel de fumar y un pequeño trozo de hachÃs envuelto en el celofán protector de un paquete de cigarrillos. El camarero, que nos conocÃa, no decÃa nada siempre que le diésemos alguna caladita. Terminó de liar el porro, bien cargado, como siempre; y comenzamos a pasárnoslo mientras Antonio, resignado artesano, comenzaba a confeccionar el siguiente. Era un excelente hachÃs, lo habÃa traÃdo un amigo nuestro en el culo, desde Marruecos y si bien esto no es bueno ni malo en sÃ, siempre lo dota de un matiz entrañable. El "costo", abundantemente regado por nuevas cargas de vino peleón, hizo que nuestra musa particular -más bebida que nosotros, sin duda- nos dictara versos sin canon, caóticos y deleznables. Recitábamos levantándonos sobre los estribos del taburete, alzando nuestras voces histriónicamente engoladas.
Ese dÃa en concreto fue Pedro el que comenzó el recital. El primer intento acabó con sus huesos en el suelo. Se levantó, volvió a subirse sobre la silla e inició su disertación a voz en grito.
-Abrevando las dádivas compradas con dinero regalado -la pequeña ventaja del inútil estudiante- espero en el bar, mientras ocupan hileras repletas de sueños etÃlicos todo mi campo de visión. Ponzoña bendita, que permite percibirnos de distinta manera sin tener que morir.
Tanto Antonio como yo, oÃamos a nuestro compañero sobrecogidos. Desgranaba él sus palabras con los ojos arrasados en lágrimas. ¡Qué sentimiento…! ¡Qué borrachera! Mientras, nuestro entrañable Guillermo, el camarero, copiaba al dictado los pensamientos del vate alcoholizado. Gracias a sus apuntes puedo hoy transcribir los hondos pensamientos de esa noche.
-Congreso de poetas, multitud en Ãntima reunión. Rosas y cardos enzarzados por sus espinas. FotosÃntesis en tallos subterráneos, capullos entre escoria, retoños en establo. Y cabe preguntarse, ¿no serán los poetas, borrachos que aspiran ver dioses en alguna de sus cogorzas? 'Mangaroca con piña' grito al camarero de sórdido ademán. Tintineo de hielos revoltosos en tubo ascendente que semeja la probeta del ingenuo alquimista.
Guillermo se emocionó visiblemente al sentirse nombrado en los versos de mi compañero y nos rellenó de nuevo los vasos.
-¡Joder! -bramó a la vez que palmoteaba mi espalda- esta ronda la pago yo ¡Que sois de puta madre! Reconozco que me tocó la fibra sensible. Mirándole a los ojos me decidà a emular a mis compañeros.
-Y levantando la copa brindo por ti o, lo que es lo mismo, brindo por mÃ, porque sé que tú devolverás mi gesto en las otras mil libaciones que destilaran nuestros hÃgados en el transcurso de esta noche. La noche del dÃa que el resto de nuestra vida recordaremos marcado con signo fatÃdico. El dÃa en que descubrimos que nuestra amada Palmira, nuestra ninfa personal, pequeña fémina de manos poderosas, era un transformista, y ocupaba sus mañanas, cuyas noches nos dedicaba, cociendo pollos en los bajos de la Facultad. Guiño socarrón del jodido destino que sólo hila fino para algún rico industrial de provincias.
Conseguà arrancar aplausos de aquellos que apenas lograban coincidir las dos palmas de las manos en un mismo punto en el espacio.
Salimos de la tasca dando tumbos, incapaces de trazar una marcha recta. No sé muy bien cómo perdà a mis amigos, quizá me paré a mear a alguna esquina y no me esperaron. Poco importa, dan ahora igual las causas. Me quedé solo en mitad de una noche de sábado, la cual prometÃa ser igual a muchas otras anteriores.
Supongo que mi embriaguez explica en parte lo que hice, pero tampoco la quiero culpar exclusivamente de lo sucedió. Yo tenÃa ganas de follar y ninguna buena samaritana estaba por la labor de ayudarme. No habÃa otra opción: Fátima.
En poco menos de media hora yo estaba en la puerta de El caballo trotón. Dudé, paso adelante, paso atrás; entré finalmente. Sinuosa luz encarnada y cargada atmósfera. Me apoye en la barra a la vez que pedÃa un "White-Label" con chocolate, el camarero me puso cara de no entender.
-Un "White-Label" con batido de chocolate -repetà tenso. Estaba algo nervioso. -¿Con hielo? -me preguntó serio el "barman"
Seriedad que, ante mi respuesta afirmativa, cambió por un semblante de asco. "Será gilipollas", pensé, "No me faltaba más que eso, un imbécil detrás de un mostrador. ¿Qué más le dará lo que pida?". Descompuesto, yéndome al fondo del local, me senté en un mullido sillón. Dejé la consumición en la mesa que tenÃa delante, la cual apenas levantaba un palmo del suelo.
Las tulipas rojas sobre pared negra conferÃan un ambiente carnal algo desasosegador; no terminaba de encontrarme a gusto. AbstraÃdo mirando la decoración y al resto de clientes, me sobresalté cuando una mano se posó sobre mis hombros. Al girarme, vi las piernas de Fátima que se sentaba a mi lado.
-¿Qué haces chiquitÃn? -me dijo la mulata dulcemente- No son horas, ni lugar para que un chico como tú esté fuera de casa. -Yo, es que, que… -no pude evitar ruborizarme, comenzando a tartamudear. -¿No serás un niño malo? -preguntó, forzando todavÃa más el timbre cándido de su voz, mientras jugueteaba con el botón de mi camisa- ¡Qué miedo!
Su interpretación de chica inocente chocaba frontalmente con su ropa y su maquillaje. Los zapatos de tacón de aguja debÃan elevarla 10 cm. a la vez que estilizaba sus piernas rollizas, que a pesar de las medias de rejilla revelaban cierta flacidez. El resto del cuerpo iba embutido en un ceñidÃsimo vestido negro de material semejante al plástico que con dificultad llegaba por debajo de sus caderas. Del escote, hasta la mitad del abdomen, salÃa a presión el pecho mostrando parte de las aureolas de sus pezones.
HabÃa muchas veces soñado con ella, imaginándola a partir de las descripciones minuciosas de Paco, en mis masturbaciones solitarias procurando ahogar gemidos, pero en ese momento, ante ella, me hallaba bloqueado, incapaz de actuar; como si estuviese sucediendo en una pelÃcula en la que yo fuera tan sólo el espectador.
-Habla, bonito -me increpó- ¿Qué te pasa? -Yo… -de nuevo lo intenté, pero no habÃa manera; no podÃa hablar. -Venga -me susurró con tono condescendiente- dime tu nombre. -Ar…Argimiro -articulé por fin. -No, el apellido no. Tu nombre. -Ese es mi nombre -Contesté algo confuso. -¡Ah! No lo habÃa oÃdo en mi vida, pero es precioso -añadió rápidamente percatándose del desliz. Cómo mentÃa la muy puta. Continuó su conversación separándose un poco de mÃ.
-InvÃtame a algo -dejo caer-, tengo sed. PÃdeme lo mismo que bebes tú
Volvà a la barra y tuve que enfrentarme de nuevo con el simpático camarero.
Al regresar junto a Fátima estuvimos hablando un rato. SeguÃa costándome entrelazar palabras, pero me iba soltando paulatinamente. No lograba mantener durante más de un segundo la vista fija en la cara de la mulata sin que distraÃdamente la tornase a posar en sus pechos encorsetados.
De pronto, apurando de un trago la copa, me preguntó directamente arqueando las cejas:
-¿Quieres que subamos arriba? -¿Cómo? -Vamos, mi lindo corcel, abona las bebidas y subamos… Lo estoy deseando.
Confundido, de forma casi-automática, me dirigà al "barman", el cual, al ver que me acercaba, comenzó marcar las teclas de la máquina registradora. Depositó el ticket en una bandeja que dejó delante de mÃ. La cuenta ascendÃa a ¡3.500 pesetas!, mil por una consumición y dos mil quinientas por la otra.
-Oye, macho -le dije cabreado- ¿Tú me quieres chulear, o qué?
Él se puso la mano extendida detrás de la oreja, dando muestras de no haberlo oÃdo.
-He pedido lo mismo las dos veces -no podÃa casi contenerme- y la segunda copa me la cobras a más del doble. -Pero…Eres idiota ¿Verdad? -me contestó riéndose. Me quedé cortado- ¿Tú crees que Fátima habla contigo por guapo? ¿Es la primera vez que vienes? Invitar a las chicas tiene un precio que va incluido en lo que te ha costado el güisqui.
Pagué avergonzado, evitando mirarle a la cara. Francamente era un pardillo. Sentà el brazo de la puta rodeándome el cuello por detrás.
-¡Hala! -Siguió hechizándome con su tono dulce, aunque ahora algo más enérgico- Vamos, mi tigre.
SentÃa los nervios ascender desde la boca de mi estómago hasta la garganta, anunciando que poco más iba a aguantar la espita lacrimal cerrada. DebÃa tener el sello de bisoño primerizo marcado en la frente. Luchaba entre salir corriendo de ahà o perderme en el cuerpo cobrizo de la prostituta.
Una mera incitación más de la cubana bastó para que me decantase por la segunda opción y subiésemos abrazados al piso de arriba.
Al llegar al final del tramo de escaleras nos encontramos en un decansillo flanqueado por tres puertas, cada una con un cartel. SEÑORAS, CABALLEROS y PRIVADO.
Fátima se llevó la mano al escote, y sacó una llave de entre sus pechos.
-La guardo calentita- me lanzó un susurro.
Abrió la puerta del cartel PRIVADO y, enganchándome del paquete, me metió en la habitación. Encendió la luz para después cerrar de nuevo con llave. Me encontraba en un tabernáculo pequeño de atenuada iluminación, procedente de un aplique rojo en la pared igual a los que habÃa en el piso de abajo. Una cama grande era el único mobiliario, aparte de las pilas de cajas de refrescos. Aquel cuarto también debÃa hacer las veces de almacén.
Fátima me empujó hasta llevarme a la cama.
-Siéntate, mira y calla -me ordenó sonriendo.
Fue hasta uno de los rincones, se agachó delante de un objeto negro ubicado en el suelo que hasta entonces habÃa pasado desapercibido para mÃ. En ese instante comenzó a oÃrse la voz cascada de Joe Cocker interpretando "you can leave your hat on" -SÃ, sÃ, la canción de Nueve semanas y media. Era un topicazo, lo sé, pero sólo con pensar en lo que iba a suceder, me puse a cien. Ella, nada más ajustar el volumen del radio-cassette, se fue levantando pausadamente a la vez que acompañaba su ascensión con sacudidas sensuales de sus caderas. Para no saltar sobre ella, tuve que agarrar con fuerza las sábanas del jergón, acartonadas y sucias de anteriores combates de mi mercenaria del amor contra el grueso de la tropa que montaba guardia en la barra.
Súbitamente se volvió, tapándole parcialmente la cara su pelo largo y crespo. Se estaba acercando a mà a paso acelerado, cuando a menos de un palmo de donde estaba se paró y, al mismo tiempo que hacÃa una nueva ondulación de caderas, abrió todo su vestido tirando del escote. No era una gran bailarina, pero se esforzaba en que todos los movimientos fueran acordes con la música.
Una vez desnuda, se tumbo en el catre con las piernas abiertas.
-Tómame -Me exhortó con voz dominante. Me subà sobre ella e intenté penetrarla sin más preámbulo. Entonces fue cuando noté realmente que estaba con una profesional. A pesar de sus palabras y de su actitud lujuriosa, estaba tan seca que temÃa que se agrietase su coño con mis embestidas. Ella escupió en su mano al ver mis esfuerzos infructuosos y untó de saliva mi pene a fin de facilitarme la tarea. La verdad es que este hecho me enfrió bastante. No pude quitarme de la cabeza en todo instante el recuerdo de la babeante grieta oscura de Lulú, su hocico entreabierto por el gratuito placer recibido.
Fue un polvo maquinal, nos movimos como dos autómatas bajos en baterÃas. Me corrÃ, ¿cuánto es?: 12.000, 12.500 y en paz, vale gracias, hasta nunca, adiós.
Salà del tugurio con la clara convicción de que no volverÃa. Al dÃa siguiente llegarÃan las dudas, los problemas existenciales ante mi nefasta primera experiencia con una mujer. Sin embargo he de reconocer que esa noche dormà a pierna suelta: habÃa follado.
Me despertó el ruido de ascensión de la persiana, abrà los ojos y descubrà la cara de mi padre y mi madre sonriendo a menos de palmo de mi nariz.
-Buenos dÃas, gandul -Corearon cariñosamente-. Levanta, vamos, casi es la hora de comer.
Acababa de empezar el dÃa y ya sólo deseaba darme la vuelta para volver a dormir. Eran las dos del mediodÃa, mis padres habÃan regresado de la playa. Las sábanas sudadas se me pegaban al cuerpo; era el momento ideal para repasar mi vida: fracaso y escaso interés por todo. Aquello me entristecÃa, me robaba las fuerzas necesarias para siquiera gasearme metiendo la cabeza en el horno.
Salà de la cama. Al posar los pies en el suelo, pisé el pantalón que habÃa llevado los dÃas anteriores. Lo recogà del suelo, percibiendo el olor a bar y a vino que desprendÃan. Rebusqué en los bolsillos, intentaba encontrar un cigarrillo. Cayó un papelillo arrugado delante de mà al sacar la cajetilla de tabaco. Con esfuerzo me agaché a recogerlo. Era un décimo de la ONCE que habÃa comprado el Viernes cuando bajé a comprar los bastones de caramelo para Lulú. En ese momento oà la voz de mi madre llamándonos a la mesa. Metà de nuevo el billete en el bolsillo y me olvidé de él. Pasé toda la jornada en casa, oyendo las aventuras insufribles de los dÃas costeros de mis progenitores.
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