admin
Administrator
Hero Member
    
Mensajes: 1180
|
 |
« en: Junio 08, 2006, 01:22:47 » |
|
Con veinte años era una mujer de lo mas casta y pura. Virgen, por supuesto.
Con veinte años era una mujer de lo mas casta y pura. Virgen, por supuesto. Educada desde muy niña en los mas severos principios religiosos por una madre excesivamente autoritaria que nunca permitÃa que me concediera las mas mÃnimas libertades, velando en todo momento por mÃ. Una noche mi madre se puso mucho mas enferma, por lo que tuve que pedirle al doctor que viniera a nuestra casa. A pesar de conocer al buen hombre desde hacia muchos años esta es la primera vez que nos visitaba, por lo que su sorpresa al verme en camisón fue mayúscula. Yo, acostumbrada a usarlo sin nada debajo, no podÃa saber que el bambolear de mis pesados senos bajo el fino tejido, o la claridad con que se transparentaban mis gruesos pezones y el oscuro pubis, pudieran ser de interés para nadie. Cuando acabó de atender a mi madre, y mientras le preparaba una infusión de té, el avispado doctor sacó a relucir hábilmente el tema de las enfermedades, metiéndome tanto miedo acerca del cáncer de mama que accedà a ir al dÃa siguiente a su consulta privada para someterme a un reconocimiento ginecológico completo, ya que éste serÃa el primero de mi vida.
Yo habÃa oÃdo comentar algo de las revisiones periódicas de mamas y ginecologÃas, pero no sabÃa casi nada del tema. Por lo que aquella tarde, cuando me vi obligada a tumbarme desnuda en la camilla, cubierta tan solo por una especie de raro camisón, me sentà indefensa. La confianza que tenÃa en el buen medico, y su simpática conversación, fueron alejando mis inquietudes.
Aun asÃ, cuando empezó a palpar mis senos, me sentà la mar de extraña. No dejaba de repetirme a mà misma que era una tonta, y que eso lo hacÃan miles de mujeres a diario, pero sus hábiles dedos, deslizándose por mi inmaculada piel me ponÃan muy nerviosa.
Además, por ser la primera vez el doctor me palpaba con mucho cuidado, explorando centÃmetro a centÃmetro mis senos desnudos. Mi respiración se convirtió en entrecortado jadeo cuando sus dedos se centraron en los gruesos pezones, pues como los tengo muy sensibles ya estaban rÃgidos como piedras antes de que empezara a revisarlos. Estaba tan llena de nuevas sensaciones que creà que era normal que el doctor pellizcara suavemente mis fresones entre sus hábiles dedos, o que apretara dulcemente mis agradecidas mamas con ambas manos durante largos y maravillosos minutos.
Tanto es asà que cuando dejo de hacerlo estuve tentada de suplicarle que continuara. Estaba tan turbada por mi reacción que coloqué los pies en los estribos bajo sus ordenes sin pensar realmente en lo que hacÃa. Cuando quise reaccionar el buen doctor ya habÃa desaparecido, oculto por el camisón de mi vista. Pero pronto empecé a sentir sus dedos hurgando en mi virginidad. Tuve que aferrarme a la camilla y morderme los labios para que no escuchara los gemidos que pugnaban por surgir de mi garganta cada vez que rozaba una zona de mi húmeda cavidad. Porque podÃa oÃr claramente el chapoteo que producÃan sus dedos al introducirse una y otra vez en mi interior. El rÃtmico penetrar me estaba volviendo loca de placer, logrando que mis caderas se menearan cada vez mas en un alocado vaivén. Cuando ya creÃa que el gozo me iba a matar el hábil doctor pellizcó alguna parte de mi sedosa cavidad logrando que me invadiera un fuerte orgasmo, el primero de mi vida, que me hizo rugir de placer.
Luego, mientras me recuperaba del mismo, avergonzada como pocas veces habÃa estado en mi vida, sentà como algo húmedo y cálido se deslizaba suavemente por mi abertura, produciendo nuevos espasmos de placer. Aunque sospechaba lo que me habÃa hecho no terminaba de creérmelo, por lo que mientras me vestÃa no podÃa dejar de pensar en que algo extraño y maravilloso me habÃa pasado.
Esa noche no pude pegar ojo, pasaban por mi mente las mas irreales y calenturientas fantasÃas, haciendo que mi cuerpo ardiera de ganas y deseo como hacia muchÃsimos años que no me pasaba. Una semana después, tras un almuerzo bastante frugal y de una ducha interminable me sentà lo suficientemente relajada como para regresar a la consulta del doctor.
Éste, como la vez anterior, me obligó a desnudarme y tumbarme en la camilla, con la excusa de que algunas pruebas no le habÃan terminado de convencer. Y, para mi vergüenza, la multitud de chupetones y moratones que empezaban a aflorar en mi nÃvea piel parecÃan darle la razón. Por ello no me extraño nada que los examinara a conciencia, sobre todo los pezones, que además de su tono violáceo por las succiones interminables, volvÃan a estar rÃgidos debido a las hábiles caricias del doctor.
Mi respiración pronto se hizo agitada mientras me empezaban a llegar olas de placer. Placer que se hizo insoportable cuando después de un largo rato de inspeccionar mis pechos empezó a hurgar en mi sensible intimidad, amparado de nuevo por mi camisón de enferma, mientras mis pies empezaban a temblar en los estribos, anunciándome el orgasmo inminente que iba a tener si sus dedos seguÃan pellizcando mi sensible clÃtoris.
Por eso, cuando le vi levantarse, estuve a punto de suplicarle que continuase con su exploración. Pero no me dio tiempo, pues enseguida noté algo rÃgido y cálido apoyado en la entrada de mi cuevecita. Enseguida el duro ariete arremetió contra mi virginidad, rasgándola dolorosamente mientras el medico se aferraba a mis generosas caderas para facilitar el empuje del buen doctor.
Aun no habÃa incrustado el esforzado medico ni la mitad de su enorme apéndice cuando me sobrevino el primer orgasmo. Tan fuerte y violento que casi lo expulso fuera de mi interior debido a los fuertes espasmos de placer. Como quiera que el doctor sabia hacer bien su trabajo los aprovechó para incrustarse a fondo, llenándome por completo con su ardiente humanidad.
Me cabalgó frenéticamente, estrujando mis agradecidos senos un buen rato, logrando asà que alcanzara dos nuevos orgasmos, el último coincidiendo con el suyo, tan cálido y abundante que creà que me saldrÃa semen hasta por las orejas. Al final se desmoronó sobre mi cuerpo, chupándome los agradecidos pezones como un bebe satisfecho antes de dejarme vestir y salir... después de darme una nueva cita.
|