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« en: Junio 08, 2006, 12:57:15 » |
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Empezaré diciendo que me llamo Joana y lo que cuento no es ficción sino parte de mi propia vida.
Tengo 40 años.No soy una belleza, al menos no me considero tal, pero tengo una cara y un cuerpo que aún provocan miradas, silbidos y hasta palabras más o menos obscenas cuando voy sola por la calle. Mido 1,64-165.Tengo una cara ovalada pero no demasiado. Mis ojos son grandes, almendrados y de color castaño claro,igual que mi pelo. Mi piel es color miel, ni demasiado clara ni oscura y se pone color bronce cuando tomo el sol.Peso entre 56-57 kg. Tengo unos pechos no inmensos pero quizás sà un poco grandes para mis medidas lo que me trajo problemas ya desde pequeña porque eran el centro de atención de casi todo el mundo. Mi trasero es casi perfecto ,de forma de media naranja perfecta. Quizás ,con los pechos,lo que más llama la atención de la gente son mis piernas y muslos que, aunque no demasiado largas por mi estatura, sà están perfectamente torneados y los muslos son duros, llenos y rotundos.Me olvidaba: mi nariz es pequeña y clásica, mis labios muy llenos y sensuales.
Lo que voy a empezar a contar se remonta a hace unos 30 años.
Por razones lógicas he cambiado los nombres de las personas pues la mayorÃa,sino todas,aún viven y no es mi intención descubrir la vida privada ni la intimidad de nadie.
Desde muy pequeñita –seis, siete años- noté que mi sensualidad y sexualidad estaba muy desarrollada para mi edad. Hasta el punto que sorprendÃa a mis amigas y amigos.En una palabra: era demasiado precoz. Esto me llevó a que, ya desde entonces, me gustasen los contactos aunque fueran accidentales con mis amigas y amigos y, sobre todo, los "toqueteos" intencionales con mis amigas e,incluso, con algunos niños de nuestra edad. En esos años y hasta los 10, llegué a hacer exploraciones "más profundas" de nuestros cuerpos con quienes eran mis amigas más "Ãntimas" y aprendà a masturbarme teniendo desde esa edad consiguiendo satisfacciones que me resultaban muy agradables trasladandome a otro mundo y que llegué a practicar mutuamente con algunas amigas de mi edad que también habÃan descubierto ese maravilloso mundo.
Recuerdo mis dos experiencias más profundas en éste sentido y las circunstancias en que se produjeron. La primera vez fue cuando vino a jugar a casa como otras tantas veces una amiga llamada Dolores, Lolita para todo.Era por la tarde y mis hermanos pequeños estaban con nosotras.Después de cansarnos y hasta de aburrirnos de jugar a las cincuenta cosas de siempre decidimos jugar a "papás y mamás".Lolita y yo serÃamos los "papás" y mis hermanos pequeños nuestros hijos. Estábamos en una salita de estar que empleábamos para jugar. Escogimos un sofá como cama y buscamos algo con que taparnos "mientras dormÃamos". La niñera que cuidaba de nosotros –más bien de mis hermanos- al ver lo pacÃficos que estába-mos nos facilitó encantada una vieja manta.Bajamos las persiJoanas parcialmente, dejando la salita en media penumbra. Lolita y yo nos acostamos bajo la manta y lo que no recuerdo fue que se sucedióponÃa que tenÃan que hacer "nuestros hijos".Hasta ahà creo que que lo habÃa-mos hecho todo inocentemente.Pero la cosa cambio cuando nos encontramos muy juntas, en penumbra y tapadas por la manta. No recuerdo si nos habÃamos quitado las falditas para si-mular mejor que era la noche o que estas eran muy cortas.El caso es que como el sofá no era demasiado ancho nuestras piernas y muslos quedaron en contacto Ãntimo y nuestros cuerpos muy juntos.
Lolita y yo ya habÃamos"jugado"a investigar en nuestros cuerpos pero nunca habÃamos sentido tan cerca e Ãntimamente el calor de nuestros cuerpos. Sé que a los pocos minutos empemos a sentirnos muy a gusto las dos.Tanto que se acercó uno de nuestros"hijos" a decir algo y las dos al unÃsono le contestamos que más tarde porque "ahora" estábamos durmiendo.
Y fingiéndonos dormidas,empezamos a acariciarnos primero los muslos, luego el lugar dónde empezaban a notarse los bultitos que más tarde serÃan nuestros pechos, dándonos ligeros besos en la boca amparadas y protegidas por la penumbra, para terminar buscando nuestras vaginas, muy húmedas pese a nuestra juventud, y terminar masturbándonos mutuamente. Esta maravillosa sensación de estar en otro mundo la rompió bruscamente uno de mis hermanos que, quizás debido a la penumbra, tropezó con algo, se cayó y empezó a llorar y sangrar por la nariz. La chica que nos cuidaba terminó nuestro"sueño"levantando las persiJoanas para atender a mi hermano.Y ahà se terminó la magia de aquella tarde aunque a Lolita y a mi nunca se nos olvidó.
La otra ocasión fue recién cumplidos los diez años. Una tarde un matrimonio muy amigo de mis padres vinieron de visita con su hija LucÃa, que era más o menos de mi edad y,a diferencia de mi, muy morena, con preciosos ojos negros. Estaba tan desarrollada como yo aunque era un poquito mas pequeña. Éramos amigas pero no muy Ãntimas porque Ãbamos a diferentes colegios y nos veÃamos con poca frecuencia. Pasamos la tarde juntas, jugando, hablando y escuchando música. Al empezar a anochecer, cuando sus padres estaban preparándose para regresar a su casa, les llamaron por teléfono para avisarles de que el padre o la madre de uno de ellos –no recuerdo exactamente- habÃa sufrido un ataque de corazón y estaba ingresado en un hospital. Su intención era ir inmediatamente pero surgió el problema de LucÃa: tenÃan que llevarla antes a casa. Surgió mi madre salvadora y les dijo que por que no dejaban que LucÃa se quedase a dormir en casa y añadió: "Joana tiene una habitación solo para ella y una cama muy grande". A los padres les pareció bien y ellos y mi madre le preguntaron a LucÃa si ella querÃa quedarse. Dijo que sà y sus padres se fueron. Al cabo de un rato cenamos y poco después mi madre acompañó a LucÃa a mi habitación. Yo la seguÃa. Al llegar a mi cuarto mi madre le dio a LucÃa a elegir entre mis prendas de noche.Yo, salvo que hiciese mucho frÃo, me gustaba dormir en una camisones muy ligeros y cortos, por encima de la rodilla. Ella,como éramos de las mismas medidas, optó por un camisón como los que yo usaba. Mi madre la ayudó a desnudarse –yo noté que ella tenÃa algo de pudor al verse desnuda ante dos personas extrañas- pero rápidamente se puso el camisón. En ese breve espacio de tiempo pude ver que tenÃa un perfecto cuerpecito con un culito redondeado y perfecto. Cuando terminó de ponerse el camisón mi madre le enseñó y la acompañó al baño más cercano que, realmente, estaba al lado de la puerta de mi habitación. Cuando ella regresó fui yo la que me dirigà allÃ. Me lavé los dientes y oriné pero, por alguna razón del subconsciente, después me lavé aquella zona pues no querÃa oler a orÃn. Volvà a mi habitación y me encontré LucÃa sentada en el borde de mi cama hablando con mi madre.Mi madre se despidió de nosotras y nos deseó que pasásemos una buena noche. Cuando cerró la puerta LucÃa me preguntó muy edu- cadamente que lado de la cama preferÃa. Yo le dije que solÃa dormir a la derecha, donde te- nÃa una pequeña librerÃa al alcance de la mano y una radio.Ella me dijo que mejor asà pues ella quedaba más cerca de la puerta por si necesitaba ir al baño durante la noche. Nos metimos en la cama y, primero con la luz encendida y luego con ella apagada,seguimos hablando y contándonos cosas. Las normales: los chicos que nos gustaban, los que nos hacÃan caso, las compañeras a las que envidiábamos por guapas o desarrolladas y... cosas asÃ. Al cabo de un rato le dije que estaba cansada y que iba a intentar dormir.Nos quedamos en silencio las dos. Yo no tenÃa sueño en absoluto. Lo que sà tenÃa era el cuerpo de LucÃa desnudo grabado en mi retina y en mi mente. Empecé a hacerme la dormida haciendo, poco a poco, que mi respiración fuese más espaciada, lenta y profunda, mientras pensaba cómo acercarme a ella fÃsicamente pues desconocÃa cuál podÃa ser su reacción. Decidà intentar algo inocente. Lentamente y sin que ella lo notase, me subà el camisón hasta dejar mis muslos al descubierto. Después de un rato,cuando yo ya "dormÃa profundamente" mientras que notaba que ella seguÃa despierta, quizás porque extrañase la casa y la cama, hice un movimiento "involuntario" en mi sueño, moviendo mi pierna y muslos izquierdo para dejarlos pegados al suyo derecho.Esperé pacientemente a ver cual era su reacción. No hubo ninguna. Yo, imperceptiblemente, apreté un poquito más mi muslo y me quedé inmóvil, como si durmiese profundamente. Al cabo de unos minutos sentà que ella introducÃa su mano entre su muslo y el mÃo, como intentando separarme. Lo empujó ligeramente y yo respondÃa separándome uno o dos centÃmetros. Mi sorpresa fue cuando noté que lo que querÃa era levantarse el camisón hasta su estómago como yo lo tenÃa y que mi presión le impedÃa hacerlo pues se lo sujetaba entre ambos muslos. Y aún fue mayor cuando noté que ahora era ella la que volvÃa a buscar el contacto con mi pierna. Puede sentir toda su suave y cálida piel en contacto con la mÃa. Suspiré -en sueños- profundamente y empecé a excitarme más de lo que ya lo estaba pero seguì fingiéndome dormida. Y esperé pacientemente. Al cabo de pocos minutos noté que su cuerpo, aunque muy quedamente,se movÃa rÃtmicamente y con él, el colchón. No tuve que pensar mucho para saber qué estaba sucediendo.En ese momento hice como que me desper-taba bruscamente y le pregunté: ¿Qué te pasa,te encuentras mal?. Me dijo muy cortada "No, no, estoy bien".Dejando ya toda simulación crucé mi brazo derecho por encima de mi cuerpo y buscar su mano donde creÃa que se encontraba. No me habÃa equivocado pues, por miedo a que yo lo notase,ni habÃa tenido tiempo a retirarla de su vagina. Allà la encontré y pusé mi mano sobre la suya. Me volvà hacia ella, la besé en la mejilla y le pregunté: "¿Te gusta hacer "eso"? A mi mucho.¿Me dejas que te ayude?" Aunque seguÃamos con la luz apagada,por el calor que empezó a despedir su mejilla supe que se habÃa sonrojado hasta la raiz de su pelo con mi pregunta. La pobre LucÃa no se atrevÃa a articular palabra .Suavemente retiré su mano de donde la tenÃa sustituyéndola por mis dedos y comencé a acariciarle la zona púbica mientras la llenaba de besos en la mejilla.Ella no sólo no se resistió sino que abrÃa sus piernas para que yo trabajase más cómodamente.Entonces busqué en su interior su pequeño clÃtoris y empecé a acariciarlo suavemente . Ella empezó a agitarse nuevamente al tiempo que buscó con su mano la parte de mi de mi cuerpo que no estaba ya cubierta por el camisón. Metió su mano pero siguió subiendo hasta alcanzar mis pequeños pechos, empujando hacia arriba mi ya subida prenda de dormir.
Yo detuve lo que le estaba haciendo y busqué también sus pechos que eran algo más pequeños que los mÃos. Nuestros camisones estaban ya enrollados casi en nuestros cuellos y nos re sultaban incómodos. Ella encendió un segundo la lamparita de su mesa y con una sonrisa en su boca me preguntó:"¿Por qué no nos los quitamos?"Yo le dije que sà pero que los guardásemos cerca, debajo de las sábJoanas, para volver a ponérnoslos y que no nos descubriesen por la mañJoana. Asà lo hicimos y volvimos a apagar la luz. Primero nos abrazamos fuertemente y buscamos nuestras bocas y su interior por primera vez. Después, continuando los besos, nos acariciamos mutuamente los pechos y cuando las dos estuvimos más que excitadas, nos masturbámos también mutuamente varias veces. De pronto, cuando ya llevábamos un largo rato jugando con nuestros sexos, oÃmos pasos en el pasillo. Rápidamente nos separamos tumbándonos boca arriba y con las sábJoanas cubriéndonos hasta el cuello. OÃmos que la puerta se entreabrÃa un poco dejando entrar un poco de luz.Y oimos la voz de mi madre que le decÃa a mi padre: "Fijate: duermen como dos angelitos". Cerraron la puerta y cuando oÃmos que los pasos se alejaban, LucÃa y yo soltámos simultáneamente una pequeña carcajada. Volvimos a nuestros juegos y, cuando notamos que empezaba a invadiros el sueño, tomamos la precaución de volvernos a poner los camisones. Dormimos profundamente hasta que por la mañJoana entró mi madre para despertarnos para el desayuno. Se dirigió especialmente a LucÃa por su calidad de invitada para preguntarle si habÃa dormido bien. Ella contestó que sÃ, que perfectamewnte. Mi madre añadió:"Es que parece que tienes cara de cansada". Y LucÃa le contestó: "Es que estoy tan bien que me gustarÃa quedarme en la cama media mañJoana". Mi madre nos dejó para que nos aseásemos y vistiésemos. En ese lapso LucÃa me dijo si volverÃamos a vernos. Yo le dije que seguramente. Pero por el cambio de colegios y cincuenta cosas más pasaron muchos meses antes de que nos volviésemos a encontrar y, para entonces, nuestras vidas habÃan cambiado mucho.
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Pero lo que determinó mis tendencias y gusto real fué lo que vivà entre los diez y trece años. Cuando tenÃa diez suspendà en Junio un examen para iniciar el bachillerato. TenÃa que aprobar por obligación -de mis padres- en Septiembre porque querÃan una niña e hija especial que fuese un año adelantada con relación a las demás. Para ello contrataron una profesora del Instituto que habÃa formado parte del Tribunal que me habÃa suspendido. La conocÃan por una amistad común. Con esos antecedentes yo casi la odiaba antes de conocerla de cerca.
Se llamaba Mercedes. Me darÃa clases de lunes a viernes, de cuatro a cinco de la tarde,entre mediados de Junio y mediados de Septiembre, que era cuando yo tenÃa que examinarme otra vez.
Ella tenÃa fama de guapa entre los hombres y,también lo admitÃan las mujeres.Yo,la verdad, entre los nervios del examen y que era uno de los miembros del Tribunal no me habÃa fija-do demasiado. El primer dÃa que apareció por casa pude comprobar que, efectivamente, era muy guapa.TenÃa el pelo castaño claro,su cara ovalada,clásica,con una nariz perfecta. Sus ojos grandes también ovales almendrados,color miel oscura y tenÃa un precioso tipo aunque yo no podrÃa decir las medidas porque, entonces,yo ni sabÃa lo que era eso en una mujer..Era de estatura alta para aquella época –1,66 a 1,68- y, de cerca,resultaba resultaba realmente guapa y atractiva aunque yo solo recordaba la cara seria y, para mi, odiosa que, detrás de la mesa de un Tribunal de examen, no pestañeaba ni movÃa un músculo de la ca- ra.TenÃa unos 26 a 28 años y fama de buena profesora y lo era. Desde aquél primer dÃa y,de acuerdo con mi madre,eligieron para las clases una pequeña salita de estar que habÃa en el primer piso del chalecito en que vivÃamos y,por tanto,alejadas del ruido y bullicio que mis hermanos pequeños organizaban jugando y gritando en el jardÃn. Nos presentaron formal- mente y entramos en la salita, sentándonos una al lado de la otra en una mesa camilla. Dimos una clase seria y formal. Cuando la tuve tan cerca,a mi lado, rozando los muslos la miraba, casi de reojo y no sé si me enamoré de ella pero lo que sentà era algo muy pareci-do.Para mà era guapÃsima y muy dulce.Ya no tenÃa la cara de "póker" del Tribunal y son- reÃa con verdadera dulzura cada vez que me corregÃa en algo.Por primera vez la veÃa como mujer y no como a una profesora.
Era verano e iba con ropa ligera. Su pecho me llamaba poderosamente la atención. Me parecÃa precioso y me atraÃa como un imán pues,sin ser excesivamente grande, casi se le salÃa por encima del sostén y de la blusa. Pasó la hora de clase y nos despedimos hasta el dÃa siguiente.Y al dÃa siguiente,lo mismo. Y al otro y al otro... Pasaron asà unas dos semJoanas. Como el calor del verano aumentaba, cada dÃa venÃa más ligera de ropa -quizás demasiado para aquella época- con una falda más corta que, al sentarse, me dejaba ver y disfrutar de la mitad de unos hermosos muslos. Yo me volvÃa loca sólo con verla y verlos y aprovechaba para,debajo del faldón dela mesa.camilla, subir más mi ya pequeña faldita para dejar más parte de mis muslos en contacto con los de ella. Mi instinto y mi deseo hacÃan que mi mano tendiese a posarse sobre ellos, pero el miedo me lo impedÃa. Pues bien,cuando llevábamos aproximadamente dos semJoanas y ya tenÃamos cierta confianza –me habÃa dicho que, en vez de "señorita" la llamase Mercedes o Merche y que la tutease - sucedió que un dÃa, cuando sólo faltaban quince minutos para terminar la clase, se levantó y se dirigió a la puerta. Yo creà que iba al baño, que estaba muy cerca, pero para mi sorpresa al llegar a ella, echó el cerrojo y volvió a sentarse a mi lado. Cuando lo hubo hecho, me invitó a ponerme de pie frente a ella, me miró de arriba abajo con una sonrisa, me levantó la faldita, me bajó las braguitas y puso su mano sobre mi pequeña vagina. Me la acarició dos o tres veces,de arriba abajo,por fuera, con cariño y delicadeza mientras sonreÃa con dulzura. Luego me dijo que sacase la punta de la lengua.Yo lo hice. Ella hizo lo mismo. Me acercó a su boca y, nada más que con la punta de la suya, rozó la mÃa dos o tres veces. Después me subió las braguitas, colocó la faldita en su sitio y sin explicación alguna miró el reloj, dijo que ya era la hora, se despidió y... punto.
Y digo punto porque allà empezó mi tormento: me acosté aquella noche fÃsicamente sóla pero mentalmente con ella a mi lado durante toda la noche. No sé las veces que acaricié todas las partes y puntos de mi cuerpo que me producÃan placer. No sé a que hora conseguà conciliar el sueño y,cuando me dormÃ, fué con el deseo de que llegase la clase de las 4 de la tarde.
Llegó el siguiente dÃa. Durante la mañJoana, a pesar de que habÃa ido a la playa con mis hermanos, mi madre y mis amigas, el tiempo se me hizo eterno. No me apetecÃa ni acariciar a una de mis amigas que era de mi "gremio". Volvimos a casa. Comimos. Yo miraba el reloj a cada momento. Llegaron las 4 de la tarde. Y las 4 y media. Y las 5. Y Mercedes no apareció. Mi ansiedad se convirtió en desilusión primero y en enfado después. En mi casa sólo comentaron: "¡Que raro que no haya venido Mercedes y que no haya avisado!".
El dÃa siguiente fue igual o peor aún porque tampoco vino ni llamó mi querida Mercedes. A la hora de cenar con mis padres surgió el tema. Mi padre dijo: "Quizás está mala, voy a llamarla".Y asà lo hizo. Cogió el teléfono y contestó su madre que dijo que, efectivamente, estaba enferma. Su madre preguntó a mi padre si querÃa hablar con ella . (Yo pensaba –no sin razón- que las ausencias de Mercedes se debÃan a que ella tenÃa miedo a que yo hubiese contado lo sucedido entre nosotras). Mi padre dijo que sólo querÃa saber si estaba enferma y que realmente quien querÃa hablar con ella era yo. La madre dijo que esperase un momento. Mi padre me pasó el teléfono. Mercedes se puso y le pregunté que cómo estaba. Me dijo que mejor (al ver que era yo, luego me lo confirmó, se desvanecieron sus temores) y me dijo que si querÃa que podrÃa venir ya al dÃa siguiente a lo que yo contesté que sÃ, que por qué no iba a venir. Al dÃa siguiente, a las cuatro en punto, estaba en casa. Pasamos a la salita. Empezamos la clase. Ella no hizo la menor mención de lo sucedido hacÃa tres dÃas. Yo me acerqué a ella más que nunca y apoyé mis muslos contra los suyos presionando como nunca lo habÃa hecho. Pero todo sin resultado. Ella no se inmutó. Entonces yo, que ya no sabÃa de qué iba la clase pues sólo podÃa pensar en ella, cuando solo quedaban quince minutos para terminar, me levanté, fui a la puerta y eché el cerrojo. Ella me preguntó como sorprendida:¿Qué haces?. Yo, poniendo la cara más inocente que pude dije simplemente: "Como el otro dÃa".Volvà hacia mi silla y và que ella me miraba entre incrédula y sorprendida. La expresión le duró segundos. Y luego me dijo."Eres una niña demasiado caliente. ¿Tu crees que no he notado desde el primer dÃa las miradas que me echabas y que no sentÃa tus muslos rozarse con los mÃos?. Seguro que ya has jugado al y con el sexo con alguna amiga. Por eso el otro dÃa no pude más e hice lo que hice". Le contesté que sà que era verdad lo que me decÃa y añadÃ: "Pero es que tu me gustas mucho, me gustas de verdad y contigo me siento mayor". No llegué a sentarme. Antes de llegar a mi silla, me cogió y abrazó. Después, mientras mantenÃa medio abrazo, buscó mi vagina y empezó a acariciármela, mientras me besaba la cara y en los labios, introduciendo ligeramente su lengua en mi boca. Al poco tiempo me produjo un orgasmo que no olvidaré en mi vida. Después, armándome del valor que me daba saber que ya éramos "cómplices", le dije:¿Puedo ver "lo tuyo?. Dudó otra vez unos segundos, pero ella ya sabÃa también que podÃa contar conmigo para cualquier cosa. Sólo me dijo, a modo de comentario, mientras se subÃa la falda y bajaba las bragas: ¡Esto es nuestro secreto ¿no?!.
Ni siquiera espero mi respuesta porque la tenÃa ya en mis ojos, en mi petición, en todo mi cuerpo y en mi evidente excitación. Abrió las piernas y me dejo ver lo que me pareció la vagina más bonita que habÃa visto nunca (y lo era porque las que yo conocÃa eran de niñas impúberes o de alguna adolescente tan precoz como yo y a la que le gustaban ya los juegos sexuales tanto como a mi): tenÃa un hermoso pelo púbico limpio, tan cuidado como el parterre de un jardÃn, que es lo que me pareció en aquel momento.Instintivamente mi mano fue hacia aquél sitio que me parecÃa mágico y prohibido, lleno de frutos nuevos que yo nunca habÃa probado,y traté de acariciarlo. Ella me ayudó. Se abrió los labios, cogió mi mano y dirigió mis dedos hacia el clÃtoris, enseñándome lo que tenÃa que hacer. No tardé en aprender el ritmo que a ella le gustaba más que unos pocos segundos. El resto, aunque con las de mi edad, ya lo habÃa practicado.Ella tardó poco en empezar a estremecerse.Cuando estaba ella al punto del orgasmo, cogió mi cabeza y me besó metiendo su lengua en mi boca, haciendo que luego hiciese yo lo mismo.Creo que se asustó más que yo misma porque, cuando alcanzó el orgasmo, sus quejidos eran tan fuertes que, al terminar,miró con miedo el reloj y luego hacia la puerta –cerrada- por si alguien hubiese oÃdo algo y viniese para ver si sucedÃa algo. Cuando comprobó que nadie se habÃa oÃdo nada de nada –yo ya sabÃa que era imposible porque todo el mundo estaba en la planta baja, se arregló, me besó otra vez y se despidió diciendo en broma: ¿Quieres que vuelva mañJoana
, cariño mÃo, mujercita mÃa?. No le respondà con palabras .Como única contestación sonreà y pasé mi mano por encima de su falda a la altura de sus partes sexuales.
Y al dÃa siguiente volvió...pero eso ya es otra historia.
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