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« en: Junio 08, 2006, 12:51:52 » |
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Ahora, con 18 y 17 ańos respectivamente (Andrea es ocho meses mayor que su amiga), disfrutan de su último verano como escolares antes de ingresar en la universidad.
Aunque cursarán diferentes carreras, van a verse con asiduidad en el campus y en los autobuses, compartiendo -sugerente perspectiva que las tiene expectantes- nuevas amistades y vivencias. Las dos salen de copas los fines de semana junto con otros amigos y amigas, también compańeros de clase desde la infancia. Andrea es una muchacha alta de melena castańa en cuyo rostro no destacan rasgos especialmente bellos, pero posee ese magnÃfico tipo de jovencita, unos brazos y piernas bien torneados y el atractivo ańadido de quien sabe cuidarse y vestirse con coqueterÃa. Inteligente, reflexiva y ordenada, como en todo lo demás Andrea aplica la moderación y la discreción en sus relaciones sociales y sentimentales. Desde hace dos ańos sale con un chico que conoció en una fiesta de fin de curso, una relación nada profunda, aunque inesperadamente estable, más de lo exigible a una chica que, por edad, se supone que "debe salir" con un tÃo. Justamente con él perdió la virginidad y desde entonces el sexo ha estado presente, aunque no con asiduidad, sobre todo por la falta de ocasiones. Practicar el sexo con este chico le gusta bastante, pero sospecha que hacerlo con un hombre ofrece muchas más posibilidades. Virginia, una rubia de larga melena ligeramente rizada con mechas y anatomÃa ciertamente rotunda, es harina de otro costal; en realidad es la antÃtesis de Andrea en todos los aspectos: inquieta y desinhibida, se despreocupa de la mayorÃa de los asuntos para concentrarse en vivir a tope y en disfrutar al máximo de sus abundantÃsimas amistades... y relaciones Ãntimas, en las que se desenvuelve con descaro, con agresividad incluso. Esta campeona insuperable del ligue y del flirteo se ufana en enumerar sus "rollos" con tÃos de todas las tinturas y pelajes. Sabe como traerles de cabeza con toda una parafernalia, mucho más planificada de lo que nadie creerÃa, de gestos de colega, insinuaciones, mohines y escarceos diversos que sólo en algunas ocasiones culmina en actividad sexual. Porque si ella acepta gustosa a muchos de los tÃos que captan su atención para pasar un rato divertido, con mayores o menores grados de erotismo, sólo algunos le son "aptos" para un buen polvo. Sabe que por esta actitud (no exenta de precocidad en su entorno cultural) se ha ganado en ocasiones el feo apelativo de "calientapollas", cuando no directamente el de "zorra", pero esto le trae al pairo: hará sólo que le gusta y cuando le gusta, en tanto haya ocasión.
Ellas son, ciertamente, muy diferentes, pero esto fue probablemente lo que las atrajo la una de la otra. Aunque la aplicada Andrea suele ayudar a su amiga en sus estudios, la intelectualmente ignorante Virginia tuvo la ocasión, hará cosa de tres meses, de enseńarle algo que Andrea desconocÃa, algo por completo inesperado y tan enriquecedor como toda la enciclopedia Larousse: el excitante y maravilloso mundo del lesbianismo.
Virginia, siempre ávida de nuevas sensaciones, hacÃa mucho tiempo que venÃa imaginando cómo serÃa hacerlo con una chica. A su mentalidad libre de prejuicios no le costó gran cosa asumir su condición de bisexual, pero no encontraba ni la ocasión ni a la mujer para poder saciar una curiosidad que terminarÃa convirtiéndose en obsesión y en tema exclusivo de sus fantasÃas eróticas. Su entorno social, el ambiente de copeo y discotequero que frecuentaba, incluso sus propios hábitos, estaban rigurosamente predispuestos para las relaciones con el sexo opuesto, no con el propio. Era una desvergonzada, pero no tanto como para no comprender que para esta empresa no podÃa armarse de desfachatez sin más y empezar a ligarse tÃas como si tal cosa. Nada de esto debÃa realizarse en público por el momento... al menos no con 17 ańos. Asà las cosas que Virginia pensó: para qué arriesgarse si ya tenÃa una chica en su vida, su querida Andrea ?. Era más que una amiga de tiempo libre, era una compańera de estudios siempre solÃcita a echarla un cable, una confidente a la que podÃa relatar la hazańa sexual de turno desternillándose las dos de risa. HabÃan compartido ratos deliciosos revelándose sus más secretas intimidades, sus diferentes visiones de las cosas. A Virginia le encantaba recrearse en los aspectos más morbosos, sabiendo que ello suscitaba en Andrea el tÃpico gesto de turbación o comentarios reprobatorios ("pero que loca estás", "cómo te pasas", "algún dÃa te van a pillar"...). Las reacciones de Andrea ante las aventuras de Virginia variaban desde la aceptación humorÃstica hasta la abierta censura, lo que sugerÃa en ella prejuicios morales innatos que pugnaban por abrirse a la tolerancia y a la libertad total de prejuicios. Esta evolución del pensamiento de Andrea estimulaba a Virginia, que conocÃa además su tendencia a mostrarse más comprensiva en todo lo que le concernÃa a ella.
Por eso, tras mucho maquinar y calcular riesgos, Virginia sedujo a Andrea en un momento mágico de intimidad y de lÃbidos alteradas, un dÃa a la vuelta de una discoteca hacia las 3 de la madrugada, en el mes de junio del presente ańo. Estaban celebrando el final de las clases, y a fe que no pudo comenzar mas espectacularmente para ambas el verano de 1998. Tras esta experiencia lésbica inolvidable, que marcó profundamente a las dos (aunque más a Andrea, que tardó unas semanas en asumir lo que le habÃa pasado), hablaron y decidieron solemnemente proseguir su amistad, ahora reforzada con un fuerte componente sexual. Obviamente, de momento su relación lésbica permanecerÃa en el más riguroso secreto. Quizá eventualmente -a insistencia de Virginia, que temblaba de excitación ante las posibilidades de un mundo de placeres enteramente nuevo- harÃan partÃcipes de su condición a otras chicas, caso de hallarlas, si guardaban idéntica discreción.
HabÃan pasado tres meses y sus encuentros lésbicos dignos de considerar no superaban la media docena, tal era la dificultad para encontrar los momentos de intimidad adecuados. Andrea, en particular, tenÃa problemas para acudir a sus citas con Virginia relajada y sin miedo a ser descubiertas, posibilidad que le aterrorizaba. Naturalmente, estaban juntas muchas horas a la semana, pero, al tratarse de lugares públicos o semipúblicos, Andrea rehusaba todo contacto, por nimio que fuera, si habÃa gente pululando. Esto frustraba a Virginia, pero también a Andrea. HabÃa habido, eso sÃ, numerosos escarceos fugaces, plenos de acaloramiento y prisas, con tocamientos, besos y estimulaciones en lugares tales como servicios de seńoras y vestuarios... y muchos más que habrÃan seguido si de Virginia hubiera dependido, pues a ella este tipo de pasiones clandestinas le excitaban extraordinariamente, por la tremenda carga erótica que encerraban. En estas situaciones, por lo general, Andrea se debatÃa entre sus aprensiones y el disfrute que le brindaba Virginia. No hay que olvidar además que Andrea se fue de vacaciones con su familia en julio y Virginia con la suya la segunda quincena de agosto, lo que les privó de muchos dÃas de mutua compańÃa.
Las únicas ocasiones en que pudieron dar más rienda a sus deseos fueron cuando estaban en casa de alguna de ellas (por eso se habÃan multiplicado las visitas mutuas aduciendo razones de circunstancias), pero no mucho, pues Andrea tenÃa dos hermanos menores, odiados visceralmente por Virginia, a quienes llamaba "abortitos", que trasteaban sin descanso, entrando y saliendo de la casa como ciclones a la que menos se esperaba. El padre de Virginia por su parte, abogado de profesión, solÃa reunirse con frecuencia en su despacho doméstico con socios del bufete. Demasiada gente enredando por ahà como para emprender nada serio. Además, las únicas ocasiones en que los cońazos de padres salÃan de casa eran los viernes y los sábados por la noche... justo cuando ellas tenÃan que salir con una cuadrilla de amigos que cada vez se estaba haciendo más insidiosa con sus gilipolleces. Andrea incluso se estaba cansando de su "novio" (por cierto, pensaba, qué palabra tan horrible !), tal que habÃa empezado a distanciarse de él dándole largas con rebuscadas disculpas.
Por fin, la ocasión perfecta se planteó un fin de semana de mediados de septiembre en que (Ą maravillosa coincidencia !) los padres de ambas se iban de viaje: los de Virginia a un congreso jurÃdico en Madrid y los de Andrea al pueblo de la madre, en Salamanca, acompańados por los dos mocosos. Por primera vez a Andrea le permitieron quedarse sóla, una dispensa de su protectora madre que Virginia celebró agradecida de todo corazón: la seńora Asurmendi nunca imaginarÃa lo que ella y su nińa iban a hacer ese fin de semana.
Los padres de Andrea marchaban el viernes por la tarde. Virginia, impaciente como nunca, se presentó en la casa -un piso amplio y confortable situado en un acomodado barrio residencial- hacia las cuatro de la tarde, una hora antes de la partida. Para sorpresa de Andrea, pues habÃa quedado en llamarla por teléfono para que viniera tan pronto como el coche familiar hubiese arrancado. Virginia habÃa planeado detalladamente el "programa" de los dos dÃas y medio que tenÃan por delante para ellas solas. Y habÃa empezado, previa concertación con Andrea, por avisar a Manu, el chico con el que habÃa quedado para mańana, y a los amigos comunes con los que suele quedar junto con Andrea los viernes: este fin de semana marcharÃa a Madrid con sus padres, en tanto que Andrea harÃa lo propio con los suyos. Le importaba un bledo mentirles tan descaradamente.
Virginia traÃa puesto un body blanco ajustado, bastante liviano, sin mangas, que le llegaba hasta el medio muslo, y calzaba unas zapatillas de tenista blancas a juego. Con sus piernas morenas exhibidas sin pudor, su cabellera rubia despendolada y su agresivo maquillaje facial, Andrea supo al instante que Virginia querÃa ofrecérsele en todo su esplendor femenino e indicarle que este fin de semana sólo para ellas iban a celebrar, por fin, la gran follada tan ansiada.
-"Andrea, no te olvides de cerrar la llave del gas por la noche".
-"Vale, mamá. Oye, estoy con Virginia en la sala, que luego vamos a salir".
Sentadas las dos en el sofá, fingÃan leer revistas de moda, aunque en realidad esperaban a que los viejos se marcharan. Virginia, insinuantemente recostada con las piernas cruzadas -la derecha se levantaba y bajaba rÃtmicamente- y los brazos extendidos en el respaldo, sentÃa como su calentura crecÃa por momentos. Con un mohÃn malicioso, se arrimó a Andrea, que aparentaba estar concentrada en la lectura, para susurrarle al oÃdo:
-"SÃ, sÃ, salir... dile mas bien que vas a hacértelo con tu amiguita...
Virginia completó su procaz comentario con un rápido ademán de mordisquearle el cuello. Andrea lo acogió con escrúpulo:
-("Sshhh, para, para quieta, tÃa !").
-"Ah, muy bien, pero no vengáis muy tarde. Por cierto, si mańana vienen a entregar el chaquetón de la tintorerÃa les pagas, aquà te dejo el dinero".
-"SÃ, mamá".
Andrea se puso en pie y se dirigió al pasillo para asegurarse de recibir bien las ultimas instrucciones maternas. Virginia, que adoraba los toqueteos a escondidas, se pegó a ella. En otro repentino movimiento, aprovechando que el padre sacaba las maletas afuera y la madre estaba de espaldas concentrada en su monedero, le agarró por detrás el busto con ambas manos al tiempo que le dijo con tono insinuante:
-"Como nos vamos a poneeeer...".
Andrea casi suelta un grito de sorpresa. Girándose inmediatamente, recriminó quedamente a Virginia:
-"Pero, estás loca ?, espera a que se marchen"..
-"Mira, he traÃdo revistas y videos".
Virginia seńaló a un pequeńo bolso de viaje que habÃa traÃdo y que Andrea suponÃa contenÃa cosméticos. Con una fugaz mirada, Andrea reparó atónita en su contenido, que además del anunciado material pornográfico incluÃa lo que parecÃa un enorme pene de goma. SabÃa que Virginia era capaz de muchas procacidades, pero esta se llevaba la palma. Conteniendo su azoramiento, su irritación incluso, Andrea le espetó:
-"Esto es demasiado, Virginia. Pero, qué has hecho ?; te has pasado por un sexshop, o qué tÃa ?".
Virginia no dijo nada. Se limitó a lanzarla un beso y una mirada carińosa como pidiendo indulgencia para su atrevimiento.
Andrea sentÃa subÃrsele el rubor a las mejillas. Esta chica es incorregible !. Pero el hecho de haber escogido esta palabra en su reproche mental le hizo al punto sonreir. Fue en los breves instantes en que sus padres ultimaban los detalles de la partida y sentÃa en la nuca el aliento perfumado de Virginia cuando comprendió que no cabÃan ni el nerviosismo ni el reparo: su querida Virginia habÃa venido a entregársele en cuerpo y alma, quedaban unos segundos para gozar de su sexo sin restricciones !. SÃ, mucho más allá de lo que se habÃa atrevido a confesar a su amiga, habÃa deseado este momento con una pasión devoradora, sólo exteriorizada con las frenéticas masturbaciones nocturnas de la vÃspera. Llegó la hora de quitarse esa máscara de formalidad y de descocarse. Iba a hacer el amor con una mujer muy hermosa, se disponÃa a descubrir los lÃmites del placer en los brazos de otra chica.
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