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Autor Tema: Hipnoticé a mi hija  (Leído 1190 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 11:45:12 »

"Este relato ficticio contiene descripciones de pederastia e incesto, además de una violación mediante hipnosis.

Si cualquiera de esos temas te ofende, o eres menor de edad y la legislación de tu país impide que los menores de edad tengan acceso a material pornográfico, por favor no leas este relato.

El abuso de menores es un grave delito en casi todo el mundo. Además, es, desde el punto de vista del autor, inmoral.

La hipnosis no funciona como se describe aquí. No intentes hacer esto en casa, NI EN OTRO LUGAR.

Cuando cumplió 10 años, mi hija se había convertido convertido en una niña preciosa, delgada, rubia, con unos ojos verdes como para perderse en ellos. Aunque siempre he sido un padre bueno y cariñoso, no podía evitar, cada vez que la miraba, el desearla, imaginarla desnuda, imaginar que nos besábamos, que se entregaba a mí en cuerpo y alma.
Sin embargo, mis relaciones con ella, si bien no eran frías, distaban mucho de ser cariñosas. Yo siempre había sabido que, cuando ella creciera, probablemente me sentiría atraído hacia ella, por lo que, sin darlo a entender, por supuesto, desde que era muy pequeña había procurado que nuestra relación fuera más bien distante; y tanto ella como su madre le habíamos enseñado siempre a ser muy desconfiada de las actitudes de los adultos y conducirse de manera muy recatada.
Pero, ¡qué diablos!, hay ciertas cosas que no se pueden evitar, y ciertamente la visión de mi tierna hija, con su rostro angelical, sentada viendo televisión con su falda del colegio algo subida, era más de lo que podía soportar. Por el tiempo en que comienza esta historia, la idea de poseerla me obsesionaba y había resuelto poseerla a toda costa.
Muy pronto resolví que nunca lograría seducirla por métodos “normales”. Ella se daría cuenta en seguida, y si no se daba cuenta ella, lo haría su madre, y en cualquiera de los dos casos la pasaría muy mal. Lo que tenía que hacer era, de alguna forma, convencerla de que cambiara su actitud hacia mí y se enamorara de mí por iniciativa propia. Pensando en eso, decidí hipnotizarla.
Me pasé más de un mes reuniendo todo el material necesario para aprender a hipnotizar y tratando de asimilarlo lo mejor posible. En ese período, lo más difícil no fue aprender a hipnotizar, sino el ocultar el tremendo deseo que me asaltaba cada vez que veía a mi hija en una pose inconscientemente seductora.
Finalmente, la oportunidad que estaba esperando llegó. Fue al inicio de mis vacaciones del trabajo, que tomé a principios del otoño. Mi esposa ya se había tomado las suyas, por lo que por fin podía estar a solas con mi hija, al menos cuando ella no estaba en el colegio.
Ese día, ella estaba en el salón, haciendo sus tareas escolares, mientras yo intentaba concentrarme en un libro. Era realmente difícil. Ella vestía su falda del colegio y una polera suelta, y estaba de rodillas sobre una silla, inclinada sobre un dibujo, y con cada movimiento que hacía mi mirada era atraída irresistiblemente hacia su cuerpo.
Finalmente, no pude soportarlo más. ¡Era entonces o nunca! Me levanté del sillón y fui a mirar lo que estaba haciendo.
¿Es un dibujo muy difícil? - le pregunté, al ver un montón de hojas con intentos anteriores tiradas por el suelo.
No, es que... nos pidieron que dibujáramos el lugar que más nos gusta, y no se me ocurre nada... - dijo ella mientras se sentaba.
¡Era mi oportunidad!
Hum. Para poder dibujarlo, primero tendrás que imaginártelo y concentrarte en él. ¿Puede ser una playa?
Sí, puede ser la playa donde fuimos el año pasado, ¿te acuerdas, papi?
Sí, me acuerdo muy bien. ¿Te acuerdas tú? Imagina que estás en este momento en la playa y trata de ver todos los detalles. Por ejemplo, puedes imaginar que estás tendida en la arena, mirando el mar... escuchas el ruido del mar... el sonido del viento... tienes que concentrarte en todo lo que sientes...
A medida que hablaba, iba asintiendo con la cabeza. Podía ver como ella asentía conmigo a todo lo que decía, sin darse cuenta, y su cara mostraba una expresión relajada y concentrada a la vez.
Estás muy relajada ahora. El mar, el cielo azul, el viento, te hacen sentir muy tranquila. Puedes sentir como tu cuerpo se va relajando poco a poco... primero la pierna derecha... luego, la pierna izquierda. Las sientes relajadas, muy relajadas... ahora sientes que tus brazos están relajados... es una onda de relajación que sube de tus piernas hacia tus brazos... luego a tus ojos. Tus ojos están relajados. Puedes cerrarlos... lentamente... a medida que tus ojos se cierran, puedes ver con mayor claridad la playa y te sientes maaaas relajada... cierra los ojos.
Podía ver ahora que ella, en efecto, había cerrado sus ojos. Si bien no estaba en un estado de hipnosis profunda, era suficiente para mis propósitos. De momento, por primera vez podía contemplar su hermoso cuerpo y su rostro a mis anchas y sin temor a ser descubierto. Sus piernas, vistas de cerca, eran suaves y bien formadas. A través de su polera, se divisaba apenas el pequeño bulto de sus pechos, que recién comenzaban a formarse.
Contuve mi impulso de meter mis manos bajo su falda y acariciar sus preciosas piernas. Era preciso profundizar el trance.
Ahora que tienes tus ojos cerrados, te concentras mejor. Puedes concentrarte en mi voz. Mi voz te relaja, te hace sentir muy tranquila. Muy, muy tranquila... A medida que escuchas mi voz, te sientes más y más relajada. Cuando cuente hasta tres, voy a tocar tu frente. Al tocarte, te sentirás completamente relajada, y escucharás mi voz muy intensamente. Será una sensación muy agradable y querrás seguir así. Uno, dos... ¡tres!
Al decir tres, la toqué con el dedo índice entre los ojos. Ella exhaló un suspiro, y pude ver como su cuello se aflojaba y su cabeza caía sobre uno de sus hombros. ¡Estaba hipnotizada!
Paula, ¿cómo te sientes?
Estoy... muy tranquila.
¿Te gusta como te sientes?
Sí... se siente rico.
Sentirse así, como te sientes ahora, es muy fácil. Sólo tienes que hacer lo que yo te diga cuando yo te pida que te concentres y te relajes. Cada vez que yo te pida que te concentres y te relajes, tú seguirás mis instrucciones, y volverás a sentirte como ahora.
Seguí reforzando esa sugestión un par de minutos más.
Ahora voy a contar hasta diez. A medida que vaya contando, te sentirás más despierta y muy contenta. Cuando llegue diez, abrirás los ojo y te sentirás muy bien, muy contenta, y podrás hacer tu tarea sin problemas. 1... 2... 3... te sientes más despierta... 4... 5... 6... 7... cuando llegue a diez, abrirás los ojos y te sentirás muy bien... 8... 9... 10. ¡Abre los ojos!
La vi un poco confundida durante un momento. Luego, una inmensa sonrisa le iluminó la cara.
¡Me siento muy bien, papá!
¿Te imaginaste todo?
Sí, pude ver la arena... el agua... ¡todo! ¡Mucha gracias, papá!
Le sonreí, y la dejé haciendo su tarea. Yo me fui al baño, y traté de calmar mi excitación. ¡Por fin iba a ser mía!
Ella no sabía que había sido hipnotizada. Todo lo que recordaría es que yo la había ayudado a concentrarse. Sin embargo, si se lo contaba a su mamá, ella seguro que notaría algo raro. Era indispensable volver a hipnotizarla cuanto antes.
Cuando volví, ella ya estaba terminando su dibujo. Cuando lo terminó fue a mostrármelo, muy contenta.
Te quedó muy lindo, Paulita.
Se fue a su habitación a guardarlo, y yo la seguí hasta la puerta. Ella iba a cerrarla y a dejarme a mí afuera, como lo hacía siempre, cuando yo la interrumpí.
Espera, Paulita. Quiero pedirte un favor.
Me miró con desconfianza.
Es un favor especial. ¿Puedo entrar y conversamos un momento?
Nos sentamos sobre la cama.
Bueno, primero relájate un poco y concéntrate en lo que te voy a decir... Tienes que estar muy atenta... relájate y concéntrate... relájate y concéntrate...
A medida que le hablaba, pude ver que sus ojos se cerraban lentamente y su lindo cuerpecito se distendía. Cuando cerró los ojos, la tomé de los hombros y la recosté lentamente sobre la cama. Al hacerlo, su faldita se subió un poco, dejando al descubierto sus muslos.
Te gusta mucho como te sientes ahora... deja que tu cuerpo se relaje... concéntrate en mi voz...
Esta vez, como ya había sido hipnotizada antes, y estaba bajo el efecto de mi sugestión pos hipnótica, la llevé a un trance mucho mas profundo. Podía realizar sugestiones mucho más poderosas.
Paula, cuando te miro fijamente a los ojos obedeces todo lo que te digo. Mi mirada se apodera de ti, y no puedes resistirte. Cuando te miro fijamente a los ojos, estás en mi poder.
Continué con esas sugestiones durante varios minutos. Cuando me pareció que era suficiente, le ordené que se despertara sin recordar lo que había pasado.
Ahh... ¡me quedé dormida, papá!
Sí... debe haber sido el ejercicio de relajación.
¿Puedes salir de mi pieza, papá? Tengo que cambiarme de ropa.
Pero tú no quieres que me vaya, Paula.
Sí, papá, que tengo que camb...
En ese momento, mis ojos se encontraron con los suyos. Lentamente, su voz se fue haciendo más débil, y su mirada quedó perdida en la mía.
Paula, sientes un enorme deseo de besarme apasionadamente.
No, yo....
Sí, Paula. No puedes resistirte. Sientes un deseo irresistible de besarme en la boca y de que yo te bese durante mucho rato.
Papá, yo..
Me acerqué a ella y le acaricié la mejilla, sin dejar de mirar a sus luminosos ojos verdes. Mi caricia .a hizo suspirar, y se lanzó a mis brazos.
Su boca se apretaba contra la mía. Sus manos me acariciaban la espalda, el cuello, la nuca, me revolvían el pelo. Quedé apresado entre sus piernas.
Nos estuvimos besando por un largo rato, casi una eternidad. Al final, ella separó sus labios de los míos.
Papá, papá... yo soy tu hija... ¡no podemos hacer esto!
Hija, ¿no te gustó?
Sí... es como tú dices. ¡Tengo muchas ganas de besarte, papito!
Sin poder contenerse, comenzó a besarme nuevamente. Esta vez, sus besos eran más suaves, largos y profundos. Aunque no llegaba a abrir su boca, los labios de mi pequeña hija estaban entreabiertos y mordían delicadamente los míos.
Fui yo quien, muy a mi pesar, se separó de ella esta vez. Sujeté suavemente su cara a unos centímetros de la mía y clavé mi mirada en sus ojos.
Paula, estás enamorada de mí. Estás profundamente enamorada de mí. Te sientes atraída por mi cuerpo, por mi voz, por mi cara. Imaginas que te beso y que te abrazo, tal como ahora, que acaricio todo tu cuerpo.
A medida que hablaba, podía ver cómo su rostro adquiría una expresión dulce y soñadora. Todo lo que yo decía, ella lo iba sintiendo en su cuerpo. Sin embargo, aún trataba de resistirse.
Pero, papá... eso está mal... yo no puedo estar enamorada de ti. ¡Tú eres mi papi!
Estuve a punto de decirle que estaba bien que se enamorara de su padre, pero me contuve. Sería más placentero para ambos si al deseo lo acompañaba una sensación de culpa.
No puedes evitarlo, hija. Te sientes irresistiblemente atraída hacia mí. Es un deseo más fuerte que tú. Cada vez que me miras, te sientes más y más enamorada.
Sí...
Sin embargo, sientes miedo de decírmelo. Crees que yo puedo enojarme contigo. Por lo tanto, harás todo lo posible por que yo me enamore de ti.
Escuché, afuera, el inconfundible sonido del automóvil de mi mujer. Ya era hora de terminar el trabajo.
Aproveché de besarla una vez más en los minutos que me quedaban. Ella correspondió con la misma pasión que antes, pero esta vez con una especie de arrobamiento y de dulzura.
Paula, has estado imaginando que nos besamos, pero no lo hemos hecho. Sólo ha sido una fantasía. Has tenido esa fantasía, porque estás enamorada de mí, y quieres ser mi mujer. Ahora nos bajaremos de la cama e iremos a saludar a tu mamá.
Fuimos. Su madre venía del trabajo. Yo soy un hombre bajo, moreno y más bien rechoncho y no tengo nada de hermoso, pero mi esposa es muy bella. A Dios gracias, la niña salió a su madre; el mismo cabello, los ojos verdes, las facciones delicadas.
La sesión con mi hija me había dejado muy excitado y no había tenido ocasión de desahogarme. En cuanto vi a mi mujer, y sin siquiera saludarla, me abalancé sobre ella y la besé con pasión, al mismo tiempo que mis manos recorrían su trasero.
Roberto... la niña nos está mirando.
Era verdad. Paulita se nos había quedado mirando con una extraña expresión. Mi esposa no podía interpretarla, pero yo sí; una mezcla de adoración y celos.
Durante el resto de la tarde, mi hija permaneció cerca de mí. Me seguía por toda la casa. Me miraba con unos ojos que yo nunca había visto en ella. Cuando yo la miraba, se ruborizaba y se volvía. Yo le sonreía, pero durante la mayor parte del tiempo mi esposa estaba con nosotros.
Aproveché un momento en que mi esposa fue a la cocina a preparar la cena, mientras nosotros veíamos la televisión en el salón, para hablarle.
Ven, hija.
Ella se me acercó, muy nerviosa. Mientras caminaba, miré su cuerpo sin disimulo. Se ruborizó.
Te noto extraña. ¿Pasa algo malo?
Mientras le hablaba, mi mano acariciaba su oreja.
Este... No, nada. No me pasa nada, papá.
Eres muy linda, hija.
Dejé que mi mirada recorriera lentamente todo su cuerpo.
Siéntate ahora, Paulita. Solo quería verte un momento.
Se sentó. Estaba muy colorada.
No volvimos a estar solos sino hasta mucho más tarde. Ella se había ido a su habitación, y al parecer estaba escuchando música. Su madre me pidió que fuera a decirle que ya era hora de dormir, mientras ella misma se iba a nuestro cuarto.
Entré sin tocar, procurando no hacer ruido. Ella estaba tendida de espaldas sobre la cama, con los ojos cerrados y las piernas dobladas hacia arriba y muy apretadas y las manos sobre los muslos. Sin embargo, sus manos estaban quietas. De pronto, comprendí. Ella estaba teniendo una fantasía y estaba sexualmente excitada, pero era demasiado pequeña aún para comprender lo que sentía o para imaginarse una relación sexual. Probablemente había sentido el impulso de acercar sus manos a su clítoris, pero no sabía masturbarse.
Algo la sobresaltó y abrió los ojos. Antes de que pudiera decir nada, me acerqué a ella y fijé mi mirada sobre la suya. Al instante, quedó prendida de mis ojos.
Paula, quédate tranquila. Estás bajo mi poder y harás todo lo que te diga.- Ante todo, había que reforzar la sugestión pos hipnótica.- Cuando te miro fijamente a los ojos, tal como ahora, no podrás resistirte a seguir mis órdenes. Deseas seguir mis órdenes.
Ahora, rápido, tenía que pensar en algo.
Paula, mañana en la mañana te sentirás enferma y no podrás ir al colegio. Te quedarás acostada acá. - Mientras le hablaba, le acariciaba las piernas. - Como estás enamorada de mi, esta noche soñarás conmigo. Soñarás que eres mi polola y hacemos todo lo que los pololos hacen. En tu sueño, estarás tan enamorada de mí que yo podré hacer todo lo que desee contigo y eso te hará muy feliz. Ahora, Paula, te haré una pregunta y la responderás con total sinceridad. ¿Has sentido algo extraño hoy?
Sí... he sentido algo.
¿Qué has sentido?
Cuando veo a mi papá, siento una especie de calor, y me dan muchas ganas de besarlo como lo hace mi mamá. ¡No quiero que mi mamá lo bese!
¡Estaba resultando! Aunque podía tomarla bajo hipnosis en el momento que quisiera, prefería que ella se entregara a mí, y ya iba por buen camino.
De todas formas, no iba a irme con las manos vacías.
Paula, cuando yo deje de mirarte a los ojos no recordarás lo que te he dicho. Yo acabo de entrar a tu pieza y te he sorprendido acostada pensando en mí.
La desprendí de su hechizo.
¡Papá! Este... yo...
Hija, ¿te habías quedado dormida?
Eh... ¡Sí! Me había quedado dormida acá... ¡ya debe ser muy tarde!
Sí, Paulita. Ya es hora de que te acuestes.
La tomé de la mano y la atraje suavemente hacia mí. Estaba sentado en la cama. La senté sobre mis rodillas, dándome la espalda. Ella se dejaba hacer sin la menor resistencia, suspirando levemente. Comencé a hablarle al oído, muy despacio, mientras con una mano la sujetaba contra mí por la cintura y con la otra le acariciaba el cuello.
Ahora se va a acostar, mi niña linda. Eres muy linda, Paulita. Eres mucho más linda que tu mamá.
Podía oír cómo su respiración se agitaba con cada una de mis caricias. Tenía los ojos cerrados, y una sonrisa de placer se insinuaba en su rostro. La giré noventa grados.
Ahora, tu beso de buenas noches.
Acerqué mi boca a sus labios. Ella, con un suspiro, comenzó a acercar su boca a la mía cuando me desvié y la besé en la mejilla. Luego la deposité suavemente sobre la cama y me fui.
Esa noche le hice el amor a mi mujer tres veces seguidas. Sobre sus orgasmos, perdí la cuenta.
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A la mañana siguiente, mi esposa me despertó diciendo que Paulita estaba enferma, que no iría al colegio, que ella tenía que trabajar y que me levantara para llevarla al doctor. Como ya habíamos hecho lo mismo otras veces (mi horario es mucho más flexible que el de mi mujer, que es secretaria), acto seguido me besó y salió apurada. Yo me duché y, acto seguido, fui a la habitación de mi hija.
La encontré pálida y con una leve fiebre. Me sonrió al verme y se turbó un poco, pero nada más. Al parecer, mi orden de que estuviera enferma había funcionado al pie de la letra. Como en realidad no tenía nada, con otra orden se lo quitaría.
¿Cómo amaneciste, Paulita?
Me siento mal, papito.
Le toqué la frente. Más que un toque, fue una caricia.
Hum. Tienes algo de fiebre, muy poquito.
La acariciaba suavemente. Ella cerró los ojos.
Vamos a esperar un rato. Si no te baja, veremos.
Encendí su computador y me conecté a Internet. Abrí, procurando que ella viera mis intentos por disimularlo, algunas páginas de relatos de incesto y bajé varios de temática padre/hija. Luego, dejé uno abierto en la pantalla y me fui hacia su cama.
¿Te sientes mejor, Paulita?
No, papito. Me siento mal... no sé qué me pasa.
Con ambas manos tomé su cabeza y comencé a acariciarla suavemente alrededor de las orejas. Después de cerca de un minuto de acariciarla, me miraba con una expresión de deseo en su bello e inocente rostro que estuvo a punto de hacer que me lanzara a besarla. En lugar de eso, la miré a los ojos.
Paulita, yo iré a comprar unos remedios. Mientras yo voy, tú te sentirás bien, tu enfermedad pasará, y sentirás curiosidad por ver lo que he estado leyendo.
Asintió con la cabeza. La besé suavemente en los labios, y salí de la casa. Mi plan era que encontrara los relatos de incesto, se excitara con ellos, y sus fantasías comenzaran a tener forma.
Cerca de 5 minutos después me acerqué sigilosamente a la ventana. Mi pequeña hija estaba dándome la espalda, leyendo un relato. Su camisón estaba abierto y podía ver su mano entre sus piernas. ¡Se estaba masturbando con un relato padre – hija ! Casi con seguridad era su primera masturbación. Con la otra mano, se acariciaba el pecho, y veces los labios. Se movía espasmódicamente sobre el asiento.
Cerca de un minuto después, la vi cerrar los ojos y arquearse sobre el asiento. ¡Su primer orgasmo! Al verla, caí repentinamente en la cuenta de que yo también me estaba masturbando, sobre el pantalón, y a punto de acabar. Tuve el tiempo justo para sacar mi pene y eyacular a chorros.
Cuando me recuperé lo suficiente, pude ver que ella seguía leyendo relatos y masturbándose. Le di cerca de una hora más, y luego entré a la casa procurando hacer el mayor ruido posible.
Cuando entré a su pieza, la hallé acostada, más o menos como la había dejado. Estaba muy colorada.
No pude encontrar una farmacia, hija. ¿Te encuentras bien?
¡Síii! Ya me siento mejor, papá.
Aunque estaba haciendo un esfuerzo por sonar entusiasta, se notaba cansada. Sonreí.
Bueno. Descansa un rato y luego te levantas.
Hice algo de aseo y fui a prepararme el desayuno. Estaba a la mitad, cuando llegó ella.
¡Qué diferencia! La niña recatada de ayer se había convertido en una ninfa que irradiaba sexualidad. Vestía una minifalda verde muy corta, que llegaba justo al límite de sus nalgas, permitiéndome ver sus bellas piernas en toda su extensión, ya que estaba descalza. Llevaba su pelo tomado en un moño sobre su hombro derecho, dejando su cuello despejado, y una polera ajustada, anudada para dejar su ombligo al descubierto.
Me quedé mirándola embobado. Cuando ella me vio, sólo sonrió un poco y bajó la cabeza.
Te ves preciosa, hija.
Se detuvo frente a mi y giró lentamente hasta darme la espalda, con la mano en la cintura.
¿Te gusta, papá? Me la prestó una amiga.
Me encanta, Paulita. ¿Puedo tomarte unas fotos?
Pareció pensarlo un momento, mirándome con una sonrisa maliciosa.
¡Claro, papito! Hazme todo lo que quieras.
Fui a buscar la cámara y nos dirigimos a la sala. En el pasillo, nuestros cuerpos se juntaron, y nos tomamos primero de la mano, luego de la cintura. Mi mano se apoyaba sobre su piel desnuda.
Al llegar, le dije que sentara en el sillón.
¿Así, papi?
Las piernas juntas... echa el cuerpo un poco más adelante... ¡eso! Ahora, la misma postura, pero seria... ¡muy bien! Ahora separa un poco las piernas... solo un poco... ¡eso!
Le saqué cerca de quince fotos en el sillón. Luego, le saqué fotos de pie; dándome la espalda con la mano en la cintura, agachada, lanzándome un beso... Mi pequeña hija se veía terriblemente excitante; sus ojos verdes tenían una mirada de inocencia y deseo a la vez que volvía loco.
Al final de la sesión (cuando en la cámara ya no cabían más fotos), me acerqué a ella.
Gracias, hijita.
La acaricié y acerqué mi cara a la suya. Entonces, ella rodeó mi cuello con sus brazos y me besó intensamente en los labios.
Luego de un momento, me soltó y me miró a los ojos. A continuación, me besó nuevamente, esta vez abriendo los labios, y apretando su cuerpo contra el mío.
Me rodeó la cintura con sus piernas. Mis manos recorrían su cuerpo suave, por debajo de su falda, por su cuello, su cintura. Finalmente, la senté sobre la mesa del comedor.
Le arranqué los calzones y comencé a penetrarla lentamente. Con cada centímetro que me abría paso en ella, gemía despacio, pero no paraba de besarme. Su vagina de niña estaba apretada y me producía un placer indescriptible.
Finalmente, sentí como la penetraba hasta el fondo. Para ambos comenzó un orgasmo que nos dejó exhaustos. No habíamos parado de besarnos con fuerza, y seguimos haciéndolo después, ahora con más dulzura. Nuestros besos eran mas largos y profundos.
Soy tuya, papito- repetía ella en voz baja. Soy tuya, tuya, toda tuya.
Eres toda mía, Paulita.
Sí, papito. ¡Te amo!
Ése día, y hasta que llegó su madre, estuvimos el día entero desnudos, abrazados, tocándonos y haciendo el amor. Afortunadamente, no sangró y no tuvimos que limpiar nada. Todo el día exploramos nuestros cuerpos. Ella estaba completamente entregada a mí.
Desde ese día, fuimos amantes. Ella era totalmente mía. Cuando estábamos solos, ella se ponía ropa sexy que yo le compraba en secreto, y accedía a todas mis fantasías. A veces la hipnotizaba y cambiaba sutilmente su personalidad. Comencé a hacer que se sintiera atraída por las mujeres, y especialmente por las niñas de su edad. A veces, me confesaba las fantasías que tenía con sus compañeras de colegio y sus inocentes (para ellas) juegos, donde ella las tocaba y las acariciaba todo lo que podía. Sin embargo, pronto terminarían mis vacaciones, y se acabaría la diversión. ¿Qué podía hacer para que pudiéramos estar juntos?
Entonces, tuve una idea.
Hija, ¿te gustaría aprender a hipnotizar?
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