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Autor Tema: Lo que esperamos de la vida  (Leído 279 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 09:36:33 »

""Eso diferentes... muchachos raros... ¡¿Qué diablos le pasa al mundo?!"... una historia que relata los sentimientos de un joven en su lucha por saber qué es lo que realmente quiere... y qué es lo que realmente obtiene.

I

Ahí estaba, con paso seguro por en medio de los terrenos del colegio. Rodeado por sus compañeros de salón sonreía como siempre lo hacía. Desafiando siempre los regaños de los profesores y enfrentando siempre con estilo las miradas de todas las niñas que lo seguían enamoradas de él. Ese muchacho me atraía, no sabía por qué… estaba muy confundido.
Nunca me había pasado algo igual. ¿Qué un muchacho me atrajera? Debía estar muy mal o tal vez enfermo.

Entonces nuestras miradas se cruzaron, sus ojos se clavaron en los míos por unos pequeños instantes que parecieron una eternidad. Después, como por instinto, bajé la mirada a mi refresco y le di un sorbo. No quería que sospechara, ni tampoco dar muestras que me gustaba. Me sentía mal por lo que me estaba pasando…
- ¡Hola! – era Katia, mi novia.
La besé en sus delicados labios rojos como nunca lo había hecho. Sentí su respiración tan dulce y refrescante. Nos separamos y la miré fijamente a sus ojos.
- ¡Wow! – soltó un suspiro de sorpresa - ¿Qué fue eso, Daniel?
- Nada – le sonreí – Es solo que te extrañaba.
Sus ojos le brillaban de felicidad y una sonrisa se dibujó en su angelical rostro. Enseguida se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza.
Mientras lo hacía me atreví a mirar de nuevo aquel chico, qué ahora estaba hablando con Jenny, una de las chicas más deseadas por los alumnos del colegio.
Él reía con naturaleza mientras Jenny se balanceaba de lado a lado sobre sus pies y movía sus manos de modo nervioso. Entonces la sola imagen de él se quedó en mi mente: sus cabellos medio largos y negros, sus ojos café claros brillantes ante la luz del tenue sol, su rostro rojizo y sus labios… delgados y bien delineados marcaban su boca.
- ¿Qué estás mirando? – la pregunta de Katia me sacó de mis pensamientos. Ella se volvió y vio quienes estaban en el fondo y profirió un bramido - ¿Estás mirando a la zorra de Jenny con el patético ese?
- ¡No! – me apresuré a decir – Mi amor, yo solo tengo ojos para ti.
Katia se quedó unos segundos en silencio y después de echarle un vistazo a la pareja del fondo, me sonrió de manera pícara.
- Yo lo sé – me besó. Se sentó a mi lado derecho y se echó sobre mí.
Después de unos minutos de silencio en los que yo le acaricié su hermoso pelo castaño y ella pasaba su mano sobre mi pierna, Katia preguntó:
- Daniel, ¿Qué te parece si vamos a la fiesta que se está organizando en la casa de John?
- Mmm, - dudé – no lo sé, Katia…
- Ay, vamos. No seas aguafiestas. Mira que van a ir todos. Hasta el tonto de Jorge con su estúpida novia aceptaron ir.
- Katia, es que me…
- Es verdad, yo misma los escuché cuando aceptaron la invitación que les hizo John. – dijo sentándose firme y sacudiendo la mano en señal de enojo.
No quería ir aquella fiesta, la verdad no me sentía con ánimos de ir. Todo andaba bien en el colegio y mis notas siempre eran buenas en el colegio. Mis profesores me halagaban por estar un paso más adelante que los demás y en las reuniones de padres les decían que yo podría ser una de las mejores promesas de toda la institución. Por ese motivo el permiso de salir a fiestas u otro lugar era ilimitado; mis padres confiaban tanto en mí que me dieron copias de la casa cuando tenía doce años.
No tenía excusa alguna con la cual salirme por la tangente a Katia. Ella por otro lado me miraba con esa carita de niña regañada que no partía ni un solo plato.
- No me mires así.
- ¡Por favor! – me rogó.
- No, no me vas a convencer – le dije, pero no podía dejar de verla ya que ella se movía hasta mi cara a cualquier lugar que la apartaba. – Está bien. ¡Bien! Iremos a esa estúpida fiesta.
- ¡Gracias! – gritó de alegría y besó mi mejilla. – Iré avisarle a Sara.
La vi alejarse con paso firme entra la manada de estudiantes que pasaban por aquel lugar en ese momento. Siempre obtenía lo que quería con aquella mirada, nunca me pude resistir con esos ojos verdes que me culpaban de no hacer lo que me pedían.
Me volví al frente mío. El lugar estaba casi desierto de no ser por Jenny que estaba parada inmóvil en medio del lugar con la mirada perdida y su cara tan pálida como la de un muerto. Por la izquierda aparecieron un grupo de niñas con la misma falda a cuadros oscuros que llevaba puesta ella. La rodearon con una gran rapidez justo antes que soltara un llanto el cual se vio aplastado por el sonido de la campana que indicaba la entrada a los salones.

II

- … Varias personas murieron a causa de la bomba nuclear arrojada sobre Hiroshima…
Di un largo suspiro de aburrimiento. La clase de historia siempre lo atormentaba. Su profesor era un hombre de avanzada edad, calvo, jorobado y con unas gafas del grosor de una botella de gaseosa y siempre hacía de sus clases desesperantemente aburridas.
Pero nunca habían sido de ese talante. Se acordaba mucho de su mejor amigo Carlos. Lo conocía desde que tenía uso de razón y lo estimaba como un hermano. En aquellas clases siempre charlaban entre ellos y ni el profesor se daba cuenta que lo hacía.
Pero ahora él no estaba, se había ido de intercambio hacía unas semanas y no regresaría sino hasta dentro de un año; se retrasaría un año de estudio y no continuarían juntos para comenzar con la preparatoria.
- ¡Cómo extraño a Carlos! – se dijo a sí mismo.
- ¿Quién ha sido? – escuchó preguntar a su profesor con su voz lenta y chillona - ¡Quiero que me digan quien ha sido!
Las risas de todos los alumnos se alborotaron al escuchar al profesor diciendo estas palabras. Le habían tirado una bola de papel gigantesca que sostenía en su mano y señalaba mientras esperaba con confianza que el culpable se levantara.
- … le pasó a Jenny el día de hoy? – escuché que hablaban en voz baja dos alumnas en los puestos detrás mío. No evité no escucharlas pues me parecía mucho más interesante que escuchar la patética voz de su profesor.
- Sí. Según me enteré Eduardo la rechazó como su próxima novia.
- ¡Lo puedes creer¡ - exclamó la primera con emoción.
- Eso significa que va estar libre en la fiesta de mañana.
- Eso significa qué es un completo estúpido – había sido la voz de John que ahora participaba de la conversación – Si yo fuera él la hubiera aceptado. Jenny está muy buena.
- Menos mal que tu no lo eres. – la risita de las dos niñas me sacudió el pensamiento.
Por eso vi a Jenny llorando hacía menos de una hora. Eduardo no la había aceptado. Y John después de todo tenía razón, era un estúpido: no aceptar a la chica más buena de todo el colegio era cosa de locos.
Pero por otro lado me aliviaba, no sabía por qué pero me sentía más aliviado de lo que había pasado…
Entonces mi estómago empezó a molestarme, era como si alguien le estuviera dando una fuerte paliza y al mismo tiempo que por los lados me estuvieran comprimiendo el estómago. Me doble de dolor y empecé a sudar frío. >, pensé. Otro agudo dolor me cogió por sorpresa y ahogué un chillido con todas mis fuerzas.
- Señor Martínez, ¿Se encuentra usted bien? – había llamado la atención del profesor de historia quien caminaba hacía mí.
- Necesito… salir… ahora – le dije lentamente mientras me agarraba el estómago con los brazos.
- ¿Cómo dice usted? – preguntó levantando la voz y alzando su oído derecho.
No aguantaba más con el dolor.
- Profesor Gonzáles, necesita ir a la enfermería. – había gritado la voz de alguien desde el otro extremo del salón.
- Está bien, Señor Martínez, puede ir a… ¿Señor Martínez?... ¡Señor Martínez!...
El dolor era muy intenso. Me estaba acabando con el estómago. Cada vez me sentía más débil, mis fuerzas se desvanecían como la tinta en el río. La vista se me nubló y todo empezó a perder color y forma. Lo último que escuché fueron los gritos de algunas niñas y el impacto de mi cara contra el frío suelo.

El ruido del equipo de sonido se escuchaba por toda la casa. La gente bailaba y saltaba como loca por los muebles, mesas y escaleras. Vasos con licor estaban regados por todo el lugar y varios borrachos estaban tumbados en algunos muebles donde otros, algo prendidos por el licor y mareados por el olor a cigarro, se besaban incontroladamente tocando las partes íntimas de su pareja.
Estaba muy desubicado, no sabía donde se encontraba Katia y me sentía mal del estómago aún. Entonces alguien me cogió del hombro y me indicó que lo siguiera.
Era Eduardo.
Sin poder negarme lo seguí por entre los jóvenes que bailaban en las escaleras, doblamos a la derecha y paramos en frente de una puerta blanca. Eduardo la abrió y encendió el interruptor que estaba cerca de él y vimos a Katia con otro muchacho sin ropa manosearse sobre una cama desordenada. Cuando se percataron de nuestra presencia, Katia corrió hasta mí con una sábana sobre sus redondos pechos mordisqueados por aquel infeliz. Eduardo la apartó de mi lado y sacó al muchacho a empujones. Me cogió por el brazo y cerró la puerta detrás de él.
- Siempre he querido hacer esto – me dijo en voz baja. Me tomó en sus manos por los hombros y me empujó contra la puerta – ¿Sabes por qué no acepte a Jenny como mi novia?
Negué con un movimiento de mi cabeza.
- Por ti – entonces se me acercó más y cerró sus ojos. Era el momento que más estaba esperando, besaría a ése muchacho que me gustaba mucho. Eduardo puso una mano en el interruptor y apagó la luz. Todo quedó a oscuras. Esperé que sus labios llegaran a los míos pero nunca lo hicieron.
Un fuerte dolor embargó mi cabeza.
- Eduardo.

Lentamente abrí mis ojos y me di cuenta que no estaba en el salón de clases. La cabeza me dolía mucho y el estómago me molestaba todavía.
- ¿Dónde estoy? – pregunté. Mi boca sabía a vómito.
- Por fin ha despertado doctora Lina.
Los pasos de unas zapatillas de tacón alto se acercaron hasta donde estaba tendido y por encima de mí apareció la imagen de una mujer joven, de pelo largo y lizo recogido por una moña de color blanca y con un gorrito blanco con una cruz roja dibujada sobre este en su cabeza.
- ¡Válgame Dios! –exclamó la doctora – Por fin has despertado muchacho. ¿Cómo te sientes?
No sabía que responderle, el dolor de cabeza parecía no tener límites y mi estómago no dejaba de dolerme. Además, las resplandecientes luces de la enfermería no me ayudaban en nada al mareo que se me había sumado al despertar.
- Mi cabeza… me duele – dije aturdido.
- Como lo había supuesto. Con ese golpe que te diste. Tómate esta pastilla y te acuestas de nuevo. Te hará sentir mejor. – la doctora me puso la pastilla en la mano y un vaso de agua en la otra. No se fue de ahí hasta que me la hubiera tomado. En ese momento entró el vendedor de víveres a la enfermería con aspecto pálido y nervioso.
- Ya tenemos los datos de cuantos compraron de aquellas gaseosas vencidas. – tomó aire y terminó – Uno.
- Muchas gracias, Gustavo. Ahora espérame afuera. Ya hablaremos luego.
La enfermera sacó su mano del bolsillo de la bata y la puso sobre mi frente. Hizo un gesto de desaprobación y miró al chico que estaba costado en la otra camilla.
- Él… me dio… a probar… de su gaseosa. – dijo con voz fingida de dolor.
- ¡Dios! – salió de la enfermería cerrando la puerta.
Me sentía realmente mal. Todo había sucedido tan rápido que no me acordaba muy bien de lo que me pasó. Era increíble que fuera el único en todo el maldito colegio que había comprado gaseosa que estuviera vencida.
- Eres muy demalas, Daniel – dijo el chico que estaba en la otra camilla. Ahora estaba sentado jugueteando con un termómetro en su boca.
- Cállate. – el muchacho rió un poco. Hice un gran esfuerzo por ponerme de pie pero fue en vano, el mareo no me dejaba. Así que tuve que conformarme con sentarme con la espalda apoyada a la pared - ¿Y tú qué haces aquí?
- Bueno, me salí de clase para no presentar el examen de trigonometría fingiendo un terrible dolor de estómago. No me creyeron hasta que te vieron venir vomitando por todo el patio. – tomó aire y tosió un poco para disimular la risa – Estabas como medio desmayado y medio despierto, como en un trance. Seguías vomitando aún en ese estado.
Señaló un bote de metal que estaba al lado de mi cama el cual estaba llano de vómito. Retrocedí un poco para no ver el desagradable líquido.
Levanté la vista al muchacho y sonreí para mí mismo. Él era de mi estatura, delgado, tenía el cabello castaño muy desordenado y los ojos azules oscuros. Me miraba de una manera muy fija y silenciosa. Sentí que algo entre mis piernas estaba…
Me pareció muy simpático.
> sacudí un poco mi cabeza y la dejé descansar sobre la pared.
- ¿Estás bien? – bajó de su camilla y caminó hacía mí.
- Sí. Sí. Sí. – le respondí con tono despreocupado.
- Bueno, de pronto sea ése golpe que tienes en la cara – se había de tenido en medio de la sala de enfermería y ahora señalaba su lado derecho de su mejilla.
Un poco extrañado pasé mi mano sobre mi mejilla y un fuerte dolor me sacudió de inmediato. >
- Te tiene trastornado Eduardo, ¿No es así?
Se me congeló la sangre con aquello.
- ¿A qué te refieres? – pregunté tratando de ser indiferente.
- Pues… mientras estabas desmayado en la camilla, mencionabas mucho el nombre de Eduardo – dijo esto con algo de rareza.
- Eh… pues claro que me tiene trastornado… - comencé a decir cuando no tenía nada más que inventar y terminé diciendo – Es un estúpido.
- ¿Cómo?
- Sí. Fue un estúpido al no aceptar a la mamacita de Jenny. Si yo fuera él lo hubiera hecho. (y algunas cositas más)
El muchacho me miraba fijamente. Estaba muy nervioso por lo que estuviera pasando por su mente. Sí, no era mentira que Jenny le gustaba (a cualquier hombre del colegio le hubiera encantado estar con ella), pero él no parecía creer aquello.
Entonces se le dibujo una sonrisa picara en su rostro y me dio una palmada en mi hombro.
- ¡Diablos! Ya se ha enterado todo el colegio… que rápido vuelan los chismes… sí, tienes razón, fue un completo imbécil dejar pasar esa oportunidad de Jenny…
Me sentí tan aliviado que no pude contener un pequeño suspiro de aliento.
- Se lo haré saber a Eduardo.
- ¡¿Qué?! – exclamé – Quiero decir, es mejor dejarlo así.
El muchacho me miró y volvió a sonreírme, pero esta vez fue diferente, no sé como explicarlo, pero con aquella sonrisa me hacía sentir de un modo diferente. Algo que nunca había sentido en mi vida.
- ¡Vete a clases ya muchacho del demonio! – era la enfermera que había entrado dando un portazo, tenía la cara roja y en su mano llevaba una bandeja de aluminio y un pequeño saco de hielo. Había encontrado al muchacho de pie. Le quitó el termómetro de la boca y le propinó un golpe en la cabeza con una bandeja. - ¿Y tú que diablos haces sentado? ¡Acuéstate!

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