admin
Administrator
Hero Member
    
Mensajes: 1180
|
 |
« en: Junio 09, 2006, 09:53:06 » |
|
Cuando llevas casi veinte años casado, como es mi caso, la rutina en el sexo es lo que mata tu matrimonio
Como yo me sentÃÂa preso de una sexualidad aburrida, empecé a buscar soluciones. Me iba a la biblioteca al salir del trabajo y leÃÂa libros de esos de autoayuda, pero no sirvió de nada. Solo ponÃÂan generalidades que no pueden aplicarse con precisión a la vida de la gente. Entonces, leàen el periódico algo que me llamó la atención. Estuve pensándomelo mucho, pero al final hablé directamente con Lorena, mi mujer, exponiéndole que me sentÃÂa bastante ignorado sexualmente y que yo la querÃÂa, pero que me resultaba insoportable esta situación. La discusión duró horas. Podéis imaginárosla: intercambio de reproches, excusas increÃÂbles por ambas partes... Un desastre, sin duda.
Cuando llevábamos media tarde asÃÂ, me dijo que qué proponÃÂa yo y entonces dije que buscásemos otra chica para que estuviese con ella mientras yo miraba. Le enseñé el anuncio que habÃÂa leÃÂdo en el periódico y traté de convencerla de que no era nada malo. Entonces sàque se enfadó. Me dijo que era un cerdo, que si querÃÂa ver a dos mujeres, me comprase una peli porno y me matase a pajas, pero que con ella no contase. Yo le expliqué que no era por morbo, sino para ver si asànuestra sexualidad mejoraba, pero no hubo forma. Se levantó, se fue al cuarto de baño y estuvo allàcomo media hora, supongo que llorando o maldiciendo o algo parecido. Cuando salió, estaba bastante más tranquila y se sentó a mi lado. Me cogió la mano y dijo que de acuerdo, que ella se acostarÃÂa con una mujer, pero que antes yo tenÃÂa que hacerlo con un hombre.
Yo me negué en rotundo. ,Eso es muy diferente,, dije. Lorena se puso hecha una furia diciendo que no lo era, dijo que era injusto con ella, que no habÃÂa sido ella quien habÃÂa propuesto aquello y que si de verdad lo hacÃÂa por mejorar nuestra vida sexual, que empezase dando ejemplo. Me enfadé. Yo no era ningún maricón, le dije. Ella también se cabreó y estuvimos varios dÃÂas sin hablarnos, hasta que yo me di cuenta de que no era justo pedirle a ella que tuviese relaciones homosexuales y no tenerlas yo también. Poco a poco, la idea fue instalándose en mi cabeza hasta que ya no pude más y llamé a un compañero de trabajo que es gay. Le dije que querÃÂa quedar a tomar algo y a contarle un asunto y aceptó. Jamás he sido homófobo, pero tengo que reconocer que me daba una vergüenza espantosa hablar con él de esto. El chico es muy majo, un buen compañero de trabajo, pero algunos en el curro se meten con él y eso hace que sea un poco susceptible. Pensé que se enfadarÃÂa conmigo, creyendo que era una especie de broma pesada, asàque decidàser muy sincero y no cortarme en explicarle la situación.
Mi compañero se lo tomó con mucha seriedad y, tras escuchar lo que pasaba, me tranquilizó. Me dijo que ningún homosexual pretenderÃÂa follarme la primera vez, que podÃÂa ir poco a poco y que, si en algún momento no me gustaba, podÃÂa parar sin problemas. Me contó que conocÃÂa a varios tipos heteros que, de cuando en cuando, tenÃÂan relaciones con gays, solamente para probar a ver. No es que me convenciese demasiado con esos argumentos. Me explicó que debÃÂa hablar con mi mujer y decirle que habÃÂa que hacerlo despacito, empezando por carantoñas, caricias y besos, que ella no podÃÂa pretender que fuésemos directamente al grano y que todo vendrÃÂa rodado. Yo le dije que no tenÃÂa deseos por ningún hombre y que no podrÃÂa hacerlo. Entonces él dijo una frase que me sacarÃÂa de dudas: ,¿Por quién lo haces?,, dijo, ,Lo haces por tu mujer, ¿no? ¿Has visto alguna vez a un homosexual follando para contentar a una chica? Eso es cosa de heteros, chaval. Tú no te volverás maricón por estar con un hombre,. Yo le expliqué mis dudas y él contestó: ,La hombrÃÂa no se mide por quien se meta en tu cama, sino por el valor que tienes para hacer lo que tienes que hacer. Es más maricón quien se escuda detrás de sus prejuicios que quien tiene cojones para tomar decisiones difÃÂciles como ésta. Tú sabrás,. Para finalizar, me indicó que lo mejor era hacerlo con un profesional, porque te da la comodidad del anonimato.
Cuando volvàa casa, decidàhablar con Lorena y contarle lo que me habÃÂan dicho. Decidimos intentarlo y me calmó diciéndome que si me cortaba en algún momento, podrÃÂa parar cuando quisiera sin que se enfadase. El sábado por la noche fue el dÃÂa escogido por ella. Llamamos por teléfono a uno de esos anuncios del periódico y se presentó en nuestra casa un chico de unos veinticinco o veintiséis años, muy amable y atlético. Lorena se habÃÂa vestido con una falda larga, cosa rara en ella, pero pensé que serÃÂa parte del morbo, aunque no sabÃÂa bien por qué. Nos sentamos delante de unas cervezas, le contamos lo que pasaba y él dijo que no nos preocupásemos, que él ya se habÃÂa encontrado con asuntos parecidos y que sabÃÂa lo que habÃÂa que hacer. Tras acabarnos la bebida, fuimos directamente al dormitorio y él se sentó en la cama, indicándome que hiciera lo mismo. Lorena se sentó en una silla y esperó, visiblemente nerviosa.
El chico empezó hablándome, muy suavemente, diciendo que en cuanto me sintiese incómodo, que se lo dijera y, tal y como lo hacÃÂa, pasaba su mano por mi pecho, desabrochando mi camisa. Yo estaba muerto de miedo y me daba un reparo enorme aquello, pero decidàaguantar por mi mujer. Sus manos fueron muy cuidadosas y me abrió la camisa del todo, mirándome de arriba abajo. Entonces, cogió las mÃÂas y empezó a pasárselas por su pecho, sonriéndome. Pasados unos segundos las soltó y seguàyo solo. La sensación de pudor fue desapareciendo conforme nos acariciábamos. Le quité la camiseta. Tras ello volvió a sonreÃÂrme, me dijo que estaba haciéndolo muy bien y apoyó sus labios en mi estómago y empezó a besarlo suavemente. Me puso una mano en el pecho y me empujó despacito hacia atrás, indicándome que me echase sobre la cama. Sus labios pasaron por todo mi abdomen y ascendieron hacia mis pezones, muy lentamente. SentÃÂa su lengua recorrerme y, sin darme cuenta, empecé a tener una erección. Mi mujer estaba allÃÂ, mirando como extasiada, pero aún no estaba tocándose, ni daba muestras de que le gustase aquello.
Los labios del chico llegaron a mis pezones y los lamió recorriendo cÃÂrculos alrededor de ellos. Recordé en ese momento que, durante nuestro noviazgo y al principio del matrimonio, Lorena solÃÂa estimularme de ese modo y que me gustaba mucho. La erección era considerable ya y el chico pasó suavemente su mano por mi paquete, sintiéndola. Sus labios llegaron hasta mi cuello y lamieron por uno de los lados, alcanzando mi rostro. Me besó en la mejilla mientras me desabrochaba el pantalón y cuando noté su mano agarrando mi polla, me dio un beso en los labios. El tacto de su lengua me repugnó al principio, pero el movimiento de sus dedos en mi glande me agradaba. Cuando me soltó del beso, miré a mi derecha y allàestaba Lorena, sentada en la silla, humedeciéndose los labios con la lengua y acariciándose la entrepierna por debajo de la falda. Eso me impulsó a continuar.
Me incorporé y empecé a besar al chico de nuevo y, esta vez, fui yo quien descendàhasta su pecho y quien saboreó sus pezones. No es que fuese algo que me matase de gusto, seguÃÂa teniendo mis reservas, pero comenzaba a darme cuenta de que aquello no era tan complicado. El chico se desabrochó el pantalón y se quedó en calzoncillos, ante mÃÂ. Estaba bastante empalmado y, con mucho cuidado, cogió mi muñeca y puso mi mano sobre su paquete. Eso estuvo a punto de hacer que me cortase, pero escuché un gemido de Lorena y, girando mi cabeza un instante, vi que estaba con las piernas abiertas, masturbándose mientras nos miraba. La polla del chico asomó por la bragueta de sus bóxer y la rocé con mis dedos, tratando de concentrarme en la visión de Lorena, más que en él. Estoy seguro de que no le iba a importar que pensase en otra mientras lo hacÃÂa con él.
Nos abrazamos y volvimos a besarnos, tumbados sobre la cama y yo podÃÂa sentir su polla en mi pierna, rozando mis muslos, frotándose contra la mÃÂa. Los gemidos de Lorena eran cada vez mayores y él descendió lentamente hasta mi entrepierna, hasta empezar a besarme en el glande. Cerré los ojos y me dejé llevar. Su boca era tan placentera como la de cualquier mujer y sabÃÂa cómo hacerme disfrutar. Se metÃÂa mi capullo entre los labios y los chupaba como si fuese su caramelo, lamÃÂa después todo el tronco hasta alcanzar mis testÃÂculos y los rodeó con la lengua, mientras su mano movÃÂa incansable mi polla. Volvió al glande, lo chupó, lamió en la punta y también en la base del mismo, rodeándolo con su saliva. Yo estaba muy excitado, muy caliente y Lorena estaba a punto de correrse con esa visión.
El chico dejó de chupármela cuando vio que yo estaba demasiado cachondo. Se colocó a mi lado y me acarició el pecho. Supe que esperaba a que yo hiciera algo, asàque recorràsu pecho con la mano y llegué de nuevo a su pene. Empecé a masturbarlo. Me resultaba extraño hacer una paja a alguien que no era yo, pero creÃÂa hacerlo bien, puesto que él se quedó tumbado, con los ojos cerrados y ponÃÂa cara de gusto. Lorena estaba muy lanzada, me miraba y sonreÃÂa, haciéndome gestos con la mano. QuerÃÂa que se la chupase. Me costó un poco, pero bajé hasta allày, tomando aliento, puse mi boca en la punta de su polla. El sabor no me desagradó, pero la sensación de estar haciendo algo contra mis principios era muy grande. Su mano alcanzó mi pene y empezó a masajearlo mientras yo introducÃÂa más trozo de polla en mi boca. Lo chupé recordando lo que me gustaba a màque me la chupasen y recorràtodo su miembro hasta los huevos, acariciándolo en el periné. Lorena dio un grito de placer y supe que se estaba corriendo. La miré de reojo y se habÃÂa colocado apoyada en la pared, en pie, enseñándome su rajita y se acariciaba los labios con dos deditos, gozando como una perra.
Yo estaba arrodillado, de modo que el chico pudo acariciarme también en esa parte y, mientras una de sus manos se entretenÃÂa con mi polla, la otra fue acercándose cada vez más a mi ano, hasta llegar a él. Pensé en decirle que parase, que eso ya no estaba dispuesto a hacerlo, pero me acordé de cierto dÃÂa, en el viaje de novios, en que Lorena me habÃÂa acariciado el ano mientras me la chupaba. Recordé que me resultó extraño, pero placentero. Eran escenas que se habÃÂan borrado de mi mente y que venÃÂan ahora, mientras saboreaba aquella polla y mientras él empezaba a lamer mi muslo, acercándose a la mÃÂa.
Se colocó debajo de màdel todo y se metió mi polla de nuevo en la boca. Estaba que no podÃÂa más. Su dedo acariciaba el contorno de mi ano y yo movÃÂa la cadera sin poder evitarlo. Llevaba rato sin mirar a Lorena, pero escuchaba que volvÃÂa a gemir y pensé que estaba masturbándose de nuevo. La lengua del chico fue hacia abajo y se separó de mÃÂ, de modo que no pude seguir chupándosela. Me cogió de las nalgas y, acercándome a su cara, se metió entre mis glúteos y sentàsu lengua alrededor de mi culo. Yo estallaba de placer. Me estaba poniendo a cien y no pude sino empezar a masturbarme. Me puse a su lado, de rodillas. Él se vino hacia mày volvió a lamer mi ano, mientras su mano regresaba a mi polla. Estaba a punto de correrme. Su lengua abrió un poquito mi culo y se metió dentro apenas unos milÃÂmetros, pero fueron muy placenteros. Su mano me masturbaba de modo extraño, pasando por encima de mi glande y acariciándolo mientras los dedos masajeaban el resto. No pude más y le dije que me corrÃÂa. Él siguió con lo que hacÃÂa, pero introduciendo su lengua mucho más profundamente en mi ano. Me vacié al momento, mientras Lorena me miraba sin poder creérselo. El chico movió su mano sintiéndome eyacular, apretando en la base de mi polla, supongo que para sentir los movimientos de mi órgano, que estallaba de placer. Las sábanas, debajo de mÃÂ, se mancharon de semen como raramente las habÃÂa manchado. Estaba volviéndome loco de placer. Su lengua me mataba de gusto, mientras sus manos me terminaban de rematar.
Cuando terminé, se colocó a mi lado y me empezó a besar mientras se masturbaba. Lorena también se habÃÂa corrido y ahora nos miraba con expresión agradecida. Yo estaba cansado, pero decidàdarle un último regalo a Lorena. Bajé hasta la polla del chico y volvàa chupársela, muy lentamente al principio y acelerando después. La movÃÂa arriba y abajo, lamÃÂa sus huevos como loco y él parecÃÂa gozar de verdad. Puso su mano sobre mi cabeza, entrelazando los dedos en mi pelo y gimió que se corrÃÂa. Yo pensé en dejar que lo hiciera en mi boca, pero me corté al final. Me aparté, continué con la masturbación y empezó a correrse. Las gotas de su leche escurrieron por mis dedos, pero ya no me importó lo más mÃÂnimo. El chico se estaba corriendo mucho, bastante más de lo que habÃÂa eyaculado yo. Masajeé su polla un poco más y me indicó que parase. Parte de su semen habÃÂa caÃÂdo en mi cuello y otra parte estaba ahora colgando de mis dedos.
Lorena se acercó y me dio un beso en los labios, un beso extremadamente sensual. Me susurró que habÃÂa sido fantástico y que me era un marido excepcional. Descansamos un rato y fuimos a tomarnos una copa al comedor. El chico nos dijo que habÃÂa estado muy bien y que raramente un primerizo se atreve a tanto. Le pagamos (tampoco fue tan caro) y, después de irse, Lorena y yo follamos como jamás lo habÃÂamos hecho. Me sentÃÂa muy hombre, muy viril. Seguramente era un modo de protegerme de los pensamientos que surgÃÂan en mi cabeza. Terminamos completamente deshechos y plenamente satisfechos. Durante los siguientes dÃÂas, hicimos el amor a diario, incluso dos veces en una ocasión. Eso, para un matrimonio de casi cincuenta años, es una pasada, pero ¿sabéis qué es lo mejor de todo? Que no me importará repetir de cuando en cuando con otro hombre. Y que, desde entonces, he tenido la extraña sensación de que me he perdido muchas cosas que desconocÃÂa.
|