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Autor Tema: Gay mi hijo el boxeador  (Leído 341 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 09:43:08 »

Es mi primera historia de este género, espero les guste y no me juzguen, pues es imaginación.



Era cerca de la una de la tarde y decidí pasar por casa a ver si todo estaba en orden. En efecto, la normalidad reinaba en casa; Raquel, mi esposa, trabajando en la ciudad vecina, la niña no ha regresado de casa de mi cuñada y Tomás está en su habitación viendo la televisión. Al notar mi presencia viene a saludarme.

— ¡Hola papá!


— ¡Hola bebé!. ¿Almorzaste?


— Sí. ¿Y eso?


— ¿Qué?


— Tú por aquí. ¿Y el trabajo?


— ¡Ah nada! La reunión fue temprano y ya comimos, así que pensé dar una vuelta por casa, pero ya me voy.


— ¿Por qué no me esperas para que me lleves al gimnasio? Hoy tengo prácticas.


— Dale, voy a recostarme un rato mientras te preparas.


Tomás es mi hijo mayor, nació cuando yo tenía 20 años. Hoy es un hombrecito de 16 años cumplidos. Mientras se baña, me quedé en su cama viendo la televisión. Entra y se pone su interior sin quitarse la toalla. Hablamos de su entrenamiento en el boxeo y poco a poco terminó de vestirse. Antes de salir fui al baño y él se adelantó a llamar el ascensor. En vista de mi tardanza, volvió a buscarme. En la sala lo detuve y le pregunté que tenía "allí".


— ¿Dónde?


— Allí. (señalando con mi boca su bragueta)


— ¡Ah pues pá! Nada (con risas nerviosas) Ya llegó el ascensor.


— Espera, ven acá.


—¿ Qué pasó? Vámonos se hace tarde.


— Tranquilo, no importa. Es un minuto nada más.


Tendí mi mano y se apartó de la puerta hasta llegar frente a mi, cruzando sus manos como futbolista que se protege sus partes. Volví a preguntar qué tenía "allí" debajo del pantalón y con gestos nerviosos insistía que nada.


— Déjame ver.


— ¡No! ¿Qué vas a ver? ¿No sabes lo que tengo? Ya me has visto papá.


— Sí, pero ya eres un hombre y no te has dejado ver más. Anda quiero ver cómo es. ¿Te da pena conmigo?


— Sí.


— ¿Por qué?


— Porque es pequeño. ¿Qué vas a ver? (risas nerviosas)


— No te preocupes Tomás, ven, aparta tus manos y yo veo. Si quieres te tapas los ojos para que no veas (risas nerviosas de ambos)


— La puerta está abierta, pá.


— No importa, es solo un momento.


Lo acerqué hasta el sofá donde me senté, le abrí la correa, desabotoné su pantalón, bajé el cierre, le descubrí un poco y vi su pequeño bulto bajo su boxer. Con su risa volvió a colocar sus manos allí y por los lados bajé su ropa hasta quedar al descubierto su pene. Lo tomó en su mano para ocultármelo inútilmente, pues pude notar que se endurecía. No tuvo que retraerse el prepucio porque ya su cabeza rosada avanzaba pelándosele naturalmente. Sonrió y dijo "Ya viste que es pequeño, ya vámonos". "Espera", le dije. Se lo agarraba en posición de masturbación. Le quité sus manos y le pedí que las dejara detrás. Terminé por bajar su ropa a las rodillas. Le vi el pene y eso lo excitaba más. Noté que tiene una leve curvatura y su cabeza apunta hacia arriba. Lo tomé en mi mano y se lo pelé por completo, con mi pulgar rocé su frenillo tierno, arrancándole el primer suspiro de excitación. Sus piernas temblaban al igual todo mi cuerpo. Acerqué mi barba recién nacida y raspé su frenillo, pasé por toda su cabeza, estímulo que lo obligó a ejercer presión en su miembro haciendo más notoria su erección.


Lo dejé al natural y palpitante se inclinaba al ombligo de Tomás. Se había depilado, así que tomé sus testículos rojos y respiré por mi boca sin tocarlos; escaparon de mi mano, se contrajeron. "¡Ahhh, papi, vámonos". "Shhhh", respondí. Me recordaba que la puerta estaba abierta, pero no me importaba. Yo seguía rozándolo con mi aliento a la vez que subía lentamente mis dedos por su abdomen. La tremulidad de su cuerpo subía hasta su garganta como olas a la orilla dejando escapar tímidos gemidos. Tomé decididamente su pene en mi mano y lo apunté a mi boca. Vi salir una gota transparente de su delicada ranura, le lubriqué toda su cabeza palpitante. Formé un aro con mis labios y le puse allí su pene. Tomé sus nalgas con firmeza en cada una de mis manos y él entendió que debía empujarlo. Lo hizo, pero yo apretando mi boca lo hacía desesperar. Acaricié sus nalgas y subí mis manos traviesas hasta su pecho. Pellizqué sus tetillas y sentí cómo latía su corazón. Se quitó la camisa y en un furioso arrebato hundió sus dedos en mi cabello desde la frente tomando el control de mi cara, ejerció presión en su cadera metiéndome su verga en mi boca, comenzó a moverse acompasadamente. Era divino el sabor del pene de mi hijo, el jugo lubricante lo tenía en mi boca. Lo tomé por la cadera y enrollé mi lengua en la cabeza de su rico pene duro y curvo mientras me quitaba mi ropa. Yo estaba por estallar de lo excitado que me tenía mi hijo Tomás.


— ¡Papá la puerta está abierta!


Terminé por desnudarlo. Dejé que su pene buscara su horizonte y le lamí desde los testículos hasta el frenillo, pasé por su ombligo, subí mi lengua a sus tetillas y las mordí. Él se quejaba calladamente. Al levantarme mi pene quedó atrapado entre sus piernas, mordisqueé su cuello y lamí su oreja, cosa que lo calentó aún más. Sentimos nuestros cuerpos temblar de placer y escuché los gemidos de Tomás. Le pedí que cerrara sus piernas para sentir presión en mi pene que ya soltaba jugos lubricantes, así que le eché cintura durísimo.


— ¿Acabaste?


— ¡No bebé! Todavía no.


— ¿Por qué me siento mojado!


— Tranquilo eso es normal.


Le acaricié cada centímetro de su piel y pude sentir sus tamblorosas manos en mi cuerpo. En mi espalda sus dedos bajaban clavándome sus cortas unas erizándome la piel llegando a mis nalgas apretándolas y deslizando sus dedos en mi ranura. Jadeamos juntos, sintió nuevamente mi barba en su cuello, mordí su barbilla y su aliento divino en forma de suspiros llegaron directo a lo más profundo de mis pulmones y sin poder contenerme besé sus labios con desesperada pasión, chupé su lengua y la mía la metí hasta acariciar el cielo de su boca, sentí sus dientes, mamé su lengua y él me correspondía. Ahora él pasea sus labios lentamente hasta llegar a mi gran pene.


— Lo tienes grueso papá.


— Tócalo, es para ti. Frótalo.


Lo tomó entre sus manos y comenzó a masturbarme, con sus dedos regó mi cabeza con mis propios fluidos. Tomó mi glande en su puño y lo retorcía. Ahora era yo quien jadeaba de placer. "Tomás, hijo, así, mámamelo" Se lo tragó de una vez, que bien lo mama, verlo era más placentero aún; mi pene entre sus blancas manos, mi cabeza dentro de su tibia boca, sus movimientos circulares entorno a mi pene, ¡la delicia!. No pude más que echar mi cabeza atrás y dedicarme a jadear mientras pedía más y más mamadas. Sentía que me corría y le pedí que se detuviera, pero no resistí, cogí mi pene y latigué su infante cara dejando que mi leche se esparciera por ella, agitaba su lengua y volví a meterlo, chupó y me sacó más de mi caliente semen. Caí de rodillas y volví a besarlo lamiéndonos mi propia leche.


Voluntariamente se levantó y me puso a mamarlo, eso me gustó, ese gesto arrogante de ponerme a comer su pene. Lo hice, lo lamí y él con su cadera ágil lo metía y lo sacaba, su pene baboso de mi saliva no atinaba dentro de mi boca y mi bigote le raspaba el frenillo, chocaba con mi nariz, le subí el pié hasta el sofá y me perdí detrás de sus testículos. Supo lo que le estaba pidiendo, así que se apoyó del mueble y me ofreció su ano, le di algunas lamidas que lo excitaron mucho más, su pene estaba al rojo vivo.


— ¿Quieres meterlo?


— No se, pá.


— Dime si quieres cogerme.


— Creo que voy a enloquecer.


— ¿Te gusta Tomás?


— ¡Sí pá!


— Dímelo.


— Me gusta lo que hacemos.


— ¿Qué hacemos?.


— No se. Dime tú.


— Estamos tirando y quiero que me cojas duro.


— Si pá, te lo quiero a meter por el culo y acabarte adentro.


Entonces en el sofá lo hicimos como "pollo asado", abrí mis piernas lo máximo, lamió mi ano; se escupió la mano y se lo restregó en la cabeza de su pene, lo puso justo allí, pude sentir que me quemaba, relajé el anillo y lo empujó todo. Se asustó con el grito que di.


— ¿Te hice daño?


— Así no Tomás, poco a poco.


Pero ya era tarde, tenía clavado en mi culo el curvo güevo de mi hijo. Sus movimientos lentos y rítmicos me gustaron y pude sentir la forma rica de esa cabeza, entraba y salía avasallante; nos tomamos de los brazos y lo abracé con mis piernas mientras él seguía echándome cintura. El sudor corría por sus sienes y caían en mi pecho, de su cuello bajaban gotas que se perdían en su pecho bien formado por las prácticas de boxeo. Apreté con mis piernas sus carnosas nalgas lampiñas y sudadas. No apartó sus ojos de los mío, apretó sus dientes, su cadera parecía una locomotora a toda marcha, no podría parar de jadear y pedir más hasta que al empujármelo su cuerpo se quebró de placer, no se movió más, cayó tendido sobre mí dejándome sentir su corazón y su palpitar dentro de mi.


— ¡Es rico pá!


— No lo saques, deja que se enfríe allí.


Mi cuerpo naturalmente lo expulsó, cosa que le produjo otro placer.


— ¿Cómo hiciste eso?


— Es natural del cuerpo.


— ¿Te dolió?


— Cuando lo empujaste si, pero estuviste bien bebé.


— Estoy cansado.


— Aguanta un poco más.


— Creo que si puedo.


Mi pene ya le reclamaba más. Se volteó y recostó su cabeza del borde del colín del sofá, me acuclillé y lo metí hasta lo más profundo de su garganta, lo ahogaba y comenzó a toser. ¡Rico Tomás!. Cada vez que tosía sentía cómo su garganta ahorcaba mi güevo que se resbalaba allí dentro con su saliva. Él trataba de sacárselo pero yo lo impedía. Pudo aguantar unos segundos más y me dejé apartar. Gateó hacia un lado para toser y tomar aire y le vi sus nalgas, su ano contraerse a cada tosida. Le sorprendí recostándole mi pene entre sus nalgas. Se tendió contra mi pecho y mis manos acariciaron su atlético abdomen. Apreté sus testículos y retorcía su miembro.


— ¿Quieres que te coja?


— Es muy grande pá.


— Yo te lo meto suavecito. ¿Sí?


Humedecí mis dedos en su boca y lo estimulé, le pedí que lo relajara y hundí mis dedos, pero lo apretaba demasiado. Tendido boca abajo en la alfombra separé sus piernas y lamí su ano hasta que le puse mi cabezón pene. Me ayudé con la saliva a que comenzara a pasar. Ya estaba dilatado y ejercí presión. Tomás callado se dejó penetrar, ya la cabeza estaba dentro, palpitando. Empujaba lentamente y mi hijo quejábase sin dejar de tragarse todo mi erecto pene. Lo retuve dejando mi cabeza dentro y gimió. "¡Es rico pá!. Déjalo ahí que siento algo extraño pero rico." Sin sacarlo nos levantamos y caminamos hasta afuera, el pasillo estaba solo, osamos llegar al ascensor y frente al espejo devoré su oreja. Él miraba en silencio, ardiendo en placer. Cada vez que lo movía me pedía que lo dejara allí, a la mitad, sin moverlo. De regreso, y de pie en la puerta, no aguanté más y lo metí todo sacándole un grito de dolor y placer. Caímos de rodillas, tomé fuerte su cadera y meneándome en círculo lo llevé a la gloria. Le pedí que se moviera él como quisiera, lo hizo, sí, pero era demasiado pedir; le había volado la virginidad a mi hijo con mi grueso pene.


Lo saqué y apoyándome con una mano del piso, sobre él me masturbé acabándole una vez más en su espalda y nalgas sudadas. Caí rendido sobre su cuerpo divino.


— La puerta está abierta pá.


Me levanté para cerrarla y él fue a ducharse. Lo seguí. Nos paramos frente a la poceta a orinar; fue una gran descarga, cosa que nos produjo gracia. Reímos como locos con los últimos chorritos que echábamos. Luego, en silencio, mutuamente nos duchamos. Nuestros cuerpos enjabonados se retorcían en suaves caricias, besos. El agua corriendo por nuestra piel volvía a excitarnos. Tomás salió y se sacudió el cuerpo para escurrir el agua, dejándome ver su pene golpear de un lado a otro, sonriendo como sólo él lo hace, se retiró del baño. Terminé de ducharme y al pasar por su habitación lo vi tendido desnudo aún sobre su cama. Era una tentadora invitación a estar con él, así que me recosté de sus nalgas. Mi brazo le sirvió de almohada. Dormimos profundo, hasta que mi esposa, escandalizada me despertó. Estaba horrorizada por lo que había visto: el baño encharcado. Ya Tomás me había puesto un pantalón, dejó encendida la televisión y estaba jugando en la cancha con sus amigos.

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