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Autor Tema: Gay el niño  (Leído 487 veces)
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« en: Junio 09, 2006, 09:37:48 »

Comentando con mis compañeros en el desayuno que tení­a problemas con el ordenador me enteré que tení­amos un nuevo fichaje en la empresa.



Se trataba del hijo de un amigo de mi socio y éste le había colocado de técnico de informática, algo que nos venía muy bien porque éramos bastantes en la oficina y teníamos un pequeño desastre con nuestros ordenadores. El chaval no quería seguir estudiando, pero la informática se le daba bastante bien así que mi colega le hizo el favor a su padre y lo contrató.
Entre los dos llevábamos un estudio de publicidad y diseño que habíamos montado unos cuatro años atrás y en el que nos iba bastante bien. La verdad es que no podíamos quejarnos. Estábamos a punto de cumplir los 30 y teníamos una empresa bien consolidada, que daba beneficios y en la que habíamos llegado a ser casi 30 personas, a las que ahora se unía uno más.

A media mañana se presentó Jorge, mi socio, con un chaval moreno que me presentó como David, el informático. Me pilló hablando por teléfono y eso hizo que no fuera todo lo agradable que me hubiera gustado ser. Le di la mano y por señas y en un tono muy bajito le di la bienvenida para no cortar aquella conversación. Aquello me dejó bastante descolocado. No supe después si colgar y salir tras él para ser algo más sociable o seguir aquella conversación que por otro lado ya no sabía ni de que iba.

El chaval, el niño, como todo el mundo comenzó a llamarle desde entonces tenía 18 años y era de esa generación que nos sigue que ha tomado más ColaCao que nosotros. Su mirada, de un intenso azul, me pareció triste, vacía, como si no tuviera ilusión por nada. Era moreno, y tenía el pelo cortado a la moda, largo por la nuca y cortó por las sienes, y una cara a medio camino entre lo revoltoso y lo triste. A pesar de eso era un tiarrón de metro noventa con un cuerpo aparentemente muy grande y muy bien formado, impropio para su edad. O quizás era yo que no acostumbraba a mirar a los chicos jóvenes con esos ojos. Lo cierto es que el niño me pareció muy atractivo, demasiado, a pesar de que le sacaba 11 años.

Durante aquellos primeros días se encargó de organizar un poco todos los ordenadores del personal, creó un sistema nuevo de gestión, un servidor, una base de datos común, puso en red todos los ordenadores. El chaval funcionaba bien y eso era importante, aunque aún era reacio a convivir con nosotros. No bajaba a desayunar y le costó un par de semanas entablar amistad con los más jóvenes de la plantilla, aunque al final lo hizo. Incluso un jueves por la tarde me sorprendió verle en el partido de fútbol. Teníamos la costumbre de jugar un partido de fútbol sala los jueves por la tarde después de trabajar para desconectar un poco y pasar juntos un rato distendido. Y aquel jueves, casi un mes después de entrar en la empresa, David se vino con nosotros.

Jugaba bien y se desenvolvía a la perfección con el balón. Se notaba que le habían gustado más los recreos que las clases. Allí le vi sonreír por primera vez después de marcarnos un tanto. Y allí comprobé también lo que había intuido al verle: que tenía un buen cuerpo. Las piernas robustas y unos brazos fuertes y aparentemente musculazos, aunque el hecho de que las duchas fueran individuales y él tan reservado me impidiera ver algo más. Tras el partido y la ducha cada uno tiró para su casa. Al salir de allí lo vi en la parada del autobús con la mirada perdida. Me paré al lado y le pregunté hacia dónde iba. Casualmente su casa quedaba a escasos 500 metros de la mía así que me ofrecí a acercarle en coche. Y aceptó.

Lo cierto es que nunca había hablado con él desde que llegoó a la oficina exceptuando los buenos días, pero la excusa del partido nos dio la ocasión de entablar una conversación. Aquella tarde no pasó de comentar el partido, pero semana tras semana fuimos cogiendo más confianza hasta conseguir hacer algo de amistad. Así me contó que nunca fue un buen estudiante, pero que la informática le gustaba mucho. Había hecho varios cursos, pero no quería estudiar una carrera porque decía que llegaría igual de lejos que sin ella. Cada semana había más afecto entre nosotros. Incluso venía a comer con el grupo y empezó a desenvolverse como uno más en la oficina.

Por el mes de mayo celebramos una cena de empresa por el aniversario del estudio. Empezó siendo una cena de dos y aquella noche nos presentamos 32 personas. Cenamos, charlamos, nos reímos y nos fuimos de fiesta a una discoteca cercana. Era como una cena de navidad, pero en mayo. Yo esperaba aquella noche con ilusión año tras año, pues me servía para comprobar que nuestro trabajo, nuestra aventura empresarial, iba por buen camino. Y tanto estaba disfrutando que se me fue de las manos y me pasé con las copas. Estaba borracho y lo estaba pasando estupendamente. A eso de las 5 decidimos marcharnos a casa y yo busqué a David, con quien había venido, para marcharnos y de paso que me llevara a casa pues no estaba en condiciones de conducir. El accedió, lo que resultó un alivio, puesto que no me apetecía nada dejar allí el coche y volver en taxi. Llegamos a casa y le ofrecí la posibilidad de llevárselo a la suya, pero me dijo que volvería andando para despejarse un poco. Aparcó en el garaje y salimos al portal. Respiré por un segundo y como agradecimiento le ofrecí tomar la última en casa: ahora ya no habría problemas de coche.

Para mi sorpresa accedió, así que subimos y puse un par de copas. David anduvo por mi casa viendo fotos, cuadros y demás enseres que decoran mis paredes. Yo le observaba desde la terraza a donde me salí para que me diera el aire fresco en la cara tratando de despejar un poco la embriaguez. En aquel estado mis ojos seleccionaban lo que querían ver y contrariamente a mi forma de ser empecé a fijarme en otros detalles de David. Aquel día llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta estrecha que le marcaba bien los bíceps y los pectorales. Era extraño. Me gustaban los tíos, pero había algo en ese chico que me impedía mirarlo con ojos de deseo. Quizás nuestra amistad, quizá la edad, lo que fuera, pero nunca había reparado en él de esa forma. Y ahora el alcohol lo estaba haciendo por mí. Revisé cada centímetro de su camiseta tratando de imaginar sus pectorales, como sería su cuerpo desnudo, su culo ceñido contra el pantalón y el bulto que se intuía en su entrepierna. David, con su copa en la mano, se acercó hasta la terraza.

–Tienes un piso chulísimo, tío –me dijo mientras dejaba la copa sobre la mesa de la terraza y se acercaba hasta la barandilla para observar las vistas desde la novena planta.

Yo me quedé quieto a su lado mirándole de reojo. No estaba en condiciones de mirar al horizonte de Madrid. Entonces se giró y quedó frente a mi y yo, sin saber muy bien por qué, me acerque a él y lo besé.

Reaccionó justo como lo imaginaba. Me apartó empujándome y dio un paso atrás mirándome con una expresión a medio camino entre la extrañeza y el odio. Me miraba fijamente como preguntándose el por qué. Yo no sabía como salir del paso. Me quedé quieto un segundo y me miré a los ojos:–Perdóname David, lo siento. No se por qué lo he hecho y no quiero que esta tontería estropee nuestra amistad. Ha sido un grave error. Maldita borrachera! –le dije mirándole fijamente. Aún no estaba seguro de porque lo había hecho. Aquel chaval era un compañero de trabajo y durante meses habíamos coincidido día a día sin que me atrajera nada, pero aquella noche me había dejado llevar.

David se quedó en silencio y quieto durante mis palabras. Entonces agarró la parte baja de su camiseta y se la sacó por la cabeza en un instante. Dio un paso al frente, agarró mi cabeza y la acercó a la suya. Nos quedamos quietos a unos milímetros uno del otro. No quería volver a estropearlo, bastante había hecho ya, así que le dejé hacer. Se mantuvo frente a mí unos segundos. Notaba su respiración caliente en mis labios mientras lo miraba fijamente a los ojos. No sabía, no era capaz de intuir qué sería lo próximo que fuera a pasar. Hasta que David terminó de acercar su cara a la mía juntando nuestros labios en un húmedo y caliente beso.

Me rodeo con sus brazos acercando su cuerpo al mío mientras continuábamos besándonos, unos besos tranquilos e intensos que me hicieron salir del estupor en el que me encontraba. Decidí hacer lo mismo y le agarré por la cintura y empecé a subir mis manos recorriendo su espalda.
–Vamos a la cama –me dijo entre susurros, dejándome helado. El niño quería irse a la cama conmigo. Empezaba a pensar que aquel beso no había sido un error.

Cuando llegamos a la habitación tuve tiempo de comprobar que no me había equivocado juzgando el cuerpo del niño, que mi primera impresión había sido cierta. Lo tenía frente a mí, parado a un lado de la cama, de pie y sin camiseta. Tenía un torso espectacular, sin nada de vello y con unos pectorales bien formados y marcados que alojaban unos pezones enormes. Sus hombros eran anchos y robustos y sujetaban unos brazos también musculosos. Su abdomen estaba forjado de músculos abdominales, aparentemente bastante duros. Por encima de la cintura del vaquero sobresalía la goma blanca de sus calzoncillos que casi cegaba en comparación con el moreno de su piel. Aquel muchacho tenía un cuerpo escultural, impropio para su edad, que invitaba al placer.

David se había quedado quieto frente a mí y yo me abalancé hasta su entrepierna, Tocaba y palpaba ese bulto que marcaba mientras notaba como se iba haciendo más grueso a cada momento. Le bajé los pantalones y ante mi quedaron sus slip de Calvin Klein con un relleno que estaba deseando ver. Pero aún quería hacer esperar a David así que me entretuve manoseando y lamiendo su bulto por encima del calzoncillo. Le oía gemir y eso me gustaba. Parecía que íbamos a disfrutar…

Con los dientes fui bajando poco a poco el slip hasta que ante mi vista quedó su polla. Era larga y gorda, pese a que aun no estaba completamente en erección. Apenas tenía una pequeña mata de vello púbico sobre ella y debajo un escroto que colgaba desafiante con sus bolas dentro. Agarré su polla y me la metí en la boca. Tenía un olor sugerente que me hacía tragar más y más profundamente a cada vez, a pesar del considerable grosor que ya había tomado. David ya se había abandonado a mi boca y disfrutaba esa mamada que le estaba dando. Y yo entre el alcohol, el deseo repentino por aquel chaval y aquella descomunal polla me estaba volviendo loco.

El niño me levantó del suelo y me besó con desesperación mientras me desabrochaba la camisa y me quitaba la ropa. Después me tumbó en la cama y empezó a lamerme la polla con suavidad, despacito, haciendo que creciera por momentos. Cuando estuvo lo suficientemente dura se la metió en la boca y comenzó a chuparla. Tenía la boca caliente y aquel calor me excitó mucho más. Tragaba cada vez más profundamente hasta que consiguió alojarla toda dentro de su boca. Luego comenzó a mover la cabeza de forma que la dejaba al aire para después tragársela entera hasta el fondo; notaba su garganta chocar contra mi glande, notaba como abría la garganta para que entrara toda. Mientras, y casi sin darme cuenta, me estaba masajeando el culo con sus manos. El placer que me estaba dando su boca hacía que no sintiera nada más. Al momento me giró y comenzó a lamer el agujero de mi culo. Trabajaba bien la lengua porque yo notaba como se iba dilatando mi culo poco a poco. Parecía que el niño sabía muy bien lo que estaba haciendo y lo que tenía que hacer. Algo me decía que no era su primera vez.

Cuando tuve el culo bien abierto me volvió a girar y me colocó boca arriba debajo de él; de esta forma iniciamos un 69 en el que yo volvía a tragarme aquel descomunal rabo y él podía comerme la polla mientras empezaba a introducir sus dedos en mi culo. Así estuvimos durante algún rato hasta que el inmenso placer que me proporcionaba su boca, sus dedos y su polla me obligó a pedirle que me follara

Me colocó a cuatro patas y comenzó a meterme su polla. Entró decidida y hasta el fondo. No solo me había dilatado con su lengua, sino que además al verle en el espejo de la pared follándome hizo que me excitara sobremanera y terminara por abrirme del todo. Cuando su pelvis estuvo completamente pegada a mi culo me miró en el espejo y me guiñó un ojo. Me agarró de la cintura y comenzó a follarme a buen ritmo. Notaba aquel rabo entrando y saliendo, quemándome las entrañas, pero dándome un placer inmenso que aumentaba cada vez que yo miraba al espejo. Allí estaba el niño en todo su esplendor con todos los músculos duros de la tensión, follándome a saco sin parar. Me veía a cuatro patas siendo follado por aquel semental y aquello me volvía loco

Después de varios minutos follándome en esta postura David se retiró y me tumbó boca arriba en la cama. Levantó mis piernas y volvió a meterme la polla. Colocó sus brazos extendidos sujetando mis piernas y como si estuviera haciendo flexiones, comenzó a empujar con fuerza otra vez. Le veía la cara, estaba poseído por la lujuria y en ese momento comenzó a hablarme: “Sabía que querías que el niño te follara. ¿Querías comerte la polla del niño, verdad? ¿Querías que el niño te diera bien fuerte por el culo, verdad? El niño te va a romper el culo esta noche. Te lo voy a dejar tan roto que vas a querer que te folle otra vez después”.

No tenía fuerzas ni para responderle. Estaba abandonado ante la brutalidad de sus embestidas y de sus palabras. Tenía la sensación de que me correría sin darme ni cuenta, pero no fue así. El niño se apartó y me hizo levantarme para quedar de pie contra la pared con los brazos apoyados en ella frente al espejo. Se colocó detrás de mí y me la volvió a clavar hasta el fondo. Levanté la mirada y lo vi en el reflejo del espejo. Me agarraba con fuerza la cintura mientras me taladraba sin piedad una vez tras otra. Su cara mostraba a un niño completamente diferente y sobre todo muy morboso y muy vicioso. Estábamos cada vez mas calientes, tanto él con sus embestidas, como yo disfrutando de ellas y de que fuera ese chaval el que las daba.

Cuando noté que David estaba a punto de correrse me aparté y me coloqué de rodillas dejando su polla a la altura de mi cara. Comencé a chuparle la polla con rapidez y a los pocos segundos ya estaba corriéndose sobre mi cara y mi pecho. Al notar su leche caliente me corrí yo también salpicando sus piernas y mi pecho con mi propio semen. David suspiró y me levantó del suelo para apretarme de nuevo contra él y fundirnos en un húmedo y caliente abrazo que selló con un profundo beso.

Cuando me desperté serían las 12 del mediodía. Tenía a mi lado a aquel muchacho despeinado y con mirada triste, aquel toro de 18 años con un cuerpo escultural, tenía a mi lado en la cama al niño. Sólo de recordar la noche anterior al verle hizo que me empalmara y entonces comprendí sus palabras. “Vas a querer que te folle otra vez”. Me coloqué a la altura de su polla y comencé a mamársela. Pronto volvió a estar dura y desafiante y sin perder tiempo antes de que se despertara me coloqué sobre él y me la volví a clavar hasta dentro. David se despertó y al darse cuenta de la situación empezó a bombearme otra vez. El niño tenía razón: me iba a volver a follar, pero no solo ese día, sino muchas más veces.



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