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« en: Junio 13, 2006, 01:06:29 » |
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CapÃÂtulo I La llegada. La cara de la azafata, reflejada en el espejo, estaba completamente desencajada.
Jadeó una vez más mientras abrÃa desmesuradamente los ojos, una fina capa de sudor perlaba su labio superior, y su respiración demostraba que estaba a punto de correrse de nuevo. Su falda, por encima de la cintura, mostraba unas redondeadas caderas y unas nalgas respingonas que yo aprisionaba con deleite mientras me ayudaba para impulsarme más dentro de ella. Estaba de espaldas a mà en un servicio del avión, y ya habÃa perdido la cuenta de las veces que se habÃa corrido.
- AAAAHHHH, MMMMHHHHH, asÃ, más, más...
No le habÃa quitado el sujetador blanco de encaje, pero sus tirantes caÃan por sus brazos, y sus pechos se bamboleaban a cada embestida. Siempre me han gustado las mujeres en ropa interior, sobre todo si es excitante, y no me refiero a esos conjuntos más propios de putillas de barrio, sino a los conjuntos caros y 'decentes', pero que hacen que una mujer quede mucho mejor que desnuda.
Pegó un gruñido de decepción cuando me retiré, ya que estaba a punto de correrse otra vez, pero lo cambió por otro de sorpresa y alarma al notar un contacto caliente en su trasero.
- ¿ qué haces ?, NNNo, por ahà no..., no quiero, por favor, ..AAAHHHH. - susurró-
Poco a poco, mientras ella se mordÃa el labio inferior para ahogar un grito me fui abriendo camino entre sus nalgas, ella boqueó sin respiración cuando llegué al fondo, y aún más cuando me retiré un poco y volvà a metérsela de golpe.
- AAAY, me haces daño, para para..., - dijo. Pero sus caderas se movÃan más y más, desmintiendo sus palabras, hasta que con un berrido ahogado se apoyó contra el lavavo sacudiéndose convulsivamente.
La verdad es que yo tampoco podÃa aguantar mucho más; demasiada abstinencia hacÃa que no pudiese aguantar demasiado, y sin más preámbulos me corrà dentro de su culo.
Cuando salÃ, ella se quedó estática, sin moverse; mientras yo me limpiaba, fue poco a poco volviendo a la realidad; su pelo rubio estaba desordenado, sus pechos por encima de las copas de sus sostenes se apoyaban en el lavabo, su chaqueta, su camisa y el lazo estaban en el suelo, con sus bragas, la falda arrebujada sobre sus caderas, sus medias bajadas y sus nalgas rojas por el rozamiento y mojadas por el sudor y los orgasmos.
Se dió la vuelta, con la mirada todavÃa errática, y se arrodilló ante mà introduciendose de golpe mi pene en su boca, chupando como si en ello le fuera la vida; enseguida logró que me pusiese otra vez en forma, sentado como estaba en el retrete se acaballó encima abriendo las piernas y abrazándome con ellas, evidentemente querÃa acabar rápido, asà que se introdujo ella misma mi pene mientras empezaba a moverse con un ritmo propio de una samba brasileña.
En unos cinco minutos acabamos, esta vez fue rápido y directo, sin preámbulos ni florituras, me corrà dentro de ella, mientras se dilataban las aletas de su nariz y repetÃa sin parar 'mia, mia, mia...', la verdad no entendà mucho, pero tampoco importaba verdad ?
Los dos nos aseamos un poco, ya eran las cuatro de la madrugada, y pronto saldrÃa el sol - nunca me gustó mucho el sol, cosa lógica por otra parte-, pero debÃa regresar a mi asiento, todo el pasaje dormÃa y la azafata cambiarÃa el turno en cinco minutos. Me dió una tarjeta con su dirección y su móvil para que la llamase en Madrid, y le contesté educadamente que desde luego...
Mi compañera de asiento, una agradable viejecita, dormÃa plácidamente cuando yo llegué, para ella yo era un apuesto y educado joven aunque algo pálido para los tiempos que corren, me habÃa dicho, y me habÃa sugerido hacer deporte al aire libre para que me diese el sol. SonreÃ.
Afortunadamente llovÃa al llegar a Madrid, mientras esperaba a pasar por la aduana, repasé mentalmente las circunstancias que me habÃa hecho regresar a Madrid.
Marcos habÃa sido mi mejor amigo dieciocho años atrás. Estaba profundamente enamorado de Clara, y si no me hubiese pillado en una etapa de mi vida marcadamente heterosexual probablemente hubiese sentido celos de ella. Era delicado, un artista, y con tan solo veintidós años habÃa revolucionado el mundillo del arte por su gran talento, aunque yo no compartiese sus 'transgresiones del método'.
Claracontaba solo dieciocho años, y era una auténtica belleza, alta, delgada, no era exhuberante, pero tenÃa esa belleza que hace que los años no solo te perdonen, sino que sean tus aliados. Aunque distante, tenÃa un aura que hacÃa que todos los hombres se fijasen en ella, cosa que le valió para lograr un palmito como modelo, para alborozo de Marcos - y preocupación mÃa pues aborté rápidamente algunos intentos de coquetear conmigo, lo que me hacÃa pensar que no era todo lo legal que parecÃa con Marcos-.
Aunque mi aspecto es bastante neutro en cuanto a la edad, - aparentaba unos veintitantos o treinta -, ya llevaba demasiado tiempo para mi seguridad en Madrid, y tuve que despedirme de Marcos y de Clara, aunque prometiéndole que nos seguirÃamos escribiendo, ya que no sabÃa si podrÃa disponer de teléfono allà donde iba. - Me habÃa inventado una excusa de hacerme cargo de unas propiedades de mi abuelo en la Tierra del Fuego-.
No tardaron mucho en llegarme noticias desoladoras, Claracada vez alternaba más con la alta sociedad, mientras Marcos empezaba una cuesta abajo con drogas y alcohol para olvidar sus desplantes. Pero lo peor vino cuando Clarale dijo sin previo aviso - por teléfono, ni siquiera se presentó - que se iba a casar con Juan Almonte, millonario, hombre de negocios y de buena familia, incluso tenÃa un tÃtulo auténtico aunque de no mucho relumbrón. Marcos no lo resistió y tras mandarme una carta desesperada se suicidó arrojándose desde el piso cuarenta y cinco del edificio Torre de Miró de Juan Almonte, donde Claradaba su fiesta de compromiso ante lo mejor de Madrid; Clarase rió allà de su vano intento de recuperarla, despreciándole en público, y fue demasiado para el pobre Marcos. Ahora iba a pagar por aquello.
¿Hay algo que no encaja, verdad?, si hace dieciocho años ya aparentaba veintitantos, y para la viejecita tambÃen era un apuesto joven ... ??. Bueno, es que no lo he dicho antes, pero... soy un vampiro.
En primer lugar olvidaros de todas esas historias raras de vampiros, aunque a veces es una lata serlo, no puedo hacer 'casi nada' de lo que dicen esas leyendas. No puedo contradecir para nada las leyes de la naturaleza, mido uno ochenta y cuatro, y peso setenta y cinco kilos, algo delgado pero es normal en mi especie. Y evidentemente no puedo volar ni convertirme en lobo, murciélago ni nada parecido. En cuanto a la edad es simple, nuestros genes no tienen ese recordatorio que tienen los de los humanos para empezar a degradar sus células, por eso también somos inmunes a casi todo en materia de enfermedades, y a cualquier clase de herida (cualquiera) que deje intacta nuestra médula espinal y su conexión al cerebro. (asà que olvidaros de la estaca...).
En estos dieciocho años estuve ejerciendo de 'juez' entre los de mi raza en ParÃs. Es una especie de servicio obligatorio para todos nosotros en una etapa de nuestra vida, para lo cual prácticamente no pude tener contacto con humanos, solo entre los de mi sangre. DirimÃa las disputas familiares, controlaba que no se desmandasen los más jóvenes sobre todo al tomar sangre de los humanos, - desde el siglo pasado está rigurosamente prohibido matar humanos, pues conduce a progroms contra nosotros - y estudiaba nuestras costumbres ancestrales.
Ya era mi turno en la aduana, el agente examinó rutinariamente mi pasaporte : Paul Chatreau-Sauternes ciudadano francés, edad 27, profesión médico.
- Motivo de su visita?
- Trabajo, - indiqué -
Pasó lentamente las hojas comprobando venÃa de Nueva York, aunque con suspicacia por mis gafas de sol en un dÃa de lluvia tremendo para el agosto madrileño. Mi jersey de cuello subido y mis guantes de piel no contribuÃan a tranquilizarlo.
- ¿ Algo que declarar ?
- No, nada.
- ¿ Puede abrir las maletas por favor ?
- Naturalmente , - dije con un suspiro.
Abrà mis maletas donde además de la escasa ropa, ya que conservaba mi casa y mi piso en Madrid junto con mi guardarropa, transportaba 7 bolsas de plástico con etiqueta de sangre artificial liofilizada destinada a la investigación.
Ante su alarma, y la certeza de ser ciertas sus sospechas no me quedó más remedio que influenciarlo fuertemente, evidentemente me tomaba por un camello de tres al cuarto.
< solo son productos de laboratorio, para investigación, nada importante >
- SÃ, nada importante, - balbuceó -, puede pasar..., siguiente ?..- dijo con más energÃa.
Esto sà puedo hacerlo; puedo sugestionar a los humanos hasta el punto de obligarles a hacer lo que yo quiero, pero solo si estoy cerca, si no, solo puedo poner esa idea en su mente, y si no se oponen entonces me salgo con la mÃa, pero si tienen en mente hacer otra cosa solo puedo obligarles estando a unas ocho o diez metros como máximo. También puedo hacerles olvidar algunas cosillas, en fin, casi trucos de circo.
Un taxi me llevó hasta mi antigua casa, un caserón en las afueras de Madrid, que unos ancianos habÃan cuidado desde mi marcha. Me instalé con mis recuerdos, me alimenté y me preparé para mis próximos movimientos.
CapÃtulo II Clara.
La casa de Claraera enorme, la llamaban la casa de las magnolias, ya que en su extenso jardÃn habÃa varios de estos magnolios bastante antiguos. Era de la época del Madrid de los Austrias, y era la casa familiar de Juan Almonte, su marido.
Alquilé un apartamento enfrente y anoté cuidadosamente las entradas y salidas de la gente en la casa. El servicio descansaba los jueves, Juan prácticamente no comÃa nunca en casa, y frecuentemente estaba de viajes de negocios, habÃa una cocinera, un chófer-mayordomo y dos jardineros que también hacÃan las veces de operarios de la finca. También habÃa una criada.
TenÃan una hija, Sonia, de dieciseis o diecisiete años -no habÃan esperado mucho la verdad desde que abandonó a Marcos -, que estudiaba COU en las Ursulinas, aunque estaba de vacaciones.
ClarahabÃa cambiado, aunque para mejor; tenÃa el pelo más claro, y sus treinta y seis años la habian convertido en una de las reinas de la Jet. Todos los dÃas iba al gimnasio por la mañana, de compras al salir, y regresaba a casa sobre las dos y media. SeguÃa delgada, pero años de modelado en el gimnasio la hacÃan tener una carne firme como una roca. Decidà abordarla al salir del gimnasio.
Al dÃa siguiente, entré en el exclusivo gimnasio para preguntar como hacerme socio a la vez que ella salÃa. Su hija iba con ella; de repente Claracasi choca conmigo al doblar uno de los pasillos de la entrada, respingó evidentemente recordando otros tiempos, pero rápidamente la confundà al exclamar con mi mejor acento parisino:
- Oh, excuse moi, mademoiselles, lo siento. - dije alargando esas os finales con la boquita de piñón que ponen los parisinos de la Citè.
Su razón se impuso, evidentemente no podÃa ser yo, deberÃa ser mucho mayor, pero el parecido la turbaba. Quien no parecÃa nada turbada era Sonia, enfundada en unas mallas grises y un body rosa de gimnasia no me quitaba ojo. Realmente era digna hija de su madre, el pelo rubio oscuro, liso, recogido en una cola de caballo, la cara excitada por el ejercicio y la proximidad de alguien desconocido y apetecible, sus senos todavÃa no eran gran cosa, pero se adivinaban firmes como rocas dentro de su brevedad, y su culo adivinaba un 'bocata di cardinale' como dirÃa algún amigo mÃo. ParecÃa anonadada, generalmente causamos un efecto perturbador en los humanos, puede que a favor y puede que en contra, pero desde luego nunca indiferente. En esta ocasión era claramente a favor...
Se perdieron por la puerta de los vestuarios de mujeres, y yo, mientras, cumplimentaba los trámites para hacerme socio de un club que no pensaba visitar jamás, especialmente el solarium...
La verdad es que el sol es un coñazo, entendedme, no es que no me guste, pero tenemos una facilidad increÃble para quemarnos a nada que nos toque, asà que usamos una crema protectora de tres cifras, lentillas y gafas de sol, amén de procurar cubrirnos lo más posible, incluso en dÃas nubados. La noche es diferente claro, nuestra visión es magnÃfica, distinguimos unos colores del espectro que los humanos no pueden ni imaginar, en fÃn, no espereis encontrarme tomando el sol, además nuestros poderes están mucho más acentuados por la noche.
SabÃa dónde iban a ir después, a la tienda de lencerÃa mas cara de Madrid. Asà que me dirigà hacia allÃ. Esperé a que entrase una clienta, y me colé detrás, lanzando una esfera de influencia alrededor mÃo, acercándome a los probadores; para todo el mundo la esquina donde yo estaba , asà que no se podÃan percatar de mi presencia.
No tardaron en llegar Claray su hija, no miraron hacia mà por supuesto, y se pusieron a curiosear entre encajes y trajes de baño. Claraeligió tres conjuntos de ropa interior de encaje, dos blancos y uno negro con liguero, y un traje de baño azul claro. Sonia dos biquinis y ropa interior más juvenil, pero igual de elegante, un conjunto gris de algodón y otro amarillo.
Pasaron al probador juntas, lo que aproveché para subirme en unas cajas apiladas al lado y mirar por arriba, era un blanco claro, .
Las tetas de Claraeran soberbias, en su punto justo, los rosados pezones levemente respingones, sin marcas del biquini, y sabiendo de la frialdad de Clara, era seguro que el moreno era de lámpara, pues no osarÃa jamás ponerse al sol donde alguien la pudiese ver.
Sin embargo Sonia sà tenia marcas del biquini - aunque no tapaban gran cosa - pero era claro que jamás habÃa tocado el sol aquellas partes de las piel de la chica. Sus tetitas eran firmes, una especie de 'teta de novicia', elevadas, sorprendentes, parecian más pequeñas con ropa, en realidad no estaban nada mal, mi mente trabajaba rápidamente en ver como podrÃa hacer más daño a Clara, y la chica me estaba haciendo variar de planes.
- Mamá, conocÃas a aquel chico del gimnasio ? - preguntó Sonia.
- No hija, simplemente me recordó a alguien que conocà hace mucho tiempo, tú ni siquiera habÃas nacido, pero era de aquÃ, y además debe tener edad para ser su padre.
- mmmmhhh.
Sonia se cambió rápidamente y se fue con sus amigas mientras su madre continuaba probándose ropa. Yo bajé y me metà dentro del probador mientras ClaraseguÃa ensimismada, pensando probablemente en nuestro encuentro. Mis ojos recorrieron su cuerpo mientras le que se sentase en el sillón del probador, y se quitase de nuevo el pantalón y la camiseta. .
Sus manos recorrián su cuerpo sin que ella se diese cuenta, siempre habia sido frÃa y con poco o nulo ardor sexual, de eso se quejaba Marcos, y habia antepuesto el dinero y la posición al sexo y al amor. Nunca habÃa tenido aventuras, no iba a tirar por la borda un matrimonio millonario por lÃos con guaperas, pero ahora se estaba acariciando, incluso por debajo del sujetador y de las braguitas; lentamente, me introduje en su mente, insinuando que metiese su dedo en su vagina y acariciase suavemente el clÃtoris.
Su dedo empezó a entrar y salir con rápida cadencia mientras sus caderas subÃan y bajaban a cada movimiento de la mano, mientras, su otra mano sacaba sus tetas del sujetador acariciando y poniendo duro su pezón, que se elevó al momento.
Al cabo de unos minutos le dejé libre la mente, y con un susto, se miró en el espejo, despatarrada sobre el sillón, con las bragas en las rodillas y las tetas por fuera del sujetador mientras su mano introducÃa frenéticamente los dedos en su coño. Evidentemente se recompuso al momento y recobró rápidamente su compostura, aunque claramente alterada, su respiración entrecortada era más producto de la verguenza que de la excitación sexual, pero eso lo iba a cambiar yo enseguida.
CapÃtulo III. La amiga de Clara.
Anette era francesa, amiga de Clara, sus maridos tenÃan negocios juntos y frecuentemente salÃan a cenar. Asà que Clarase dirigió hacia allÃ, mientras yo la seguÃa de cerca.
Al entrar en el ascensor me acerqué a ella por detrás, mientras abrÃa la puerta, la cogà por el cuello con una mano mientras le tapaba la boca, sin que se pudiese girar para verme, marqué el piso de la azotea mientras con la otra mano la magreaba por todo el cuerpo y le iba quitando la ropa hasta que quedó en ropa interior. Claraintentaba pegarme patadas pero al tenerla inclinada hacia atrás, y no permitir que girase, era dificil que me acertase.
Rasgué sus bragas para consegir aumentar aún más el efecto de terror que querÃa implantar en ella, y de dos patadas abrà sus piernas inclinándola de repente hacia adelante. Clara, aterrorizada no podÃa reaccionar, veÃa que iba a ser vÃctima de una salvaje violación. Mi pene se acercó a su trasero, lo que la dejó estupefacta e inmóvil hasta que comprendió lo que iba a venir a continuación y empezó a retorcerse más aún en el colmo de la desesperación.
Cuando el ascensor llegó a la azotea, empujé la puerta con el cuerpo de Clara, de dos patadas tiré fuera sus ropas y la empujé a ella también fuera, no sin antes tirarle del sujetador para quedarme con el en la mano. Claraaterrizó en el suelo justo cuando se cerraba la puerta y yo pulsaba la planta baja. No supo quien era. No habÃa sido violada, pero si humillada profundamente y además despreciada, cosa que no entendÃa, ya que en la azotea podÃa haber sido violada sin poder hacer nada por impedirlo..
Clarase vistió, confundida, metió las bragas rotas en el bolso y sin bragas ni sujetador se dirigió a casa de Anette, rápidamente pensó cómo debÃa actuar. Decidió no comentar nada a nadie. No iba a dejar que este episodio le trajese problemas en su matrimonio, a fin de cuentas solo habÃa perdido un caro conjunto de lencerÃa.
CapÃtulo IV Clarava al cine.
Necesité dedicarme a mà una semana para lograr poner todos mis asuntos en orden, y también para dejarlos listos para otra ausencia, a fin de cuentas todavÃa no sabÃa como acabar de enfocar el asuntos de Clara, además necesitaba alimentarme sin llamar mucho la atención y a ser posible sin reducir mis reservas de sangre.
Al cabo de esta semana volvà a observar a Clara, que aparentemente seguÃa con su vida normal, aunque usaba mucho más a menudo gafas de sol, y daba largos paseos sola, sin duda algo se movÃa en su interior, tal vez empezase a tener algún sentimiento que no fuese un frÃo análisis de posibilidades para el éxito.
En uno de esos paseos, en que pasó suficientemente cerca de mà sin poder observarme, le que tenÃa ganas de ir al cine, e inmediatamente dirigió sus pasos a la sesión de la tarde de Titanic ( desafortunadamente no le habÃa indicado qué pelÃcula ver, qué le vamos a hacer, no soy perfecto). Entré algo retrasado, apenas habÃa público a esa hora y ClarahabÃa elegido una de las butacas traseras (en eso sà fui previsor), me senté a su lado notando su sentimiento de desagrado ante un intruso que invadÃa su espacio personal habiendo tanto sitio en el cine; no me podÃa ver, pues la pelÃcula ya habÃa empezado, y además también para que no girase en ningún momento la cabeza.
Clarallevaba un vestido de verano fresco, evidentemente de Armani, sin apenas mangas, y algo recatado, por debajo de las rodillas, muy ligero, con botones por delante.
De repente puse una mano sobre su rodilla, por encima del vestido; noté el sobresalto de Claray el grito mental que dio ante mi para que ni gritase ni se moviese. Dejé mi mano descansar sobre su pierna durante un tiempo, justo el necesario para sentir como a pesar del aire acondicionado, empezaba a sentir el calor de su pierna.
Entonces empecé a mover lentamente la mano hacia arriba, manteniendo la presión, lo que hacÃa que a la vez que mi mano, también subiese su vestido, luego hacia abajo, y otra vez hacia arriba; al cabo de un rato, su vestido dejaba entrever sus bragas blancas de encaje. La cara de Claraestaba roja como un tomate, y aún más cuando mi mano empezó a separar sus piernas para realizar caricias aún más atrevidas, las aletas de su nariz se dilataron, mientras sus labios temblaban ligeramente. De repente, dejé las piernas y empecé a acariciar sus senos igualmente por encima del vestido, notaba el relieve del encaje, y como sus pezones se ponÃan duros y erguidos.
Desabroché lentamente dos botones, justo para llegar a la parte baja del sujetador, que abrochaba por delante, le que lo desabrochase, lo que realizó con un gemido apenas audible. Luego, cogà su mano y la puse sobre mi pantalón, lo que deberÃa hacer.
Claradesabrochó igualmente mi pantalón y bajó la cremallera, metiendo la mano por entre mis boxer, desabrochando el botón y liberando mi pene que empezaba a estar bastante duro. Noté con sorpresa que Clarano sabÃa como seguir en realidad, pues nunca se la habÃa mamado a nadie. Siempre se habÃa negado tanto a Marcos como a su marido, consideraba que iba contra la moral y las buenas costumbres.
La cogà por la nuca haciéndola bajar la cabeza hacia mi entrepierna, notando su resistencia y envaramiento, que vencà presionándola más con la mano. Una vez allà le , pues una insinuación ya no era bastante, que abriese la boca, e introdujese el pene en ella, cosa que hizo inmediatamente. Su lengua recorrió todo mi pene de arriba a abajo, mientras su mano acariciaba mis testÃculos, su boca succionaba sin experiencia, pero poco a poco le mandaba imágenes de cómo debÃa actuar.
Se empezó a recrear con el glande, poniendo pucheritos con la boca, dejándolo descansar sobre su lengua, y apretando el resto del pene con la mano meneándolo arriba y abajo, untando con saliba toda la longitud del mismo; no tuve que seguir enviando órdenes, pues ya tenÃa toda la información necesaria y querÃa que sintiese lo que estaba haciendo.
Mi mano se entretenÃa acariciando sus pechos, firmes y duros por el gimnasio a pesar de haber tenido una hija, mientras con la otra mano empezaba a bajarle lentamente las bragas desde las caderas y el culo hasta dejárselas a medio muslo.
En todo momento evitaba mirarme, lo que hacÃa que sintiese que se lo estaba haciendo a un perfecto desconocido; Su mente era un torbellino de sentimientos contradictorios, por una parte su voluntad la mandaba dejarlo inmediatamente, y por otra, notaba que no podÃa marcharse por mucho que lo intentase.
Mi mano empezó a acariciarle el vientre por debajo del vestido, notando sus estremecimientos, mientras bajaba lentamente hacia sus partes más Ãntimas; de hecho dio un salto cuando acaricié suavemente su clÃtoris. Era increÃble, todavÃa no se habÃa empezado a mojar (debo decir que sentà algo de frustración, pues soy bastante vanidoso), asà que masajeé lentamente el clÃtoris y sus labios exteriores hasta que noté tras bastante tiempo que se empezaba a lubrificar. Entonces la retiré de mi pene haciendo que se levantase y subiese el vestido hasta la cintura.
Claralevantada, con el vestido arrebujado en la cintura y con las bragas en las rodillas era un espectáculo que me puso a cien. La senté de espaldas a mà con las piernas abiertas, sobre mi pene que despacio, con mucha lentitud, mientras ClaracontenÃa la respiración fue entrando lentamente. Cuando quedó completamente ensartada, exhaló el aire de golpe, y siguió con pequeños gemidos casi inaudibles aún en el silencio de la sala.
- mmmhhh, mmmhhh, ahhhh, aaaayyy.
Mis manos cogieron sus caderas moviéndola hacia delante y atrás, primero muy despacio y después rápidamente, hasta que ella sola siguió con el ritmo; mis manos subieron bajo su vestido hasta sus pechos, libres del sujetador, acariciándolos y notando la dureza extrema de sus pezones.
Su culo se movÃa cada vez más rápido, lo que me indicaba que estaba a punto de correrse, asà que me corrà yo antes, notando como inundaba su vagina con el calor del semen, y antes de que se pudiese correr, la levanté en peso, trasladándola a la otra butaca, ante su desconcierto. Me arreglé rápidamente y me levanté observando a Clara, que seguÃa con los ojos (enormemente abiertos eso sÃ) fijos en la pantalla, aunque sin ver la pelÃcula en realidad.
Tenia el vestido en la cintura, sujeto solo por un botón, las piernas todo lo abiertas que le permitÃan las bragas ya casi en los tobillos, los hombros al descubierto, con los tirantes del sostén a medio brazo, los pechos totalmente a la vista, perfectos, coronados por unos preciosos pezones oscuros. La cara brillaba por el sudor a pesar del aire acondicionado, tenÃa un color que sobrepasaba el rojo. Sus piernas y sus caderas se movÃan con espasmos, era evidente que a pesar de no haber llegado al orgasmo algo se removÃa dentro de ella. Estaba increÃble. La verdad es que no me extraña que Marcos perdiese la cabeza por una belleza semejante.
Salà del cine dejando allà a Clara, y pensando en mi próximo movimiento.
CapÃtulo V La Nada Santa Trinidad.
Tres dÃas después, una breve reseña en el periódico daba cuenta de una cena del foro Velázquez en el parador Nacional XXX.
Dicho foro, era en realidad un grupo de tres hombres de negocios, Sergio Banciella de León, Juan Almonte Solares y Manuel Valdehermoso y Ruiz de Escalante, que se reunÃan para repartirse colusoriamente gran parte de los negocios del paÃs. Se denominaban a sà mismos "La Nada Santa Trinidad", en alusión a tres célebres espÃas de la Universidad de Cambridge en los años sesenta, y en una velada alusión a la trilateral.
En esa cena, se iban a reunir los tres miembros mas sus respectivos hombres de confianza, junto con sus mujeres, un total de doce personas. HabÃan reservado todo un Parador Nacional en las cercanÃas de Madrid, en Segovia, para el fin de semana, cuatro camareros y dos doncellas solo para ellos, nadie más para que no fuesen molestados, varias lÃneas de datos y conexión permanente con sus oficinas en Madrid.
Empecé a pensar cómo podrÃa aprovechar la ocasión para mis planes. Enseguida lo tuve claro. A esta fiesta no podÃa faltar yo.
Llegué a Segovia cuatro horas antes que ellos, me acerqué al director de que me habÃa contratado expresamente para la ocasión, pero sin asignarme tarea concreta, solo como refuerzo por si era necesario, con lo que podrÃa campar a mis anchas por el Parador sin preocuparme de tapar mi presencia, concentrándome solo en Claray sus acompañantes. El Director me presentó a los demás trabajadores, Carlos, Enrique, Borja y Manuel eran los cuatro camareros, Azucena y Sonia las dos doncellas para atender a las señoras mientras sus maridos se repartÃasn el paÃs. Carlos y Borja tenÃan ya unos cincuenta años, mientras que Manuel y Enrique eran aún jóvenes, salidos de la escuela de turismo, lo mismo que Azucena y Sonia, que la verdad tenÃan un precioso cuerpo, más parecÃan azafatas que doncellas.
Comprobé que al lado del salón donde se celebrarÃa la cena habÃa un cuarto pequeño de servicio que no iba a estar en uso, además no tenÃa ventanas y sà una puerta al salón, asà que instalé allà mi cuartel general.
Cuando llegaron al Parador los comensales subieron a instalarse en las habitaciones, unas tres horas antes de cenar. Sergio Banciella y su mujer tenÃan aproximadamente la misma edad, unos cuarenta y cinco años, en realidad su mujer Sara era la millonaria, Sergio se habÃa hecho cargo de sus negocios, ya que ella preferÃa la buena vida, cosa que habÃa realizado con extremado celo, pues habÃa multiplicado por mucho el patrimonio de su mujer. En cuantoa Sara, conservaba gran parte de la belleza, algo angulosa eso sÃ, de su juventud. era delgada, y algo bajita. VestÃa un vestido negro de fiesta por la rodilla, con abundantes joyas, sobre todo perlas, de las que era una fanática.
Manuel Valdehermoso tenÃa unos sesenta años, era el mayor del grupo, mientras que su mujer Maite pareceÃa un calco de Clara, joven, de unos treinta y tantos, y sumamente atractiva, morena con vetas rojizas en el pelo, llevaba una camisa blanca y una minifalda beige, con un echarpe granate por encima.
ClarahabÃa elegido un vestido azul oscuro, con los hombros al descubierto, algo corto, pero tremendamente insinuante, sobre todo cuando jugaba con el chal rosa pálido que traÃa.
Los respectivos ayudantes también parecÃan fotocopias, pero esta vez entre sà junto con sus mujeres. Eran altos, jóvenes, engominados, salidos de las primeras promociones de las escuelas privadas de Económicas y con siete u ocho masters en su currÃculum. Sus mujeres, rubias sociales, atractivas, y con cara de niñas pijas, llevaban vestidos de fiesta algo llamativos - cosas de la edad supongo - y demasiado ceñidos para mi gusto.
A las ocho de la tarde fuerson entrando en el imponente salón, ocuparon sus sitios y empezó la principesca cena, tras la cual los hombres conversarÃan para intimar y comentar lo ocurrido desde la última reunión.
A los postres decidà intervenir, a la servidumbre que se quedase fuera hasta que los llamasen y no molestasen bajo ningún concepto; en cuanto a los comensales, poco a poco les fuà liberando de inhibiciones haciendo que sus conversaciones fuesen subiendo de tono.
Comencé por Maite; con un leve aspecto de mareada, decidió acercarse más a su marido y darle un beso de tornillo en la boca de tres minutos ante el aplauso de los asistentes. Sara, sin mirar siquiera a su marido cogió a una de los niñatos y empezó a meterle mano en plan descarado, evidentemente ninguno salvo Clarase daba cuenta de lo que estaba pasando. Caludia no daba crédito a lo que veÃa, achacándolo sin duda a un exceso de alcohol.
Las niñas pijas no podÃan permitir que las carrozas les quitasen el protagonismo, asà que la primera de ellas se subió sobre la mesa contorneándose y quitándose lentamente el vestido de noche hasta quedar con un sugestivo conjunto de ropa interior negro, actitud en la que fue rápidamente imitada por sus compañeras entre risas. Claraestaba de piedra, sin entender sobre todo que a nadie le pareciese extraño.
Manuel se bajó rápidamente los pantalones, sacando un pene pequeño, pero extremadamente grueso para su edad, mientras que Maite y su marido se quitaban la ropa entre ellos, el niñato que magreaba Sara estaba en el séptimo cielo, y Juan Almonte aplaudÃa a las niñatas mientras se desnudaba febrilmente. Clarase levantó con cara de horror y retrocedió hasta donde yo estaba, sentándose en un silla y sin atreverse casi ni a mirar.
En unos minutos estaban todos desnudos o casi. Todas las mujeres estaban chupando ávidamente el pene del hombre que tenÃan más cerca, sin reparar en quién fuese, excepto Claraque seguÃa junto a mà y Sara, que atendÃa a Juan y a uno de los niñatos alternativamente.
Aquello se empezaba a caldear, asà que decidà un poco más en ellos.
Los tres socios se sentaron en unas sillas uno al lado del otro, completamente desnudos, mientras las tres jóvenes se sentaban sobre ellos, introduciendo a la vez sus penes dentro de ellas. Un coro de suspiros se elevó a la vez.
Empezaron a movese rápidamente adelante y atrás, como si compitiesen entre ellas acerca de cual era la mejor, en poco tiempo el sudor empezó a perlar sus espaldas desnudas. En ese momento, los tres niñatos se acercaron a sus mujeres que estaban siendo folladas por sus jefes, separó cada uno las nalgas de la mujer de su amigo, y empalmados como estaban hasta el lÃmite, pusieron sus aparatos a la entrada de su culo.
A lo que parecia, ya habÃan probado la situación, al menos con sus maridos, pues ninguna de las chicas puso cara de sorpresa, aunque en cuanto ellos empujaron, abriéndose paso por entre su nalgas, gimieron más y más. Era evidente que ser folladas a la vez por dos hombres no lo habÃan experimentado aún. Mientras, Sara y Maite se besaban furiosamente, acariciándose por todo en cuerpo.
Las tres jóvenes ya no se movÃan, el ritmo de los hombres que las estaban follando las sobrepasaba, peros estaban sintiéndose llevar a lÃmites insospechados;
No tardaron los socios en correrse, siendo inmediatamente imitados por sus ayudantes entre jadeos y gemidos de todos, lentamente, se fueron saliendo de sus respectivas parejas, mientras las respiración se les iba serenando, momento en que todos se empezaron a fijar en Sara y Maite que se estaban masturbando mutuamente, y en Clara, que miraba con ojos ya no se decir si aterrorizados o esperanzados.
al servicio que entrase, los cuatro camareros fueron hasta la mesa y las dos doncellas a mi lado y el de Clara.
ClaralucÃa como alhajas un collar sencillo de perlas a juego con unos pendientes y la alianza matrimonial. Entre las dos doncellas y yo, le quitamos el vestiso dejándola en ropa interior; llevaba el conjunto que le habÃa visto probar, negro de encaje aunque sin el ligero, Clarano podÃa resistirse, pero era consciente de que todo el mundo incluido su marido la estaba mirando, con lo que cruzó pudorosamente sus brazos tapando lo más posible sus senos y el encaje de sus braguitas.
Los camareros retiraron todo lo que estaba encima de la mesa, y pusimos a Claraencima, de pié, haciendo que se desnudase del todo, bailando lentamente, lo que hizo poniéndose roja como un tomate, y con una lágrima rebelde pugnando por salir de sus ojos por la vergüenza. Acto seguido le que se recostase sobre la mesa para que no se perdiese detalle de lo que iba a pasar a continuación, solo le quedaban puestas las joyas y los zapatos de tacón.
Maite y Sara no habÃan estado suficientemente atendidas mientras todos los hombres se dedicaban a las jovencitas, asà que los camareros repitieron la escena anterior, se sentaron en aquellas sillas que parecÃan butacas mientras ellas se ponÃan encima a horcajadas metiéndose el pene de un solo golpe, parecÃa que lo llevaban deseando mucho tiempo.
Los otros dos camareros se acercaron por detrás, y sin hacer caso a las débiles protestas de Sara, que no parecÃa muy convencida, las agarraron por las caderas mientras empujaban con fuerza para entrar en unos culos que debÃan ser vÃrgenes aún, pues Maite tampoco lo habÃa probado.
Era un agujero estrecho, por lo que los esfuerzos de los camareros se redoblaron entre los quejidos de ambas mujeres por el dolor de la desfloración anal. No obstante, con un último empujón lograron entrar del todo ante el chillido de Sara y la cara desencajada de Maite.
Una vez dentro, los gritos fueron dejando paso lentamente a los gemidos, que se fueron acallando también cuando a dos de los niñatos que pusiesen sus penes en las bocas de las dos mujeres, que empezaron a mamárselas con bastante más experiencia de la que esperaba.
Solo se oÃa el MMMHHH ahogado de Sara y Maite, y los cuatro hombres restantes estaban otra vez a punto ante el espectáculo, asà que los puse dos al lado de cada mujer, que con sus manos cogieron sus penes masturbándolos con violencia, pues ya estaban fuera de sÃ. Follar con cinco hombres a la vez para cada una era algo que sobrepasaba sus sueños más delirantes, movÃan las caderas a un ritmo frenético mientras succionaban de manera experta a sus compañeros y seguÃan meneándosela a los demás..
ClaratenÃa los ojos muy abiertos, mientras se acariciaba con sus manos por todo el cuerpo, operación en la que era ayudada por las dos doncellas a las que yo iba desnudando lentamente.
En un momento estalló un gemido de todo el grupo cuando la mayor parte de sus miembros tuvieron un orgasmo salvaje y a la vez, Sara y Maite empezaron a chillar y castañetear los dientes cuando en pleno orgasmo se sintieron inundadas por todos sus agujeros y salpicadas con esperma de todo el mundo, jamás en su vida habÃan sentido nada igual.
Los cuerpos de las doncellas no eran mi objetivo, asà que no les quité su ropa interior, ya he dicho que me excita bastante, y la verdad es que se veÃan muy bien; puse a Claraboca abajo en la mesa, y tiré de sus piernas hacia mÃ, pero sin separarla del todo de la mesa, con lo que quedó con el cuerpo de la cintura para arriba encima del mantel y el resto apoyado en el suelo formando un ángulo de 90 grados.
Las doncellas le separaron las piernas, y con un rápido empuje se la metà hasta el fondo.
-AAAAY, -exclamó Claraal sentirse penetrada de golpe.
Empecé a moverme cada vez más rápido, con lo cual Claraempezó también a humedecerse.
- AHHHHHH, no, no... - decÃa Claraa cada vaivén, pero eso sÃ, sin dejar de moverse.
Dos de las jóvenes tenÃan sujeta a Clarapor los brazos, lo que unido a que las doncellas la sujetaban por las piernas no le permitÃan casi cambiar de posición, solo acompañar mis envites cada vez con más ganas.
- Basta, basta por favor, ... no, no.
Inmediatamente, su marido se subió a la mesa sentándose delante de Claray abriendo las piernas, le puso el pene dentro de su boca prácticamente.
- Traga golfa, - decÃa su marido - a ver si te gusta asÃ, trágatela toda. - Su marido parecÃa que le tenÃa ganas a Clara.
Claraparece que ya sabÃa lo que tenÃa que hacer, y a fe mÃa que el breve tiempo pasado desde que aprendió le habÃa servido para mejorar bastante, con lo que se lo metió casi hasta la garganta.
A pesar de ello, se las arreglaba para jadear continuamente, hasta que con un alarido tremendo empezó a tener espasmos por todo el cuerpo y a moverse de tal manera que era difÃcil sujetarla, fue el mayor orgasmo de su vida (en realidad uno de los pocos), complementado por una corrida sensacional de su marido en su boca, que no dejó escapar ni una gota, Claraestaba fuera de sÃ, momento que aproveché para saliéndome despacio tocar con la punta del pene el agujero de su culo. Clarareaccionó moviéndose con fuerza para soltarse.
- Noooo cabrón, eso no, por ahà noooo - decÃa tosiendo con parte del semen todavÃa en la boca.
Pero era inútil, lentamente fui abriendo su culo en pequeños envites. Su culo era estrecho, virgen desde luego, pero a la vez tremendo, redondo y sedoso como no habÃa conocido otro.
- AAHHHHH, me haces daño, AAAYYYY...para, basta..., basta por favor - berreaba Claraentre lloros e hipidos.
En un instante y con un último esfuerzo le abrà por completo el culo tocando con mis testÃculos su coño totalmente empapado, lo que parece que la hizo callar momentáneamente, y pensar que en realidad estaba disfrutando. Me corrà de golpe, dentro de su culo, mientras sus gritos eran cada vez mayores pero ya no eran de rechazo sino de ansia.
Los camareros y las doncellas lo pusieron todo en orden en un momento, todo el mundo incluida Clarase vistió y se aseó, y les hice olvidar lo pasado a todos excepto a Clara, claro está. A ella le hice perder momentáneamente el paso del tiempo, de tal manera que cuando volvió en sà de su ensimismamiento todo parecÃa normal, la cena proseguÃa en los postres, todo el mundo mantenÃa la compostura de antes de la orgÃa y Clarase empezó a preguntar si no habrÃa sido un sueño o una obsesión, evidentemente sus amigos no podÃan haber realizado aquellos actos tan obscenos que creÃa haber visto y realizado. No obstante, si era una fantasÃa por qué aquel hormigueo en su culo?.
CapÃtulo VI Juventud divino tesoro
Todo este trajÃn estaba modificando la actitud de Claraante el sexo, y además estaba empezando a afectar a su salud, no mucho, pero se la notaba algo más pálida. La explicación es que aunque no tomemos sangre de los humanos, lo que hacemos al influenciarlos demasiadas veces es tomar parte de su vitalidad, eso que algunos cientÃficos llaman 'ectoplasma'. TenÃa que acabar rápido con aquello y largarme de Madrid.
Su hija Sonia tenÃa un 'noviete' por decir algo, ya que seguÃa al parecer los pasos de la madre y no hacÃa otra cosa que pasear e ir al cine, - pero no como cuando fuÃmos su madre y yo -.
La seguà hasta una cafeterÃa del centro, donde se reunió con Borja su novio. Evidentemente era de su mismo estatus social. Cuando < toqué > su mente me sorprendà al ver lo diferente que era de su madre, casi no podÃa creerlo. Sonia era bellÃsima por fuera sÃ, pero por dentro no habÃa conocido a nadie igual.
En realidad salÃa por imposición paterna con aquel pijo, y no sabÃa cómo librarse de él. Oà decirle a Sonia que por la noche podÃan ir a un pinar que hay al salir por la carretera de La Coruña, (donde solÃa llevar a sus ligues, lugar muy frecuentado por las parejas). Sonia no querÃa ir pero pensó que tal vez fuese un buen momento para aclararle las cosas a Borja, evidentemente, no sabÃa muy bien cómo eran los asuntos con aquellos niños pijos.
Salà de allà algo turbado por los pensamientos y la candidez de Sonia, pero con la alegrÃa de que sabÃa cuáles serÃan mis próximos pasos.
Cuando Clarasalió de casa, pasé por su lado y le ordené llevar su coche a las 11 de la noche al pinar en cuestión, rápidamente me alejé para que no advirtiese mi presencia.
Descansé de este sol abrasador en mi casa, suelo llevar sombrero, pero el sol de mediodÃa es demasiado para mÃ, tenÃa la piel roja, y necesitaba alimentarme o empezarÃa a pasarlo mal.
Llegué sobre las 10 y media al pinar, todavÃa habÃa luz, asà que pude observar una gran extensión de terreno, Borja y Sonia no habÃan llegado todavÃa y Claratampoco. Observé un furgón Iveco, de los que se usan para repartir, grande y con cristales en la puerta trasera, me vendrÃa bien para mis planes.
Me dirigà hacia allÃ, y al llegar < ordené > a sus ocupantes, un chico rizoso y su novia, una pelirroja algo gordita y pecosa que abriesen la puerta. Me colé dentro y me dispuse a esperar mientras meditaba sobre cómo enfocar lo que vendrÃa a continuación.
Rompiendo mis principios, hice un pequeño corte con una navaja de afeitar que siempre llevo conmigo - nuestros caninos son como los de todo el mundo - en el brazo de la chica, al momento empezó a manar un hilillo de sangre, similar a cuando te cortas co
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